Bruno Carpa.

Al hierro le da lo mismo.

Capítulo 24

Mientras la zanja crece, el hierro no duerme, porque una trinchera es media obra. Un foso guarda a la gente de las balas, pero no mata a nadie; y el día que los otomanos bajen esas lomas, quince mil malteses metidos en un agujero con las manos vacías serán quince mil malteses metidos en su propia fosa. De modo que, mientras unos cavan, otros afilan.

Las fraguas trabajan de noche. Toda la calle de los herreros arde a la vez, con las forjas rugiendo y los martillos sonando hasta la madrugada, y a Nardu, que no ha dormido cuatro horas seguidas desde el consejo, se le ha puesto una voz de ultratumba y una mirada de loco que a Bruno le hace gracia y le da un poco de miedo.

De aquellos yunques salen picos y azadas para el foso, a cientos. Y salen otras cosas.

—¡Traédmelas todas! —les grita a los que bajan del campo—. ¡Todas las guadañas de la isla, y que non quede una colgada en un pajar!

Las endereza. Coge la hoja curva de la guadaña, la pone al rojo, la endereza a martillazos hasta dejarla como una hoja de espada larga, y la remacha en un asta de fresno de dos varas. Y lo que sale de allí ya no es un apero: es un arma con un filo de palmo y medio que corta a un hombre por la mitad y que ha ganado batallas en media Europa. Salen a docenas cada noche. Detrás vienen los mayales herrados, las horcas afiladas en punta, las hachas de leñador recompuestas, las hoces atadas a palos.

Un caballero joven se para una tarde a mirar el montón de guadañas enderezadas, apoyadas contra la pared como una empalizada, y hace una mueca.

—Armas de villano.

—Armas de villano, sí, vuesa merced —dice Nardu sin levantar la cabeza del yunque—. Y non hay otras. —Golpea dos veces—. Mas si a vuesa merced le sirve de consuelo, le diré una cosa que sé por mi oficio: al hierro le da lo mismo. El hierro non sabe si el que lo lleva es un caballero o un cabrero. Solo sabe si está afilado. —Le da la vuelta a la hoja—. Y esto lo está.

Lo que no se puede armar, se apedrea. Cada veinte pasos del parapeto se levanta un montón de piedra suelta del tamaño de un puño, que en esta isla es lo único que sobra de verdad. Y por delante, en la cara exterior del terraplén, se clavan estacas aguzadas apuntando hacia fuera y hacia arriba, tan juntas que un hombre no puede subir el talud sin ensartarse o sin perder las manos apartándolas; y al pie, brazadas de zarza y de espino, que no matan a nadie pero enredan las piernas y hacen que el que llega llegue despacio, que es lo mismo que llegar mal.

Y de la fragua de Nardu, entre guadaña y guadaña, salen a espuertas unas bolitas feas de cuatro puntas de hierro, hechas de manera que, se tiren como se tiren, siempre queda una punta hacia arriba. Abrojos, las llaman. Se siembran a puñados en la hierba del llano, delante de la zanja, y no se ven.

—Esto es lo más cobarde y lo más barato que se ha inventado nunca —dice el sargento mayor, dejando caer una en la palma de la mano—, y a mí me han salvado la vida dos veces. Un hombre con un abrojo en el pie non pelea, non corre y non calla: se sienta y grita, y con eso les rompe la carga a los que vienen detrás.

El sargento mayor recorre los cuarteles enseñando lo poco que se puede enseñar en diez días: a estarse quieto detrás del terraplén, a agacharse cuando lo manden, a no correr.

—Y meteos esto en la cabeza —les dice, y lo repite cuartel por cuartel, hasta quedarse ronco—: vosotros non vais a ganarles una batalla. Nin falta que hace. Lo que habéis de hacer es otra cosa y más barata: que atacaros non le salga a cuenta a nadie. Un ejército non viene a morir, viene a ganar. El día que sumen lo que les cuesta entrar aquí y les salga más caro que lo que se llevan, se van solos. Eso es todo. Non se trata de ser bravos. Se trata de ser caros.

