Lágrimas con sal.
Leitner empuja la puerta del comedor justo cuando Tomeu sale de la cocina con la primera bandeja en alto. Ha calculado bien. Llega a la hora exacta, ni un minuto de cortesía de más, ni uno de descortesía de menos. Lo que le fastidia, es llegar así: con la camisa tiesa de sal, el polvo del camino metido en los pliegues del cuello, los pies clamando por un agua que no llegará. No hay tiempo de ducha. O cena ahora, sucio y deshecho como viene, o no cena. La montaña no negocia.
Es entonces cuando lo llaman desde la mesa del rincón. Otra vez. Bernhard, Sabine y, entre los dos, Jonas, callado, con la atención puesta en cualquier cosa que no sean los adultos. Leitner duda un instante, de pie en mitad de la sala, sin saber si alegrarse de la compañía o maldecir su suerte, porque sentarse con ellos significa que tarde o temprano alguien preguntará por el trabajo, y entonces tendrá que confesar en voz alta lo que el cuaderno ya sabe: que no ha avanzado nada. Que ha pasado un día entero en una fuente midiendo agua y dibujando piedras, y no tiene una sola conclusión que enseñar.
Opta por la educación, que siempre es una buena trinchera.
—¿Cómo va ese tobillo? —pregunta, sentándose.
Va bien. Va sorprendentemente bien. Bernhard estira la pierna por debajo de la mesa y la mueve en círculos para demostrarlo, orgulloso de su recuperación. La hinchazón ha bajado, el morado se ha vuelto de un amarillo viejo y casi presentable. Lo malo, dice, es que ya no me servirá de nada en estas montañas: mañana nos vamos. El refugio solo deja dormir dos noches a los excursionistas, es la norma. Hacia Lluc, pues, con el tobillo recién estrenado y ninguna cuesta donde probarlo.
—Usted, en cambio, se queda —dice Sabine.
—Yo tengo dispensa. Vengo por la universidad. —Lo dice sin soberbia, casi disculpándose, como quien enseña un salvoconducto que no ha merecido—. Y, hablando de eso: me encantaría quedarme con ustedes esta noche, de verdad, pero tengo que poner en orden las notas del día mientras ceno. Salgo temprano. Muy temprano.
Nadie se ofende. Sabine incluso parece aliviada, por el niño. Leitner coge su plato, se disculpa con una inclinación de cabeza y se retira a una mesa pequeña del fondo, lejos del calor de las voces, donde la bombilla cuelga un poco más baja y la luz cae justa sobre el papel.
Cena y repasa. Las dos cosas a la vez, mal las dos, como se hace todo cuando hay prisa. Y al recorrer las anotaciones de la mañana, con el tenedor a medio camino, se detiene en una línea.
Es una línea como las demás, escrita con la misma letra apretada, pero contiene dos cosas que él anotó sin pensar y que ahora, leídas juntas, le piden ser miradas otra vez: 9:54, máximo de escala, 2-3 s, y al lado, separada por una coma minúscula, una palabra con un signo de interrogación, ¿reflejo?. Dos observaciones que la víspera le parecieron de mundos distintos —una de la física, otra del cansancio de la vista— y que el cuaderno, que no entiende de departamentos, escribió en el mismo renglón. El pico del gaussímetro y el destello en el fondo del agua. La misma hora. El mismo segundo.
No es nada, claro. Una coincidencia. La montaña está hecha de coincidencias y un hombre serio no se deja arrastrar por ellas. Pero —y aquí está lo que distingue al científico del crédulo y también, a veces, del cuerdo— un científico serio tampoco las descarta sin comprobarlas. Mañana, volverá a la fuente, se plantará en ese punto exacto a esa hora exacta, y mirará si el aparato vuelve a sonar. Solo para tachar la línea. Solo para poder escribir, al lado, nada.
Se va a dormir con esa decisión rondándole la cabeza. Está agotado. La caminata del día no ha sido para tanto, pero Leitner es rata de biblioteca, un animal de lámpara y archivo, y ni el sol de Mallorca ni la Tramuntana le han dado hoy el menor cuartelillo.
Probablemente el xot siga tan terco como siempre en su pino, repitiendo su biip de sónar, y probablemente los grillos sigan más calientes que la moto de un hippie, frotándo las alas hasta morir de amor. Pero esa noche Leitner y su vejiga, no se enteran de nada. Duerme plácido como un bebé y se levanta radiante como el mismísimo sol que se cuela por la persiana.
Baja los escalones de un salto, de dos en dos, hasta la cafetería, donde Tomeu, con cara de sueño, acaba de encender la luz. Leitner se sirve café de la misma cafetera que utiliza el posadero, pero hoy es Tomeu quien parece alemán: no suelta media palabra más allá de un buenos días tan correcto como helado. Quizá tenga algo que ver lo de la habitación, la cama caliente que el papel de la universidad le ha quitado durante cinco noches. Leitner no insiste. Engulle el cruasán, envuelve el otro en su servilleta para media mañana y echa a andar montaña arriba.
