Bruno Carpa.
Agua.
Capítulo 29
Amanece mal, no hay sol: hay una claridad sucia que se abre paso por detrás del humo y lo pone todo del color de la ceniza mojada. El viento ha caído, y al caer se ha quedado quieto sobre la isla todo lo que la noche había estado moviendo: el humo de la ciudad, del puerto, las piras del llano, y por debajo el otro olor, ese que no tiene nombre y que Bruno conoce desde Gozo.
Baja del baluarte con las piernas dormidas y sale a los muelles, lo que ve en los muelles no se le va a olvidar en la vida, aunque después, cuando sea un hombre, no será capaz de contárselo entero a nadie.
Han estado sacando gente del agua toda la noche. Están tendidos en las losas, en filas, unos vivos y otros no, a la luz de esta hora no se distingue bien quién es de cuál. Hay hombres desnudos y negros de la cabeza a los pies, quemados de un modo que no permite saber de qué nación eran; los hay que respiran y no se mueven, los hay que se mueven y no respiran bien. Hay uno sentado contra un noray, muy tranquilo, sujetándole la mano a un compañero que lleva muerto tres horas; cuando pasan a llevárselo no lo suelta, y hay que decírselo dos veces, y aun así no lo entiende.
Un poco más allá, dos frailes de la Enfermería van pasando entre las filas con jarras de agua, y ese es el ruido que va a quedarse en la cabeza de Bruno por encima de todos los demás: no los quejidos, sino la palabra. Agua. La dicen todos, en cinco lenguas, con la misma voz.
Junto a la escala del muelle han hecho un montón con lo que la noche ha ido dando, y alguien lo ha tapado con una vela vieja porque a la gente le hacía mal mirarlo. La vela no tapa del todo. Bruno pasa por delante deprisa y no vuelve la cabeza, y en los años que le quedan por vivir nunca contará qué es lo que asomaba por debajo de la lona, aunque se lo pregunten.
Y sin embargo lo peor no es nada de eso. Lo peor es lo callado que está todo.
Porque la gente que trabaja aquí lleva toda la noche en pie y ya no habla: acarrean, levantan, atan, cargan, y lo hacen despacio y sin decirse una palabra, con esa manera de moverse de los que han pasado del cansancio a otra cosa. Hay un muchacho de la edad de Bruno sentado en el suelo entre dos muertos, dormido, con la boca abierta. Nadie lo despierta.
Encuentra a Lesco al final del muelle grande. Está sentado en el suelo con la espalda contra un montón de cabos, envuelto en una manta de las de los enfermos, y a Bruno le cuesta un segundo largo reconocerlo. Tiene el pelo y las cejas quemados, la cara roja y en carne viva por un lado, y las dos manos vendadas hasta la muñeca con paños que ya se han empapado. Le falta la cruz de ocho puntas del pecho. Le falta todo, en realidad.
Está mirando el agua del puerto, donde flotan las cosas.
Bruno se para a cinco pasos y no sabe qué hacer con el cuerpo.
Lesco vuelve la cabeza despacio. Lo mira. Y lo primero que le sale, con la voz destrozada de tragar humo, es lo último que Bruno esperaba oír:
—Te dije que te quedaras detrás del terraplén.
—Sí, mi señor.
—Te lo dije a gritos, delante de mi gente, para que non hubiera duda.
—Sí, mi señor.
—Y non lo hiciste.
—Non.
Lesco lo mira un momento más. Después alza las dos manos vendadas, torpe, sin poder cerrarlas, y le hace un gesto con la cabeza para que se acerque. Y cuando Bruno llega, lo atrae contra sí con los brazos, sin usar las manos, y lo aprieta contra la manta y el olor a quemado y no lo suelta durante mucho rato.
Bruno se rompe, se rompe entero, ahí de pie, y llora como no ha llorado en tres años, con unos hipidos horribles que le salen del estómago; y llora por Tristán, y por el barco, y por la perrera ardiendo, y por los treinta y un muertos del foso, y por el mozo del cesto de piedras, y por el hombre del noray que no soltaba la mano, y por todo lo que ha visto esta mañana, que es demasiado.
Lesco no le dice que se calle. Espera.
Cuando por fin puede hablar, Bruno se separa y hace lo que ha venido a hacer.
—Mi señor. Fui yo.
—¿Qué fuiste tú?
—Los brulotes. —Le tiembla la barbilla y se la sujeta con la mano—. Los olí desde el baluarte antes de que nadie los viera, y di la voz, y por eso salieron los botes. Si non hubiera dicho nada, non habría salido ninguno. Y Tristán… —se le va la voz y la vuelve a buscar— Tristán está en ese bote por lo que dije yo.
