Bruno Carpa.

Tres mil por tres mil.

Capítulo 26

El grueso de los tres mil no puede moverse de donde está.

Han bajado a plantar el campo delante de las murallas de la Valeta, y allí han de seguir, desplegando estandartes y tocando los atabales, porque en cuanto dejen de parecer un ejército dejarán de serlo. De modo que la búsqueda la hacen las odas: Hasán Calabrés destaca ocho de ellas —diez hombres y el que los manda, cada una— y las manda costa arriba y costa abajo con una sola orden. Lo que sea, con tal de que flote y llegue a la flota.

Van todo el día y no encuentran nada. De veinte galeras varadas no ha quedado ni un bote, ni un copano, ni una tabla que se pueda gobernar: lo que no ardió está lleno de agua y lo que se puede achicar no tiene con qué moverse. Y en las calas de pescadores, menos aún: los malteses se llevaron a rastras lo que pudieron cargar y quemaron ellos mismos lo que non, antes de replegarse a las murallas. Hay calas enteras donde de una flota de pesca non queda más que un montón de cuadernas negras medio enterradas en la arena, como espinas de pescado.

La encuentran al caer la tarde, y por pura casualidad, en una casa de pescador plantada sobre el ribazo de una cala, a doscientos pasos del agua.

Es una casa baja de piedra seca, con la puerta abierta, el horno frío, y detrás, en la era, hay una barquilla de cuatro remos puesta boca abajo sobre dos caballetes. No la bajaron con las demás porque no estaba en el agua: la tiene el dueño en tierra desde hace semanas, descosida y vuelta a coser, con las costuras calafateadas de estopa nueva y la brea todavía tierna, brillando negra al sol de la tarde. Está recién acabada. Le falta el último empujón hasta la orilla.

Y en el poyo de la entrada hay sentado un viejo, con las manos cruzadas sobre un bastón y los pies descalzos, que no se levanta cuando los ve llegar. Once hombres armados le entran en la era y él se queda donde está, mirándolos como se mira pasar el tiempo.

El odabaşí rodea la barca despacio, se agacha, pasa el pulgar por una costura y se lo lleva a la nariz. Brea fresca. Se endereza.

—Nosotros llevar —le dice al viejo en aquella lengua franca de los puertos, despacio, señalando—. Barca. Tú entender.

El viejo mira la barca. Luego mira al hombre. Y hace una cosa que ninguno de los once esperaba: separa las manos del bastón y señala él mismo hacia los caballetes, con un gesto de cansancio, como quien indica dónde está el pan.

Dice algo en maltés que nadie entiende. Y no vuelve a hablar.

La descuelgan de los caballetes entre ocho y la bajan por el ribazo hasta la arena, resbalando en la pendiente, blasfemando en cuatro lenguas. Al viejo no le hacen nada más. No lo registran, no lo atan, no le preguntan por el trigo ni por el aljibe, no lo matan. Ni siquiera lo miran al salir de la era. Porque un viejo descalzo sentado en una puerta no vale el trabajo de matarlo, y esa es toda la piedad que hay en aquella tarde.

Ya en la orilla, el odabaşí hace la cuenta que hay que hacer: cuatro remos, cuatro hombres, y toda una noche de bogar. Ni uno más, que cada libra de peso es una hora de retraso.

—Tú. Tú. Tú y tú.

Los escoge deprisa, por los brazos, sin mirarles la cara. Y en los siete que se quedan en la arena pasa algo que ninguno dice en voz alta y que se les ve igual: envidia. Porque los cuatro del bote se van esta misma noche de esta isla, y ellos no.

—Los demás, conmigo. —El odabaşí ya está echando a andar hacia el interior—. Vamos a informar a Al bajá, a decirle que el aviso va camino de la flota, y a qué hora salieron. Que de eso depende todo lo demás.

Empujan la barca al agua con la última luz. Entra limpia, sin hacer una gota: el viejo la había cosido bien.

Los cuatro bogan hacia levante, hacia el mar abierto, y en poco rato ya no son más que una mancha que sube y baja. Los siete de la orilla se quedan mirándolos irse más tiempo del que deberían, y luego se echan el arcabuz al hombro y se meten monte adentro, hacia el resplandor de las hogueras de su propio campo.

En el ribazo, sobre la casa, el viejo sigue sentado en el poyo, con las manos otra vez cruzadas sobre el bastón, mirando el sitio de la era donde estaban los dos caballetes vacíos.

