Bruno Carpa.

Sin humo.

Capítulo 9

Esta vez la partida se hace a pleno día. No hay flota grande que ordenar ni sorpresa que guardar: la escala ha durado lo que tenía que durar — un día, el justo para entregar presos, presas, oro y una niña —, y a la mañana siguiente la escuadra vuelve al mar, que el Mare Apertum acaba de empezar y cada jornada de puerto es una presa que se le regala al corsario.

La carga ha sido corta, porque casi todo seguía estibado de la salida de hace una semana. Esta mañana solo ha subido a bordo lo que no aguanta viaje: agua fresca de las cisternas, pan tierno de los hornos —que en unos días será piedra y habrá que volver al bizcocho—, fruta, unas gallinas vivas que protestan en sus jaulas de mimbre. Y un arca pequeña que pesa como una grande, escoltada por Tristán en persona: oro de reserva, para comprar en puerto amigo lo que haga falta antes de que caiga la próxima presa. Hace una semana no lo llevaban, porque la expedición aún no se lo había ganado. Gozo ha cambiado eso: ahora la campaña se paga a sí misma, y esa arca es la diferencia entre pedir y mandar.

También el remolque ha cambiado de categoría. Ya no es una falúa la que saca del puerto a la nave de Lesco: es una de las galeras, y sus remeros van riéndose por lo bajo, porque les ha tocado la lotería de la mañana. La San Juan Bautista es fina y ligera, y solo necesita que la lleven hasta media bahía: desde aquel ángulo, con el viento entrándole por el través, ya se vale sola. Las otras galeras no ríen. A ellas les ha tocado el nuevo compañero de la escuadra, que se les ha sumado en la escala: el galeón San Felipe, llegado de Sicilia con infantería de refresco para lo que queda de campaña, y al que don Juan de Cardona ha pasado su insignia, que para correr medio Mediterráneo hacia poniente vale más un castillo que una capitana. Y castillo es la palabra: torres en proa y en popa, dos cubiertas de artillería, una muralla flotante. Algo malo tenía que tener tanta muralla: panzudo y lento, sin viento es un peñasco. Hay que remolcarlo hasta la misma bocana, y aún más allá, hasta que encuentra un viento que se lo tome en serio; y las galeras que tiran de él reman con esa resignación de mula vieja que es la mitad del oficio del remo.

El destino, esta vez, queda lejos: las islas del reino de Mallorca, tierras del Rey en la otra punta del mar de los corsarios. No se esperan vientos demasiado favorables — a poniente casi nunca lo son —, pero tampoco tormentas, que el Mediterráneo de esta estación es perro que ladra poco.

Y empiezan a pasar los días y el sol.

Bruno reparte sus horas entre la perrera y la proa, olisqueando el horizonte por turnos, y no hay nada: ni a la vista ni a la nariz. El mar se lo llena entonces de sus cosas mansas. Desde la cofa se ve alguna tortuga, flotando al sol como una rodela perdida. Y delfines, muchos y poco cautos: a la nave de Bruno se le ponen en la proa, saltando y dejándose empujar por el agua que el casco desplaza, jugando a ganarle la carrera a un barco que no sabe que corre; con el San Felipe, en cambio, ni lo intentan — con lo lento que va, se le ponen a la sombra del casco a descansar, como bueyes bajo un olmo —. Ningún marino osaría matar uno: delfín muerto es desgracia embarcada, eso lo sabe hasta el grumete más nuevo. Pero lo que Bruno nota, y no le cuenta a nadie porque no sabría cómo, es que por las galeras no pasan. Ni a jugar ni a la sombra. Rodean la escuadra entera y a las galeras les hacen un quiebro largo, como si olieran la esclavitud igual que él huele las heces de los hombres, y no quisieran arrimarse, no sea que se pegue.

