

La mujer del agua.
Este relato contiene trazas de código, algoritmos y un 100% de intención literaria. Utilizo la IA sin complejos ni límites, pero las riendas siguen siendo mías. El truco está en averiguar dónde termino yo y dónde empieza la máquina... si es que se nota.
Nota de cata:
El doctor Konrad Leitner sube los últimos metros con la camisa pegada a la espalda y la lengua áspera, demasiado grande para su boca. Atrás quedan los dos kilómetros de cuesta, que el calor de septiembre ha convertido en una penitencia medida paso a paso. El sol cae por detrás de S'Alcadena y lo tiñe todo de rojo horno: las terrazas de olivos, los muros de pedra en sec, el polvo del camino, sus propias manos.
Sus manos, sobre todo.
Se detiene a recobrar el aliento y, sin querer, se las mira. La luz del poniente las ha convertido en otra cosa. Sobre el dorso, el polvo del camino se ha posado en una capa finísima, ocre, y el sudor lo ha ido fijando hasta formar una costra de barro pálido que cuartea los nudillos como la tierra de un campo seco. Donde el sudor se ha evaporado del todo ha quedado la sal: pequeñas escamas blancas, geométricas, prendidas en el vello de los antebrazos como una escarcha imposible en este calor. Una vena le late en el dorso, hinchada por el esfuerzo, y el rojo del cielo le entra por debajo de la piel y la enciende de dentro afuera, de modo que durante un segundo —solo un segundo— el médico que hay en él no ve sus manos sino una lámina de anatomía iluminada a contraluz, la sangre corriendo por sus cauces, los huesos largos adivinándose bajo la carne. Hasta el sudor que le cae de las cejas, cuando se lo limpia, parece rojo.
Aparta la mirada. Mira hacia arriba, hacia las casas viejas del refugio recortadas contra la luz. Falta poco. Suelta el aire despacio y continúa.
Cuando llega a la explanada, los burros lo reciben.
Están en el cercado, junto al huerto, dos siluetas pardas e inmóviles en la última luz. Al verlo aparecer, uno de ellos estira el cuello y lanza un rebuzno largo y desafinado que rebota en la pared de la montaña y se va apagando hacia el torrente, allá abajo, donde la luz ya no llega. El otro le contesta. Después regresa ese silencio espeso de la Tramuntana al anochecer, que no es falta de sonidos sino una clase distinta de ruido: los grillos, el agua de una canaleta en alguna parte, el roce de su propia respiración. Una sinfonía que la montaña lleva años componiendo y que no estaba esperando a nadie.
Leitner deja la mochila en el suelo de la entrada y empuja la puerta.
Dentro huele a leña apagada y a comida ya recogida. El comedor es una sala alargada, de techo bajo, con mesas corridas de madera ennegrecida por el uso y un par de bombillas que dan una luz amarilla y cansada, una luz que no ilumina tanto como subraya las sombras. Queda gente alargando la sobremesa: media docena, quizá diez sillas ocupadas, voces bajas, alguna risa que se apaga en cuanto se enciende. En la barra del fondo, un chico de unos veinticinco años seca vasos con un trapo, sin prisa, como si secar vasos fuera una cosa que se pudiera hacer durante el resto de la vida.
—Buenas. Soy Leitner. Tengo reserva.
El chico levanta la vista. Tarda en dejar el vaso.
—Usted es el de la universidad.
—El de la universidad, sí.
—Tomeu —dice el chico, sin tenderle la mano, y deja el trapo sobre la barra—. Ha llegado usted de una manera rara, ¿eh? La gente sube a mediodía, a las cinco como mucho. Usted aparece con la noche encima y solo, por el camí d'Almadrà. —Lo mira de arriba abajo, la camisa empapada, las botas blancas de polvo—. Y se queda cinco días. Aquí nadie se queda cinco días. Una noche y para arriba, o para abajo. Usted no.
—Cinco noches —dice Leitner—. A lo mejor seis.
Tomeu hace un ruido con la garganta que no es ni sí ni no.
—La cena se la he guardado. Me avisaron de Palma. —Lo dice como quien comunica una injusticia que ha tenido que soportar—. Y le han puesto en la habitación de arriba. La del baño. La privada.
—Eso me dijeron.