Se hace un silencio muy largo.
—Ven acá —dice Lesco.
Y entonces, con las manos quemadas y la voz rota, le explica una cosa que Bruno tardará quince años en entender del todo, aunque la recuerde palabra por palabra desde esta misma mañana.
—Escúchame bien. Si tú non hubieras dicho nada, ese primer brulote habría entrado en la línea sin que nadie lo viera venir. Habría prendido en el caramuzal de estribor, que estaba escorado y lleno de heridos, y con ese viento habría corrido de casco en casco hasta la cadena. ¿Sabes lo que hay detrás de la cadena?
—Las galeras de la Religión.
—Las galeras de la Religión. —Lesco se remueve, y hace un gesto de dolor—. Todas, amarradas y en cura. Esta mañana non habría escuadra, non habría Orden y non habría isla, y en esta ciudad estarían entrando ellos. —Deja que eso se asiente—. Y en cuanto a Tristán: aunque yo se lo hubiese prohibido, aunque le hubiese mandado quedarse a bordo, aunque le hubiera puesto la mano en el pecho para detenerlo… ¿tú sabes lo que habría hecho ese hombre?
Bruno no contesta.
—Habría bajado igual. —A Lesco se le quiebra algo por dentro, y se le nota en que tarda en seguir—. Llevo veinte años mandándole cosas y non me ha desobedecido nunca, y non me habría desobedecido esta vez tampoco. Sencillamente habría bajado antes de que yo pudiera abrir la boca, que es lo que hacía siempre. —Mira el agua—. Non lo mandaste tú, rapaz. Non lo mandé yo. Lo mandó él, hace veinte años, el día que decidió qué clase de hombre iba a ser.
Callan un rato los dos, mirando lo mismo.
—Non se ha encontrado nada, ¿verdad? —dice Bruno al fin.
—Nada.
—Non huele. —Se le vuelve a arrugar la cara—. Yo hoy lo huelo todo, mi señor, todo lo de este muelle. Y a él non lo huelo.
—Ya —dice Lesco—. Ya lo sé.
A Bartolo se lo dicen a media mañana. Lo encuentran en el foso, con las dos alabardas —la suya y la de Sciarra— apoyadas contra el parapeto, ayudando a subir muertos con una cuerda. Se lo dice Onofre, que se salvó saltando por la banda de sotavento y que tiene una quemadura de un palmo en la espalda y las cejas comidas por el fuego.
Onofre llora antes de acabar la frase, porque llora en todos los bautizos y en todas las bodas y en todos los entierros, con aquella voz suya de niña que non le pega al cuerpo. Se lo cuenta llorando y a trompicones, y no acierta a decir dónde ni cómo.
Bartolo lo escucha entero sin moverse. Después asiente una vez.
—¿Y cuerpo? —pregunta.
—Non hay.
—Ya.
Y se agacha, coge la cuerda y sigue subiendo muertos, y no dice una palabra en toda la mañana. Nadie sabe si eso es que lo lleva bien o que lo lleva peor de lo que se puede llevar. A media tarde, cuando por fin lo dejan sentarse, se le ve un rato con las dos alabardas cruzadas sobre las rodillas, y luego busca en el suelo un pedazo de tiza de las que usan los canteros para marcar la piedra, y traza en el asta de la suya dos rayas cortas, una debajo de otra.
No dice de quiénes son. Y nadie se lo pregunta.
A Bruno lo encuentran ellas antes de que él tenga tiempo de buscarlas.
Grazia lo ve venir desde el portillo, cruzando la explanada de los cuarteles con la ropa quemada por una manga y la cara negra de humo, y suelta lo que lleva en las manos —que es un caldero, y se le vuelca entero— y echa a correr hacia él a una velocidad que nadie le había visto nunca a esa mujer.
Lo agarra por los hombros y lo zarandea.
—¡Malnacido! ¡Desgraciado! ¡Criatura del demonio! —Y a cada palabra lo zarandea más, y le llora la cara entera—. ¡Toda la noche! ¡Toda la noche preguntando por ti de camilla en camilla, como una loca, mirándoles la cara a los muertos uno por uno! ¡¿Tú sabes cuántos muertos le he mirado la cara esta noche, animal?!
—Y lo abraza tan fuerte que le hace daño, y sigue insultándolo contra el pelo con la voz cada vez más rota—. Non me lo vuelvas a hacer en tu vida.
Caterina no dice nada, porque Caterina no dice nunca nada.
Se queda un poco atrás, esperando a que Grazia acabe. Y cuando por fin le llega el turno, no se le echa encima ni lo abraza. Se le pone delante, muy seria, le coge la cara con las dos manos y se la vuelve a un lado y a otro, mirándosela despacio, como quien revisa una pieza de loza para ver si ha llegado rota. Le mira la quemadura de la manga. Le mira las manos. Le baja el cuello de la camisa con un dedo y le mira ahí también.