La derrota los lleva primero a lo largo de la costa sur de Sicilia, dejando luego Trapani y sus islas por la aleta para cruzar hacia Cerdeña. Y es en esa travesía donde Bruno vuelve a ganarle la partida a los ojos de todos: media jornada antes de que el vigía cante tierra, con la nave corriendo a todo trapo y el viento por fin de su parte, el niño ya ha señalado el norte con la barbilla — monte bajo, lentisco, sal de laguna, oveja — y ha dicho "Cerdeña" como quien saluda a un conocido. Cuando la isla asoma por fin, parda y baja donde él dijo, ya nadie se molesta en admirarse; en la San Juan Bautista el prodigio se ha vuelto rutina, que es lo que les pasa a los prodigios que aciertan siempre.

Costean Cerdeña por el sur, y desde su cabo de poniente se lanzan a la última travesía, la más larga, mar abierto sin más compañía que los delfines. Ocho jornadas lleva la escuadra en el agua cuando Menorca sube del horizonte — y Bruno, naturalmente, la había olido antes, aunque esta vez no hizo falta decirlo: llevaba desde el amanecer con la nariz clavada al oeste y una sonrisa que se le escapaba, y a bordo ya saben leerle la cara como él lee el viento.

Van costeando la isla, sin prisa, esperando a que la escuadra se rehaga — el San Felipe viene, como siempre, media jornada por detrás —, cuando Bruno se queda quieto en mitad de la perrera.

— Galera!!!!!

El olor le llega fino pero inconfundible, ese hedor de hombres encadenados que conoce desde Nápoles. Y con el primer reconocimiento, el segundo, el que ya es oficio: de puerco, nada. Ni un rastro de tocino, ni de sebo de cerdo en la jarcia, ni de salazón. Quien navega en esa galera no come puerco ni lo carga. Berberiscos.

Husmea más, buscando lo que su memoria de Gozo le pide encontrar: humo. Y no lo hay. Ni humo frío de pueblo ya quemado, ni humo caliente de pueblo ardiendo. El aire de Menorca trae romero, oveja, algas secas, hogares con su puchero — una isla en paz. Aún no han atacado.

Baja por la jarcia y va derecho a la toldilla, discreto como siempre, y lo dice en dos frases, que ya sabe que su señor no necesita más:

—Galera a barlovento, mi señor, tras la punta que viene. De las que non huelen a puerco. Y non hay humo en la isla, nin frío nin caliente: aún non han atacado.

Lesco no pregunta si está seguro; hace tiempo que no gasta esa pregunta. Manda llamar al piloto y despliegan sobre la mesa los portulanos — esas cartas de marear donde la costa está dibujada palmo a palmo, con cada cabo, cada cala y cada pueblo escritos en abanico sobre la línea de la tierra —, y los tres se inclinan sobre el levante de Menorca.

—Aquí non hay más presa que valga una galera —dice el piloto, siguiendo la costa con el dedo—. Mahón. Buen puerto, buen caserío. Ya lo saqueó Barbarroja hace más de cincuenta años y cambió el pueblo entero por oro; los moros tienen buena memoria para las despensas.

—Y el fuerte que guarda la boca del puerto se lo pagó el Rey por eso mismo —dice Lesco—. Non entrarán por la boca. Buscarán una cala sorda y entrarán por tierra, como en Gozo. —Se queda mirando la carta, y lo que ve no está en ella—. Los tenemos delante, Tristán. Antes de que hayan hecho nada. Por una vez, el podenco ha llegado antes que el lobo.

El problema está media jornada por detrás, y se llama San Felipe. Porque la San Juan Bautista puede encontrar al corsario, seguirlo, no perderlo ni de noche; pero la fuerza — la infantería, los cañones gruesos, la licencia de empeñar batalla en tierras del Rey — navega con don Juan de Cardona, y Cardona viene donde viene siempre: al final del día, cuando las bordas se juntan y se cuentan las novedades. Así ha funcionado la escuadra toda la travesía. Solo que hoy las cuentas son otras. Si esperan a la borda de la tarde, los corsarios habrán tocado tierra antes; la victoria seguiría siendo segura — con la infantería del galeón, ninguna galeota se escapa —, pero sería otra vez la victoria de Gozo: una playa, un pueblo abierto, y la cuenta de los muertos que se mueren mientras el socorro llega.