Morato Arráez los recibe en la toldilla, todavía a oscuras, con el pelo suelto y sin la barba compuesta, que lo han sacado de la cama.

Y no grita. Eso es lo primero que a los del bote les extraña, porque venían preparados para lo peor. El corsario los escucha de pie, con los párpados pesados sobre aquellos ojos garzos, y cuando acaban de contarlo no maldice ni rompe nada.

Pregunta.

—¿Cuántos cascos ardieron?

—Seis abiertos a hachazos, señor, y de los otros catorce, la mitad quemada por la parte del agua. Los demás están quemados enteros.

—Enteros. —Morato asiente—. ¿Y la palamenta?

Silencio.

—¿La palamenta, he dicho?

—Quemada, señor. Toda. La amontonaron en la playa y le prendieron fuego a todos los remos con la brea de los calafates.

—¿Toda? ¿Non quedó ni la de un casco?

—Ni la de uno.

Morato deja pasar un momento.

—¿Y remos de respeto? En las bodegas siempre se llevan.

—Los buscaron y ardieron también, señor. Y las entenas. Y las velas plegadas.

—La chusma.

—Suelta, señor. —El hombre traga—. De dos mil doscientos, non nos queda uno.

Y ahí Morato se aparta a la borda y se queda mirando el agua, que empieza a tener color.

Porque acaba de hacer la cuenta y le sale sola: catorce cascos enteros sirven para lo mismo que catorce casas. Sin remos no se mueven, sin vela no se gobiernan y sin chusma no valen nada. Tiene tres mil hombres en una isla enemiga y ni una tabla con que sacarlos.

—Una cosa más —dice sin volverse—. ¿Quién lo hizo?

El del bote se mira las botas.

—Non se sabe, señor.

—¿Cómo que non se sabe?

—Que non lo vio nadie que haya quedado vivo para contarlo. El arráez Reduán dice que fueron veinte, o treinta a lo sumo, y que bajaron de las peñas. Otros dicen que fue una sacada de la ciudad, y hay quien jura que eran quinientos. —Se encoge de hombros, avergonzado—. Los únicos que lo vieron de veras son los galeotes, señor. Y esos andan por el monte.

Morato no dice nada más de aquello.

Y no lo sabrá nunca. Morirá muchos años después, viejo y rico, en su casa de Argel, sin llegar a enterarse de que la campaña que le rompió el espinazo se la rompió, en una noche de agosto, un niño de doce años con la nariz alta.

A media mañana sale una barca del costado de la capitana con bandera blanca en la proa, y va derecha a la boca del Gran Puerto.

Lo que sube al palacio es un embajador de guerra: el agá Sinán, hombre de cincuenta años, seco, cortés, con una barba blanca cuidada al pelo, un caftán de damasco verde que vale un año de soldada y unas maneras de las que no se aprenden en un ejército. Trae detrás a dos secretarios y a un intérprete griego que no le hará ninguna falta, porque el agá habla el italiano de Levante mejor que muchos italianos.

Lo hacen esperar cuarenta minutos en una antecámara. Eso también es parte del parlamento, y él lo sabe, y no da la menor muestra de impaciencia.

Cuando por fin lo pasan, se encuentra al Gran Maestre de la Religión sentado, con la púrpura cardenalicia y la cruz de ocho puntas al pecho, y con el pie derecho descalzo sobre un escabel almohadillado, el dedo gordo hinchado y reluciente como una guinda. Verdale no se levanta ni se disculpa por ello. Eso también es parte del parlamento.

—Sea bienvenido vuesa merced a esta casa —dice.

—El Altísimo os guarde, Ilustrísima, y alargue vuestros días. —El agá se inclina—. Y os alivie ese pie, si me permitís la observación, que yo padecí lo mismo hace diez años y sé lo que se sufre.

—Padeciendo estamos. —Verdale señala una silla que nadie ha traído—. Hablad.

En el rincón, de pie junto a una ventana y con las manos a la espalda, está Baltasar. Vestido de físico, callado, sin que nadie lo haya presentado.

Y a Baltasar, cuando el agá cruza la sala, le llega el olor de aquel hombre y se le mete dentro antes de que pueda defenderse: ámbar, almizcle, el aceite del pelo, el agua de rosas de la ropa, y por debajo el humo dulce del carbón de los braseros y ese fondo de especia que él conoce desde niño y que no ha vuelto a oler desde que salió de Bujía. Es el olor de su casa. Se le queda la boca seca y no mueve un músculo y piensa para sí, que algo se le ha pegado de aquel mocoso.