Y solo cuando ha comprobado que está entero, lo abraza.
En la Sacra Enfermería trabajan sin parar desde antes del alba.
Lo que se hace allí esa mañana es lo que se hace en todas las guerras y nadie cuenta en las crónicas. Baltasar lleva catorce horas de pie, con el mandil tieso y las manos de un color que no es el suyo, y ha dejado de discutir con los cirujanos porque ya no hay nada que discutir: lo que se puede coser se cose y lo que se debe cortar se corta. Hay una mesa junto a la ventana, que es donde hay luz, y allí es donde se hace lo peor; y para lo peor hay dos hombres que sujetan, un palo de madera que se muerde y nada más, porque no hay otra cosa.
De cuando en cuando se llevan de esa mesa un cubo, y nadie mira el cubo.
Los que esperan turno están tendidos en el suelo del claustro, en filas, y no piden confesión ni piden a su madre: piden agua. Solo agua. Y les dan poca, porque hay que repartirla y porque el agua de esta isla está contada.
A media tarde, uno de los cirujanos —un francés viejo que lleva treinta años en esto— se sienta un momento en el escalón, se mira las manos, y le dice a Baltasar algo en voz baja que Baltasar no le contesta:
—Este año he trabajado más que en toda mi vida. Primero por la peste, después por esto. Y en las dos ha muerto la misma gente: la que non tenía nada que ver.
Al caer la tarde, en la cámara del Gran Maestre, se hace la cuenta del día.
Verdale escucha con el pie sobre el escabel y los ojos cerrados. Muertos del foso, muertos de la ciudad, muertos del agua. Heridos. Casas quemadas. Naves perdidas. La San Juan Bautista, ardida hasta la línea de flotación y asentada en el fondo del puerto.
Y luego el consejero pasa a la otra columna, y ahí la voz le cambia un poco, aunque él nunca cambie la voz.
—Y del lado de ellos, Ilustrísima, la cuenta es distinta. Doce cascos quemados o encallados dentro del puerto. La flota se fue anoche hacia el sudeste. Y en la isla nos quedan tres mil hombres.
—¿Dónde?
—Repartidos, señor. Se han desmandado. Hay grupos en el norte, otros en las alturas, otros hacia poniente. Andan buscando.
—¿Buscando qué?
—Agua.
Verdale abre los ojos.
—Repítemelo.
—Agua, Ilustrísima. —El consejero deja el papel sobre la mesa—. Comida tienen poca, mas comida se aguanta una semana larga. Lo que non tienen es agua. Y en esta isla non hay un río, nin un arroyo, nin una fuente: hay aljibes. Y todos los aljibes de todos los casales de Malta están tapados con losas y disimulados con tierra y matojo desde hace quince días, porque lo mandamos nosotros. —Hace una pausa—. Están sobre una piedra, en septiembre, y non saben dónde está el agua. Y non hay un solo maltés en toda la isla que se lo vaya a decir.
Se hace un silencio en la cámara.
—Vinieron a rendirnos por hambre —dice Verdale al fin, muy despacio, como si le costara creerlo— y se van a rendir de sed.
—Así es.
—¿Cuánto?
—Tres días, señor. Cuatro los más fuertes. —El consejero recoge sus papeles—. Non habrá que dar una batalla. Non habrá que gastar una libra de pólvora. Solo hay que esperar y non dejarlos llegar al mar.
Verdale se queda mirando el artesonado un rato largo.
—Que Dios me perdone —dice—, porque yo esto non lo he inventado, y aun así mi conciencia esta tranquila.
Bruno duerme al fin, entrada la noche, en el apartado de la cortina, entre Grazia y Caterina, como cuando tenía once años y el mundo era otra cosa.
Y no duerme bien, porque ha caído el viento y ha vuelto el silencio, y con el silencio le ha vuelto la nariz entera, limpia, despierta, mejor que nunca — y ahora que no hay pólvora que la ahogue, le trae la isla completa.
Se pasa la noche husmeando el aire con los ojos abiertos en la oscuridad, buscando entre todos los olores de Malta uno concreto —cuero, grasa de armas, sudor, vino, ese fondo de hombre grande que llevaba veinte años entrando por las puertas el primero preparado para proteger—, sabiendo perfectamente que no lo va a encontrar y sin poder dejar de buscarlo.
A eso se le llama echar de menos. Y hay quien lo hace con la cabeza, y quien lo hace con el pecho, él lo hará toda su vida con la nariz.
