Bruno Carpa.

Viaje de ida.

Capítulo 19

Lesco sube a cubierta cuando el sol ya está alto, y no ha dormido; se le nota en la cara, aunque su cara no es de las que cuentan cosas. Camina hasta la borda donde aguarda Baltasar, vestido de señor, esperando a que se arrimen las barcazas. El moro lo ve venir y se queda muy quieto, como se queda el conejo cuando ve al hurón taparle la boca de la madriguera: seguro de que el señor viene enojado por lo de anoche, por haberse atrevido a pedir lo del niño, y de que va a castigarlo antes de soltarlo a la muerte. Pero Lesco, aunque serio, no trae castigo. Trae encargos.

—Escúchame bien, que non lo repetiré. Cuando llegues a tierra, haz por ver al Gran Maestre en persona. Le entregas el pliego con el inventario de cuanto traemos, y le informas de todo. Y luego, a solas con él, o al menos sin soldadesca cerca, le dices quién eres de verdad: non un físico de corte, sino un moro que sobrevivió a la peste y cree saber cómo se ataja. Que a un superior non se le miente. —Hace una pausa, y en ella hay algo que a Baltasar se le queda dentro—. Yo te pedí una vez que sostuvieras dos mentiras, y non más. Este lance non será la tercera. Lo que le cuentes al Maestre ha de ser verdad entera. Va escrito de mi mano en una carta que le doy junto al pliego, por si dudas o por si a ti te falla la lengua; él decidirá si se vale de ti y cómo. Tú solo pon delante la verdad, y que él juzgue.

—Bien, mi señor.

Lesco lo mira un momento más.

—¿Estás seguro de que quieres bajar? Piénsalo una vez más. Lo más probable es que sea viaje de ida, y que non vuelvas a poner el pie en esta cubierta.

—Lo sé, mi señor. —Baltasar sostiene la mirada, y hay en la suya una paz rara—. Y aun así bajo, porque solo puedo ganar. Si muero, gano el cielo, que para eso me bauticé. Y si vivo, habré ganado el respeto de los cristianos y una vida nueva, que non es poco para un moro de Bujía. Salga como salga, gano. Non hay mala apuesta en esto.

—Sea, pues —dice Lesco. Y no dice más, porque no hay más que decir a un hombre que ha hecho bien esa cuenta.

Llegan las barcazas del muelle, y arrían al agua la que ha de llevar a Baltasar: baja con él, dobladas en el fondo, las telas para las mortajas —que a una isla así se baja con sudarios y non con esperanzas—, y unos cuantos fardos de la carga. Esa barca, esa tela, esos fardos y, casi seguro, ese hombre, no volverán a subir a bordo. Baltasar se sienta muy tieso a popa, con sus ropas de señor, y no mira atrás. Los remeros, dos marineros que venían en las barcazas bogan hacia la ciudad que humea.

Lo que Baltasar encuentra al pisar tierra no tiene nombre en ninguna lengua que él conozca.

La Valeta, la ciudad nueva y hermosa a cordel, es ahora un infierno ordenado en calles rectas. Hay muertos en la calzada, tapados con lo que se pudo y descubiertos muchos, hinchados al sol de agosto, con las moscas encima haciendo un ruido gordo y constante que no cesa nunca. Hay puertas marcadas con una cruz de almagre y clavadas por fuera, casas selladas con los vivos y los muertos dentro juntos. Corre por el centro de las calles, cuesta abajo, un hilo de inmundicia —lo que echan los enfermos, lo que echan los sanos de puro miedo— que nadie limpia porque no queda quien limpie, y el aire es una sopa espesa de vinagre, de alquitrán quemado en las esquinas, de excremento, de vómito agrio y, por debajo de todo, ese dulzor de la carne que se corrompe, que se pega al paladar y ya no se va. Pasa un carro tirado por un hombre solo, cargado de cuerpos desnudos apilados como leña, con los brazos y las cabezas colgando y bailando en cada bache. Un niño de pecho llora sentado junto a una mujer que ya no lo oye. Baltasar, que creía saber lo que era una peste, entiende que la de Bujía fue un catarro al lado de esto.

