Bruno Carpa.

Quien non cava, non come.

Capítulo 23

Quince días. Eso es lo que calculan que tienen, y lo calculan a ojo: lo que tarda una flota en juntarse en Berbería y en cruzar el canal. Puede que sean veinte. Puede que sean diez. Nadie apuesta.

Y en quince días hay que abrir una zanja alrededor de una ciudad, levantarle un terraplén, meter dentro a media isla y vaciar la otra media.

La riada que empezó al día siguiente del consejo no para en toda la semana, afortunadamente no trae solo bocas: trae brazos. Bajan de los casales familias enteras con el hato al hombro y el miedo en la cara, lo primero que se encuentran no es una limosna ni un sermón, sino una azada y un capataz que les señala un tramo de tierra.

—¿Queréis amparo? —les grita Nardu desde lo alto de un montón de escombro, con la voz ya rota de tres días—. ¡Pues el amparo se cava! ¡Aquí non hay más muralla que la que os hagáis vosotros!

Y cavan. Cavan mejor que los soldados, porque son gente de bancal y llevan toda la vida moviendo tierra, y porque un hombre cava distinto cuando el agujero es para meter dentro a sus hijos.

Grazia es quien reparte todo aquello, no hay decreto que la nombre, ni la Religión le ha dado papel alguno, pero al tercer día está claro para todo el mundo que los cuarteles los gobierna la cocinera. Se ha hecho con un bastón de fresno que usa para señalar y para arrear, se ha puesto detrás de una mesa a la entrada de la Ciudad Nueva, y desde allí manda como se manda una cocina en día de fiesta: a gritos, sin dudar y sin perdonar.

—¡Tú, la de las gallinas! ¡Al cuartel tercero, y las gallinas al corral común, que aquí non hay gallinas de nadie, hay gallinas de todos! ¡Vosotros, los de Żebbuġ, con los vuestros, al cuarto, que ya hay gente de vuestro casal y así non lloraréis de noche! ¡Y el que traiga colchón que lo deje fuera, que aquí non entra un colchón viejo aunque lo bendiga el Papa! ¡Lienzo limpio y paja nueva, y quien proteste que se vuelva a su casa a esperar al turco sentado!

Detrás de ella va Caterina con el registro, un cesto de lienzos y una jarra. Callada, como siempre. Pero ya no hace falta que Grazia le explique nada que la muchacha está trayendo lo que hace falta antes de que se lo pidan.

Y es en esa mesa donde ocurre lo del mercader, se llama micer Falzon, comercia con grano y con paño, tiene tres almacenes en el Borgo y ha llegado con dos carros, cuatro criados y una mujer que no baja del carro para no pisar el barro. Se planta delante de la mesa y no mira a Grazia: mira por encima de ella, buscando a alguien.

—Quiero hablar con quien mande aquí.

—Mandar mando yo —dice Grazia, sin levantar la vista del registro—. ¿Cuántos sois y de dónde?

El hombre tarda un momento en digerirlo.

—¿Vos? —Se ríe con media boca—. Buena mujer, yo non voy a dormir en una zanja. Yo tengo casa en la Valeta, y almacenes, y he prestado dineros a la Religión más veces de las que vos habéis puesto un puchero al fuego. Vengo a que se me abra la puerta y se me dé alojamiento dentro de los muros, como corresponde a mi estado.

—Dentro de los muros —repite Grazia, y por fin levanta la cara— entran los que hacen falta para un sitio: herreros, carpinteros, calafates, panaderos, artilleros y gente de armas. Y sus casas. Eso es lo mandado, y lo mandó el Gran Maestre, non yo. —Moja la pluma—. Decidme, micer: ¿herráis vos? ¿Aserráis? ¿Cocéis pan? ¿Sabéis servir una pieza de artillería?

—Yo compro y vendo.

—Pues estos días aquí non se compra ni se vende. —Se encoge de hombros—. Cuartel segundo, que hay sitio. Se cava por la mañana y por la tarde, y quien non cava, non come.

A micer Falzon se le sube la sangre a la cara.

—¿Me estáis diciendo a mí que coja una azada?

—Os estoy diciendo que si non la cogéis vos, la coja alguno de vuestros cuatro criados, que para eso los traéis. —Y bajando la voz, no por respeto, sino para que le llegue mejor—: Micer, este verano yo he visto morir a tres mil personas de esta isla, y todas murieron igual y con la misma cara: el rico y el pobre. La peste non miró vuestras cuentas, y ni la peste ni el turco las va a mirar. Conque apartaos, hacedme la merced, que detrás de vos hay ochenta personas esperando.

Hay un silencio muy corto. Y en la cola, detrás, alguien se ríe. Y luego se ríen ocho. Y micer Falzon, que ha discutido con virreyes, coge el papel que le tiende la mano callada de Caterina y se va al cuartel segundo sin decir palabra.

Aquella noche, en el foso, la historia se cuenta doce veces, y en cada una crece un poco.