En el puerto, entretanto, se tiende la cadena. La sacan de los almacenes donde llevaba años enrollada desde los tiempos del Gran Sitio, y hay que revisarla eslabón por eslabón y cambiar los que la humedad se ha comido. Cada eslabón es como el brazo de un hombre. Se tarda una tarde entera en tenderla de la punta del castillo de San Ángel a la punta de la Sengla, con bueyes en los cabrestantes de las dos riberas, cien hombres gobernando los maderos que la sostienen a flote y un maestro carpintero gritándose con un maestro herrero durante seis horas seguidas. Y cuando por fin queda tirante sobre el agua, chorreando y goteando al sol, la gente de las dos orillas rompe a aplaudir sin que nadie haya dado la señal.

Bruno aplaude con los demás, aunque no acaba de entender qué está aplaudiendo. Al lado tiene al maestre Anselmo, que mira la cadena con las manos a la espalda.

—Maestre. ¿Y eso para qué sirve?

—¿Cómo que para qué sirve?

—Que la ciudad está allá —Bruno señala la Valeta, a su espalda—, y esa cadena está aquí, cruzando una ensenada. Non tapa la boca del puerto, nin defiende una muralla, nin cubre a nadie. ¿Qué guarda?

Anselmo lo mira de arriba abajo, resopla, y hace lo que hace siempre que alguien le pregunta algo que le parece que debería saber ya: coge un palo y se pone en cuclillas a dibujar en el polvo.

—Mira y calla. Esto es el Gran Puerto. —Traza una bahía grande, ancha, con la boca al mar—. Aquí, la entrada. ¿Ves lo abierta que es? Cuatrocientas varas de agua. Ahí non hay cadena que valga, nin en el mundo hay hierro para eso: la boca se guarda a cañonazos, con San Telmo de un lado y las baterías del otro. —Marca dos cruces—. Eso es lo primero.

Luego dibuja, dentro de la bahía, dos lenguas de tierra que entran en el agua como dos dedos, con una hendidura entre ellas.

—Esto de aquí es el Borgo, y esto la Sengla. Y esto de en medio —clava el palo en la hendidura— es la ensenada de las galeras. Ahí dentro, ahora mismo, están fondeadas las galeras de la Religión, desarboladas y en cura desde el verano, porque con la peste non ha salido ninguna.

—Y la cadena cierra eso.

—La cadena cierra eso. —Anselmo tira el palo—. Agora dime tú, muchacho, que eres listo: ¿qué es la Religión sin galeras?

Bruno tarda un momento.

—Non lo sé.

—Una roca. —El viejo se levanta y se sacude las manos—. Una roca con muros muy bonitos en mitad del mar, donde viven cuatrocientos señores vestidos de negro que non le sirven ya de nada a nadie. Sin galeras non se sale a cazar, non se socorre a nadie, non se toma una presa, non se guarda esta mar. Sin galeras, el rey de España deja de escribirnos y el Papa deja de acordarse de que existimos. —Señala la ensenada con la barbilla—. El turco lo sabe mejor que nosotros. A él le basta con meter cuatro naves ahí dentro una noche y prenderles fuego a los cascos amarrados. En una hora nos quema la escuadra entera sin arañar una sola piedra de la muralla. Y nosotros aguantaríamos el sitio, y le veríamos irse, y habríamos ganado — y estaríamos muertos.

Se quedan los dos mirando el hierro tendido sobre el agua, que gotea y brilla.

—Las murallas guardan a la gente, rapaz —dice Anselmo—. Esa cadena guarda lo que hace que esta gente valga algo. Por eso aplauden.

Bruno mira todo aquello desde la orilla cuando puede. Pero puede poco. Porque él tiene su propio trabajo, y su trabajo es la mesa.

