Bruno Carpa.

Un moro se reemplaza.

Capítulo 18

Fondear no es echar el ancla y ya. Las cuatro naves entran en el Gran Puerto con el poco trapo justo para gobernar, aproan al viento flojo una tras otra, y van dejando caer las anclas en mitad del agua, lejos de los muelles, donde ningún barco se pone nunca porque estorba el paso — solo que ya no hay paso que estorbar —. Aferran las velas. Y luego hacen lo que se hace cuando uno va a quedarse mucho tiempo en un fondeadero peligroso: se abarloan de dos en dos. La San Juan Bautista se arrima costado con costado a uno de los caramuzales, se amarran firme con defensas de cáñamo entre los cascos para que no se muerdan con la marejada, y los otros dos hacen lo mismo un poco más allá. Dos parejas, como dos animales que se juntan para dormir. Así se vigila mejor, se pasa la gente de una a otra sin botes, y las bocas de los cañones quedan mirando las dos hacia fuera, hacia la mar, por si el turco. Queda la flotilla quieta en mitad del puerto, con la ciudad enferma tendida alrededor, cerca y prohibida.

Bruno, desde la borda, huele Malta entera y desearía no hacerlo. Por encima de todo, el humo graso de las piras, que ya no le sorprende porque lleva con él desde la bocana. Pero debajo va aprendiendo lo demás, capa por capa: el vinagre, mucho vinagre, en oleadas; el alquitrán quemándose en las esquinas; y ese dulzor hondo, pegajoso, que sube de la ciudad como sube el vaho de un pantano — el olor de los que se pudren estando aún vivos, multiplicado por una isla —. La Valeta, que el otoño pasado olía a cera, a incienso y a pan, huele ahora a lo contrario de todo eso. Huele a que Dios se ha ido y ha dejado la puerta abierta.

No tardan en verlos desde tierra. Al cabo de un rato se desprende del muelle una falúa con dos remeros y un tercer hombre sentado a popa, uno que por el porte y las manos no es gente de remo: viste de negro, lleva una carpeta de cuero al pecho y esa palidez de los que trabajan con letras y no con sol. La falúa se acerca al costado de la San Juan Bautista, y el hombre se levanta, se agarra a la borda de arriba, y espera. Espera la escala que no baja.

—Perdonad, mi señor —dice al fin, extrañado—. ¿Non me tiráis la escala?

—Lo siento —responde Galiana desde arriba, seco pero no descortés—. Non podéis subir. Son órdenes, y non mías: del comendador de Mallorca y de la Religión. Nadie de tierra sube a estas naves, y nadie de estas naves baja a tierra. Hemos venido a traeros lo que os falta —bastimento, agua, medicinas— y a guardaros la boca del puerto si al turco le da por probar suerte con vosotros. Mas el trato ha de ser sin tocarnos. Así se nos ha mandado, y así ha de ser.

El hombre de negro asiente despacio, sin ofenderse. Al contrario: en su cara hay algo que se parece al alivio.

—Hacéis bien, y quien lo mandó, mejor —dice—. Ojalá tanta cordura hubiéramos tenido nosotros dos meses atrás. —Alza la vista hacia la carga estibada en cubierta—. Sea, pues, sin tocarnos. Dios os lo pague.

—Aprovechad el viaje —dice Galiana—. Si algo hay que non pueda esperar, decidlo, y os lo bajamos con cuerdas ahora mismo, y lo lleváis ya en la falúa. Lo demás se descargará con orden en los días que vienen.

El hombre no lo piensa. Lo que pide no es pan, ni agua, ni medicina.

—Óleos —dice—. Óleo santo para la unción, si lo traéis. Y formas consagradas, y vino de misa. —Se le quiebra un punto la voz, y la endereza—. Se nos mueren sin sacramento, señor. Los curas caen como los demás, y a los que quedan se les han acabado los santos óleos, y hay gente que se va de este mundo sin que nadie le cierre la cuenta con Dios. Eso es lo que non puede esperar. El cuerpo aguanta un día más sin pan. El alma, non.