Y esa cuenta, Bruno ya sabe cómo huele.

Hay además un detalle que a Lesco no le cuadra, y se le nota en cómo vuelve a él una y otra vez mientras estudia el portulano: las torres. Toda esta costa está sembrada de atalayas que se hablan con fuego y humo de punta a punta, y una galera berberisca lleva lo menos un día rondando estas aguas. Alguien tendría que haberla visto. Alguna almenara tendría que estar ardiendo, algún jinete corriendo a Mahón con el aviso. Y no hay nada: la isla duerme como si el mar estuviera vacío.

—¿Nin una señal? —murmura, más para sí que para nadie, no encuentra respuesta.

Las órdenes salen en cadena. Primero, el esquife: la barquilla de servicio de la San Juan Bautista que lleva sobre el combés para faenas de puerto y aguadas, normalmente, seis remos y un timonel, pero para este menester, con solo dos marineros basta. Se arría al agua con el contramaestre y un pliego de viva voz bien aprendido, y queda al pairo mar adentro, en la derrota por donde ha de venir el San Felipe: su oficio es esperar a Cardona y contarle el plan antes de que el galeón dé un palmo de más. Después, la caza del terreno: el piloto y Lesco repasan el levante de la isla buscando la cala que ellos mismos elegirían si fueran el corsario — sorda, honda, sin torre encima, a una legua corta del pueblo —, y el dedo del piloto se detiene dos veces en el mismo sitio: la cala Mesquida, al norte de Mahón. Buena arena, mal acceso desde tierra, y un valle que sube derecho al caserío. Gozo otra vez, calcado.

—Pues si ellos entran por Mesquida —dice Lesco—, nosotros entramos por aquí. —Y señala la cala de Sant Esteve, pegada a la boca del puerto, a la sombra misma del fuerte.

La San Juan Bautista desembarca a su gente con la última luz. Por delante van los dos más veloces de la tripulación — un gaviero mallorquín que además hará de lengua, y un paje calabrés que corre como corren los que han sido pobres —, con orden de no pararse ni a escupir; detrás, a paso de carga, Lesco, Tristán, cuarenta hombres y Bruno, que ya nadie discute que vaya donde va la nariz.

Quien manda en aquella boca de puerto es el alcaide del fuerte de San Felipe, don Gaspar de Heredia, un soldado viejo de los de Flandes que el Rey ha puesto a guardar la puerta que Barbarroja abrió hace medio siglo. El fuerte es moderno, de los de estrella: muros bajos y gordos en punta de diamante, foso cortado en la roca, y dentro un patio de armas y unas cámaras abovedadas que huelen a piedra húmeda, a sebo de candil y a cuerda de mecha. A la puerta, los dos corredores llegan sin resuello, doblados sobre las rodillas, y apenas pueden con las palabras:

—¡Ah de la guardia! ¡Aviso… aviso para el alcaide!

—¿Quién va a estas horas? —El cabo de guardia alza el candil.

—¡Gente del Rey y de la Religión! ¡Galera berberisca sobre la isla! ¡Llevadnos ante quien mande, por Dios, que non hay tiempo!

Hay algo en los hombres agotados que no se puede fingir, y el cabo lo sabe: en dos credos están cruzando el patio. A don Gaspar lo sacan de la cama, y sale como salen los soldados viejos: descalzo, en camisa, con la espada ya en la mano sin que nadie recuerde habérsela visto coger, la cara arrugada de sueño por un lado y de cicatrices por el otro. Escucha el aviso entero sin interrumpir, que eso también es de soldado viejo.

—Dad agua a estos hombres, y vino, y lo que pidan —ordena—. Y vosotros: tocad a rebato, encended las antorchas, y que la guarnición entera…

—¡Un momento, por vuestra merced os lo pido!