—Ya. —Tomeu coge el trapo otra vez, lo deja otra vez—. Esa habitación la uso yo. Soy el guarda, duermo aquí todo el año. Pero llaman de la universidad, mandan un papel, y resulta que esta semana duermo en el dormitorio de doce con los peregrinos. —Se encoge de hombros—. Cosas de la administración. Siéntese donde quiera. Le caliento el arroz.
Leitner le da las gracias y busca sitio.
Es entonces cuando lo llaman desde una mesa del rincón, en alemán.
—Grüß Gott! ¿Es usted austríaco? Lo hemos notado por el acento.
Son tres. Un hombre grande y colorado de unos cuarenta y cinco años, con la camiseta técnica todavía marcada por las correas de la mochila, dos surcos oscuros de sudor que le cruzan los hombros como tirantes. Una mujer rubia y delgada con una rebeca echada sobre los hombros, porque en cuanto se va el sol, allá arriba, refresca de golpe, como si a la montaña le retiraran una manta. Y un niño. Leitner se acerca. Hablar su propia lengua, después de un día entero de chapurrear español y de oír un catalán que no entiende, es como quitarse las botas.
Se llaman Bernhard y Sabine, son de Friburgo, llevan dos días en el refugio porque a Bernhard se le ha hinchado un tobillo en la bajada de Santa Maria y han decidido parar antes de seguir hacia Lluc. Tienen vacaciones, tiempo y los billetes de avión han salido baratos. El niño tiene siete años y se llama Jonas. Es pálido, flaco, con el flequillo cortado recto sobre unas cejas tan claras que apenas se ven, y no dice nada cuando Leitner se sienta. Tiene delante un vaso de agua y un dedo metido dentro, dándole vueltas, despacio, con la concentración absoluta y muda de los niños que han encontrado algo mejor que las personas.
Tomeu trae el arroz brut humeante y un trozo de pan, y Leitner se da cuenta del hambre que tiene solo al oler el plato.
—Le hemos oído con el guarda —dice Sabine, en alemán—. Yo, en realidad. De niña veraneaba en la isla y todavía me defiendo con el español. ¿He entendido bien que se queda cinco noches?
Bernhard se recuesta, con esa franqueza alemana que no es grosería sino interés sin disfraz.
—Y eso no lo hace nadie —dice—. ¿Qué se le ha perdido en este sitio para quedarse tantos días?
—Estudio una leyenda —dice Leitner—. Soy etnólogo. Trabajo en Gotinga, en un archivo donde llevamos cien años catalogando cuentos. Y hay una historia que me ha traído hasta aquí porque no consigo entenderla. —Deja la cuchara—. Es la historia de una mujer que vive en el agua y se lleva a los niños.
Sabine, sin decir nada, le pone las dos manos sobre las orejas a Jonas. Le sostiene la mirada a Leitner un instante por encima de la cabeza del niño, las cejas en alto. No hace falta más: cuidado con lo que cuenta, que después de esto viene la noche y al crío hay que dormirlo. Pero Jonas ni se entera. Tiene el dedo dentro del vaso y la atención entera puesta en el agua. Sabine le suelta las orejas, casi aliviada, y vuelve a escuchar.
Leitner baja un poco la voz, pero sigue.
—Aquí, en Mallorca, se llama Maria Enganxa. Vive dentro de los pozos y los aljibes, y a los pequeños que se asoman al brocal los engancha y se los lleva al fondo. En Portugal es Maria Gancha, casi el mismo nombre, con los dedos en forma de garfio. En Ucrania se llama Rusalka, una mujer con cola de pez que hace lo mismo. En Corea, el espíritu de los ahogados tira de los vivos hacia el fondo del río porque está solo y quiere compañía. En Japón hay una criatura de los estanques que parece un juego hasta que un niño desaparece. En el Amazonas, en Alemania, en los pueblos de mi propio valle. Seguro que en su tierra también la tienen. La misma mujer. La misma agua. Los mismos niños.
Hace una pausa.
—Pueblos que no se conocieron nunca, separados por océanos enteros, se inventaron a la misma mujer en el agua. Y lo que he venido a hacer a esa fuente de aquí arriba es averiguar por qué. Por qué a todos, en todas partes, se les ocurrió lo mismo. Esa es la pregunta.
—Por miedo —dice Bernhard, con sentido común, con el sentido común de quien no ha tenido nunca un motivo para dudar de él—. Para que los críos no se acerquen al agua y se ahoguen. Es un cuento para asustar. Una herramienta. No hace falta más.
