Bruno Carpa
Siete letras.
Capítulo 30
Después de la batalla, llega la sed. Los tres mil se desmandan por la isla en cuanto entienden que nadie va a venir a buscarlos, y lo que hacen esos días no es una campaña: es una búsqueda. Van de casal en casal, de bancal en bancal, levantando losas, escarbando en los corrales, rompiendo puertas de casas vacías donde no queda ni un puchero. Buscan pozos. Buscan un brocal, un caño, una mancha de humedad en la piedra.
Y no encuentran nada, porque en Malta no hay ríos ni fuentes: hay aljibes. Y todos los aljibes de todos los casales de la isla llevan quince días tapados con losas y disimulados con tierra y matojo, y no queda un solo maltés en cien leguas que se lo vaya a decir.
Los malteses no salen a cazarlos. Eso es lo que más los desespera. Nadie les presenta batalla, nadie los persigue, se limitan a guardar las cisternas de las ciudades con centinelas dobles y a esperar. Es la crueldad más limpia que existe, y la más barata: no cuesta un maravedí de pólvora.
Y en septiembre, sobre una roca pelada, la sed va más deprisa que el hambre.
Al segundo día empiezan a beber lo que encuentran. Beben de las balsas donde abrevan las cabras, verdes y espesas, y se les llenan las tripas de una cosa que los tumba. Beben agua de mar, que es la locura, y a los que la beben se les hincha la lengua y se les va la cabeza y mueren peor. Hay hombres que chupan piedras. Hay quien exprime hierba.
Al tercer día empiezan a bajar solos, bajan en partidas de veinte y de treinta, sin armas, con las manos abiertas y los labios partidos, hasta las empalizadas de los cuarteles, y no piden clemencia ni negocian nada: piden de beber. Y se les da, porque el Gran Maestre lo ha mandado así, y porque a un hombre que se te rinde por un cubo de agua no se le niega el cubo.
Es la única imagen que Bruno se llevará de aquellos tres días: el enemigo entregándose no ante una espada, sino ante un cubo. Hombres que vinieron a tomar una isla arrodillándose en la tierra removida de una zanja para que un aguador maltés les llene las manos.
Hasán Calabrés baja al cuarto día, con lo que le queda formado detrás, y lo que le queda ya no parece un ejército: son mil quinientos hombres en pie —los otros están tirados por los caminos o han bajado antes por su cuenta— con la ropa hecha jirones, las bocas negras y esa manera de andar de los que llevan tres días sin dormir por no poder tragar saliva.
Lo reciben en el llano, delante del terraplén, con Verdale sentado en su silla de manos y el foso entero mirando desde arriba.
Y no hay parlamento, eso a Bruno se le queda grabado, porque cuatro días antes, en aquel mismo palacio, un embajador con caftán de damasco verde ofrecía trescientos mil escudos y tres mil cautivos cristianos, y hubo que decirle que no. Hoy no hay nada que ofrecer, ni nadie a quien ofrecérselo. Hoy es a discreción, que es la palabra que se usa cuando ya no hay palabras.
Hasán se adelanta solo, se desciñe la espada y la ofrece con las dos manos, y lo hace sin teatro, como quien devuelve una herramienta prestada.
—Mis hombres han peleado bien —dice—. Non pido nada para mí. Pido agua para ellos y que non se les mate a la entrada, que están sin fuerzas y non pueden andar deprisa.
—Tendrán agua —dice Verdale—. Y nadie los matará a la entrada. Esta casa non hace eso.
—Entonces está todo dicho, Ilustrísima.
Y ahí Bruno entiende una cosa mirándole la cara: que este hombre sabe perfectamente lo que le espera y que no ha pedido nada porque sabe que no serviría. A un soldado turco se le pone un hierro en el tobillo y se le lleva a un banco. A un cristiano que se hizo turco no. A un renegado de Calabria, la Religión no lo encadena: lo juzga. Y de esos juicios no sale nadie andando.
Hasán no lo menciona. Se limita a quedarse muy derecho mientras se lo llevan, con la barbilla alta, y a hacer una sola pregunta al oficial que lo escolta, en voz baja, casi con curiosidad:
—Una cosa quisiera saber antes. ¿Quién nos rompió las galeras en aquella cala?
El oficial se encoge de hombros.
—Non lo sé, señor.
Y nadie se lo dice, porque nadie lo sabe. Los que lo vieron están muertos o andan por ahí sin nombre, y el único que podría contárselo entero tiene doce años y lo está mirando desde lo alto del terraplén, en silencio, con las manos en los bolsillos.
Al día siguiente, con todo acabado, entra en el Gran Puerto la escuadra de socorro.
