Bruno Carpa.
El olor del oro.


Hay historias que entran por los ojos, y el que las cuenta gasta su tinta en colores y en luces. Esta ha de entrar por la nariz, y quien no esté dispuesto a oler más le vale cerrar el navegador ahora, porque aquí el mar no es azul: es brea caliente, salitre, sudor de trescientos galeotes pudriéndose al remo, hedor que el viento arrastra a leguas y que anuncia una vela enemiga mucho antes de que ojo alguno la vea alzarse sobre el horizonte.
Corre el tiempo del tercer Felipe, y en el Mediterráneo se libra un conflicto que no viene en las crónicas: guerra sorda, sin batallas con nombre, de galeras que se cazan unas a otras como arañas por el agua, corsarios con patente y cautivos sin rescate. En esta Lid todo se compra —hierro, pólvora, carne de remo—, pero hay una mercancía que no se encuentra en puerto alguno, y los capitanes que la conocen pagarían por ella más que por una santabárbara llena: una nariz.
De una de esas narices trata esta historia. La lleva un niño nacido en Lyon, huérfano y ladrón, que huele lo que ningún cristiano nacido de mujer alcanza a oler: el oro a través del cuero, el miedo en la piel de un hombre, la galera turca escondida tras la bruma. Los que lo emplean llaman a eso un don, y lo dicen sin mentir; pero conviene que el lector sepa, antes de embarcarse, lo que ellos callan: que quien lo huele todo, todo lo padece, y que no hay tormento más fino que un prodigio del que no se puede descansar. Esta es la crónica de Bruno, el ventor. Comienza, como tantas cosas en este siglo, con un robo a oscuras.
Lyon, Año del Señor de 1590
La niebla del Ródano sube por las callejuelas de Lyon como el aliento de un animal enfermo. Es esa hora sin nombre en que las campanas ya han callado, los honrados duermen, y solo quedan despiertos los que tienen tratos con la noche. La calle de los curtidores apesta a orines, a cuero en remojo y a esa dulzura podrida que dejan las aguas estancadas; y por encima de todo, espeso, el hedor a pescado viejo del mercado cercano, que se mete en la garganta y no se va.
Dentro de un barril vacío, arrimado al muro junto a la puerta del L'Hôtel de la Belle Gabrielle, Bruno contiene la respiración. Diez años tiene, y ya sabe que el mejor escondite es siempre el más asqueroso, porque a los lugares que dan náuseas nadie acerca la nariz. Por la grieta de una duela podrida mira la calle, y sus ojos —acostumbrados a la penumbra como los de un gato— ven primero la luz.
Un farol de aceite cuelga sobre el dintel de la casa, y su llama temblona pinta de naranja sucio los adoquines mojados. La fachada del lupanar es discreta, de las que no quieren llamar la atención: postigos cerrados, una hornacina con una virgen de yeso desconchada —ironía piadosa— y, tras las contraventanas, el rumor sordo de risas, de un laúd mal tañido y de voces que se enredan unas con otras.
Entonces aparecen los dos hombres.
El primero camina como camina quien manda aunque vista de tapadillo. Va embozado en una capa oscura, sin galones ni divisas, ropa de gente llana; pero Bruno, que ha aprendido a leer a los hombres por la calle como otros leen los libros, sabe en seguida que aquel paño es demasiado fino para un menestral, y que aquellos botines de cuero blando no han pisado nunca el barro de un oficio. Bajo el embozo se adivina un rostro afilado, de pómulos altos y barba recortada con el cuidado de los que tienen espejo y tiempo. Los ojos, claros, van de un lado a otro con la calma vigilante del lobo que ya conoce el redil.
Aquel es Jean-Baptiste de Lesco, aunque Bruno no sabrá su nombre hasta mucho después.