Se hace un silencio arriba, en la cubierta, porque contra eso no hay marinero que replique. Lesco, que ha escuchado todo sin hablar, hace una seña a Tristán, y Tristán manda traer del pañol del capellán un arca pequeña — los óleos en sus crismeras, las formas, un frasco de vino consagrado — y aparejarla con un buen cabo para arriarla a la falúa sin que se toquen manos.

Mientras la preparan, Galiana se apoya en la borda y mira al hombre de negro.

—Y decidme, mientras baja. Vos que parecéis de estudio. ¿Cómo empezó todo esto?

El hombre tarda en contestar. Se mira las manos.

—Empezó, en cierto modo, por culpa mía —dice—. Yo soy médico. Uno de los tres que formaban el consejo de la Religión. —Traga—. La flota que este año partió a Levante, la de los recién venidos, apresó allá arriba una nave otomana que bajaba de Alejandría, cargada de sedas y lino, riquísima. Y la trajo aquí, al Gran Puerto, con su gente dentro. Antes de que atracara, un marinero de nuestra propia escuadra dio la voz de que en aquella nave había hombres enfermos, con fiebres y con bultos. Se le mandó callar, y aún se le castigó por agorero. —Cierra los ojos un instante—. Mas por si acaso, subimos los tres del consejo a reconocer la nave, a ver qué enfermedad era aquella. Y aquí está mi pecado, señor, que me acompañará hasta el infierno: non buscamos los bubones. Non los vimos porque non los quisimos ver. El caballero que mandaba la escuadra, el señor Sanguineti, nos recibió tan seguro de que non traía un solo enfermo, y con tantas ganas de que aquel botín pisara tierra y le diera nombre y provecho, que nos convenció sin que abriésemos una sola camisa. Firmamos que la nave estaba limpia. Y con la seda, con aquellos fardos que llevaban meses encerrados en la bodega pudriéndose con el calor, salió el aire corrompido que traían de Levante, el hálito emponzoñado de la nave; y ese aire se metió en la ciudad, y ya nadie lo pudo echar.

Señala vagamente hacia la ciudad, hacia el humo.—De los tres médicos —sigue—, soy el único que queda vivo. A los otros dos los colgó el pueblo cuando entendió lo que habíamos firmado. Están todavía en la plaza de la iglesia, y el que pasa les escupe y los maldice, que ya ni cuelgan como hombres, sino como escarmiento. A mí non me ahorcaron por un pelo: el tumulto empezó una tarde en que yo estaba, lleno de remordimiento, confesándome a voces con el cura, este salió a la puerta e intercedió por mí, dijo que un hombre tan arrepentido ya se castigaba solo. Me dejaron vivir. —Sonríe sin ganas—. Aunque vivir es mucho decir. Ahora me tienen para lo que nadie quiere: llevar recados a las naves apestadas, entrar en las casas cerradas, contar los muertos. Me guardan para lo peligroso, porque mi vida ya non vale nada, y todos lo sabemos, empezando por mí.

Bruno, arrimado a la borda unos pasos más allá, no le quita ojo — y sobre todo no le quita nariz. Huele a aquel hombre con cuidado, como le enseñó el miedo, y lo que encuentra le da un escalofrío raro: el médico viene empapado de muerto por fuera — la ropa, el pelo, las manos, todo impregnado de ese dulzor de los cadáveres entre los que anda a diario —, y sin embargo, por debajo de todo eso, el hombre huele todavía a hombre sano. Muerto por fuera, vivo por dentro. Bruno no sabría explicarlo con palabras, pero lo entiende de golpe: se puede vivir metido hasta el cuello en la muerte y no llevarla aún dentro. Todavía no.

—¿Y qué hacéis —pregunta Galiana— para atajar el mal? ¿Qué remedio le ponéis?

El médico suelta una risa seca, que es lo más triste que Bruno ha oído en todo el día.