Son cuatro galeras y dos naves, y traen las velas blancas y el casco recién pintado, y entran en el puerto en línea perfecta, con los remos a compás y las banderas nuevas. La gente que las tripula viene descansada, comida y afeitada. Los oficiales llevan las casacas sin una mancha.
Es la escuadra que la Religión prometió mandar en junio, cuando empezó la peste.
Atracan en el muelle grande, entre los restos flotantes y las manchas de aceite quemado, y baja un caballero joven al que se le ve de lejos que es la primera vez que pisa esta isla. Mira alrededor con muy buena voluntad, se sacude una brizna de la manga y se dirige al primer grupo que ve.
—Buenos días nos dé Dios. Traigo trescientos hombres de refuerzo y bastimento para tres meses. ¿A quién he de presentarme? ¿Y dónde conviene que desembarquemos?
Nadie le contesta.
Los que tiene delante son cuatro cuidadores del pico, que llevan cuatro meses cargando muertos y esta semana no han dormido; uno tiene la cabeza vendada y otro lleva las dos manos envueltas en trapos. Lo miran. Miran su casaca. Miran las velas nuevas del muelle y no dicen nada.
El caballero repite la pregunta, un poco más alto, por si no le han oído. Y para entonces ya se ha ido corriendo la voz por el muelle y por las rampas y por el terraplén de arriba, y hay dos mil personas mirando bajar a los recién llegados: quince mil malteses sucios, quemados de sol, con las manos vendadas, la ropa rota y la cara de los que han enterrado a los suyos.
No hay un vítor. No hay un insulto. No hay una piedra.
Solo están ahí, en silencio, mirándolos desembarcar.
El caballero joven acaba callándose, y se le sube el color, y no vuelve a preguntar nada. Y esa es toda la bienvenida que recibe la escuadra de socorro de la Religión de San Juan.
La entrega de los prisioneros se hace tres días después, y se hace de una vez, porque así es como se hacen estas cosas.
Los llevan desde el llano hasta los Baños por el camino de la Puerta de Tierra, en columna, y antes de meterlos les hacen lo que se hace: los despojan, los rapan a navaja sobre la piedra —cráneo y barba, que así se distingue al esclavo—, y los herreros les cierran el aro en el tobillo y los encadenan de dos en dos.
Y ahí está la cosa que a Bruno se le queda dentro para siempre: son los mismos herreros. Los mismos hombres que hace nueve noches, en una cala del norte, se dejaron los brazos rompiendo pernos y ramales a golpe de mazo para soltar a dos mil cristianos, están hoy sentados en el mismo sitio, con las mismas herramientas, remachando hierro sobre otros tobillos. Nardu entre ellos. Trabajan sin hablar, deprisa, con la cabeza baja.
A los lados del camino hay gente mirando pasar la columna. Y entre esa gente, en primera fila, están los galeotes.
Los dos mil que Bruno soltó. Los que ya pueden andar y los que aún se apoyan en un palo; blancos, flacos, rapados también, comidos de sol, y todos —todos, sin excepción— con la argolla todavía remachada en el tobillo, porque en Malta no ha habido herreros bastantes ni horas suficientes para quitárselas, y muchos la llevarán puesta meses.
De modo que lo que hay a las dos orillas de aquel camino es lo mismo: hombres rapados con un aro de hierro en el pie.
Bruno se queda al borde del camino, entre los dos, y ve pasar la columna entera.
Y no ocurre nada de lo que él esperaba que ocurriera.
No hay gritos. No hay escupitajos. Nadie insulta a nadie, nadie se abalanza, nadie tira una piedra. Los que van encadenados miran al suelo o miran adelante. Los que están de pie a los lados los ven pasar en silencio, y a mitad de la columna hay algunos que empiezan a apartar la vista, y luego más, y para el final ya casi ninguno mira.
Y entonces Bruno hace lo único que sabe hacer, y lo hace sin pensarlo, como quien se rasca.
Huele.
Huele a la columna que pasa: cuerpos sin lavar, sed vieja, sangre seca, hierro nuevo, y por encima de todo eso, en oleadas, ese olor agrio y caliente que él aprendió a distinguir a los diez años en una calle de Lyon y que ha ido siguiendo por medio Mediterráneo desde entonces.
Y luego se vuelve y huele a los de su lado. A los suyos. A los que soltó él mismo con un saco de hierros y veinte hombres, a los que le deben la vida, a los que se quedaron a pelear en la boca de un sendero sin poder correr.
Y encuentra exactamente lo mismo, el mismo olor. No parecido: el mismo. La misma cosa agria y caliente, sin una diferencia que él pueda nombrar, en las dos orillas del camino.
Y no le dice nada a nadie.
Al Baltasar de Bujía lo recibe el Gran Maestre en privado y sin testigos, tres días más tarde.
