Relato por entregas.
Hubo un tiempo en que las historias no se leían de un tirón, sino que se esperaban.
Charles Dickens publicaba sus novelas por capítulos, mes a mes, y cuentan que en los muelles de Nueva York la gente gritaba a los barcos que llegaban de Inglaterra para preguntar si la pequeña Nell había muerto en la última entrega. Julio Verne mantuvo a media Francia en vilo desde las páginas del diario Le Temps, preguntándose si Phileas Fogg llegaría a tiempo, con apuestas cruzadas sobre el desenlace. Y cuando Arthur Conan Doyle despeñó a Sherlock Holmes por las cataratas de Reichenbach en las páginas del Strand, hubo lectores que se vistieron de luto. La historia no se poseía entera: se administraba en dosis, y entre dosis se vivía con ella. El folletín no era una forma menor. Era, sencillamente, cómo se contaba.
Vivimos otra vez en esa lógica, aunque hayamos cambiado los nombres. Lo que hoy triunfa son las series: episodios, temporadas, ese corte final que llega justo cuando no queríamos que llegara y nos deja una semana entera dándole vueltas. Hemos vuelto a aprender a esperar. La mujer del agua es, deliberadamente, la forma literaria de esas series. Tres entregas. Tres episodios. Cada uno cerrado con su propio filo, para que entre uno y otro la historia siga trabajando por su cuenta, en la cabeza del lector, que es donde mejor trabaja el terror.
En la escritura de estas páginas he usado inteligencia artificial. No como quien esconde una trampa, sino como quien empuña una herramienta. Cada época ha escrito con los instrumentos que tenía a mano: la pluma de ave, la imprenta, la rotativa que hacía posible el folletín, el tren que repartía las revistas por el país. Nadie le reprochó a Dickens escribir para una máquina de vapor. Esta es, sin más, la herramienta de mi tiempo. Creo —y lo creo de verdad— que es por aquí por donde va a transitar buena parte de la literatura de los próximos años, y prefiero explorarlo a la luz, haciéndolo, que esperar sentado a que otro me cuente cómo se hace. No anuncio el futuro: simplemente he decidido no llegar tarde a él
Pasen. El agua está fría.