El camino transcurre con las mismas penalidades y los mismos premios que la víspera. El milano que vuelve a escoltarlo sin escoltarlo, esperando los ratones que sus botas levantan. Las rampas cortas que le roban el aire y le obligan a buscar agarre con las manos. El valle escalonado abriéndose a la espalda, el Pla al fondo, la vaca golosa que baja a husmearle la mochila. Todo igual. Y, sin embargo, esta mañana le parece aún más hermoso que ayer, porque Leitner es de esos hombres que disfrutan más las cosas la segunda vez, cuando ya no hay sorpresa que estorbe el placer y uno sabe exactamente dónde mirar.
A las 9:54 —exactamente la misma hora que el día anterior, lo comprueba dos veces en el reloj— se planta en el murete, con el gaussímetro en la mano, y dirige la vista al mismo punto del fondo.
Y allí está.
El aparato canta primero: ese pitido fino y agudo, la aguja disparada contra el tope derecho del dial, vibrando contra el límite, la lucecita roja encendida. Y abajo, en la sombra fría del agua donde el sol aún no ha entrado, el mismo brillo en el mismo lugar exacto, pulsando despacio, como si respirara.
Leitner hace lo único que se le ocurre hacer: lo somete a una prueba. Alarga el brazo y roza la superficie con dos dedos para generar una onda. Quiere ver si el destello es un reflejo, algo de fuera, un capricho de la luz que se deshaga al romperse el espejo del agua. Del punto donde tocan sus dedos nacen unos anillos, finísimos, concéntricos, que se ensanchan hacia el centro de la poza. Y conviene mirar despacio esos anillos, porque es lo último ordinario que va a ver ese día. Cada onda avanza arrugando la lámina del agua, y al arrugarla descompone el brillo del fondo en mil esquirlas tembloronas que se recomponen en cuanto la onda pasa; el destello se parte, se dispersa, se vuelve a juntar, una y otra vez, a cada anillo que lo cruza. Leitner espera que, al llegar la última onda, el brillo se apague del todo. Que se rinda. Que confiese que nunca fue otra cosa que luz prestada.
Hace justo lo contrario.
El brillo crece. No se dispersa: sube. Asciende hacia la superficie ganando tamaño y firmeza, y cuando le faltan apenas quince centímetros para romper el agua, lo que emerge no es un reflejo.
Es una cabeza.
A la cabeza la sigue el resto: los hombros, el torso, la mujer entera incorporándose del agua negra sin que el agua se la quite de encima, sin chorrear, como si nunca hubiera estado mojada, como si saliera de otro sitio que solo usa la fuente de puerta. Y aquello que brillaba, lo que el gaussímetro lleva dos mañanas delatando, no es ningún ojo ni ninguna luz del fondo: es un colgante. Una mano de Fátima de plata vieja que la mujer lleva al cuello, suspendida sobre el esternón, con su palma abierta y su ojo grabado en el centro, los cinco dedos rígidos contra el mal, gastada de tanto rozarla en busca de una protección que, está visto, llegó tarde.
Leitner está aterrado. Tiene el cuerpo entero pidiéndole que corra. Pero hay en él algo más viejo y más necio que el miedo —el mismo demonio que lo subió a esta montaña por un camino a oscuras—, y ese algo le clava las botas en el suelo y le ordena quedarse. Mirar. Observar. Anotar, si hiciera falta, con la mano temblando.
Y entonces la mira de verdad, y el terror empieza, despacio, a no tener dónde sostenerse.
Porque no es una pagesa de otro siglo, ni una bruja de aljibe, ni la mujer pálida y ahogada de los cuentos. Es una mujer subsahariana, joven, hermosa, fuerte. Tiene unos ojos oscuros y profundos rodeados de un blanco casi fluorescente, un blanco de leche que parece dar luz propia en la penumbra de la roca. Viste ropas holgadas a la manera tradicional de su tierra, telas que el agua no ha estropeado. Y sonríe. Es una sonrisa cansada, sin amenaza, la sonrisa de alguien que ha visto demasiada gente asomarse a su fuente con miedo.
—¿Me buscas? —dice—. Llevas ahí un buen rato, y veo mucho interés en esta fuente.
Leitner solo acierta a decir lo único que de verdad le importa.
—¿Me vas a llevar al fondo?
La mujer se ríe. No con burla: con una especie de ternura agotada.
—No. ¿Por qué iba a llevarte al fondo?
—No sé. Te llevaste a un niño, hace unos años.