—Todo, señor. Lo hemos probado todo, y nada sirve. Frotamos sobre las llagas un sapo vivo, que dicen que chupa el veneno; y si el sapo non basta, una gallina desplumada por el trasero, apretada al bubón, que ha de tirar de la ponzoña hasta reventar ella. Sangramos a los enfermos, mas las sanguijuelas ya andan tan hartas de sangre podrida que non quieren morder más, y hay que ir a buscar sanguijuelas nuevas a las balsas, que también escasean. Y rezamos. Rezamos a los Catorce Santos Auxiliadores, uno por uno, de rodillas, mañana y noche. —Abre las manos, vacías—. Y la gente se muere igual, señor. Se muere el que reza y el que non, el bueno y el malo, el que sangramos y el que dejamos en paz. Se muere, sin más. Non sabemos por qué viene, non sabemos por qué se va, non sabemos nada. Somos médicos de una enfermedad que non entendemos, y eso, creedme, es la peor clase de médico que hay.

Arriba, el arca de los óleos llega al costado, colgada de su cabo, y va bajando despacio, girando en el aire sobre el agua verde, hasta posarse con cuidado en la falúa, entre los pies de los remeros, sin que una mano de arriba roce una mano de abajo.

—Ahí tenéis lo que pedíais —dice Galiana—. Óleo, formas y vino, para las almas primero. Lo del cuerpo empieza mañana. —Y añade, ya de oficio—: Aparejad unas cuantas barcazas, para hacer el transbordo poco a poco; que se arrimen de día, una a una, y nosotros os iremos bajando la carga con cuerdas. Pero que quede claro y que lo sepa toda la isla: nosotros non desembarcamos. Nadie de estas naves pone el pie en tierra.

El médico mira el arca a sus pies, esos óleos que van a cerrarle a unos cuantos moribundos la cuenta con Dios, y asiente.

—Nadie de estas naves pone el pie en tierra —repite, como quien repite una oración—. Ojalá podáis cumplirlo, señor. Ojalá.

Y ahí, sin que él lo sepa, mira un instante — solo un instante — hacia el muchacho flaco de la borda que lo husmea con la nariz alta. Y Bruno le sostiene la mirada, y algo se le encoge por dentro, porque sabe, antes que nadie en las dos naves, que esa última frase del médico va a romperse. Que él mismo la va a romper. Por Grazia. Por Caterina.

Cae la noche sobre el fondeadero, con la carga ya desestibada y aparejada en cubierta para bajarla mañana, el capellán reclama a los dos moros para su hora de doctrina, que el trato con el rector de la Santa Creu fue ese y Lesco lo cumple aunque el mundo se acabe. Se sientan los tres en un rincón del combés, a la luz de un farol, con la ciudad apestada latiendo enfrente, en la oscuridad.

El capellán los conoce ya bien. Sabe que Baltasar es hombre de entendederas rápidas, que agarra al vuelo cuanto le explican de este mundo, aunque de lo del otro ande más flojo — coge la fe como quien aprende un oficio, por fuera —. Y sabe que Melchor es lo contrario: torpe para las cosas de la tierra, lento, pero abraza la religión con un fervor que da miedo, como el que se agarra a una tabla en un naufragio. Esta noche los ve a los dos removidos.

—Os veo inquietos a ambos —dice—. Y a ti más que a ninguno, Melchor. ¿Qué te ronda?

Melchor se retuerce las manos. Habla en aquella lengua franca del mar, aunque ya menos rota que cuando embarcó:

—Padre, mí estar inquieto por el nombre. —Baja la voz—. Mí non saber cuál de los dos es el mío de verdad. El día del bautizo, al salir, non teníamos claro quién Melchor y quién Baltasar, y lo decidió a dedo un marinero con prisa. Y agora mí tener miedo… miedo de que allá arriba, cuando llegue la hora, Dios confunda mis actos con los de él. Que yo me esfuerzo en ser buen cristiano, y él solo piensa en cosas de la tierra; y si Dios nos truecan las cuentas por culpa del nombre, mí pagar sus pecados y él llevarse mi cielo. Por eso non le quito ojo, padre, y le riño cuando blasfema, que non quiero que me lo apunten a mí.

El capellán, que ha oído confesiones de todo pelaje, no se ríe, que es sabio.

—Sosiega, hijo. Dios non reconoce a los hombres por el nombre, que el nombre es cosa de acá abajo, para que nos entendamos entre nosotros. Dios te reconoce por el alma, y el alma non se puede confundir con otra, como non se confunde un olor con otro. —Bruno, si lo oyera, sonreiría—. Llámate Melchor, o Baltasar, o Alí como te llamabas: la que va a subir es la tuya, y Él la conoce de una en un millón. Descuida de eso, y ocúpate de vivir limpio, que es lo único que se te pedirá.