La gente lo mira pasar con asombro, porque va vestido de hombre de letras, de señor, de los que huyen y no de los que llegan; y que un hombre así desembarque por su gusto en una ciudad de la que todos querrían escapar es cosa que no se ve. Pero, curiosamente, se apartan de él. Y Baltasar tarda en entender que no se apartan por miedo a que él los contagie, sino al revés: se retiran para no contagiarlo a él, para no manchar al forastero limpio que ha tenido la locura de venir. Hasta en el infierno queda esa brizna de decencia.

A un enterrador que anda como perdido, tirando de su carro sin saber ya adónde llevarlo, le pregunta:

—¿Cómo se llega hasta el Gran Maestre?

El hombre, sin fuerzas ni para extrañarse, alza un brazo y le señala lo alto de la ciudad.

—Al palacio. Todo esta cuesta arriba, hasta la plaza grande. Si es que os dejan llegar. Y si es que aún queda Maestre. —Y sigue tirando de sus muertos.

Baltasar sube. Y la subida es un vía crucis. En una plaza, alzado sobre un cadalso, ve dos cuerpos colgados que llevan días colgando: los dos médicos del consejo, los que firmaron que la nave venía limpia, puestos ahí de escarmiento, y el que pasa por debajo aún escupe al suelo sin mirarlos. Más allá arden las piras. Hay de todas las edades: las que acaban de encender, que dan más humo que fuego y de las que sale a veces un sonido que es mejor no saber qué es; las que arden ya de lleno, altas, rugientes, con su hedor insoportable; y las viejas, las de ayer, que ya solo tiran un hilo de humo sobre un montón de ceniza y huesos que nadie recoge. Toda la ciudad huele a eso, y Baltasar, que no tiene la nariz de Bruno y aun así se marea, piensa que el muchacho que quieren traer aquí va a sufrir como no ha sufrido hombre nacido.

El palacio, arriba, no es ni la sombra del que fue. Baltasar no lo conoció antes, pero se adivina lo que era por lo que le falta: hay polvo en los suelos que antes brillaban, hay hojas secas amontonadas en un rincón del patio que nadie ha barrido, la fuente está parada y verde, y de la servidumbre que llenaba estas salas quedan cuatro sombras. A la puerta, los alabarderos ni siquiera doblan la guardia como mandan las ordenanzas: están los justos, apoyados en las alabardas, con los ojos hundidos, porque ya queda poca gente a quien guardar y poca gente para guardarla. Pero lo dejan pasar, y de sala en sala lo van pasando, porque los primeros ya han corrido la voz —"un loco de ciencias quiere ver al Maestre"— y arriba lo esperan.

En la última sala está fra' Hugues de Verdale, Gran Maestre de la Religión de San Juan y cardenal de la Santa Iglesia — . Está sentado, pero no como se sienta un príncipe: tiene un pie descalzo apoyado en un escabel almohadillado, el dedo gordo hinchado y reluciente, rojo como una brasa, y de cuando en cuando el gesto se le crispa aunque nadie lo toque, que la gota no perdona ni a los que mandan islas. Junto a él, en pie, está su consejero: un clérigo seco, de ropa negra, el mismo que años atrás, en otra audiencia muy distinta, apenas olía a nada.

—Solo un loco desembarcaría en una isla que se muere —dice Verdale, mirándolo llegar—. Conque tú dirás de qué locura se trata.

—Me presento ante vuestra Ilustrísima —dice Baltasar, e inclina la cabeza como le enseñaron anoche a toda prisa—, y os ruego que me perdonéis si non empleo el saludo que corresponde, que, como veis, soy extranjero.

—Extranjero. —Verdale entorna los ojos—. Tus ropas non me engañan, hombre. Ese color de piel es de cristiano nuevo, y ese deje, de más al sur todavía. Serás de esos a quienes la corte perdona la sangre a cambio del saber. Bien. ¿Qué saber es ese?

—En verdad, mi señor, non es exactamente así. Está todo explicado en el pliego que el caballero fra' Jean-Baptiste de Lesco me dio para vuestra Ilustrísima.

—Veamos.

