Bruno Carpa.
Trescientas varas.
Capítulo 28
La Valeta está vacía y llena de ruido, y las dos cosas a la vez asustan más que ninguna.
Bruno cruza la ciudad detrás de las camillas por calles donde no hay un alma: puertas cerradas, postigos echados, un perro que corre pegado a las paredes, y de fondo, sin parar un momento, el trueno de las baterías que hace vibrar los cristales de las hornacinas. En la Sacra Enfermería descargan a los heridos en un zaguán donde ya no cabe nadie, y un fraile con el hábito remangado hasta el hombro les grita que los dejen en el suelo, en el patio, donde sea.
Y ahí es donde Bruno tenía que dar la vuelta, pero sale de la Enfermería con los cubos vacíos, se queda un momento parado en mitad de la calle, y en vez de volver hacia el portillo de tierra echa a andar hacia el otro lado. Hacia el ruido. No lo decide del todo: los pies van solos, como fueron solos una noche en Lyon hacia la ventana de un lupanar.
Sube por una rampa de servicio detrás de dos artilleros que acarrean un cesto de pelotas, y nadie lo para, porque hoy nadie para a nadie.
Y sale al baluarte que da al puerto, lo primero que le llega es el olor, y le llega como un muro: pólvora quemada por toneladas, azufre, salitre, brea ardiendo, madera mojada, y por debajo el mar. Lo segundo es lo que ve, y lo que ve no se le va a borrar en la vida.
El Gran Puerto está lleno de humo y de naves. Han entrado. Doce o catorce cascos otomanos, grandes, de vela redonda, metidos ya dentro del agua del puerto, con las velas rotas y las bandas negras de tanto disparar. El fuego cruzado de San Telmo y de las baterías de enfrente les ha cobrado el peaje —hay uno escorado y hundiéndose junto a la punta, y otro sin palo mayor—, pero han pasado. Y ahora están dentro, tirando contra todo lo que ven, y todo lo que ven es una ciudad de piedra que les devuelve el fuego desde tres lados.
Y en mitad del agua, atravesados en el paso, hay cuatro cascos que Bruno conoce.
—¡Eh! ¡Tú! ¿Qué haces aquí, criatura?
El que le grita es el condestable de la batería, un maltés bajo y cuadrado, negro de humo hasta las cejas, con el mandil quemado y una mecha encendida en la mano. Se llama Zammit. Se acerca dos pasos, entorna los ojos y cambia de cara.
—Aguarda. ¿Tú non eres el rapaz aquel? ¿El de la nariz?
—Sí, señor.
—¿Y qué haces en mi baluarte, hombre de Dios? ¡Que aquí entra pelota!
—Traía heridos a la Enfermería. —Bruno no aparta los ojos del agua—. Señor. ¿Qué está pasando ahí abajo?
Zammit lo mira, mira los cubos vacíos, mira otra vez al muchacho, y decide lo que decide la gente cuando lleva cuatro horas disparando: que le da igual.
—Ponte detrás de esa merlón y non te muevas de ahí. —Y luego, señalando con la mecha, porque un artillero no sabe explicar nada sin señalar—: ¿Ves esa boca de allá, entre el fuerte y la punta de enfrente? Por ahí han entrado. Y non han entrado porque hayan podido: han entrado porque el viento los ha metido. Con levante como el de hoy, esa boca es un embudo. Se entra de un soplo.
—¿Y salir?
—Ahí está la gracia, muchacho. —Zammit enseña unos dientes muy blancos en una cara muy negra—. Salir non se sale. Una nave de vela non remonta el viento, y aquí dentro non hay espacio para bordear. Han metido la cabeza en un saco con la boca a favor. —Se le va la sonrisa—. Lo malo es que dentro del saco estamos nosotros.
—¿Y esa cadena?
—Esa cadena guarda lo único que non se puede perder. —Señala más adentro, hacia la ensenada donde el hierro se tiende de una punta a otra, sostenido sobre maderos—. Detrás están las galeras de la Religión, amarradas y en cura desde el verano. Si el turco se cuela ahí y les prende fuego, la Orden se acabó. Puedes quedarte con la ciudad y con la muralla y con el Gran Maestre: sin galeras esto es una roca. —Escupe—. Por eso hay cuatro cascos ahí en medio.