Melchor respira como si le hubieran quitado un fardo de encima. Y entonces el capellán se vuelve al otro.

—¿Y tú, Baltasar? Que también traes cara de cargar algo.

Baltasar tarda. Mira la ciudad enferma al otro lado del agua.

—Padre —dice al fin—, yo cargo una cosa que non sé si debo decir, y me pesa callarla mirando morir esa ciudad. Soy de Bujía, ya lo sabéis. Hace siete años tuvimos allá este mismo mal, esta misma peste. Y en Bujía non ardió la ciudad entera como arde Malta. —El bey Rabadán mandó dos médicos, dos sabios andaluces de los que salieron de España, que sabían exactamente qué hacer. En dos semanas, el que había de morir murió; mas non se contagió nadie nuevo. Se cortó. Yo lo vi con estos ojos.

El capellán se echa atrás.—Eso es cosa extraordinaria, hijo. —Entorna los ojos, receloso—. ¿Y non usarían aquellos infieles algún conjuro, alguna hechicería? Mira que agora eres cristiano, Baltasar, y un cristiano antes el martirio que valerse de otras fuerzas. Óyeme bien.

—Non, padre. Nada de conjuros. —Baltasar niega con la cabeza—. Alquimia y razón. Es verdad que también rezaban, a su modo; mas yo pienso, que Dios me perdone, que non fue el rezo lo que curó, sino la razón. Los enfermos rezaron igual que los sanos, y murieron igual. Lo que salvó a los sanos fue lo que hicieron los médicos con la cabeza, non con la boca.

El capellán frunce el ceño, pero es hombre práctico bajo la sotana.

—¿Y sabrías tú qué hicieron aquellos médicos?

—Claro que sí, padre. Convivimos con ellos un mes largo. Lo tengo aquí. —Se toca la sien.

El capellán se queda un momento callado, mirando arder la ciudad. Luego se levanta.

—Esto non es cosa de doctrina. Esto hay que llevárselo al señor. Vamos.

Antes de llegar a Lesco hay que pasar por Tristán, que eso lo sabe hasta el gato de a bordo. El capellán toca en el cubículo del servidor, que ya dormía, y Tristán tarda lo suyo en vestirse y abrir.

—¿Qué ocurre?

—El capellán y los moros traen algo que el señor debe oír. Dicen que corre prisa.

Golpea en el camarote de popa. Lesco tampoco dormía — o dormía mal —, y en poco los hace entrar. La estancia es la que ya conocen de nombre y no de vista, y aun así se asombran de lo chica que es para un caballero: una mesa con las cartas de marear sujetas por plomos, un cofre ferrado, la ropera colgada de su clavo, una imagen de San Juan del tamaño de una mano, y por las ventanas de la galería el temblor negro del puerto. Se asombran, sí; aunque en seguida caen en que ellos duermen en una hamaca y poco más, y que aquello, para dos moros de Bujía y de Orán, es ya un palacio.

—Bien —dice Lesco—. Contadme. ¿Qué es tan urgente que non aguanta al día?

—Baltasar dice que tiene la solución, mi señor —empieza el capellán.

—¿La solución a qué?

—A la peste, mi señor —dice Baltasar.

Lesco lo mira despacio.

—Explícate.

Baltasar da un paso al frente. Y al hablar, Lesco nota que el moro ya casi no arrastra el sonsonete del sabir: se le ha ido pegando el habla de la nave, y cada semana suena más como un cristiano y menos como un cautivo.

—Yo viví una peste en mi tierra, mi señor, y la vencimos. En cuanto empezamos a aplicar las medidas, dejó de haber contagios. Los que ya estaban enfermos siguieron igual, eso non tiene remedio; mas non hubo enfermos nuevos. Se secó, como se seca un pozo.

—¿Con hechizos de infiel?

—Con sentido común, mi señor. Y sí, con alguna oración a Alá; mas esa parte, con vuestra licencia, pienso que non hizo nada, y la podemos saltar.

El capellán da un respingo.

—¡Y tanto que la saltaremos! Aquí se reza a los Catorce Santos Auxiliadores, y a ningún otro.