Verdale abre el pliego. Son dos cosas. Lo primero, un inventario de carga, que reconoce al vuelo y le arranca el primer alivio del día.

—Esto nos vendrá de perlas —murmura—. Pan, agua, vinagre, óleos… Mi consejero lo organizará mejor que nadie. —Pasa a lo segundo—. Y esto es una carta de Lesco. Debe de ser a esto a lo que te refieres.

—Así es, mi señor.

Verdale lee. Tarda unos minutos, y a medida que lee se le va poniendo otra cara. Al acabar, despide a los alabarderos con un gesto; pero al consejero, que ya se iba a mover para ir dando órdenes sobre la carga, lo retiene.

—Tú non. A ti te necesito aquí, que esto pide tu buen criterio.

Cuando la guardia ha salido y la puerta se ha cerrado, Verdale deja la carta en el regazo y mira a Baltasar de arriba abajo, largamente.

—A ver si lo he entendido. ¿De veras Lesco me ha mandado un moro que se ha librado de acabar de esclavo, disfrazado de loro ilustrado, para que me arregle este desaguisado?

El consejero, que no ha leído la carta, no entiende nada. Verdale se la tiende. El consejero la lee — y se ríe. Se ríe de veras, una risa corta y seca, y es cosa tan poco vista en aquel hombre de piedra que hasta Verdale se queda mirándolo.

—Has hecho reír a mi consejero —le dice a Baltasar—. Para que te des cuenta de lo rara que es esta situación, has de saber que eso non pasa una vez al año. —Y la sonrisa se le va—. Comprenderás mis dudas.

—Las comprendo, mi señor, y me parecen justas.

Baltasar va a decir algo más, pero el consejero se le adelanta, con esa voz sin música de los hombres que solo hablan cuando vale la pena:

—Puede que sea una necedad, mi señor. Mas ¿qué tenemos que perder? Está visto que restregar sapos por las ingles non cura a nadie. No sabemos ya qué otra cosa probar. Si esto sale mal, estaremos muertos, y muertos estaríamos igual sin probarlo. Y si sale bien, la Religión seguirá su camino y seguirá guardando este mar. La cuenta es sencilla.

Verdale asiente despacio.

—Tienes razón. ¿Qué otro remedio nos queda? —Se pasa la mano por la cara—. Y además tengo a Lesco por hombre de luces. Siempre supo cómo obrar en los malos pasos, y válgame el cielo que este lo es. —Vuelve a mirar la carta—. Me habla aquí de partir a la gente en cuatro rebaños, y de levantar una ciudad nueva fuera de la vieja, aunque sea con tiendas y barracas, y meter en ella a los sanos un mes largo; y de quemar cuanto haya en la ciudad enferma salvo las paredes, y limpiar los muebles con no sé qué método tuyo. —Alza la vista—. Y me dice una cosa más. Me dice que traes una sugerencia con la que él non está de acuerdo, pero que es su obligación hacérmela llegar, y que sea yo quien la juzgue.

Sin duda escribir esa última línea de la carta es lo que ha tenido a Lesco despierto toda la noche, encerrado en su camarote. No porque le faltaran las palabras. Porque las palabras, esta vez, ponían en la balanza una vida que él quería más que la suya.

Baltasar traga saliva.

—Es difícil de explicar, mi señor. Sabéis que traemos con nosotros un ventor. Un muchacho de nariz prodigiosa, que nos ha sido de gran ayuda en el mar.

—¡Y tanto! —Verdale casi se anima—. Ese rapaz nos ha hecho ganar más plata que la que trae la flota de las Indias. Lo sé bien. —Y calla, para dejar hablar al moro.

—Pues bien, mi señor. La peste, en el tiempo que va desde que un hombre la coge hasta que le brotan los bubones, non se ve. Pero se huele. Ese muchacho podría oler quién la lleva dentro antes de que se le note, y apartarlo, y así cortar el contagio de raíz. En Bujía lo hacíamos con perros amaestrados, que fueron de gran ayuda; mas aquí non hay tiempo de amaestrar perros, y aquí, mi señor, tenéis algo mejor que un perro.