—Eso pienso yo casi todos los días —dice Leitner—. Casi todos.
El silencio de la sala se ha vuelto otra cosa. Ha dejado de ser el rumor de la sobremesa para convertirse en una atención. Las voces de las otras mesas se han ido apagando una a una, sin que nadie lo decidiera, como se apaga el agua de una canaleta cuando alguien, lejos, cierra la llave.
Es un hombre mayor, de una mesa del centro, un mallorquín seco y curtido con cara de haber subido esa montaña mil veces. Habla en alemán, despacio, con un acento turístico de otra época, y antes de contar nada aclara de dónde lo ha sacado: de joven fue recepcionista en un hotel de s'Arenal, cuando el Arenal entero era alemán, y algo se le quedó pegado, como se le queda a uno la sal del mar en la piel.
—En esa fuente suya se murió un niño —dice.
Leitner se vuelve hacia él. El hombre deja el vaso de vino en la mesa —despacio, sin que el cristal haga ruido contra la madera— y cuenta como quien ya ha contado eso muchas veces y sabe el peso exacto de cada palabra, el lugar donde hay que callar.
—Hará lo menos quince años. Un crío de aquí, de Lloseta, que subió con la familia un domingo. Se separó un momento. Un momento, ¿eh? Lo que tarda una madre en abrir un táper. Y cuando lo fueron a buscar, no estaba. Ni en la poza, ni en el torrente, ni en el bosque. Lo buscaron con perros, con helicóptero, con todo el pueblo peinando la montaña palmo a palmo. Nada. Como si se lo hubiera tragado la tierra.
—¿No lo encontraron? —pregunta Sabine, muy quieta, con una mano que ha vuelto a posarse, esta vez sola, sobre el hombro del niño.
—Sí lo encontraron. Un año después. Casi el mismo día, pero de distinto año. Un grupo que pasaba por la fuente lo vio entre dos rocas, junto al agua. —Bebe, sin prisa, y el vino le tiñe un instante los labios del mismo rojo que tenían las manos de Leitner en la cuesta—. Y aquí está lo que nadie ha sabido explicar nunca, y por eso en este refugio se sigue contando. El niño no estaba como tiene que estar un cuerpo después de un año a la intemperie. No estaba comido, ni seco, ni roto. Estaba entero. Fresco. El forense dijo que llevaba muerto unos minutos. Minutos. Después de un año desaparecido.
Apoya el vaso.
—Yo no sé de leyendas, ni de Corea, ni de Escocia —dice—. Pero si sube usted a esa fuente, vaya con cuidado. Y averigüe de una vez qué pasó allí arriba, que en este refugio llevamos quince años sin contárselo a los niños para que puedan dormir.
Tomeu, detrás de la barra, ha dejado de secar los vasos. Tiene uno en la mano, a medio camino, y el trapo quieto dentro, y no lo termina.
Jonas no ha seguido nada de la conversación de los mayores. Lleva todo el rato con el dedo metido en el vaso, dándole vueltas, en su mundo. Y conviene, ahora, mirar ese vaso de cerca, porque es lo único de toda la sala que se sigue moviendo.
Es un vaso de bar corriente, de cristal grueso y barato, con la base más densa que las paredes y una burbuja de aire atrapada en el fondo desde el día en que lo fundieron, una lágrima de vacío que ningún niño ha dejado nunca de buscar con la uña. El dedo de Jonas entra hasta la segunda falange y gira, y el agua lo obedece. Se forma un embudo, un pequeño remolino con su pared cóncava perfectamente pulida por la fuerza centrífuga, y en la garganta de ese embudo el aire baja en una columna temblorosa, plateada, que se estira y se rompe y se vuelve a formar. La luz amarilla de la bombilla entra por un lado del vaso y sale por el otro convertida en una media luna que tiembla sobre el mantel. En la superficie del agua flota una mota minúscula de pan, una sola, y gira, y gira, arrastrada por la corriente que el dedo del niño ha puesto en marcha, dando vueltas a un mundo del tamaño de un vaso de agua sin acercarse nunca al centro, sin caer nunca al fondo, condenada a orbitar.
Jonas saca el dedo de golpe.
Se lo mira a la luz amarilla de la bombilla, la yema brillante de agua, sorprendido, como quien comprueba que sigue teniendo el dedo.
—He notado como un mordisco —dice.
La mujer del agua.
Cinco noches
