Bruno Carpa.
Cantando las brazas
Capítulo 10
Mahón se despierta con espectáculo. Por el camino de Mesquida baja, a la luz recién nacida, una cuerda de presos — una reata, que diría un arriero: hombres atados uno tras otro a la misma soga, como mulas de feria —, y son más de cien, rapados algunos por sus propios compañeros de oficio en otras playas, descalzos, blancos de arena y de miedo. Al principio solo hay asombro. Los menorquines que abren sus puertas se quedan con la escoba o el cántaro en la mano, mirando pasar aquella procesión imposible, porque nadie ha oído campana ni arcabuz, nadie ha visto vela enemiga, y de pronto la calle está llena de infieles atados y de soldados con cara de no haber dormido. ¿De dónde han salido? ¿Cuándo ha habido guerra? La respuesta va viajando de puesto en puesto del mercado, creciendo como crecen las cosas de puesto en puesto, y para mediodía la isla entera sabe ya que esta noche, mientras Mahón dormía, alguien le ha quitado de encima un saqueo como el del año treinta y cinco — y que ese alguien vino del mar, en una nave con una cruz de ocho puntas.
A la gente de la San Juan Bautista no le dejan pagar nada en tres días. Son los más admirados y los mejor recibidos: al marinero que baja a tierra le llueven vino, higos y preguntas, y más de una madre menorquina hace pasar a su hija delante de los héroes con poco disimulo. La gente de Cardona no se queda corta de agasajo — que infantería que vela por uno también se abraza —, pero el pueblo tiene claro de qué nave salió el milagro, aunque nadie sepa explicar del todo en qué consistió el milagro, y los de la San Juan Bautista, fieles a su señor, sonríen y callan. El podenco no existe. Las palabras nadan.
Con el agradecimiento viene, como debe ser, la cuenta. La ayuda prestada a una plaza del Rey tiene su precio de honra y su precio de despensa, y ambos se tratan en el fuerte, con vino dulce por medio. La parte de honra la despachan los señores en dos frases corteses; la parte de despensa la pelean, en la mesa de al lado, Tristán y el pagador del fuerte, y ahí no hay cortesía que dure.
—La plaza es pobre, hermano —abre el pagador, con las palmas al cielo—. El Rey nos paga con cartas, y las cartas nin se comen nin se estiban.
—Pobre non será tanto —responde Tristán—, que anoche le hemos guardado a la plaza doscientos vecinos que valen más que toda su pólvora. Mas non venimos a cobrar vecinos: venimos a avituallarnos para la vuelta, y lo justo es que la despensa la abra quien conserva la despensa.
—¿Y qué llamáis lo justo vos, que traéis cara de llamar justo a media isla?
—Agua y leña, que eso non se niega nin al turco. Bizcocho para un mes. Veinte pipas de vino que non sea vinagre disfrazado. Tocino y cecina. Cordaje de esparto, que el nuestro viene mordido. Y queso. —Tristán deja caer la palabra con respeto—. De ese vuestro de las vacas, que he probado esta mañana y non pienso irme del reino de Mallorca sin él.
—¡El queso es lo único que sobra en esta isla, gracias sean dadas a Dios y a las vacas! ¡Del resto, la mitad!
—La mitad del bizcocho y os quedáis los presos que ha tomado mi gente en el monte, que mantener presos también come despensa… del Rey.
Regatean una hora larga, gozándolo los dos, y al cabo se escupe la mano y se cierra el trato: agua, leña, cien quintales de bizcocho, las veinte pipas de vino, tocino, cecina, aceite, el cordaje — y doscientos quesos de Mahón, redondos y mansos, que suben a bordo en angarillas como si fueran un tesoro, porque lo son: en dos meses, cuando el bizcocho sepa a polvo, cada uno valdrá su peso en oro.
Lo demás queda repartido sin pleito: las galeotas apresadas y la cuerda entera de esclavos nuevos son hacienda del Rey, y don Juan de Cardona y Requesens se queda en Mahón a administrarla — tasaciones, escribanos, cartas al virrey, ese otro campo de batalla suyo donde también es veterano —. En dos días, la San Juan Bautista y las dos galeras de la Religión han cargado lo imprescindible, y sus velas vuelven a surcar el Mediterráneo, rumbo a Sicilia, para empezar la vuelta. El Mare Apertum se va gastando; a la escuadra le queda una travesía larga y, si Dios quiere, aburrida.
Sin embargo, Dios quiere otra cosa.
