A las tres de la madrugada se despierta. Como siempre. Y, como siempre, es más benévolo con su próstata de lo que sería justo: en lugar de admitir que se ha despertado porque porque la vejiga aprieta, le echa la culpa a un Xot, un mochuelo pequeño, de ojos enormes, que lo mallorquines llaman así— se ha posado en el pino de delante de su ventana y repite su nota única, monótona, un silbido corto y metálico cada pocos segundos. Biip. Silencio. Biip. Suena igual que el sónar de un submarino en una película vieja, ese pulso que en el cine siempre anuncia que algo se acerca por debajo, en lo oscuro, donde todavía no se ve. Ya que estoy despierto, piensa, me levanto a orinar. Lo piensa en ese orden, y el orden importa. Primero la vigilia, luego la decisión de aprovecharla, como si fuera un hombre libre que se levanta porque le da la gana y no un animal de cincuenta años cuya vejiga manda más que su voluntad. Es un truco pequeño y se lo hace cada noche. La noche en la Tramuntana es un escándalo. No es el silencio que prometen los folletos: al contrario, es como una sala de máquinas. Los últimos grillos del verano —los que han sobrevivido a todo, al calor, a los pájaros, a los otros grillos— frotan las alas con la fuerza que les queda. Cantan para que venga una hembra, para reproducirse antes de que septiembre se cierre del todo. Y ahí está la trampa que la naturaleza les ha tendido: ese frote furioso, ese esfuerzo de las alas que sirve para llamar a la vida es también lo que los gasta y los apaga. El grillo se mata cantando. Muere por reproducirse, y no llega a reproducirse porque tiene que morir. Leitner, de pie en el baño a oscuras, meando contra la porcelana con los ojos medio cerrados, no es tan distinto. Él se cuenta a si mismo que se ha levantado porque estaba despierto. El grillo, si pudiera contarse algo, se contaría que canta por amor. Los dos le dan la vuelta al orden de las cosas para no mirar de frente la única verdad que hay debajo: que el cuerpo va primero, que la biología empuja y la historia que nos contamos viene después, a remolque, solo para hacerla soportable. Después de eso ya no se vuelve a dormir. Se queda tumbado, escuchando el biip del xot y el motor de los grillos, hasta que la rendija de la persiana pasa del negro al gris y del gris a un blanco sucio. La luz no le pregunta si ha descansado. Solo le informa de que el día ha empezado y de que él va dentro.
Abajo encuentra a Tomeu de mejor humor que la víspera, o al menos más despierto, montando la barra para los que bajen a desayunar: la cafetera grande escupiendo vapor por la válvula con un siseo intermitente, una bandeja de cruasanes todavía tibios de la bolsa, brillantes de esa grasa industrial que no engaña a nadie y a todos consuela. Leitner se toma uno de pie, deprisa, casi sin masticar, y se guarda otro en el bolsillo del pantalón para media mañana, envuelto en una servilleta de papel que se le quedará pegada a la masa. Llena la cantimplora en el grifo del patio, donde el agua sale fría, sabe a cañería y a piedra. Antes de que el refugio termine de despertarse, las primeras voces bajen por la escalera y antes de que Tomeu tenga ocasión de mirarlo otra vez de arriba abajo, sale por detrás y empieza a subir hacia Sa Font des Prat.
La subida a la fuente es harina de otro costal que la cuesta del refugio. El sendero remonta de forma abrupta la colina con alma de montaña entre encinas y peñascos, ganando altura a traición, en rampas cortas y secas que obligan a usar las manos, a buscar con los dedos el agarre en la roca todavía húmeda de la noche, hasta que al llegar a una Explanada, allí se intercambian los papeles, el camino se transforma en montaña con alma de colina y comienza una subida prudente pero constante, como el mismo animo mallorquín que forjó el sendero, la catedral, los bancales y la misma filosofía del poc a poc, que tanto agota a los forasters.
El aire de la mañana aún está fresco, huele a boj, a jara y a tierra mojada de rocío, un olor verde y mineral que se mete por la nariz y limpia por dentro. A cada recodo, la montaña se le abre un poco más a la espalda, como si fuera ella la que se desnuda a medida que él sube: el valle escalonado en bancales, los muros de pedra en sec dibujando sobre la ladera el mapa de un trabajo de siglos, piedra sobre piedra sin una gota de argamasa, el plano paciente de generaciones enteras que ya no existen. Y al fondo, entre dos cumbres, es Plà, ese es quizás el único punto elevado de la isla donde la tierra se pierde en el horizonte sin llegar a ver el mar.