Vuelve a estar detrás de una tabla sobre dos toneles, con el registro, la pluma, el tintero y los dos alabarderos al lado. Solo que esta vez no son cincuenta al día: son cientos. Toda la isla ha de pasar por delante de su nariz antes de entrar en un cuartel, porque meter quince mil personas apretadas sin mirarlas una por una sería resucitar la peste con las manos.

De sol a sol, un cuerpo tras otro. Huele, escribe, señala cuartel. Huele, escribe, señala. Ocho días.

Y al noveno se le apaga. Ocurre a media mañana y sin aviso. Está oliendo a una mujer con dos críos, y de pronto cae en la cuenta de que no la huele. No es que huela poco: es que no huele. Levanta la cara y prueba con el aire, y el aire no dice nada. Prueba con el hombre siguiente. Nada. Se lleva la muñeca a la nariz, la suya propia, la que conoce mejor que ninguna, y tampoco. El mundo entero se le ha quedado en blanco, como un cuarto sin ventanas.

Se levanta tan pálido que uno de los alabarderos lo agarra por el brazo.

—Non huelo —dice Bruno—. Non huelo nada.

Y lo peor no es el pánico, que le sube en seguida desde el estómago. Lo peor es lo otro: que durante un momento, uno solo, muy corto, siente alivio. Un alivio hondo y dulce, como el de un hombre al que le quitan un fardo de la espalda. Y ese medio latido de alegría le da más miedo que perder el don, porque le dice de sí mismo algo que no quería saber.

Lo llevan a Baltasar, que le mira los ojos, le hace sacar la lengua y no parece nada preocupado, cosa que a Bruno lo indigna.

—Estás quemado, muchacho. Non estropeado.

—¿Cómo que quemado?

—Como el que mira al sol de frente. —Baltasar se sienta a su lado en el borde de la mesa—. A ver: ¿tú non has entrado nunca en una casa que hiede, y a la media hora ya non lo notas, y sales al fresco y vuelves a entrar y te da otra vez en la cara?

—Sí.

—Pues eso, pero de ocho días. La nariz se cansa como se cansa un brazo. Y tú llevas ocho jornadas oliendo gente sin parar, de sol a sol, cientos al día. La has reventado.

—¿Y vuelve?

—Vuelve si la dejas. —Baltasar se pone en pie—. Y non la vas a dejar aquí, que aquí hay quince mil personas, tres mil cabras, un foso y cuarenta hogueras. Aquí non descansa nariz ninguna.

Así que aquella tarde meten a Bruno en un bote, lo llevan al medio del Gran Puerto, largan un rezón y lo dejan allí. Solo. Un día y una noche, con pan, agua y una manta; prohibido arrimarse a la orilla y prohibido que nadie se le acerque.

Y es la mejor noche del verano, porque en mitad de aquella agua no hay nada que oler, y por primera vez desde que bajó a tierra en agosto el mundo se le queda callado. Se tumba en el fondo del bote y mira el cielo, y oye el agua golpear la madera, y no hay muerte, ni vinagre, ni miedo, ni multitud. Nada. Se duerme a media tarde como no ha dormido en tres meses.

Al caer el sol lo despierta una voz que le llega por encima del agua.

—¡Eh, tú, el del bote!

A cuarenta varas está el costado negro de la San Juan Bautista, y en la borda, apoyados, Lesco y Tristán.

—¡Me han dicho que te has roto la nariz de tanto usarla!

—¡Non está rota, mi señor! —Bruno se pone de pie, y el bote se balancea—. ¡Está cansada! ¡Dicen que vuelve!

—¡Más te vale! —Y luego, algo más bajo, aunque el agua lleva la voz igual—: ¿Comes?

—¡Como!

—¿Y duermes?

—¡Hoy sí!

Se hace un silencio raro. Cuarenta varas de agua quieta entre los dos, y tres meses, y todo lo que no se han dicho.

—¡Bruno! —Lesco se inclina más sobre la borda—. Cuando esto empiece, ¿dónde vas a estar?

—Donde me manden, mi señor.