—Naturalmente —dice Lesco, alzando una ceja—. A los Catorce. Sigue, Baltasar. ¿Qué hicieron en Bujía?

—Lo primero, entender bien de dónde viene el mal, que casi todos lo entienden al revés. —Baltasar cuenta con los dedos—. Non es que Dios nos castigue con la peste, aunque lo permita; el castigo non se corta con vinagre. Y tampoco viene por el aire, mi señor, o solo al final y en pocos, cuando el enfermo tose sobre otro; mas al principio, y en los más, non es el aire. La peste va en las cosas. En la ropa, en los jergones, en los fardos, en lo que el muerto tocó y dejó. Hay algo en esos objetos —qué sea, non lo sé, nadie lo sabe— que pasa a quien los usa. Por eso todo lo que hacen aquí está del revés: embadurnan de ungüentos al que ya está enfermo, que ya non tiene salvación. Al que hay que untar y guardar es al sano, para que eso que va en las cosas non salte a él.

Lesco escucha sin moverse. Baltasar sigue, envalentonado:

—Y hay que separar a la gente, mi señor, en cuatro rebaños que non se mezclen: los sanos por un lado; los enfermos por otro, aparte, lejos; los que cuidan a los enfermos por otro, que esos non pueden tratar con los sanos; y un cuarto, de cuidadores que descansan, apartados un tiempo antes de volver con los sanos, por si traen el mal pegado. Los sanos non han de vivir en las casas de los muertos, non han de heredar su cama ni su ropa: hay que sacarlos, hacerles una ciudad nueva fuera de la ciudad vieja, en el campo, como hacemos nosotros aquí en los barcos, que estamos a un tiro de tierra y non nos mezclamos, y por eso seguimos vivos. Y lo más duro y lo más importante: quemar. Quemar todo lo de la ciudad vieja, la ropa, los jergones, los colchones, cuanto ardió el muerto; y encalar las paredes, y encalarlas otra vez. Eso es lo difícil, mi señor. Non porque cueste, sino porque nadie quiere quemar lo poco que tiene ni dejar la casa de sus padres.

Se hace un silencio en el camarote. Lesco tiene los ojos fijos en el moro, calculando.

—Bien —dice el capellán, cruzándose de brazos—. Muy bonito. ¿Y por qué habría de seguirte el pueblo a ti, Baltasar? Eres un cristiano de anteayer, medio moro todavía, al que la mitad de la isla ni entiende cuando habla. En cuanto abras la boca en una plaza, te apedrean por infiel y hechicero, y ahí se acaba tu ciencia.

Lesco lo mira, piensa unos segundos, y una sombra de sonrisa le cruza la cara.

—El hábito hace al monje, capellán. Todo es cuestión de traza. —Se vuelve a Baltasar, midiéndolo como se mide un paño—. Si lo lavamos bien, lo vestimos de señor y le enseñamos a andar despacio, non será un moro recién bautizado: será un físico de los que vienen de fuera, de esos sabios de Levante, judíos o moros de corte, que sirven a los príncipes y curan a los reyes, y a quienes todo se les perdona a cambio del saber. Diremos que lo hemos traído nosotros de Mallorca junto con la ayuda, mandado por médicos de cámara. Y ese deje tosco tuyo, Baltasar, que aquí sonaría a berbería, en boca de un físico venido de tierras extrañas non será tosco: será exótico. La gente se fía más de lo que non entiende.

El capellán mira a Baltasar de arriba abajo, incrédulo. Se acerca, le levanta un brazo por la muñeca, le descubre el sobaco, arruga la nariz y aparta la cara.

—Aquí va a haber mucho trabajo —dice Lesco, y por un momento la cosa casi tiene gracia. Luego se le va la gracia—. Baltasar. Si bajas a tierra a hacer esto, non vuelves a subir a esta nave hasta que non quede un solo apestado en Malta. Puede que sean meses. Puede que non vuelvas nunca. ¿Lo sabes?

—Lo sé, mi señor.

—¿Y aun así bajas?

—Bajo. —Baltasar traga—. Para eso me bauticé, mi señor. Un cristiano nuevo ha de ganarse el cielo, y yo lo tengo más caro que los demás.

