Bruno Carpa.
La G en la ceniza.
Capítulo 11
Llegan a primeros de octubre, con el Mare Apertum todavía abierto de par en par y la decisión tomada de no volver a gastarlo. Desde el muelle, esa misma tarde, Tristán se lleva a Bruno palacio arriba, con el hato al hombro, a instalarlo en su cuartel de invierno: la camareta de los pajes.
Es una pieza larga y baja, metida bajo los tejados en el ala de servicio, cerca de las cocinas — lo bastante cerca para que llegue el calor de los fogones por el muro, que en invierno es privilegio y en agosto castigo —. A lo largo de las paredes se alinean los jergones de paja con su arca a los pies, uno por cabeza: pajes, mozos de cámara, criados menores, una docena larga de vidas dormidas en fila. Huele a paja removida, a sebo de las candelas, a lana húmeda puesta a secar, a muchacho — ese olor a establo tierno que tienen los sitios donde duermen niños que trabajan — y, por debajo, al pan y al caldo eternos del muro de las cocinas. En el fondo de la pieza, un tabique de tablas con su cortina hace un apartado: es el rincón de Grazia, que por ser cocinera mayor tiene derecho a dormir aparte, y que desde el verano comparte jergón con Caterina, las dos bajo la misma manta, que Grazia dice que es por el frío y es mentira, porque también dormían juntas en agosto.
A Bruno le señalan un jergón a media pared, le dan una manta que pica y un arca que cierra mal. Ha dormido en barriles, en zaguanes, en cofas y sobre adujas de cabo; esto, con el rumor de la respiración de los otros y la raya de luz bajo la cortina de Grazia, es lo más parecido a una casa que ha tenido nunca. Tristán duerme dos puertas más allá, con la gente de armas. Esa primera noche, Bruno se queda dormido contando los olores de todos los que respiran en la pieza, como quien pasa lista, y le salen las cuentas: los suyos están cerca. Todos.
La primera semana la pasa como un gorrión en feria: de aquí para allá, haciendo los recados de Grazia — al horno, al mercado del pescado, a la bodega, otra vez al horno —, porque hasta el próximo Mare Apertum no hay trabajo de nariz que hacer, y estarse quieto es lo único que Bruno no ha aprendido en su vida. Es feliz así, con su cesta y sus carreras, y ahí está el problema, aunque él no lo sepa: que se le ve.
Un mediodía, un paje lo busca con recado seco: el señor de Lesco lo llama. Lesco pasa el invierno, como los caballeros de su lengua, en el albergue de Francia — un casón severo en la calle mayor de La Valeta, todo piedra dorada y escudos, con un patio en sombra y salas donde se habla bajo —. Lo reciben en el estudio del caballero: una pieza pequeña con chimenea encendida, un tapiz viejo de una cacería, la ropera colgada de su clavo, y una mesa con cartas marinas, cuentas y un vaso de vino sin tocar. Huele a leña, a lacre y a la lana de siempre; el olor de su señor en versión de tierra.
—Bruno. Me dicen que andas de recadero de cocina desde que tocamos muelle.
—Me gusta ser útil, mi señor. Y hacer algo.
—Pues non lo hagas. —Lo dice sin dureza, como se corrige un rumbo—. ¿Non has caído en que ya tienes un estado, como lo tiene Tristán? Eres el ventor de mi nave y tienes parte sentada en la Veneranda. Un hombre así non puede andar por los mercados con la cesta de una cocinera, porque el estado non es vanidad: es el precio al que los demás te tasan, y a mí me conviene que te tasen alto. Prefiero que vaguees por ahí a que te vean con recados. Non es tu papel.
Bruno se queda un momento con la vista en las cartas de la mesa.
—¿Y qué he de hacer, mi señor? El tiempo en tierra pasa despacio.
—Aprende. —Lesco se inclina hacia delante—. Los oficios de la mar, para empezar: pregunta a los que saben, que el invierno es cuando los que saben tienen tiempo. El piloto te debe explicaciones de todo lo que hace; los maestres, los cómitres, el condestable de la artillería, todos tienen ciencia que soltar si se les pregunta con respeto. Y letras, Bruno. Letras y cuentas. Un ventor que sabe leer una carta de marear y asentar un número vale el doble, y a ti el saber non te ocupa bodega. Hazte útil para cuando el mar se abra. Ese es tu invierno.