—Non. —Y la voz le sale distinta—. Vas a estar detrás del terraplén, con la cocinera y con la muchacha, con la cabeza por debajo de la cuerda del maestre Anselmo, y non la vas a asomar por nada de este mundo. Non eres soldado. Non tienes doce años cumplidos. Tu oficio ya lo hiciste, y lo hiciste bien, y non hay nada más que un ventor pueda hacer por esta isla. ¿Hasme entendido?

—Hete entendido, mi señor.

—Non me has entendido, que te conozco. Repítemelo.

—Que me esté detrás del terraplén y non asome la cabeza.

—Eso. —Pausa—. Y otra cosa, y non me hagas gritarla dos veces delante de mi gente, que bastante se ríen ya de mí. —Lesco tarda un momento—. Si esto sale mal, y a mí me pasa lo que le pasa a un hombre que está donde yo estoy, en la Veneranda hay una parte que es tuya y que non toca nadie. Está asentada a tu nombre desde Gozo; Tristán tiene copia, y el escribano de la Religión otra. Non te la puede quitar nin el Gran Maestre. ¿Lo sabías?

—Non, mi señor.

—Pues ya lo sabes.

Bruno abre la boca para decir algo y no encuentra el qué. Al otro lado del agua, Lesco se aparta de la borda antes de que nadie le vea la cara, y es Tristán quien remata, con esa manera suya de arreglar las cosas por lo bajo:

—¡Y come, rapaz, que estás en los huesos, y así non hay nariz que aguante!

Bruno se queda de pie en el bote hasta que se hace de noche del todo, mirando aquel casco negro que no puede tocar.

Y de madrugada, con el primer frío, le vuelve. Primero el mar —yodo, sal, alga—, y después, muy fino, traído por una racha, el olor de su propia nave: brea, cáñamo, vinagre de los baldeos, y por debajo la lana del señor. Y Bruno se echa a llorar en el fondo del bote como no ha llorado en todo el verano, y ni él sabría explicar por qué.

En el tramo hondo del poniente, donde hay buena tierra y se ha cavado más de un estado, y donde llevan dos jornadas dándole prisa a la cuadrilla porque van retrasados. Es lo que pasa siempre: la pared ha quedado demasiado vertical, nadie la ha entibado, ha llovido de madrugada y el borde de arriba está cargado de espuertas.

Abajo, en el fondo de la zanja, hay una docena de hombres cavando. Entre ellos, Nardu. Y Bruno, que ha bajado a llevar un recado y se ha quedado, como se queda siempre, mirando.

Arriba, en el borde, pasa Caterina con dos cántaros de agua.

Y lo ve.

Ve lo que no ve nadie, porque nadie está mirando la pared: ve abrirse una grieta finísima a lo largo del borde, tres pasos, cinco, diez; ve caer un hilo de tierra seca por la cara del talud; y ve —eso lo contará luego con las manos, porque no habrá palabras— que la pared respira. Que se hincha hacia fuera un dedo, como el costado de un animal que toma aire.

Manotea. Da patadas en el suelo. Se asoma cuanto puede y agita los dos brazos. Nadie levanta la cabeza, porque en aquella obra hay tres mil personas dando golpes y el ruido se lo traga todo.

Caterina coge uno de los cántaros con las dos manos y lo tira a la zanja.

Cae desde tres estados y revienta contra una piedra a los pies de Nardu, y el estallido del barro hace lo que no habían hecho los brazos: doce cabezas se levantan de golpe, todas a la vez, todas furiosas.

Y arriba, en el borde, la ven con el otro cántaro todavía en la mano y el brazo entero estirado hacia la pared, señalando, con la boca abierta de par en par, la garganta tensa, la cara roja del esfuerzo, gritando con el cuerpo un grito que no suena. No sale nada de aquella boca. Ni una sílaba. Solo el aire.

Pero doce hombres que llevan catorce días cavando entienden en medio latido lo que aquel brazo señala.