—Ya sé por qué hay cuatro cascos ahí en medio —dice Bruno.
Y no dice más, porque no le sale. Están fondeados de través, atravesados en el paso como se atraviesa una tranca en una puerta. No maniobran. No pueden: están anclados a propósito, y un barco anclado es un blanco y no un contrincante. Los tres caramuzales, con sus dos sacres cada uno y sus tripulaciones cortas, disparan y reciben; uno de ellos tiene ya la banda abierta por tres sitios y escora, y desde el baluarte se ve a la gente achicando por las bordas con lo que encuentra. Y en medio, entera todavía, con las dos bandas escupiendo humo, la San Juan Bautista.
Bruno la mira y le arde la garganta ny ocurre una cosa que el condestable Zammit celebra con un aullido.
Dos naves otomanas se le echan encima a la San Juan Bautista por la banda de babor, para abordarla desde el costado que lleva media hora tirando y ha de tener los cañones descargados. Y cuando ya casi la tienen, en la proa de la San Juan Bautista aparece un hombre con un hacha.
Aun a trescientas varas se ve que es enorme, y Bruno no necesita más para saber quién es: Onofre, el mallorquín, el que llora en todos los bautizos con aquella voz de niña que non le pega. Levanta el hacha por encima de la cabeza con las dos manos y la deja caer sobre el cable del ancla — un cabo de cáñamo grueso como el muslo de un hombre, de los que non se cortan de un golpe ni con dos ni con tres. Onofre lo corta de uno.
El cable salta, chicotea en el aire como una culebra y se va al agua, la nave gira sobre sí misma empujada por el viento, como un caballo que se revuelve — y presenta la otra banda. La de estribor. La que no ha disparado en toda la mañana y que estaba cargada y esperando.
Lo que sale de allí a veinte varas de distancia no se puede contar. Una de las dos naves otomanas queda inmediatamente sin gente en la cubierta de proa.
—¡Ese es el mallorquín! —brama Zammit, dando saltos—. ¡Ese es el mallorquín, que yo lo he visto hacer eso en Sicilia! ¡Cortar y virar! ¡Non me digas que non es hermoso!
Bruno no contesta. Ha alzado la cara porque en el aire hay algo nuevo.
Cierra los ojos y lo separa, y le cuesta, porque aquí arriba todo huele a lo mismo — pólvora, azufre, madera, agua sucia, humo — y su nariz lleva tres horas ahogada en ello. Pero es que esto no está mezclado con nada: es una columna espesa que le sube directamente del agua, de barlovento, tan fuerte que casi se puede masticar.
Brea. Pez derretida. Estopa. Aceite viejo. Azufre. Y trapo. Muchísimo trapo empapado.
Abre los ojos y busca.
Y ahí están. Tres cascos de la segunda línea, viejos, panzudos, que llevan un rato largo detrás de los demás y que no han disparado un solo tiro en toda la mañana. Vienen despacio, con el viento en popa, tan bajos de borda que casi rozan el agua. Y no llevan gente: se les ve la cubierta vacía, salvo dos sombras a popa junto al timón.
—¡Señor! —Bruno se agarra al brazo del condestable con las dos manos—. ¡Señor, esos tres! ¡Los de atrás!
—¿Qué pasa con esos?
—¡Que vienen cargados de fuego! ¡Brea y pez y azufre, señor, hasta arriba, y aceite y trapos! ¡Los huelo desde aquí! ¡Non vienen a pelear, vienen a arder!
Zammit se vuelve hacia el agua con el catalejo, y tarda dos segundos en verlo. Solo dos.
—Madre de Dios.
—¡Brulotes!
—Brulotes. —El condestable ya está corriendo por el adarve, gritando cosas que Bruno no entiende, y de pronto se vuelve y le señala con la mecha encendida—: ¡Tú te quedas ahí y non te mueves, rapaz, que hoy ya has hecho más que los cuatro cañones de esta batería!
Lo que pasa después pasa deprisa.
Desde el baluarte se ven las señales corriendo de una nave a otra, y del muelle salen dos botes, y de los cascos de Lesco salen otros tres, y todos van cargados de lo mismo: hombres con bicheros largos, con garfios, con rezones atados a cabos gruesos. Porque contra un brulote no hay artillería que valga —puedes acertarle y lo único que consigues es abrirlo antes— ni hay maniobra posible para una nave fondeada. Solo hay una cosa: salir a su encuentro en una barca, engancharlo por donde se pueda y llevárselo a rastras fuera del paso antes de que llegue.