—Vengo a hablaros de tres mil hombres —empieza el agá—. Los vuestros y los míos han medido sus fuerzas, y non ha habido vencedor, que Dios non lo ha querido dar a ninguno. Mi señor Morato Arráez, que es hombre de guerra y también de razón, non desea ver morir a más criaturas por una isla que non se puede tomar ni se puede perder. Propone lo que proponen los hombres cuerdos: que se acabe.

—Muy cuerdo es vuestro señor —dice Verdale—. ¿Y cómo se acaba?

—Del modo más simple. Vuestra Ilustrísima consiente que nuestra gente se embarque y se vaya. Nosotros levantamos el campo, non se dispara un tiro más, y esta isla vuelve a sus cosechas.

—Ah. —Verdale mueve el pie y hace una mueca—. ¿Y a cambio de qué?

—A cambio de mucho, Ilustrísima. Empecemos por lo que se cuenta. —El agá hace una seña y un secretario abre un cartapacio—. Cien escudos de oro por cada hombre que embarque. Tres mil hombres. Ponedle vos el número, que yo con las cuentas grandes me mareo.

—Trescientos mil escudos —dice el consejero desde su rincón, sin levantar la vista.

—Trescientos mil escudos —repite el agá, y sonríe—. Que es más de lo que renta esta isla en tres años, con perdón.

—Es dinero —concede Verdale.

—Es una fortuna, Ilustrísima.

—Es dinero. —Verdale junta las manos sobre el vientre—. Y yo lo que tengo abajo, en una playa, son tres mil hombres jóvenes, sanos y hechos al remo. Y yo tengo galeras. Non sé si vuesa merced me sigue.

Al agá no se le mueve la cara.

—Os sigo perfectamente. Y por eso he traído la segunda parte de la propuesta, que es la que de veras importa. —Se inclina un poco—. Cautivos. Cristianos. Por cada uno de los nuestros que embarque, uno de los vuestros que sale de los baños de Argel, de Trípoli y de Bizerta, libre, con su pasaje pagado hasta Sicilia. Tres mil almas cristianas, Ilustrísima. Padres de familia. Marineros de Génova, de Valencia, de Nápoles. Mujeres. Niños que nacieron allá dentro y non han visto una iglesia en su vida.

Y ahí, por primera vez, se hace un silencio de verdad en aquella sala.

Porque eso no es dinero. Eso es lo único que la Religión de San Juan existe para hacer, y el agá lo sabe, y por eso lo ha traído.

—Con garantías —añade, muy suave—. Rehenes de nuestra parte, los que vuestra Ilustrísima señale, y de las casas que vuestra Ilustrísima señale. Y la palabra de mi señor, que en este mar vale lo que un papel firmado en Roma.

Verdale se queda mirándolo un rato largo.

—Aguardad fuera —dice al fin.

Cuando la puerta se cierra, el Gran Maestre se pasa las dos manos por la cara.

—Tres mil cristianos.

—Tres mil cristianos, Ilustrísima —dice el consejero.

—Y me quito de encima tres mil bocas que non sé con qué llenar. —Verdale golpea el brazo del sillón con el nudillo, una vez, otra—. Dímelo tú, que llevas los libros: ¿cuánto pan me queda?

—Para la gente que hay, hasta la primavera si el año viene bueno. Con tres mil presos más, hasta febrero. Y eso sin contar que hay que guardarlos, y que un preso mal guardado se subleva, y que non tenemos herreros bastantes ni para remachar tanto hierro. —El consejero hace una pausa—. Y hay otra cosa peor, y vos la sabéis. Tres mil hombres apretados en un baño, en una isla que acaba de salir de la peste. Ese moro —señala con la barbilla hacia la ventana, hacia Baltasar— nos diría en qué acaba eso.

—Acaba mal —dice Baltasar, sin moverse del rincón.

—Acaba mal. —Verdale cierra los ojos—. De modo que el turco me está ofreciendo tres mil almas cristianas y me está quitando de encima una ruina, y las dos cosas a la vez. Es un buen trato. Es el mejor trato que me han ofrecido en once años de gobierno.

—Lo es —dice el consejero.

—Y non lo puedo aceptar.

—Non, Ilustrísima. Non podéis.

Verdale abre los ojos y mira al techo, al artesonado dorado que le costó una fortuna y que hoy no le sirve para nada.

—Dime por qué, que quiero oírlo dicho por otra boca.

El consejero enumera con su voz sin música, la misma con que lee las cuentas.