Bruno lo entiende — lo entiende de verdad, que es distinto de obedecer — y se pone a ello con el mismo hambre con que huele. El piloto de la San Juan Bautista, invernando como todos, lo adopta por las tardes: la rosa de los vientos, las cartas y sus rumbos, el astrolabio que Bruno sostiene como si fuera de azúcar, la ampolleta y la corredera. Los contramaestres le enseñan nudos y nombres, que en la mar cada cabo tiene los suyos. Y para las letras, Bruno hace la visita más difícil: la del veedor Fenech — el mismo al que dejó en ridículo delante de medio muelle el día del almagre, el de los once bultos podridos que constaban como vistos y conformes —. El hombre lo recibe como se recibe un dolor de muelas, y se resiste dos semanas por pura dignidad; pero no hay maestro en el mundo que resista a un alumno con hambre de verdad, y menos un hombre de pluma al que nadie ha pedido nunca que enseñe lo que sabe. Para Navidad, el veedor le presta cartillas; para Carnaval, discuten sobre las cuentas del bizcocho como dos viejos socios; y cuando llegue la primavera, Bruno leerá despacio pero entendiendo todas las palabras, y escribirá con una letra apretada y torcida que para un niño que hace un año tenía las letras por brujería es casi un escándalo.
La cocina no la deja, claro — solo cambia el papel: ya no hace recados; ahora pasa "de visita" al caer la tarde, y Grazia lo usa como se usa un tesoro que no se confiesa: un husmeo a los barriles de vino para saber cuál se está torciendo antes de que se tuerza, una pasada junto a la carne recién llegada para saber qué compró bien y qué le colaron, todo disimulado entre bromas, que el estado es el estado y las apariencias son las apariencias, pero el guiso es el guiso.
Y al atardecer, cuando el palacio afloja, juega. Al escondite, sobre todo, con Caterina y los pajes chicos, por los patios y las escaleras de servicio — y ahí Bruno ha tenido que inventarse su propia justicia, porque buscando él no hay juego: encuentra a cualquiera en tres credos, siguiendo el rastro como un podenco en feria. Así que cuando le toca buscar, se venda la nariz con su propio pañuelo, apretado, y busca solo con los ojos como el común de los mortales; y los pajes, que no saben la razón de la venda, la toman por una excentricidad de aquel francés raro, y a Caterina, que sí la sabe, se le escapa la risa desde el escondrijo y se delata ella sola, cada vez, y a lo mejor no es casualidad.
Las noches son de las letras. En la camareta, a la luz de un cabo de vela que Grazia les consiente, Bruno le enseña a Caterina lo que él aprendió por la mañana — las letras primero, los números después, la eñe que a ella le gusta dibujar porque lleva sombrero —. Caterina no dice las letras, porque Caterina sigue sin decir nada; pero las escribe en la ceniza de una bandeja con un palito, deprisa, bien, y levanta la vista buscando la aprobación del maestro con una sonrisa que ya no tiene nada de barca sin remo. Grazia los mira desde su cortina, con el pasmo de los que nunca tuvieron acceso a ese misterio y ya se dan por no sabidos — "a mí las letras ya me pillan mayor", refunfuña, y nadie le cree —, y una noche Bruno la sorprende a ella también trazando algo en la ceniza cuando cree que los niños duermen: una ge grande y torcida, la primera de su nombre.
Así pasa el invierno de Malta, que es el más dulce que Bruno conocerá en muchos años: entre cartas de marear y cartillas, entre el veedor y el piloto, entre una cocinera que finge no aprender y una niña que aprende callando. En las calas, mientras tanto, las galeras duermen su cura de Mare Clausum — el sebo, la estopa, los calafates con la cara tapada, aquel mundo que Bruno vio por primera vez en Nápoles con espanto y que ahora cruza saludando a los maestros por su nombre, con la nariz ya hecha a su oficio —. Los días se van alargando. En los almacenes empieza el trasiego. El asentista jura de nuevo por sus hijos, aunque ahora, cuando ve pasar a Bruno, jura más bajo.