Lo que el niño no puede apartar de la vista es la espada. El embozo se ha abierto un instante al andar, y la luz del farol resbala sobre el acero como sobre agua negra. No es el espadón tosco de los soldados de a pie, sino una ropera de caballero, larga y delgada como una aguja, forjada para estocar antes que para tajar. La guarnición de lazo entrelaza sus barras de hierro pavonado en torno a la mano, y por el metal oscuro corren damasquinados de oro que, a la luz de la vela, dibujan un follaje que parece moverse. En la sombra queda el pomo, donde va cincelada una cruz de ocho puntas —la de la Orden—, sello callado de que aquella es arma consagrada y no juguete de bravucón: solo un señor de mucha alcurnia paga un acero así de hermoso para luego esconderlo bajo paño pardo.
Tras él va el segundo hombre, y a ese cualquiera lo reconoce por lo que es: un servidor de confianza, un hombre de armas al servicio de su señor. Ancho de espaldas, atento, con la mano nunca lejos del puño de su propia espada, más corta y más fea, hecha para reñir y no para lucir. Camina medio paso por detrás, como mandan el respeto y la cautela, y sus ojos no miran a su señor sino a las sombras de la calle, que es su oficio.
Ante la puerta, de Lesco se detiene. Habla en voz baja, pero el silencio de la noche lleva las palabras hasta el barril.
—Aguarda en el zaguán y non te apartes de la puerta —dice el señor—. Si oyeres alboroto, sube. Si non, ten quieta la lengua y quietas las manos, que esta noche non somos quien somos. ¿Hasme entendido?
—Como mi propia alma, mi señor —responde el hombre de confianza, e inclina la cabeza.
—Y otra cosa. Aquí non hay señor ni vasallo que valga a oídos ajenos. Mas tú y yo sabemos cuál es cuál. —Y en esto hay una sonrisa que no se ve, pero se oye.
Empujan la puerta. Un golpe de luz y de calor y de barullo sale a la calle, con su vaharada de vino derramado, de sudor, de sebo de velas y de un perfume barato y dulzón que tapa mal lo demás. Luego la puerta se cierra, y la calle vuelve a quedar a oscuras, con Bruno, su barril y el frío del río.
Lo que sigue Bruno no lo ve. Pero conviene que el lector pase la puerta donde el niño no puede.
El salón del lupanar es una caverna de luz dorada y sombras movedizas. Una docena de velas de sebo chisporrotean en candeleros de hierro, y el humo se queda colgado bajo las vigas ennegrecidas, de modo que todo se ve como a través de una gasa. Huele a leña de la chimenea, a vino agrio, a cuerpos y a ese perfume de almizcle y agua de rosas con que las mujeres tratan de cubrir lo uno y lo otro. En los rincones, sobre bancos y jergones, algunos clientes ya entrados en vino ríen con las mozas en el regazo: un mercader gordo de jubón desabrochado, dos estudiantes de la cercana escuela que gastan en una noche la bolsa de un mes, un soldado con la cara cosida de cicatrices que bebe solo y callado.
De Lesco se quita el embozo de la cabeza, mas no del todo, y avanza entre las mesas con la naturalidad estudiada del que finge no ser nadie.
Hacia él viene, abriéndose paso, la dueña de la casa. La madame es una mujer de buenos cuarenta, rolliza y enjoyada con baratijas que de lejos parecen oro, el pelo teñido de un rubio imposible y los labios pintados de un rojo que la boca ya no merece. Pero los ojos son vivos y listos, y tasan al recién llegado de los pies a la cabeza —la tela, los botines, el porte— en menos de lo que dura un padrenuestro.
—Sed bienvenido a mi casa, buen hombre —dice ella, con una reverencia que es medio burla—. Que aunque vengáis vestido de paño pardo, non me engañan a mí ni el andar ni las maneras. Aquí han entrado reyes vestidos de pordioseros, y pordioseros que se creían reyes. A vos, sea quien fuere, la casa os abre sus puertas.
—Habláis de más, señora —responde de Lesco, sin negar ni afirmar—, mas habláis con gracia. Vengo a holgar y a olvidar, y pago bien a quien bien me sirve. Mostradme lo que tenéis, y guardadme la lengua, que es la mejor moneda que de mí podéis cobrar.
—En esta casa las lenguas se atan solas, señor —ríe la madame—. Venid, ved.
Y da una palmada.
Van pasando las mozas, de una en una, como en una feria triste y hermosa.