La niebla los toma a mitad del canal de Sicilia, viniendo del sur, espesa y tibia como aliento de horno: en una ampolleta, el mundo se reduce a treinta varas de agua gris y al fanal de popa de la galera más cercana, que se enciende de día, cosa que a los marineros no les gusta hacer ni les gusta ver. Y en este canal, la niebla no es solo ceguera: es peligro de quilla. Porque el paso entre Sicilia y Berbería engaña — parece mar abierta y honda, y no lo es toda —: el fondo sube de pronto en mitad del agua, sin isla ni costa que lo anuncie, en bancos de arena y roca que los pilotos llaman los Esquerques y que han comido más barcos que muchas batallas. Se puede embarrancar a diez leguas de la tierra más cercana, con el mar por todas partes y tres brazas escasas bajo el casco. Con cielo limpio, el piloto esquiva los bajos por sus marcaciones; con niebla, no hay marcación posible, y solo queda navegar despacio y preguntarle al fondo dónde está: por eso va un hombre en el pescante de proa echando la sonda sin descanso — el escandallo, un plomo sebado en el extremo de un cordel con nudos —, cantando las brazas a cada tirada, y toda la nave pendiente de ese canto como de un pulso. Mientras el plomo no encuentre fondo, se vive; si un día canta "¡tres brazas!", ya se está muriendo. De noche, ni estrellas ni costa ni distancia: nada, salvo la voz del sondador.
Y en mitad de esa nada, Bruno se despierta en su rincón de cubierta como si lo hubieran llamado por su nombre.
Se queda muy quieto, la nariz alta, y lo que encuentra no tiene sentido. Tierra mojada — tierra negra, mineral, como de huerto recién llovido, pero en mitad del mar —. Azufre, un hilo de azufre caliente, de ese que huele a huevo podrido y a fragua. Vino rancio, mucho vino, dulzón y picado, vino de Calabria derramándose. Y debajo de todo, fino y frío, el olor metálico de la sangre fresca. Lo que no hay es lo que debería haber si aquello fuera una galera corsaria navegando: el hedor vivo de la chusma al remo, el sudor en movimiento. Los olores que le llegan están quietos. Son olores de cosa parada.
Va a la toldilla descalzo, sin ruido.
—Mi señor. Hay tierra delante, y non debería. Tierra negra y mojada, y azufre, como de caldera. Y una nave parada en esa tierra: huelo vino de Calabria a chorro y sangre fresca. Non huele a galera bogando, mi señor.
El piloto, llamado a la carta, pone el dedo donde la nariz señala: Pantelaria. La isla negra, un volcán viejo plantado en mitad del canal, con sus fumarolas que huelen a azufre, su tierra de ceniza — y sus bajíos de roca volcánica, traicioneros y afilados, que con esta niebla ningún piloto cuerdo se arrimaría a menos de dos leguas.
—Nadie con seso navega hacia eso a ciegas —dice el piloto, y es información, no protesta.
—Nadie con seso navega hacia eso a ciegas —dice el piloto, y es información, no protesta.
—Nadie con seso lleva mi proa —responde Lesco—. Iremos despacio: el esquife irá por delante con el escandallo, tirando plomo y cantando las brazas hacia la nave, que en esta niebla la voz alcanza donde los ojos non llegan. Y el muchacho, a la proa conmigo. Bruno: tu nariz es el fanal. Mas las brazas las cantará el esquife, que nin tu nariz alcanza a oler por debajo de la mar.
Y así entra la San Juan Bautista en la niebla de Pantelaria: a medio trapo, con las galeras pegadas a su estela como ciegos a la capa de un lazarillo, el escandallo cantando brazas, y un niño en la proa marcando el rumbo con el brazo — más caído al sur el azufre, más abierta al oeste la sangre — mientras las rocas negras pasan invisibles a los lados, delatadas solo por el olor a alga rota y por el ruido manso del mar royéndolas. Nadie habla. Hasta el timonel gobierna conteniendo el aire.
La niebla se abre abajo, de golpe, como se abren las nieblas: y ahí está.
Una galeota corsaria, grande, de las de veinte bancos, encallada de proa entre dos dientes de lava, desarbolada, con el árbol caído sobre la banda y la entena flotando al costado en una maraña de jarcia. Ha huido de algún temporal del sur — el mismo que ha traído la niebla — y la isla la ha cazado esta noche a ella: la carrera del corsario acabada en treinta varas de roca negra. En la orilla, su gente trata de salvar la carga a brazo, rotos, empapados, sin orden ni cabo que los mande, alumbrándose con dos fuegos miserables; hay heridos tendidos en la ceniza — la sangre que Bruno olió a dos leguas — y fardos y toneles desparramados por la lava como juguetes de un niño gigante. Del casco herido sale, a oleadas, el olor a vino de Calabria: la bodega va llena del saqueo de aquella costa, y las pipas rotas se desangran en la sentina.