—No fui yo. No ocurrió en mi turno. —Lo dice con cuidado, como quien corrige un error que ha tenido que corregir muchas veces—. Y la Oshun que estaba aquí entonces tampoco se lo llevó. Solo lo cuidó hasta que alguien vino a recogerlo.
—No lo entiendo. ¿Quién eres? ¿Quiénes sois?
—Somos madres a las que el agua se llevó. A nosotras y a nuestros hijos. —Hace una pausa, y por un momento mira más allá de Leitner, hacia algo que no está en la montaña—. Yo nací en Nigeria. Cuando supe que esperaba un hijo y que su padre no iba a hacerse cargo, decidí irme de la aldea. Mis vecinos juntaron todo el dinero que pudieron y me ayudaron a salir. En la travesía de Túnez a Mallorca, la barca naufragó. El mar se llevó a mi hijo, que había nacido hacía solo unos días, y me lo arrancó de los brazos. Yo me dejé morir, sin más. Y aquí estoy. De ahí venimos las Oshun. Somos mares a quienes el agua nos ha robado a nuestros pequeños Llevo poco tiempo en esta fuente, y sé que pronto me sustituirán. Hay mucha rotación entre nosotras, por desgracia. Son muchas las madres que mueren con sus hijos en el Mediterráneo.
Leitner escucha sin respirar. La leyenda que ha perseguido por archivos de medio mundo se está desmontando delante de él, y lo que queda debajo no es un monstruo. Es un duelo.
—Pero el niño de hace años —insiste—. Eso no me cuadra. ¿Por qué apareció incorrupto, entero, después de un año entero desaparecido?
La Oshun baja la mirada hacia las piedras del murete, como si el recuerdo estuviera ahí mismo.
—El niño jugaba con la vaca. La vaca pedía comida, y los niños, ya sabes cómo son, ¿cómo va a negarse? Él le dio su último trozo de pan, aquí, arrimado a estas mismas piedras. La vaca se lo comió, y cuando quiso más, inocente, le empujó con el morro. El niño cayó al agua. —Levanta los ojos—. La Oshun que guardaba la fuente no pudo hacer nada. Esa es nuestra condena: podemos dejarnos ver, podemos avisar del peligro, pero estamos hechas de un aliento que ya no es de este mundo, y sobre las cosas de este mundo no tenemos fuerza ninguna. No pudo sujetarlo. Solo pudo quedarse con él.
—Y aquel fue un año extraño. Justo al día siguiente de que el niño cayera, el mundo entero se detuvo. Una plaga recorrió la tierra y la gente se encerró en sus casas. Nadie subía a las montañas. Nadie vino a buscarlo. —Su voz se ablanda—. Pero aquel niño era como un ángel. Como mi hijo. Era imposible que nadie lo llorara, imposible que tarde o temprano no viniera alguien. Así que la Oshun esperó. Esperó y esperó. Lo cubría con los brazos y le cantaba, mes tras mes, para preservarle el cuerpo, para que su madre, cuando por fin llegara, pudiera verlo entero una última vez. El año del COVID murió muy poca gente en el Mediterráneo. Iku, que es como nosotras llamamos a la muerte, decidió llevarse las almas de otra manera.
Calla. Algo, en el agua o en el aire, Leitner nota que su mirada ha cambiado.
—Tengo que irme —dice, y mira hacia el fondo de la poza como quien oye su nombre—. Me reclaman. Me temo que mi turno acaba hoy, ahora mismo. la que viene a buscarme es mi sustituta.
Y se hunde, sin salpicar, del mismo modo callado en que ha salido, llevándose el brillo de la mano de Fátima hacia abajo hasta que el agua vuelve a quedarse lisa, oscura y sola, y el gaussímetro, en la mano de Leitner, calla de golpe.
Allí se queda el doctor Konrad Leitner, de pie en el murete, con el aparato muerto entre los dedos y la historia entera derrumbada y vuelta a levantar dentro del pecho. Sabe perfectamente lo que esto significa para su carrera. Sabe que un etnólogo serio no cuenta estas cosas, que en el momento en que abra la boca habrá terminado como hombre de ciencia. Y, curiosamente, no le importa. Hay verdades que pesan más que un cargo en Gotinga.
Y ahí anda Leitner desde entonces. Primero de universidad en universidad, de sala en sala, contando la extraña historia de las madres del agua, hasta que dejaron de invitarlo y empezaron a llamarlo loco. Después, ya sin auditorio académico, la contó a quien quisiera oírla, que es muy poca gente. Porque resulta que casi nadie quiere saber de la existencia de las Oshun. No vaya a ser que, si las nombramos, si admitimos que el agua de nuestras fuentes está hecha de madres que no llegaron a la otra orilla, tengamos que aceptar también que en su muerte nos toca a todos alguna parte de culpa.