La primera se llama Marguerite, alta y de carnes generosas, con un escote tan ancho y atrevido que la vela parece encenderse solo para él; y allí, en la blandura del pecho, luce un lunar oscuro como una mota de tinta caída sobre la nieve, que la mujer sabe bien y ofrece sin recato.
La segunda es Colette, menuda y morena, de labios pintados de un rojo de cereza madura que parten en dos un rostro de piel tan blanca que parece cuajada de leche fresca, de esa que las buenas amas guardan para los señores.
La tercera, la cuarta. Y al fin pasa una a la que llaman Aliénor, de cabellos del color del trigo segado y unos ojos serenos que no bajan ante el hombre como bajan los de las otras, sino que lo miran de frente con una calma que es casi insolencia. En ella se detiene de Lesco.
—Esta —dice.
La madame sonríe, que aquella es de las que más cobra.
—Buena elección, señor. Aliénor tiene maneras que non se aprenden en una casa como esta. Dios sabrá de dónde le vienen.
—Y una cosa más —añade de Lesco, bajando la voz—. Mi hombre aguarda fuera, y es noche larga. Buscadle alguna moza de mi mismo gusto que le entretenga el rato, que también el servidor merece su parte.
No hay menester de ir lejos. De la cocina, secándose las manos en el delantal, sale en aquel punto una mozuela de la casa: pelirroja, de cabellos rizados que el calor del fogón ha alborotado, y una sonrisa fácil que se le va sola. Pasa la vista por el hombre de armas, que en ese momento asoma al zaguán, y lo mide con una mirada larga y descarada que no deja lugar a dudas sobre lo que piensa. El servidor, que de piedra no es, le devuelve la sonrisa y acepta encantado la suerte que le cae.
Sube ya de Lesco los peldaños de madera que crujen bajo sus pasos, con Aliénor delante, cuando se vuelve a medias hacia su hombre, que abajo aguarda turno.
—Non tardes más que yo —le dice, y hay chanza y aviso a partes iguales—. Que aquí el que ha de esperar es el vasallo, y non al revés. Tenlo presente.
—Téngolo, mi señor —responde el otro, con una media sonrisa—. Seré breve, que más se tarda en rezar un avemaría.
Y cada cual sube por su lado.
La alcoba de Aliénor está en lo alto de la casa, bajo el alero. Es pequeña y, dentro de lo que cabe esperar, limpia: un jergón ancho cubierto con una colcha remendada pero de colores; una mesilla con una palmatoria encendida; un arca a los pies; y, en la pared, un espejo de azogue manchado que devuelve las cosas como recordadas, no como vistas. Por el ventanuco entreabierto entra el frío del río y el rumor lejano del agua, y la llama de la vela se inclina y se endereza con el aire.
De Lesco deja caer la capa sobre el arca. Luego se desciñe la espada y la apoya con cuidado contra la pared, al alcance de la mano —que un hombre así nunca duerme del todo—. Por último se descuelga del hombro el macuto de cuero que trae bajo el embozo.
Y aquí hace algo que Aliénor, mujer avisada, finge no mirar.
No abre el macuto. En cambio, sus dedos buscan en la correa ancha que lo cierra, y en un pliegue de aquella correa —no en el zurrón, sino en la propia hebilla cosida con doblez de artesano taimado— halla un escondrijo del que saca una bolsa pequeña. Pesa poco y suena a mucho: monedas, y entre ellas el brillo más callado del oro. Deja dos monedas y una peita de oro, a la vista, como quien paga por adelantado para que nadie le moleste el sueño ni la holgura y guarda el resto en su escondite.
Aliénor, que de su oficio sabe cuanto hay que saber, no se mueve hacia él. Sabe bien que un hombre, mientras no ha soltado el macuto y la espada, no es del todo hombre, sino soldado; y que con el soldado no se huelga. Espera a que las dos cosas queden lejos de la mano. Solo entonces habla, con voz suave:
—Venid, señor. Antes del solaz, el descanso. En la pieza vecina os han dejado agua caliente y aceites de buen olor, que la jornada ha sido larga y el camino ensucia hasta a los reyes.