Mientras tanto, en el llano, hay hombres con cuerdas.

Porque antes de cavar hay que saber cuánto, y eso no se decide en una mesa. Lo decide el maestre Anselmo, condestable de la artillería, un viejo seco al que le falta media oreja y que lleva treinta años detrás de un cañón. Y lo decide de la única manera que sirve: yéndose a ponerse donde se pondrá el enemigo.

Sube a las lomas del norte con Baltasar, el sargento mayor y una cuadrilla de muchachos, y allí arriba se pasa una mañana dando vueltas y mirando al suelo.

—Aquí —dice al fin, clavando un palo—. Aquí asentaría yo mis piezas si viniera a tomar esta ciudad. Y aquí. Y aquí. Los demás sitios son malos: o non hay campo para las cureñas, o el tiro va cuesta arriba, o non tienen por dónde retirarse. —Escupe—. Un artillero, muchacho, es hombre de muy poca fantasía. Si sabes dónde hay tierra llana y buena vista, sabes dónde va a estar.

Bajan al llano tirando de una cuerda larga desde el palo de arriba hasta donde ha de ir la zanja. Cuatro muchachos la tienden y la ponen tirante, y Anselmo se echa de bruces en la hierba y mira a lo largo de ella con un ojo cerrado, como quien apunta corrige más con ojo que con compás la comba de la cuerda.

—Ahí está. Eso es la rasante. Todo lo que quede por debajo de esta cuerda está vivo, y todo lo que asome por encima está muerto. Non hay más ciencia que esta.

Y así, día tras día, aparecen por el llano de la Valeta unas cuadrillas raras que no cavan ni acarrean: solo clavan palos y tienden cuerdas de un extremo a otro, y detrás va un viejo tumbado que mira a lo largo del cordel y grita "¡más abajo!" o "¡ahí, ahí, marca!". Y detrás del viejo, la raya de cal en el suelo.

Hay quien no se lo cree. Un caballero joven, de los llegados este año, se lo discute a voces delante de todos: que eso son cuentos de viejo, que una bala no es una cuerda, que el hierro hace lo que le da la gana.

Anselmo lo escucha entero sin interrumpirlo. Luego se limpia las manos en el mandil.

—Bien. Traedme un sacre, media libra de pólvora y doce hombres.

Lo que sigue lo mira media isla. Levantan a toda prisa un pedazo de terraplén de prueba, veinte pasos de largo, con sus cuatro pies de zanja y sus tres de tierra apisonada. Anselmo asienta el cañón donde ha dicho, lo apunta con el cuidado maniático del que lleva media vida en esto, manda apartarse a todo el mundo y da fuego.

El estampido rueda por el llano entero.

La bala llega, se hinca en la tierra del parapeto con un golpe sordo y desaparece. Ni salta, ni rebota, ni sale por el otro lado: un boquete del tamaño de un puño y una nubecilla de polvo.

Se hace un silencio grande. Y después, del foso, sube un vocerío de quince mil personas que no se les acaba en un cuarto de hora.

—Eso —dice Anselmo, tapándose el oído del lado bueno— es lo que le pasa al hierro cuando se encuentra tierra. La piedra se rompe y te mata con sus propias esquirlas. La tierra se lo traga y non dice nada. —Y al caballero joven, sin mirarlo—: Vuesa merced perdone la lección, que a mí también me la dieron.

A partir de ahí ya nadie discute la hondura. Se pelean por cavar.

La medida la da el propio Anselmo, con el truco del veterano.

—Un estado —dice—. La altura de un hombre puesto en pie, y ni un dedo menos, que el que asome la coronilla la pierde. —Y al ver la cara de los que han de cavarlo—: Mas non habéis de sacar un estado de tierra, alma de Dios. Cavad cuatro pies, y con lo que saquéis levantáis tres de parapeto ahí delante, bien apisonado. Cuatro abajo y tres arriba son siete. La tierra que sacas te cava la mitad del hoyo. Ese es todo el secreto de las obras de campaña, y el que non lo sabe se muere cavando.

Y entonces se topan con Malta que no es tierra: es una piedra con dos palmos de tierra encima. Al segundo día ya hay tramos enteros donde el pico rebota y suena a campana, y junto a la puerta de tierra, en doscientos pasos seguidos, la roca está a un pie de la superficie.

—Aquí non se cava —dice el capataz—. Aquí hay que romper piedra para abajo y traer tierra para arriba. Lo que no podamos cavar, lo tendremos que levantar si no queremos que nos vuelen las cabezas.

Y ahí entran los canteros, que en esta isla son otra cosa. Con ellos se levantó la Valeta entera: hombres capaces de sacarle a la roca sillares a escuadra como quien corta queso, con la cuña, la maceta y el cordel. Se meten en los tramos malos, marcan la piedra y la van abriendo a golpe seco, y los sillares que sacan no se tiran: van a cimentar el parapeto.

—¡Piedra non! —protesta Anselmo cuando lo ve—. ¡Piedra desnuda non, que os mata a vosotros!