Un milano lo acompaña casi desde el principio. Da vueltas altas sobre él, lo adelanta, vuelve, se queda suspendido con las alas quietas justo encima de su cabeza, sostenido por una corriente de aire que sube caliente desde el valle. A Leitner, que es vanidoso como cualquiera, le gusta pensar un momento que el pájaro lo escolta, que hay en ese vuelo algo parecido a la curiosidad, o a la compañía, que no está tan solo en la montaña como creía.
Pero conviene mirar de cerca al milano, o más bien a lo único del milano que importa, que es su ojo. Es un ojo redondo y fijo, de un castaño dorado, con la pupila reducida a un punto de tinta por la luz de la mañana, no parpadea apenas. Detrás de ese ojo hay una retina cargada de más conos que la de un hombre, una densidad de células fotorreceptoras que multiplica el detalle, de modo que lo que para Leitner, allá abajo, es una alfombra uniforme de piedra gris y matojo, para el pájaro es un mundo desplegado, nervio a nervio, en el que se distingue el temblor de una brizna que un peso de cuarenta gramos acaba de mover. El milano no mira a Leitner. Mira alrededor de Leitner. Y lo que espera no es compañía: son los ratones. Sabe —lo sabe en los huesos, sin pensarlo, con una certeza más vieja que cualquier idea— que las botas del hombre espantan a los roedores escondidos entre las piedras, que tarde o temprano alguno saldrá disparado a campo abierto, ciego de pánico, y entonces el ala se cerrará y el pájaro caerá como una piedra con voluntad. El hombre no es compañía. El hombre es un ojeador que no cobra, un animal grande y torpe que levanta la caza sin saberlo y sin llevarse nada a cambio.
Sa Font des Prat aparece de golpe, después de una vuelta del camino: una poza pequeña de agua quieta al pie de una pared de roca, unos cuantos árboles que dan sombra, un murete bajo que alguien levantó hace siglos para recoger el agua del manantial. No tiene nada de particular. Es lo mismo que les dijo a los alemanes en la cena: un sitio bonito y corriente, de los que hay cientos en estas montañas, agua que brota, agua que se remansa, agua que sigue su camino hacia abajo. Nada más.
Hace lo que ha venido a hacer. Primero, esperar. Se sienta en el murete y deja correr un rato largo sin tocar nada, solo mirando, dejando que el lugar se olvide de que ha llegado alguien, que es la única manera de que un lugar enseñe lo que esconde. Luego saca el cuaderno y un aparato pequeño, del tamaño de un teléfono: una cajita negra con una aguja y una luz que mide las variaciones del campo electromagnético, y que normalmente no hace nada, porque normalmente no hay nada que medir. La aguja descansa en el cero, a la izquierda del dial, ligeramente temblona, como dormida.
Una vaca parda baja por la ladera y se le acerca sin prisa, con esa indiferencia digna que tienen las vacas. Las de estos montes han aprendido el oficio de los excursionistas: saben que la gente se sienta a merendar y que casi siempre sobra algo, una corteza, media manzana, lo que sea. La vaca lo mira, lo huele, baja el morro húmedo hacia la mochila que él ha dejado en el suelo, y resopla sobre la tela un aliento cálido y verde de hierba rumiada. Pero no hay cruasán para ella, por dos razones. La primera, egoísta: el hambre de media mañana ya le está apretando, y ese cruasán del bolsillo, ya aplastado y con la servilleta incrustada, es suyo. La segunda, profesional: sabe que las harinas refinadas le sientan como un tiro al estómago de un rumiante, que el pan blanco estriñe a estos animales acostumbrados a la celulosa de la hierba, y no es quién para fastidiarle la digestión a una vaca por el gusto sentimental de verla comer de su mano. Le aparta el morro de la mochila con el dorso de la mano, sin brusquedad, y vuelve a lo suyo.
Es entonces cuando le parece ver algo en el fondo de la poza.