Y abre la puertecilla que comunica aquella alcoba con la de al lado, de donde sale un vaho tibio, perfumado de espliego y de rosa, y el reflejo del agua humeante en un barreño donde los diligentes criados de la casa lo han dispuesto ya todo para el señor que quiere pasar por uno más.
Aliénor le ayuda a desvestirse, y a la luz de la palmatoria el cuerpo del caballero cuenta su propia crónica. Los hombros son anchos, forjados año tras año por el peso de un acero que se levanta mil veces hasta que el brazo aprende a no temblar; porque un caballero de la Orden no solo se adiestra en hablar con letras y en rezar en latín, sino en guardarse la vida cuando el latín ya no sirve de nada. Sobre la piel, las cicatrices son palabras de un idioma viejo: una larga y blanca le cruza el costado, recuerdo de alguna estocada que no llegó al corazón por un dedo; otra, más torpe, le marca el antebrazo; y en el hombro, un costurón antiguo que la luz vuelve plata cuando él se mueve. Aliénor las mira sin asco, casi con respeto, que ha visto pasar muchos hombres por su alcoba y sabe distinguir al que ha vivido del que solo ha presumido.
Luego es ella quien se suelta el vestido, y su tez —blanca y lisa como cosa nunca tocada por el sol— contrasta con aquel cuerpo basto de hombre de guerra, velludo y recio, que sin embargo no le desagrada. Aliénor jamás confesaría en voz alta cuánto le place lo animal de los hombres; mas lo recibe de buena gana, que hay una ternura ruda en lo salvaje que las palabras finas no alcanzan.
Lo único lujoso en aquella pieza es un espejo de cuerpo entero, de azogue limpio, dispuesto frente a la bañera; que bien sabe la madame que a los hombres les gusta verse a sí mismos, dueños y señores del momento. Y es buscándose en el espejo cuando de Lesco ve lo que no debiera estar allí: un movimiento extraño en el fondo del reflejo, junto a la ventana.
No dice nada. No altera el gesto. Solo sigue mirando, como mira el cazador que no quiere espantar la pieza antes de tiempo. Aliénor, que advierte la fijeza de sus ojos, vuelve la vista hacia donde él mira, y se le escapa un sobresalto; pero de Lesco le pone un dedo en los labios —calla, observa— y ella obedece.
Por la ventana se ha colado un niño. Diez años, no más: el mismo del barril, Bruno, que ha saltado desde el alero de la casa vecina, que en Lyon las casas se apretujan unas contra otras como dientes en una boca. Cae blando como un gato y va derecho al zurrón apoyado en el arca. Y aquí está el prodigio que de Lesco no entiende: el niño no tantea, no rebusca, no abre el macuto por donde un macuto se abre. Va directo, sin dudar, a la correa, al pliegue secreto de la hebilla donde está cosida la bolsa de las monedas, como si la viera a través del cuero.
Entonces de Lesco salta.
De un solo movimiento se interpone entre el niño y la ventana, cortándole la huida; y Aliénor, viva, se planta de espaldas en la puerta, que no escape por ahí. El niño queda atrapado entre los dos, con la bolsa aún en la mano.
—¡Tristán! —llama el caballero.
No ha terminado de decir el nombre cuando ya se oyen las botas atronando la escalera. La puerta se abre de golpe y aparece el servidor, con los calzones a medio subir y la espada desnuda en la mano, los ojos buscando a quién partir en dos.
—¿Qué sucede, mi señor? —jadea Tristán—. ¿Quién os ha ofendido?
—Sosiégate, que no hay sangre que verter —responde de Lesco, sin apartar los ojos del niño—. Paréceme que tenemos un ladronzuelo en la casa. Mira: derecho fue a mi bolsa, como si la viese a través del cuero.
—¡Bellaco! —brama Tristán, y le echa la zarpa a la oreja—. De donde yo vengo, a los de tu oficio les cortan la mano, y al segundo hurto, la otra. Vámonos al alguacil, rapaz, que él te enseñará el catecismo a palos.
—Aguarda. —De Lesco alza una mano, y hay en su voz una curiosidad que pesa más que la cólera—. Algo me intriga, y no me iré a dormir sin saberlo. Dime, mocoso: ¿cómo diste con la bolsa tan presto? Bien escondida estaba, que la cosió un maestro para que ningún ojo la hallase.
