Bruno Carpa.

Corso de tendero.

Capítulo 12

El día de San Telmo la flota es tan grande que no cabe en una noche. Empiezan a zarpar a las diez, con la marea, y cuando el sol asoma por levante todavía quedan naves fondeadas esperando turno de remolque en el Gran Puerto. Nunca se ha visto cosa igual en aquella boca: galeras, galeotas, naves mancas, saetías, los tres cascos apresados el año pasado ya rearmados bajo bandera de la Religión, y un enjambre de embarcaciones menores tirando de las grandes hacia la bocana. Los remeros de los remolcadores acaban la jornada deshechos, con las manos en carne viva, porque ninguno ha bogado nunca tantas horas seguidas: sacar una flota entera a fuerza de brazo es trabajo que no viene en las crónicas y que lo hacen siempre los mismos.

En cuanto el grueso está fuera, la flota se parte en dos, que un mar tan ancho no se guarda con una sola red.

Un bloque pone proa a levante: hacia el Archipiélago, la Morea y las aguas de Ragusa, a buscar fortuna donde el Turco tiene sus rutas gordas. Es la flota de los recién llegados, de los corsarios sin patente y los aventureros de bolsa vacía que han acudido a Malta oliendo el reparto; carne nueva, hambrienta y sin domar. Los manda, por la Religión, fra' Ottavio Sanguineti, caballero de la lengua de Italia: hombre de buena sangre y peor trato, ávido de una hazaña que le ponga nombre en Malta, de los que gastan la vida de la marinería como quien gasta pólvora ajena, y que mira a los que reman y a los que cargan como si fueran parte del aparejo. Por la Corona va don Rodrigo de Tapia, capitán cumplidor y gris, de los que hacen exactamente lo mandado, ni un palmo más ni uno menos — un hombre sin vicios y sin chispa, que en un mando compartido con Sanguineti es, quizá, lo único que evitará un desastre. A esa flota, y a sus dos jefes, Bruno los ve alejarse hacia el sol naciente y no vuelve a pensar en ellos. Hará mal.

El otro bloque, el suyo, vira a poniente: al reino de Mallorca y el Mediterráneo occidental, aprovechando que el nuevo capitán del Rey se sabe aquellas aguas de memoria. Aquí van Lesco con la San Juan Bautista, las galeras de la Orden, y Galiana en su Santa Anna, frotándose los nudillos cada vez que alguien habla de más.

Bajan despacio, costeando de isla en isla, hasta ponerse a la altura de las aguas de Orán, donde el Rey tiene su presidio y por donde pasa, temeroso y de noche, el tráfico que va y viene de Argel. Pero no buscan galeras. La decisión la explica Galiana la primera tarde, sin adornos: este año el negocio es otro. Cazar una galera enemiga renta más — se lleva uno la galera y lo que la galera ha robado, dos botines en un abordaje —, pero cuesta sangre y azar; y un caramuzal cargado, en cambio, es fruta baja: se toma casi sin pelea, y aunque su carga valga menos que el saqueo de una galeota, no hay viuda que llorar al repartirlo. Corso de carga: más seguro, menos rico. Una campaña de tendero, refunfuñan los veteranos que sueñan con oro; una campaña de la que se vuelve, responde Galiana, y se frota los nudillos.

Va corriendo la escuadra su patrulla, larga y aburrida, cuando Bruno la rompe.

Está en la perrera, a diez leguas de la costa — tan mar adentro que el olor de la tierra se perdió hace rato, esa raya invisible donde el monte deja de oler y solo queda sal —, y de pronto lo tiene: por barlovento, fino, inconfundible. Baja y lo dice. Una nave de carga, sola, cargada, viniendo del sur con el poniente en la aleta.

Galiana no cree en Bruno. Lo ha dicho a su modo, que es callándolo: ha visto al niño olfatear el aire con una ceja levantada, y para él aquello es cosa de feria. Pero permite que haga su papel, porque razona como razona un hombre práctico — puestos a patrullar sin rumbo cierto, qué más da quince leguas al sur que quince al norte; si el mozo se equivoca, se ha perdido una tarde, y tardes es lo que sobra en el mar —. De modo que la escuadra cae a barlovento, hacia donde señala la nariz. Solo que barlovento los va arrimando a Orán más de lo que Galiana quisiera, y al segundo día el capitán se llega a la borda de Lesco, y por primera vez habla claro:

—Caballero, hay mucho que perder en esto. Estamos metiendo la escuadra en aguas de presidio por seguir los desvaríos de un mozo que dice oler el azahar de los huertos de Berbería desde tres singladuras mar afuera. Si mañana non hay nada, habremos regalado cuatro días y un buen pedazo de honra.

—Mañana lo veremos —dice Lesco, que es lo único que dice cuando confía y no quiere gastar la confianza en palabras.

Y ahí estaba.