Y no es Bruno el único que ha crecido con la campaña. La ha crecido también el nombre de la nave, y con él el de Malta. Porque una presa como la de aquel año — Gozo, Mahón y la galeota que la niebla regaló en Pantelaria — no se guarda en secreto por más que se quiera: las cuentas de la Veneranda las lee media isla, y lo que lee media isla lo sabe todo el mar antes de la primavera. De modo que, según se alargan los días, empiezan a llegar a La Valeta gentes con el olfato puesto en el reparto del próximo Mare Apertum: corsarios sin patente que buscan bandera bajo la que servir, aventureros de segundones sin herencia, arcabuceros licenciados de los tercios de Italia, gente de mar de todas las costas cristianas y de algunas que lo son a medias. Vienen a enrolarse donde se gana, que la guerra, como la feria, llama a quien huele el dinero. Los albergues de las lenguas se llenan de forasteros, las tabernas del puerto hablan seis idiomas, y en los muelles se ve gente nueva midiendo las naves con los ojos, calculando bajo qué proa les tocará más parte. Malta, que salió al otoño con una escuadra corta, va a entrar en la primavera con más brazos de los que sabrá emplear.
Pero de los mandos, uno falta. Don Juan de Cardona y Requesens no volverá a abrir el Mare Apertum. El viejo general ha pedido al Rey licencia para retirarse, y el Rey se la ha concedido con las honras que se le deben a quien mandó galera en Lepanto siendo mozo y ha gastado cuarenta años de salud en las cubiertas del Rey: le quedan sus rentas, su hábito y una casa en tierra firme donde por fin dormir sin que el suelo se mueva. Lo ha hecho todo bien, y sabe también lo más difícil de saber, que es cuándo pararse — que hay generales a los que la mar se los lleva por no reconocer a tiempo que ya no tienen las piernas para ella, y don Juan no ha querido ser uno de esos —. Se va con la escuadra agradecida y con una campaña redonda por despedida.
En su lugar, la Corona no manda un duque de sedas, que a los duques se los reserva para las armadas de lucir. Manda a quien hace falta: al capitán Miquel de Galiana, natural de Palma de Mallorca, hidalgo menor de una casa de solera marinera arraigada en los gremios del puerto. Llega en su galera, la Santa Anna, castigada de tantas millas, con los bancos apretados. Bruno, que anda por allí de mirón como todo el que tiene ojos y tiempo, lo ventea al pasar y se queda pensando: salitre, brea, y por debajo una hierba quemada, seca y dulzona, que no es de por acá y que el niño no sabe poner en ningún cajón de su memoria. Después sabrá que es cosa de las Indias, que la traen los que han cruzado el mar Océano y algunos la fuman en cuerda o en pipa como quien reza un vicio nuevo; de momento solo sabe que aquel hombre huele a un sitio donde él no ha estado.
Galiana pasa de los cuarenta, y los lleva escritos en la cara: la piel curtida del sol del canal de Cerdeña, y una cicatriz pálida que le baja del pómulo derecho a la mandíbula, souvenir de un abordaje contra un bajel berberisco frente a Ibiza. No trae discursos. Hijo de maestre de ribera, aprendió el oficio con las manos metidas en la madera antes de llevarse el catalejo al ojo, y conoce cada cala, cada recodo y cada corriente entre Mallorca, Menorca y las costas de Berbería como Grazia conoce su despensa. Cuando le presentan a los caballeros, escucha más que habla; y cuando un oficial de pluma empieza a marear la conversación sin ir al grano, se frota despacio los nudillos de la mano izquierda — que una mala caída en cubierta le dejó torpes —, y ese gesto, aprenderán pronto todos, quiere decir dos cosas: o que viene temporal, o que a quien habla le queda poco de hablar.
A de Lesco lo mide de una ojeada, y a de Lesco le pasa igual: dos hombres de mar que se reconocen sin necesidad de credenciales. No serán amigos de vino y abrazo, que son de maderas distintas — el francés fino y el mallorquín áspero —, pero se entenderán en lo que importa, que es el tablero: los dos saben que en este mar un error de cuenta se paga con la vida o con los hierros de un baño en Argel, y ninguno de los dos se fía de nada que no haya olido él mismo. Del ventor, Galiana no dice palabra el primer día. Pero mira al niño más de la cuenta, y se frota los nudillos.
Y el quince de abril, día de San Telmo, del año del Señor de mil quinientos noventa y dos, el mar se abre.