Lesco asiente, despacio. Y Baltasar, que ha llegado hasta aquí, comete el error de dar un paso más.

—Hay una cosa más, mi señor, y sin ella lo demás sirve de la mitad. Para cortar de veras el mal, non basta apartar a los enfermos que ya tienen los bultos. Hay que apartar antes, poner en cuarentena a los que todavía non tienen bubones, mas ya llevan el mal dentro y non lo saben. Esos son los peores, porque andan sanos por la calle repartiéndolo.

—¿Y cómo se sabe eso? —pregunta Lesco—. ¿Hay señal? ¿Se les ve algo?

—Non se les ve. —Baltasar baja la vista al suelo—. Se les huele. La peste se huele, mi señor, antes de verse. En Bujía lo hacían con perros. Aquí… aquí tenéis algo mejor que un perro.

Treinta segundos de silencio recorren el camarote. Nadie respira.

—No.

Lesco lo ha dicho bajo. Y luego otra vez, subiendo:

—No. No, y no.

Bruno, que llevaba con él tantos años, nunca le había visto la ira. Lesco no grita — es peor: se le pone la voz blanca, cortante, y se le marcan los tendones del cuello.

—Ese muchacho es la mejor baza que tiene esta nave, y la Religión, y puede que la Cristiandad entera en este mar. Es insustituible. No hay otro en el mundo. Y me pides que lo baje a una ciudad que se muere, a oler apestados uno por uno, hasta que uno de esos apestados le pegue el mal y se me muera con doce años. —Da un paso hacia Baltasar—. No lo permito. ¿Me oyes? Tú, si crees que puedes ayudar, allá tú: baja, y Dios te lo pague. Eres un moro, y un moro que muere se reemplaza con otro moro. Pero Bruno se queda en esta nave.

Baltasar encaja el golpe sin levantar la cara. Lo de "un moro se reemplaza" le entra hondo, y aun así asiente, porque entiende de qué madera está hecho el amor de un hombre por un hijo que no engendró.

—Bien, señor —dice en voz baja—. Creo que podremos apañarnos sin él. Lo intentaremos.

—No lo crees —corta Lesco, ya en la puerta, dándoles a entender que la audiencia ha terminado—. Te apañarás. Te apañarás, o morirás de la peste. Buenas noches.

La reunión termina de golpe, como se cierra una escotilla.

Y al amanecer, cuando la primera luz gris entra por el Gran Puerto, el esquife ya está aparejado al costado. Dentro llevan dobladas las telas para las mortajas —que a tierra apestada se baja con sudarios, no con esperanzas—, y un sitio despejado a popa para el pasajero. Baltasar sale a cubierta, y cuesta reconocerlo: lo han lavado, peinado, perfumado, y vestido con ropa de señor sacada de un arca, un jubón oscuro y sobrio de físico de calidad; y hasta anda distinto, más lento, más tieso, que con el vestido le han puesto también otras maneras, como si el paño supiera el papel mejor que el hombre. Aguarda de pie, sereno, a que lleguen del muelle las barcazas de la descarga para arrimarse y empezar el trasiego, y bajar él con ellas a un infierno del que sabe que no volverá pronto, ni quizá nunca.

Arriba, en la perrera, está Bruno. No ha oído nada de lo de anoche; nadie se lo ha contado, y él tiene la cabeza en otra parte, la nariz vuelta hacia la ciudad, buscando entre todo aquel humo y aquel vinagre y aquella muerte dos olores concretos, dos solos, que no consigue aislar y que no sabe si siguen vivos. Grazia. Caterina. Mira bajar a Baltasar al esquife vestido de príncipe y ni se pregunta por qué; está demasiado lejos de todo, colgado entre el cielo y el agua, que es donde siempre se refugia cuando el mundo pesa.

Y abajo, en el camarote, con la puerta cerrada, Lesco no ha salido. No ha dormido. Lleva toda la noche en vela, no por la peste, ni por la carga, ni por la nave: por un niño flaco que husmea el aire en lo alto del palo sin saber que su señor acaba de librar por él, a solas, la batalla más difícil de la campaña — y que teme, con el miedo frío de los que conocen bien a quien quieren, que la va a perder.

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