Lesco acaba de entrar en el patio con el grueso de su gente, aún con el mar en las botas. Se descubre, e inclina la cabeza lo justo — un caballero de la Religión ante el alcaide del Rey en plaza del Rey: cortesía entera, sumisión ninguna.

—Señor alcaide: si me lo permitís, os ruego que recapacitéis. Tenemos ventaja, y es de las que non se compran: sabemos que vendrán, y sabemos por dónde. Si encendéis antorchas y tocáis a rebato, ellos lo verán desde el mar, y la ventaja se muere: non sabremos ya por dónde atacarán, o peor, se meterán bajo las murallas a esperarnos donde non los veamos. Quizá cabría otra estrategia.

Don Gaspar lo mira de arriba abajo, con la espada todavía desnuda.

—Os escucho, caballero, porque vuestro es el aviso. Mas non creáis que es uso mío dejarme aconsejar por recién llegados en mi propia plaza.

—Nin yo lo pretendo, señor. La idea es esta: dejarlos desembarcar. Todos, hasta el último. Y emboscarlos donde más les duela: en la arena, con el agua a la espalda.

—¿Y si la emboscada non basta? Entonces ya estarán aquí, caballero. Quizá los venzamos, quizá non; con mi guarnición non me sobran los quizás.

—Non estaremos solos, señor. Siguiéndonos viene don Juan de Cardona y Requesens, general de las galeras de Sicilia, con un galeón cargado de infantería y las galeras de la escuadra; ya está avisado y conoce la historia entera. Los tomaremos entre dos: nosotros desde tierra, él desde el mar. Non les quedará más remedio que rendirse.

El alcaide calla un momento, mirando la espada como si consultara con ella.

—Me parece perfecto —dice al fin—. Y quiera Dios que vuestro general sea tan puntual como vuestra fe.

Lo que sigue es una plaza fuerte armándose a oscuras, que es espectáculo para pocos ojos. Ni una antorcha, ni una campana: los cabos van despertando a la gente cuartel por cuartel, en voz baja, con la mano en el hombro; las mechas encendidas viajan escondidas en ollas, como en Gozo; los hierros se envuelven en trapos para que no canten al chocar; y la columna sale por la puerta de tierra en fila de a dos, tragada por la noche, mientras Mahón entero duerme sin saber que esta noche se juega entera a una carta que otros barajan. Los hombres de don Gaspar conocen cada piedra del camino a Mesquida, y guían.

Es a medio camino, en un paso entre lentiscos, donde los guías de cabeza levantan el puño: gente. Dos bultos agazapados en una torrentera, con una lodra sorda — un candil de lata con la luz tapada — y un zurrón de comida para varios días. Los toman sin un grito, a peso de cuerpos, y cuando les arrancan la manta resultan ser dos moros jóvenes, vestidos de pardo para la noche, con los ojos de quien sabe exactamente qué le espera. En el zurrón, junto al pan y las aceitunas: un rezón pequeño con su cabo de nudos, de los que sirven para escalar, con las uñas todavía sucias de algo pardo que Bruno huele desde tres pasos y calla.

Y ahí es donde Lesco ata los cabos. Los mira, mira el rezón, mira hacia el norte, donde a media legua se alza sobre su punta la atalaya que tendría que haber ardido ayer — y entiende de golpe el misterio que le roía desde el portulano. Estos llegaron antes. Un día antes por lo menos, en un copano, una barquilla de remos de las que una galera lleva sobre cubierta, que no levanta más silueta que un delfín. Escalaron la torre con el rezón, de noche, y los vigías de la isla murieron sin saber que ya había empezado la guerra. Por eso la isla duerme. Por eso ninguna almenara ardió.

—Lleváoslos atados, y que non hablen nin entre ellos —es todo lo que dice.