—Piedra debajo, maestre. —El maestro cantero es un hombre pequeño y blanco de polvo—. Y encima, toda la tierra que queráis. La piedra sujeta y la tierra amortigua. Non me enseñéis mi oficio y non os enseño yo el vuestro.

Se dan la mano. Y de aquel apretón sale la regla que gobierna toda la obra: donde se puede cavar, se cava hondo; donde la roca no deja bajar, se sube. En esos tramos la zanja apenas tiene tres pies, y a cambio el terraplén crece hasta cinco, con tierra acarreada desde donde sobra. Cuesta más y va más lento —hay que traerla de media legua, en una procesión de espuertas que no para en catorce días—, pero la cuerda de Anselmo sigue pasando limpia por encima de las cabezas, que es lo único que importa.

Cava todo el mundo, cavan los campesinos, que saben. Cavan las mujeres, en cuadrillas propias que dirigen ellas mismas y que van más deprisa que muchas de hombres. Cavan los muchachos, acarreando espuertas a la carrera. Cavan los cuidadores del pico, que llevan dos meses mandando gente y son capataces natos. Cavan los soldados de la guarnición, a regañadientes primero y a porfía después, porque un soldado no soporta que un labriego cave más que él.

Cavan los esclavos de la Religión —más de mil, moros y turcos sacados de los baños y de las obras de las murallas, encadenados de dos en dos—, abriendo con sus manos el foso que ha de guardar a los cristianos del ejército de sus correligionarios. Nadie hace comentarios en voz alta sobre eso. Bruno lo piensa cada vez que pasa por su tramo, y no acaba de saber qué pensar.

Y cavan los caballeros. Eso es lo que de veras cambia el ánimo de la obra: la mañana en que corre la voz de que en el tramo de la lengua de Francia hay cuatro profesos con el hábito quitado, en camisa, con la azada en la mano y las palmas en carne viva. Al mediodía hay dieciocho. Al día siguiente no queda lengua que quiera ser menos que otra, y se cava por competencia entre naciones, que es la manera más rápida de cavar que se ha inventado nunca.

A Verdale lo llevan a las obras en silla de manos, con el pie en alto sobre un cojín y la cara verde de dolor a cada bache. Manda que le pongan la silla justo en el borde del foso, donde lo vean todos, y allí se está media mañana tragándose el sufrimiento y saludando con la mano.

—Ilustrísima, este traqueteo os va a matar —le dice el consejero.

—Es probable. —Verdale mira el hormiguero de espaldas dobladas que se pierde llano adelante—. Mas si el Gran Maestre non puede cavar, que al menos pueda estar. —Aprieta los dientes cuando la silla se mueve—. Maldito dedo. Sesenta años sirviendo a la Religión, y me va a vencer el dedo gordo del pie.

Mientras la zanja crece, la isla se vacía a la espalda.

Se hace en pocos días y casi sin ruido, y es un trabajo triste. Bajan hacia las murallas las cabras y las mulas y el poco ganado que hay; y el grano de los graneros; y lo que se ha podido segar, aunque esté verde. Se tapan los aljibes con losas y se disimulan con tierra y matojo, que el agua es lo que le ha de faltar al turco antes que ninguna otra cosa. Se apagan los hornos. Se dejan las casas abiertas y vacías, sin una manta ni un puchero, para que el que entre no encuentre ni con qué calentarse.

En algunos casales quedan viejos, no se les echa ni se les obliga. Se les avisa, se les ruega, se les manda un carro. Y no vienen. Se quedan sentados a la puerta, con el bastón entre las rodillas, mirando pasar a los suyos camino del sur. Lo dicen con una tranquilidad que espanta: que a ellos el turco no se los lleva, que un viejo no vale como esclavo y nadie carga con lo que no se vende; que como mucho los matarán, y morir aquí no les parece mal negocio, habiendo nacido aquí. Que se vayan los mozos y los niños, que ellos guardan la casa.

Uno se despide de un hijo en la puerta y le dice que no vuelva a mirar. Y el hijo no vuelve a mirar.

El foso se cierra al decimotercer día, a media tarde las dos cuadrillas que llevan una semana viniendo la una hacia la otra por el tramo del poniente se encuentran de pronto separadas por un tabique de tierra de dos codos, y se paran, y se miran por encima de él como quien se asoma a una ventana. Alguien grita algo. Y luego lo tiran a la vez, entre todos, a golpe de azada, y cuando se derrumba y los dos tramos quedan hechos uno solo, se abrazan hombres que no se conocen y se pasan una bota de vino que llega vacía al tercero.

Bruno lo ve desde el borde, está oliendo, porque el llano entero, de punta a punta, huele a lo mismo. A tierra removida. Miles de espuertas de una tierra que llevaba cientos quieta y ahora está toda al aire, húmeda y abierta al sol, y ese olor lo tapa todo — el humo, la gente, la cocina, hasta el mar.

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