Es el peor trabajo de una batalla naval, y lo sabe todo el mundo en las dos orillas.
Al primero lo cogen bien. Dos botes le meten los garfios por la amura cuando todavía viene apagado, cobran a un tiempo y lo tuercen despacio hacia la orilla del Borgo, y allí lo dejan varar contra las piedras. Cuando por fin le prenden fuego los suyos, ya arde solo, contra un muro, sin hacerle daño a nadie.
Desde el baluarte, la gente aplaude. Bruno también.
Con el segundo no hay tanta suerte.
Porque los otomanos han visto lo que ha pasado con el primero, y a este lo encienden antes, mucho antes, cuando aún le queda camino: le prenden la estopa a proa y saltan al agua los dos que lo gobernaban, y el casco sigue viniendo solo, empujado por el levante, convertido en una hoguera que camina sobre el agua derecha a la línea de los cuatro cascos.
Y hay que engancharlo igual. Ardiendo.
De la San Juan Bautista baja un bote de seis remos.
Bruno lo mira bajar sin ningún presentimiento, porque a esa distancia los hombres son bultos. Y entonces, cuando el bote se aparta del costado y el que va de pie en la proa levanta el bichero para acomodárselo al hombro, la silueta se recorta contra el agua brillante — enorme, más ancha que las demás, con esa manera de plantarse en un bote que solo tienen los hombres que pesan mucho.
Y a Bruno se le para el corazón.
—Tristán.
Lo dice muy bajo. Y luego lo grita.
Lo grita con toda el alma, con las dos manos en la boca, asomado entre dos merlones de un baluarte que está a trescientas varas del agua, en mitad de una batalla en la que están disparando ciento y pico de cañones. Grita hasta que se le rompe la voz y le arde la garganta y se queda ronco, y sigue gritando el mismo nombre una y otra vez.
Y no sirve absolutamente de nada.
Porque hay trescientas varas de aire, y humo, y el trueno de la artillería, y el hombre del bote no puede oírlo.
Y hay otra cosa, peor que las trescientas varas, y Bruno la sabe mientras está gritando.
Que aunque el viento rolara, le llevase el nombre por encima del agua, lo oyera entre el trueno de ciento y pico de cañones. Aunque levantara la cabeza y lo viera allá arriba, entre dos merlones, ronco y con las dos manos en la boca, seguiría.
No se pararía. No soltaría el bichero, ni mandaría virar el bote, ni le gritaría nada a nadie. Alzaría una mano, como quien saluda desde la calle al pasar, y seguiría remando hacia aquella hoguera — porque eso es lo que hace ese hombre desde antes de que Bruno naciera; porque alguien tiene que engancharle el garfio a ese casco y no hay nadie más; y porque a Tristán no se le ha ocurrido nunca que hubiera otra manera de estar en el mundo.
El bote llega al brulote por la aleta, apartándose del fuego todo lo que se puede, que no es mucho. Se ve al hombre grande alargar el bichero y buscar sitio donde morder. Se ve el garfio prender en la borda. Se ve al bote cobrar y virar y empezar a tirar de aquella masa ardiendo, y a los seis remeros dejarse la espalda para torcerle el rumbo dos palmos, tres palmos, los que hagan falta.
Y lo consiguen. Eso es lo que hay que decir, porque es verdad: lo consiguen. El brulote empieza a caer hacia el costado, apartándose de la línea.
Y entonces le llega el fuego a la bodega.
El estampido se oye en toda la isla. En el foso, a media legua, quince mil personas que estaban peleando en una zanja levantan la cabeza a la vez. En el baluarte, la onda tira al suelo a dos artilleros y a Bruno lo estampa contra la piedra. Sube una bola de humo negro y aceitoso que se dobla hacia el mar y no se acaba nunca, y cuando el agua deja de llover y de arder, donde estaba el bote no hay bote.
Bruno se pone de rodillas, se agarra al merlón con las dos manos, y mira aquel pedazo de agua vacía durante un tiempo que no sabría contar, esperando ver algo. Una cabeza. Un remo. Un hombre nadando.
No hay nada que oler y no hay nada que ver.