Un reflejo. Un destello, abajo, en el agua quieta, donde no debería haber nada que devolviera la luz, porque el sol todavía no ha pasado por encima de la pared de roca y la poza entera está en sombra, en esa penumbra verdosa y fría del agua que nadie ilumina. Se inclina sobre el murete para mirar mejor.
Y vale la pena inclinarse con él, porque lo que hay ahí abajo merece que el ojo se demore. La poza no tiene más de metro y medio de hondo, pero la sombra de la pared la vuelve insondable, de un verde casi negro que se traga la mirada antes de llegar al fondo. Cerca de la superficie, el agua es transparente y mansa, y en ella flota la geometría del lugar invertida: el borde del murete, una rama, un retazo de cielo pálido. Más abajo, donde la claridad ya se rinde, el agua deja de ser agua y se vuelve materia, una masa oscura y compacta que tiene peso, que parece —y esto es lo que ningún manantial debería parecer— tener volumen propio, una espesura que se mueve sin que nada la mueva. Y ahí, en esa profundidad donde no entra ni un rayo de sol, hay un punto de luz. No se mueve con el temblor del agua: lo hace como una honda, lenta, pulsátil, como si algo respirara despacio a metro y medio bajo la superficie y a cada respiración devolviera, desde abajo, una luz que no le ha dado nadie.
Y en ese momento el medidor suena.
Es un sonido fino, un pitido agudo y seguido que no ha hecho en toda la mañana. Leitner aparta los ojos del agua y los baja al aparato. La aguja, que llevaba horas muerta en el cero, está clavada en el extremo derecho del dial, contra el tope, vibrando contra el tope, empujando contra un límite que la escala no le permite pasar, como si la magnitud que mide fuera mayor que el instrumento, mayor que lo que el fabricante imaginó nunca que habría que medir. La lucecita roja, encendida, le tiñe la yema del pulgar. Dura un par de segundos. Luego la aguja cae de golpe, se desploma hasta el cero como un cuerpo al que sueltan, la luz se apaga, el pitido se corta. Silencio de nuevo, como si no hubiera pasado nada.
Cuando vuelve a asomarse a la poza, el reflejo ya no está. El agua está lisa, oscura, sin nada dentro.
No se le ocurre juntar las dos cosas. Anota en el cuaderno la hora y el valor del pico —9:54, máximo de escala, 2-3 s— y al lado, en la misma línea, sin darle importancia, separado solo por una coma, ¿reflejo?. Dos observaciones sueltas, una junto a otra, que para él no tienen nada que ver: una es física, medible, repetible; la otra es óptica, un capricho de la luz y del cansancio. Coincidencias. La montaña está llena de coincidencias, y un hombre de ciencia es, antes que nada, un hombre que sabe no dejarse engañar por ellas. El cuaderno, que no sabe de ciencia, las ha escrito en la misma línea.
Sigue así toda la mañana y buena parte de la tarde. Mide, anota, espera, vuelve a medir. El milano se cansa de él y se va a buscar otro ojeador. La vaca se aleja ladera abajo, rumiando su indiferencia. El sol cruza por encima de la pared, cae un par de horas dentro de la poza —y entonces el agua es solo agua, transparente, vulgar, con un fondo de hojas podridas y guijarros que cualquiera vería— y vuelve a abandonarla. Leitner llena páginas de números y de dibujos pequeños, y se le va el tiempo como a quien por fin está haciendo lo que llevaba años queriendo hacer.
Cuando levanta la cabeza, la luz ya ha cambiado de bando: las sombras caen ahora hacia el otro lado del valle, alargadas, y la pared de roca ha vuelto a tragarse la poza. Calcula el trecho que lo separa del refugio, hace una cuenta rápida con la hora de la cena, y se acuerda, con una claridad incómoda, de la cara que puso Tomeu al decirle que le había guardado el plato. Un hombre así no guarda dos cenas seguidas a un huésped que llega tarde. Recoge el cuaderno, el aparato —la aguja otra vez dormida en el cero—, la mochila con la baba seca de la vaca, y empieza a bajar con prisa.
A su espalda, la poza vuelve a quedarse quieta. Oscura. Sola. Esperando, con esa paciencia de las cosas que no tienen prisa porque saben que el agua, en estas montañas, siempre acaba volviendo al mismo sitio, y los niños también.