La emboscada se arma en el anfiteatro de la cala Mesquida como se arma un cepo de lobo. Arcabuceros tras las peñas y los lentiscos, en herradura, con las bocas cruzadas para que ningún tiro se pierda; los piqueros tumbados en la arena alta, con las astas en el suelo para que la luna no las delate; la gente de don Gaspar cerrando el valle por donde el camino sube a Mahón, que nadie se escurra hacia el pueblo; y la orden, repetida de boca en boca hasta el último hombre: nadie dispara hasta la señal, y la señal no llega hasta que el último moro tenga la arena bajo los pies. Bruno queda con Lesco en el puesto de mando, tras una peña, con un solo oficio: contar con la nariz lo que los ojos no pueden. Y esperar. Esperar es lo más largo de la guerra, y nadie lo cuenta.

Los corsarios llegan puntuales como la campana de maitines. Primero el chapoteo mínimo de los remos con las palas envueltas; luego las siluetas de las galeotas contra el gris del agua; luego el siseo de los cascos varando en la arena. Desembarcan en silencio, con oficio, sin una voz más alta que otra, seguros de que nadie los ha visto ni los espera — la misma seguridad, exacta, con que hace una semana bajaron a la playa de Marsalforn —. Se van formando en la arena por tropas, doscientos y más, blancos en la oscuridad como una nevada fuera de estación.

—¿Cuántos quedan en el agua? —susurra Lesco.

Bruno ventea largo, separando hilos: sudor, hierro, lona mojada.

—Los guardianes solos, mi señor. La tropa está toda en la arena.

Lesco alza el brazo, y lo deja caer.

Un arcabuzazo solo, y detrás el mundo. La descarga cerrada rompe la herradura entera en un relámpago que por un instante pinta la cala de día: la arena, el agua, doscientos hombres vueltos de golpe hacia todas partes y hacia ninguna. Luego las picas se levantan de la arena como si la playa pariera lanzas, y ya es la guerra de cerca, la fea, la que no sale en los romances: empujones de asta, cuchilladas a bulto, hombres que resbalan en la arena mojada y ya no se levantan, gritos en dos lenguas que dicen lo mismo.

Allí pierde la vida Franchino, el gaviero genovés, el que siempre olía a regaliz porque andaba el día entero mascando palo de orozuz — Bruno lo hallaba en la jarcia con los ojos cerrados, solo por ese rastro dulce —. Una lanzada baja, de las de arena, le arranca de cuajo lo que hace a un hombre padre. Franchino mira abajo una vez, comprende la cuenta entera — que de esa sangre no se vuelve —, y decide gastarse lo que le queda: se cierra sobre la pica que lo ha herido, la arranca de las manos de su dueño, y pelea de rodillas, rugiendo, dos minutos que vale una vida, hasta que las piernas le dicen basta. A Bruno, agazapado tras su peña, ese rugido se le mezcla para siempre con el olor del regaliz; y sabrá, años después, que no puede pasar junto a un palo de orozuz sin santiguarse.

Los corsarios aguantan menos de lo que tardó su desembarco. Cogidos entre el fuego de la herradura y las picas, sin saber cuántos son los que los baten ni desde dónde, hacen lo que hace cualquier tropa rota: correr al mar, a las galeotas, deshechos, rápidos y a la ventura, pisándose unos a otros por llegar a los cascos varados.

Y en el agua los está esperando don Juan de Cardona.

El esquife había hecho su oficio: el San Felipe y las galeras llevan horas embozados tras la punta, y asoman ahora con la primera ceniza del alba, cerrando la boca de la cala de banda a banda, las cubiertas cuajadas de infantería y las crujías de las galeras erizadas. Los corsarios que han logrado empujar una galeota al agua se encuentran remando de frente contra una muralla; los demás sueltan los alfanjes en la orilla misma.

El resto ya no es batalla, es rebusca. Con el día creciendo, la gente de don Gaspar y la de Lesco baten el monte bajo alrededor de la cala, sacando corsarios de entre las matas como se sacan perdices: desperdigados, despavoridos, delatados por sus propias ropas — que vestir de blanco es buen oficio para no ser visto en la arena de noche, y el peor del mundo para esconderse en un lentiscar al amanecer.

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