Viene ya encendido, más deprisa que los otros porque el viento ha refrescado, y viene derecho a la línea de los cuatro cascos. Y no queda un solo bote en el agua que pueda alcanzarlo a tiempo: los del muelle están al otro lado, los otros dos vienen remando desde el Borgo y les faltan cinco minutos, y cinco minutos no los hay.
Desde el baluarte se ve venir la desgracia con toda claridad. Si ese brulote entra en la línea, prende primero en el caramuzal escorado, que arde como yesca; y con este viento, de ese al siguiente, y del siguiente al otro, y detrás está la cadena, y detrás de la cadena están las galeras de la Religión.
—Se acabó —dice alguien en el adarve—. Que Dios nos coja confesados.
Y entonces, en la San Juan Bautista, un hacha cae sobre el cable del ancla por segunda vez en aquella mañana.
La nave suelta amarras y el viento la toma por la aleta, y en vez de dejarse llevar hacia el fondo del puerto —que es lo que haría cualquiera, y lo que la salvaría—, mete la caña a la banda y se cruza. Se pone en medio. Ella sola, atravesada entre aquella hoguera flotante y los tres cascos que quedan de la línea, ofreciéndole el costado.
—¡Non! —Zammit se ha quedado con el catalejo a medio bajar—. ¡Non, non, non, francés, apártate! ¡Apártate, que te lo comes tú!
El brulote entra de proa en el costado de la San Juan Bautista con un ruido sordo que llega a la muralla dos segundos después de verse, y se abraza a ella, y en menos de lo que se reza un avemaría el fuego ha subido por el aparejo hasta la cofa. Se ve gente saltando al agua desde las bordas. Un bote arriándose por la banda de sotavento con más hombres de los que caben. Se ve —y esto lo ve Bruno, y sabe que lo está viendo, aunque después no será capaz de contárselo a nadie— arder la perrera: aquel nido redondo de tablas que le armaron los carpinteros en lo alto del palo mayor y que la tripulación bautizó antes que el cura.
Arde como una antorcha. Y luego el palo entero se dobla despacio y cae Lo que se ve desde ahí arriba lo entiende cualquiera: la línea se ha salvado. Los tres cascos que quedaban siguen atravesados en el paso, el fuego no ha corrido, la cadena está entera y las galeras de la Religión siguen amarradas del otro lado, en su ensenada, ajenas y a salvo.
Y en mitad del Gran Puerto, ardiendo de proa a popa, hay una nave manca que hace tres años entró en este mismo puerto la última de la línea, honda de quilla y cargada de plata, con un niño en lo alto del palo mirando la isla que iba a ser su casa.
Fuera, más allá de la boca, con el resto de la flota a barlovento y a salvo, Morato Arráez mira arder el puerto durante un buen rato.
Ve lo que hay que ver. Que sus cascos han entrado y no van a salir. Que los brulotes han quemado una nave y han costado tres. Que la cadena sigue puesta. Y que en la ciudad no ha cambiado nada: los mismos estandartes, los mismos cañones, el mismo humo.
Se queda muy quieto, con los párpados pesados sobre los ojos garzos, haciendo la única cuenta que sabe hacer.
Y da la orden. Las naves que no han entrado orzan despacio, cobran trapo y empiezan a apartarse de la costa hacia el sudeste, con el viento largo, sin prisa, sin un cañonazo de despedida. En una hora son manchas. En dos, no son nada.
Deja atrás doce cascos ardiendo dentro de aquel puerto, con la gente que iba en ellos, veinte galeras muertas en una cala del norte: seis abiertas a hachazos y asentadas en la arena para siempre, y catorce enteras y baldías, sin un remo, sin una vela y sin un solo hombre que quiera bogar en ellas.
Dos mil doscientos remeros que hace nueve noches eran suyos y que ahora andan libres y cristianos por el monte de una isla enemiga y tres mil hombres sentados en la piedra, sin naves, sin pan y sin nadie que vaya a volver a buscarlos.
Se lleva lo que le queda: unos cascos y el viento. Non se lleva nada más.
Y en el baluarte, arrodillado entre dos merlones, con la voz rota de gritar un nombre que nadie oyó, hay un niño de doce años que huele a humo, a azufre y a agua quemada, y que en toda su vida no ha necesitado tan poco la nariz para entender lo que está pasando delante de él.