—Porque si dejáis marchar a un ejército que ha venido a tomar Malta, en Roma dirán que la Religión pactó con el infiel, y en Madrid dirán que non se puede fiar esta isla a unos frailes que venden victorias. Porque ahí fuera hay cuatrocientos caballeros con las manos en carne viva de cavar una zanja, y a esos non se les puede decir que el turco se va a su casa pagando. Porque hay quince mil malteses metidos en un foso que han enterrado a los suyos este verano. —Se ajusta el puño de la sotana—. Y porque, Ilustrísima, el que perdona a un ejército invita al siguiente.

Verdale se queda quieto un momento.

—Hazlo entrar.

El agá Sinán vuelve y escucha la respuesta de pie, con las manos dentro de las mangas. No se le altera una arruga.

—Vuestra Ilustrísima me perdonará que insista una sola vez más. Tres mil cristianos.

—Y mil veces me dolerá —dice Verdale, y se ve que es verdad—. Decidle a vuestro señor que non es avaricia, nin es odio, nin es desprecio a su palabra, que la tengo por buena. Decidle que un Gran Maestre puede perdonar a un hombre, mas non puede perdonar a un ejército, porque non es dueño de esa merced: la debe a los que vengan detrás. Y decidle otra cosa: que si él estuviera sentado en esta silla y yo en su barca, me diría exactamente lo mismo.

El agá lo mira un momento, y por primera vez en toda la mañana hay en su cara algo que no es cortesía.

—Es probable, Ilustrísima. —Se inclina—. Que el Altísimo os alivie ese pie.

—Y a vos os guarde el camino.

Se van con la misma ceremonia con que llegaron, sin una palabra alta, sin un gesto de más. Los peores parlamentos siempre se rompen así.

Cuando la barca de la bandera blanca se aparta del muelle, Baltasar sigue de pie junto a la ventana, mirándola cruzar el agua. Y respira hondo dos o tres veces, buscando en el aire de la sala lo que ya no está.

En la capitana, Morato oye el informe entero sin interrumpir. Cuando el agá acaba, se vuelve hacia sus capitanes.

—Entramos.

Y se levanta un clamor, porque hay allí gente que sabe navegar y que ha estado tres días mirando esa bocana.

—¡Bajá, es la muerte! Ahí non se entra: eso es un embudo con dos castillos encima. Y aunque entrásemos, con este levante non hay quien salga. El viento nos mete y non nos deja sacar la proa. ¡Nos quedaríamos dentro como el vino en la bota!

—Lo sé —dice Morato.

—¡Non lo sabéis, señor, con perdón! ¡Yo he estado dentro de ese puerto en tiempo de paz y…!

—Que lo sé. —No alza la voz, y por eso se callan todos—. Lo sé mejor que vosotros. Sé que la boca la barren de los dos lados, y sé que hay cuatro cascos artillados atravesados dentro, y sé lo del viento. He estado tres días haciendo esa cuenta y me sale mal por todas partes. —Se pasa la mano por la barba de alheña—. Y aun así entramos.

—¿Por qué, señor?

Morato mira hacia la costa, hacia las lomas del norte donde hay tres mil hombres suyos sentados en la piedra sin nada que comer.

—Porque si vuelvo sin ellos, non llego a Trípoli con la cabeza puesta. Y si llego, non paso de Argel. Cicala Bajá me la pedirá a mí, y con razón, que yo los traje. —Se vuelve, y los mira uno por uno—. Vosotros veis un puerto que non se puede forzar. Yo veo tres mil creyentes entrando encadenados en un baño de cristianos para non salir nunca, y a mí preguntándome en Constantinopla por qué non fui a por ellos. —Se encoge de hombros—. Prefiero perderlo todo aquí que explicarlo allá.

Nadie dice nada.

—Aparejad los cascos viejos —añade entonces, y ya con otra voz, la del oficio—. Los tres que hacen agua y non valen para nada. Quiero brea, estopa, pez, azufre, aceite y todos los trapos de la flota metidos dentro. Y pólvora en la bodega, bien repartida.

Uno de los capitanes levanta la cabeza despacio.

—¿Brulotes, señor?

—Brulotes. —Morato mira el gallardete que restalla en el palo, tendido hacia tierra, tieso como una tabla—. El viento que non nos deja salir tampoco los deja salir a ellos. Y a nosotros nos empuja adentro. —Y por primera vez en muchos días, sonríe—. Si non puedo llevarme lo mío, que al menos me lleve el fuego lo suyo.

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