El niño, colgado de la oreja y con lágrimas de dolor en los ojos, no baja la mirada.
—No la vi, mi señor —dice—. La olí.
—¿Que la oliste? —De Lesco frunce el ceño—. ¿Qué oliste, rapaz? Habla claro.
—Todo, mi señor. Las monedas y el oro, que huelen distinto del plomo. Y el cuero del bolso, un cuero viejo, curtido con agalla de roble. Eso se huele desde el otro lado de la ventana, si el viento ayuda.
—¡Imposible! —salta Aliénor desde la puerta, mitad risa, mitad pasmo—. Eso no lo huele cristiano nacido de mujer. Te lo pondré fácil, embustero: ¿a qué huele mi perfume?
El niño cierra los ojos un instante, husmea el aire como un podenco, y responde sin titubear:
—A espliego, mi señora. Y debajo, aceite de oliva con que lo habéis ligado. Y más abajo aún, flor de azahar, poca, que ya se va gastando.
Se hace un silencio en la alcoba. Aliénor se lleva la mano al cuello, porque las tres cosas son ciertas, y nadie se las ha dicho.
—La verdad es que… fácil ha sido —murmura de Lesco, y ya no mira al niño como se mira a un ladrón, sino como se mira a una moneda de oro caída en el barro—. Tristán, dale la vuelta. Que no vea.
El servidor obedece y hace girar al mocoso de cara a la pared. De Lesco toma él mismo la bolsa y, sin ruido, la oculta tras el espejo, en el hueco angosto entre el azogue y el muro.
—Ahora, rapaz —dice—. La bolsa no está donde estaba. Hállala, si tan buena nariz tienes.
Sueltan al niño. Bruno se vuelve, alza un poco la barbilla, olfatea una vez, dos. Luego camina derecho al espejo, mete la mano por detrás y saca la bolsa.
No ha tardado lo que se tarda en rezar media avemaría.
De Lesco y Tristán cruzan una mirada por encima de la cabeza del niño. Y en los ojos del caballero ya no hay cólera ninguna, sino el brillo callado del que acaba de comprender que ha tropezado, en el cuchitril más sucio de Lyon, con algo que vale más que todo el oro de su bolsa.
De Lesco se pone en cuclillas, despacio, hasta que sus ojos claros quedan a la altura de los del niño. De cerca, el rapaz huele a río, a duela podrida y a ese pescado viejo que ya no se le va del pelo.
—Dime, mocoso —pregunta el caballero, y su voz es queda, casi amable, que es lo que más miedo da—. ¿Tienes madre de quien despedirte, o cosa alguna que arreglar? Que has de hacer conmigo un viaje.
Al niño se le vacía la cara de color. Los labios, apretados hasta ser una raya blanca; las aletas de la nariz, quietas por primera vez en toda la noche, como si hasta el olfato se le hubiera helado. Y aunque por el ventanuco entra el frío del Ródano, una gota de sudor le nace en la sien y le baja despacio, bordeando el pómulo, hasta perderse en la mugre del cuello. Porque Bruno sabe bien lo que les espera a los ladrones cuando un señor habla de viajes: el carro del alguacil, la picota, la soga. Y sabe también —es su maldición— que el miedo huele: agrio, a hierro y a orina, y que ahora mismo es él quien apesta a eso.
Entonces Jean-Baptiste de Lesco echa la cabeza atrás y suelta una carcajada ancha, de las que hacen temblar la llama de la palmatoria.
—¡Non tiembles, rapaz, que non te llevo a la horca! —dice, cuando la risa le deja—. A Malta quiero llevarte, que allí tendrás otra vida y un oficio honrado. Si fueres listo y atento, se entiende, que allá non se mantiene a holgazanes ni a bocas muertas. Conque responde: ¿hay madre que te llore?
Los hombros del niño se aflojan, y el aire le sale de una vez, como si lo hubiera tenido guardado desde el barril.
—Mi padre non sabe ni que existo, mi señor —dice—. Y mi madre está con la Virgen María.