La pared se viene abajo. Cae de golpe, sin ruido de aviso, con ese estruendo sordo y corto que hace la tierra cuando cae en masa, y llena el fondo de la zanja hasta la altura del pecho de un hombre.

Sacan a dos de la cuadrilla con las piernas atrapadas, uno con la tibia partida, No muere nadie.

Después hay un silencio muy raro en aquel tramo, mientras todos se miran unos a otros y hacen la cuenta de lo que ha faltado, todas las cabezas se vuelven hacia arriba, a la muchacha morena que sigue de pie en el borde, entre los dos cántaros volcados, temblando de arriba abajo.

Grazia llega abriéndose paso a bastonazos y la encuentra todavía de pie en el borde, con el cántaro que le queda apretado contra el pecho, temblando de arriba abajo. Y no es del susto: es de rabia. Se lleva las dos manos a la garganta y aprieta, y se golpea el cuello con el canto de la mano, una vez y otra, con los ojos llenos, como quien le pega a una herramienta que se ha roto en el peor momento.

—Non. Non, hija, non. —Grazia le sujeta las muñecas y se las baja—. Mírame. Mírame a mí. —Le vuelve la cara con dos dedos—. ¿Han subido todos? Han subido todos. Non hay un muerto ahí abajo. —Y le pone la palma abierta en mitad del pecho—. Non te hacía falta la voz. Tenías dos cántaros y una mano, y con eso ha bastado. Que hablen los que non tienen nada que decir.

Caterina se le abraza y esconde la cara, y así se quedan un rato largo, y la gente vuelve a su trabajo por no mirarlas.

Bruno sube del fondo de la zanja lleno de tierra hasta las cejas y se planta delante de ella sin saber qué hacer con las manos.

—Me has avisado —le dice, muy bajo.

Caterina lo mira. Y se le escapa por la cara una cosa que Bruno no le ha visto en dos años y que tarda un momento en reconocer, porque es una sonrisa entera.

Esa noche, ya tarde, en el apartado de la cortina, Grazia está apagando el cabo de vela cuando ve a Caterina arrodillada delante de la bandeja de la ceniza, con el palito en la mano.

La muchacha escribe despacio, apretando la lengua entre los dientes como cuando Bruno le enseñaba, y luego se aparta para que se vea.

Son seis letras. Grazia se acerca el candil, y las va sacando de una en una, moviendo los labios, porque ella con las letras va despacio, a escondidas y solo sabe las que ha ido robando por las noches.

M. A. D. R. E.

Grazia se queda quieta con el candil en la mano. No dice nada, porque sabe que si abre la boca se le rompe. Alarga el dedo y pasa por encima de la ceniza, siguiendo el trazo de cada letra sin borrarlo, como quien toca una cara.

Después sopla la vela.

—Duerme, hija —dice a oscuras—. Mañana hay que cavar.

Los últimos días son los peores, porque ya casi no queda nada que hacer y solo queda esperar.

El foso está corrido de punta a punta con sus cuarteles dentro y su terraplén apisonado por fuera, y la cuerda del maestre Anselmo pasa limpia por encima de todas las cabezas. Los montones de piedra están puestos. Las guadañas están enderezadas. La cadena está tendida. Los cuatro cascos están fondeados de través en mitad del puerto, con las bordas mirando a la bocana. La isla, a la espalda, está vacía y muda.

Y una tarde, al fin, arde una atalaya.

La ve todo el mundo a la vez: una columna de humo negro subiendo derecha desde una torre de la costa del norte. Y luego otra más allá que le contesta. Y otra, y otra, encadenándose de punta a punta de la isla como se encadenan las campanas.

Porque esta vez sí hay vigías en las torres. Esta vez las atalayas no están ciegas.

En el foso, quince mil personas dejan lo que están haciendo y se ponen de pie a la vez, sin que nadie lo mande, y se hace un silencio como no se ha oído nunca en aquel llano.

Bruno cierra los ojos y busca el viento del norte con la nariz —que le funciona, que le ha vuelto entera—, y todavía no le trae más que romero, polvo y mar.

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