Le da una casa en el Borgo, con su patio y su pozo. Le da doscientos escudos de oro y una carta de la Religión, firmada y sellada, en la que consta que ha servido a esta casa con lealtad y a satisfacción — sin decir en qué, ni cómo, ni cuándo. Y le ofrece plaza de físico agregado a la Sacra Enfermería, con paga, que es lo único que Baltasar quería de verdad.
Y le pide una cosa a cambio, sin llamarla condición.
—Non se dirá en voz alta lo que hicisteis. Nin en la Enfermería, nin en el capítulo, nin en Roma. En los papeles constará que la peste se atajó por las medidas que dispuso este Gran Maestre con parecer de sus médicos. —Verdale lo mira sin pestañear, y para su honra no lo dora—. Non es justo y lo sé. Mas si en Roma se llega a saber que la Religión de San Juan se salvó por lo que le enseñó un moro de Berbería recién bautizado, non os van a hacer daño a vos: nos lo van a hacer a todos, y a vos el primero.
—Lo sé, Ilustrísima —dice Baltasar—. Lo sabía cuando bajé del barco.
—¿Y aun así bajasteis?
—Aun así bajé.
Verdale asiente despacio, y por una vez no encuentra nada que decir.
Cuando Baltasar sale al patio, Melchor lo está esperando sentado en el brocal, con las manos entre las rodillas, y se levanta de un salto y lo abraza como se abraza a un hermano que vuelve de la mar, y después se aparta y se pone muy serio.
—Oye. Ahora que tienes casa. —Baja la voz, mirando a los lados—. Tienes que portarte bien, ¿me oyes? Mejor que antes.
—¿Y eso por qué?
—Porque yo sigo sin saber cuál de los dos es Melchor —dice Melchor, con la cara de un hombre a quien esto le quita el sueño—. Y si Dios se equivoca allá arriba, non quiero pagar yo tus cuentas.
Lesco baja al muelle una tarde, ya con las manos casi curadas, y se queda un rato largo mirando el agua.
Ahí abajo está lo que queda de la San Juan Bautista: unas cuadernas negras que asoman en la bajamar y una mancha de aceite que todavía no se ha ido del todo. Los buzos han sacado dos sacres y la campana. Lo demás se queda.
Bruno se pone a su lado y no dice nada durante mucho rato.
—¿Y ahora, mi señor?
—Ahora, nada. —Lesco flexiona los dedos vendados, despacio, probándolos—. Ahora hay que dejar pasar el invierno.
—¿Y después?
—Después ya veremos, rapaz. —Y no promete un barco, ni una campaña, ni un futuro, y a Bruno le parece bien, porque hoy no se creería ninguna de las tres cosas—. Hoy sé dos cosas y non sé ninguna más: que estamos vivos y que faltan.
Aquella noche, en el apartado de la cortina, Grazia está apagando el cabo de vela cuando ve que Caterina se ha arrodillado delante de la bandeja de la ceniza con el palito en la mano.
La muchacha alisa la ceniza con el canto de la mano, despacio, como quien prepara una cama y escribe con mucho cuidado, apretando la lengua entre los dientes igual que cuando Bruno le enseñaba las letras aquel invierno, deteniéndose entre una y otra. Tarda un buen rato. Cuando acaba, se echa hacia atrás sobre los talones y se aparta para que se vea.
Son siete letras.
Porque a aquel hombre no lo han enterrado. No hay cuerpo, ni sepultura, ni losa, ni una cruz con un nombre en el cementerio de la Religión, ni un sitio adonde ir; no hay más que un pedazo de agua sucia en mitad de un puerto donde una noche hubo un fogonazo. Y a una muchacha que no puede pronunciar ese nombre solo se le ocurre una manera de ponerlo en alguna parte.
Grazia acerca el candil.
Y lo lee. Lo lee ella, que aprende las letras a escondidas desde hace un año y que va despacio y moviendo los labios, sacándolas de una en una con el dedo por encima de la ceniza sin llegar a tocarla.
—Te… erre… i… ese…
Bruno no la ayuda. Se queda quieto, mirando.
—Tris… tán. —Grazia se para un momento y traga—. Tristán.
Y al decirlo en voz alta, aquello se convierte en lo que tenía que ser: no una palabra escrita en la ceniza de una bandeja, sino un nombre dicho por alguien que lo quería, encima de la única sepultura que aquel hombre va a tener en este mundo.
Se quedan los tres mirándola: la cocinera que aprendió a leer a escondidas, el niño que le enseñó las letras a la muchacha, y la muda que las escribe porque no puede decirlas.
Nadie sopla la vela. Se queda ardiendo hasta que se acaba sola.
Y por la mañana, cuando entre el aire por el ventanuco, la ceniza se irá.