Se hace el silencio. Verdale lo mira.

—¿Me estás diciendo que juguemos la vida de ese niño?

—Os estoy diciendo lo que sé, mi señor. Lo que hagáis con ello, a vos toca.

—Ese muchacho es un activo indispensable para la Orden —dice Verdale, más para sí que para nadie—. Vale una escuadra.

El consejero espera la pausa justa, y entonces habla, muy quedo:

—Mi señor. El mayor activo de la Orden no es un niño, por prodigioso que sea. El mayor activo de la Orden es Malta. Y Malta se está muriendo frente a nuestros ojos.

Verdale se queda un momento con la vista en el pie hinchado, como si le pidiera consejo a su propio dolor.

—Es cierto —dice al fin—. Que vaya una falúa al barco a buscar al muchacho. Y tú, físico, o moro, o lo que seas: vete a la Sacra Enfermería y empieza a organizarlo todo, que tiempo es lo que menos nos sobra.

Un soldado lo acompaña. Y la Sacra Enfermería, que fue el orgullo de la Religión, el hospital más famoso de la Cristiandad, donde los caballeros servían a los enfermos de rodillas y en vajilla de plata, es ahora la antesala del infierno. Baltasar entra y el olor lo golpea como un muro: aquí no hay vinagre que valga, aquí está la peste en carne viva, tendida en hileras de jergones que se pierden en la penumbra, un cuerpo tras otro, gimiendo, delirando, callando ya. El aire es un peso, cargado de un rumor sordo y constante de rezos y de llanto, de padrenuestros a media voz y de mujeres que lloran sin ruido para no gastar fuerzas. Y en aquel horror, entre los moribundos, Baltasar repara en una figura menuda: una niña morena, de ojos oscuros y grandes, que va de jergón en jergón con un paño y un cuenco de agua, limpiando el sudor de la frente de un hombre que ya no la ve. No habla. No dice una palabra ni un consuelo. Se lo dicen a Baltasar en voz baja, cuando la señala: que es muda, la pobre, que nadie le ha oído nunca la voz, pero que no se aparta de los enfermos ni de día ni de noche. Baltasar la mira un momento, sin saber lo que mira, y sigue a lo suyo, que hay mucho que organizar.

Entre tanto, la falúa del Maestre ha cruzado el puerto y se ha arrimado al costado de la San Juan Bautista.

Lesco la ve llegar, y la mira, y no dice nada. Quien habla es Galiana, desde la borda:

—¿Qué buscáis? La carga ya está organizada y repartida, y en ese bote cabe poca cosa.

—Me basta con que quepa un niño de doce años —responde el de la falúa—. Traigo orden del Gran Maestre.

Al oír aquello, Lesco se vuelve despacio de espaldas a todos, y esconde la cara, y quizá los ojos, que nadie ha de ver húmedos a un caballero de la Religión. Sin volverse, con la voz muy igual, dice:

—Dadle lo que pide.

Y se va a la camareta, y cierra la puerta, y se queda solo. Ha perdido, tras ganar. La única batalla de esta campaña que de verdad le importaba, la ganó anoche a solas y con dolor — y esta mañana un pie gotoso y una orden desde un palacio se la han quitado de las manos, que contra el Gran Maestre no hay caballero que valga.

Bruno no sabe nada de todo esto. No sabe de la cólera de anoche, ni de la carta, ni de que su señor acaba de encerrarse a llorarlo en vida. Solo ve subir a un hombre hablar por la borda con Galiana, y le ve llegar con una cara rara. Y se lo explica — que lo llaman a tierra, que su nariz hace falta, que es peligroso, muy peligroso —, y mientras se lo explica va viendo, con asombro y con una pena que no sabría decir, que el niño no solo no tiene miedo, sino que se le encienden los ojos. Porque a tierra es adonde Bruno quiere ir desde que entró en este puerto. En tierra están Grazia y Caterina, vivas o muertas, y él necesita saberlo con una necesidad que puede más que todo el miedo del mundo.

En menos de lo que se reza un credo, Bruno ya está en el bote, con su hatillo y su nariz, cruzando el agua quieta hacia la isla de la muerte.

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