Al alba del tercer día, el vigía canta lo que Bruno lleva dos días oliendo: una vela por el sur. Un caramuzal panzudo, de dos palos y velas latinas, cargado hasta que las bordas le besan el agua — cueros de Berbería, cera, fardos de dátiles y unas pipas de aceite —, que hace su cabotaje hacia Argel confiado en que ningún cristiano lo espera tan lejos de tierra cristiana. Se equivoca en una nariz.

El asalto de una nave así es cosa breve. Los marineros del caramuzal — media docena, gente de vela y no de guerra — hacen el amago de resistencia que manda la honra, dos o tres tiros y mucha voz; pero cuando desde la San Juan Bautista se les grita la oferta — que rindan las armas y non se les pasará a cuchillo ni se les echará el hierro, que se les dará el esquife y su libertad —, sueltan los alfanjes antes de que acaben la frase. Y eso le agrada a Lesco, que nunca lo dice pero se le nota: no le gusta comerciar con marineros hechos esclavos, gente de mar como la suya, hombres que por un golpe de fortuna podrían ser él mismo remando en la banda contraria. Prefiere una nave y su carga a una nave, su carga y seis desdichados con grillete.

Están ya embarcando a los rendidos en el esquife cuando dos de los marineros berberiscos se acercan a Tristán, discretos, con la gorra en la mano, y en un revoltijo de lengua franca piden lo que ninguno espera: quedarse. Servir en la nave. Que ellos son de Orán y de Bujía, que no tienen a nadie a quien volver, y que remar por paga bajo cualquier bandera es mejor que remar por nada. Tristán lo consulta con una mirada, y Lesco lo concede sin dramas, porque la lógica lo pide: hacen falta brazos para llevar la presa a puerto, y dos marineros que quieren estar valen por cuatro forzados que no. Así que el caramuzal zarpa de nuevo, esta vez al servicio de la Corona y de la Religión, con dos moros libres en su cubierta que ayer eran enemigos y hoy son tripulación. En el mar, las lealtades pesan lo que pesa el pan.

La campaña marcha sobre ruedas. No es la más lucida en riquezas ni en cautivos — el corso de carga da eso: seguridad en vez de gloria —, pero es de las que engordan sin sobresaltos, y a mitad de temporada la escuadra arrastra ya tres caramuzales apresados, con sus cargas y sus cascos, camino de venderse en el primer puerto del Rey. Galiana, que empezó frotándose los nudillos cada vez que el niño husmeaba el aire, ha dejado de hacerlo; no dice nada — no es hombre de reconocer en voz alta —, pero ha empezado a mirar hacia la perrera antes de fijar un rumbo, y eso, en Galiana, es una confesión.

A media campaña el cielo empieza a avisar. Lo hace con días de anticipación, como avisan los temporales de verano en aquel mar: un bochorno pegajoso, un halo sucio en torno al sol, la mar de fondo que llega de donde no sopla viento, las gaviotas tierra adentro. Galiana lo lee en el aire y en sus propios nudillos, que le duelen antes que el barómetro de nadie, y da la orden de buscar abrigo mientras aún hay tiempo. Lo hay, pero justo: con las primeras rachas ya negras por el sudoeste, la escuadra dobla la punta y se mete, apretada, en la bahía de Cabrera, al abrigo de su castillo — ese peñón pelado al sur de Mallorca, con su torre plantada en lo alto como un centinela olvidado por el mundo.

Bajan a tierra a esperar que escampe. Y la tierra, en Cabrera, no puede ofrecer gran cosa. La guarnición es una miseria: un alcaide, un puñado de soldados mal pagados y peor comidos, olvidados en aquel roquedo con el encargo de encender el fuego si ven vela mora. Les dan lo único que tienen y ni eso les sobra: agua para beber, la del día, pero no para reponer las pipas de la escuadra, porque el aljibe está bajo y el verano es largo y ellos también beben. Se comparte el vino de la flota, se asa algo, y los hombres de mar y los de tierra se cuentan lo que se cuentan siempre que se cruzan dos soledades: qué velas se han visto, qué precios corren, quién ha muerto.

Y es uno de los soldados de Cabrera, un mallorquín flaco con la piel curtida de aquel sol, quien lo suelta como quien no quiere la cosa, mientras rebaña un queso:

—De buena os habéis librado vosotros, andando por Berbería. —Mastica, escupe una brizna—. Que aquí nos llegó nueva hace dos días, por una barca de Sóller: dicen que la peste ha entrado en Malta.

Bruno tiene una aceituna a medio camino de la boca, y ahí se le queda.

Malta. Grazia. Caterina.

Y por primera vez desde que subió a una nave, la mejor nariz del mundo se descubre inútil de la peor manera: husmea el aire hacia levante, hacia donde está su casa, sabiendo que no hay viento que traiga noticias de tan lejos, que entre él y las dos personas que le importan hay doscientas leguas de mar que su don no puede cruzar. Huele el temporal, huele el queso, huele el miedo de nadie. De Malta, nada. Por primera vez, querría poder oler más lejos, y no puede; y el no poder es una clase nueva de tormento, que no había probado todavía.

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