No hay batalla; no queda enemigo. Cuando de la niebla les salen encima una nave manca y dos galeras de la Religión — a los náufragos de un corsario, la cruz de ocho puntas debió de parecerles el mismísimo Juicio adelantado —, los de la orilla sueltan lo que cargan y alzan las manos, o echan a correr tierra adentro, hacia una isla que también es del Rey y donde los vecinos de Pantelaria, que llevan siglos cobrándose estas visitas, los irán cazando en los días siguientes con perros y con memoria. Lesco echa los botes con la primera luz. En los bancos de la galeota, todavía con los hierros puestos, aguardan dieciséis remeros cristianos que el naufragio perdonó y la cadena no; los herreros trabajan otra vez su música, y otra vez hay hombres que lloran contra un remo. Lo demás es faena de estibador: toda la mañana pasan los botes del casco muerto a la San Juan Bautista — vino de Calabria, aceite, paños, plata de iglesia con los santos aún dentro, arcas de rescates —, la presa entera de una campaña corsaria ajena cambiando de bodega sin gastar una mecha.
—Media Calabria robada — dice Tristán, mirando crecer la carga —, hallada de noche, con niebla cerrada, entre los peores bajíos del canal. Cuando lo cuente en Malta, non me lo va a creer nin el cura.
—Pues non lo cuentes —dice Lesco. Pero lo dice sonriendo, mirando a la proa, donde un niño flaco duerme por fin, hecho un ovillo, con la nariz tapada bajo el brazo como los pájaros.
La vuelta, desde ahí, es la que pedían los cansados: mar vieja y mansa, jornadas iguales — y un miedo nuevo, que ninguna campaña les había dado todavía: el miedo a la propia riqueza. La San Juan Bautista va tan cargada que las bordas le quedan a un palmo indecente del agua, y cada racha que la escora arranca miradas de reojo a la bomba de achique; el peso ha habido que repartirlo, y hasta las galeras de la Religión, que no son bestias de carga, llevan su parte de fardos y toneles estibados entre los bancos, para que ninguna nave se hunda por avariciosa. Los veteranos, temen naufragar por no querer soltar el botín, duermen mal y sondan el cielo a todas horas; y el capellán, por primera vez en la campaña, tiene llena la misa del alba. Dios escucha, o el tiempo aguanta, que a bordo son la misma cosa: no cae ni un temporal en toda la derrota.
Llegan mucho antes del día de San Martín, con el Mare Apertum todavía abierto de par en par — pero lo bastante tarde para que no valga la pena reponer pertrechos y volver a salir: la cuenta del corso también sabe decir basta, y ningún armador arriesga en un mes lo que ha ganado en seis. La campaña se acaba porque ha vencido.
Y Malta lo sabe antes de verlos. Las velas se cantan desde las atalayas de Gozo, la nueva corre delante de las naves, y cuando la San Juan Bautista enfila la bocana bajo los cañones de San Telmo — la última de la línea, honda de quilla, rica como no ha vuelto nave de la Orden en muchos años —, el Gran Puerto entero está en los muelles. Está la gente de los oficios y la de los palacios, están las mujeres de los marineros con los niños subidos a los norays, y están, apretados en primera fila, los libertos de Gozo que aún esperan pasaje a sus tierras y que han venido a vitorear a la nave que les quitó los hierros: una tripulación que vuelve cargada de aventuras, de anécdotas que crecerán con los años y de riquezas que no necesitan crecer.
Y entre toda esa gente, Bruno, desde la borda, encuentra sin buscar — porque hay olores que llegan primero, laurel y lejía por debajo de la brea y la multitud — a Grazia y a Caterina. Grazia viene hinchada de orgullo como una vela con viento fresco, con una bolsa de pastelillos apretada contra el pecho, saludando con el brazo entero desde que la nave dobla el muelle. Y Caterina — Bruno tarda un latido en creérselo — viene corriendo por delante de ella, sorteando estibadores, riéndose, con las trenzas deshechas y un delantal de cocina que ya no le queda como una vela a un bote. La niña de los ojos de remo se ha quedado en alguna parte del verano; esta que llega al pie de la plancha y se cuelga de su cuello en cuanto lo tiene a tiro es otra: una niña alegre que recibe a su hermano, porque eso ha decidido ella que es Bruno, y las cosas que Caterina decide en silencio se cumplen. Grazia llega detrás, sin resuello, repartiendo pastelillos y hablando por las dos, como siempre; y Bruno, con la boca llena de miel y una niña colgada del brazo, piensa que la San Juan Bautista trae en la bodega media Calabria — y que lo mejor del botín estaba esperando en el muelle.
