Bruno Carpa.
Torres ciegas.
Capítulo 21
Trípoli hierve al sol de la tarde. La ciudad que Dragut arrancó a los caballeros hace cuarenta años huele a lo que huele un puerto berberisco en verano: a brea y a sal, a especia a estiércol de camello, a los cueros y los dátiles de los almacenes, y por encima de todo, cinco veces al día, a la voz del almuédano que cae desde el alminar sobre los tejados y detiene el mundo un momento.
En la residencia de Morato Arráez, en una sala fresca de suelos de estera y paredes encaladas, con celosías de madera que rompen la luz en cuadraditos y una fuentecilla que gotea en un patio contiguo, un hombre espera de pie, sudando, sin atreverse a sentarse aunque hay cojines. Es el arráez de la galera, un patrón curtido, bajo y ancho como un tonel, con la cara comida de viruelas y las manos gordas que no sabe dónde poner; y aunque en el mar es el que manda y el que grita, aquí, en casa del gran corsario, se le ha encogido el cuerpo y la voz, que hay hombres delante de los cuales hasta los bravos se vuelven mozos.
Morato Arráez no lo mira al entrar. Está inclinado sobre una mesa baja, estudiando unos mapas, y lo deja esperar el tiempo justo para que el otro entienda quién es cada uno. Es albanés de nacimiento y renegado de fortuna, y lo lleva escrito en el cuerpo: la piel más clara de lo que el sol ha logrado oscurecer, unos ojos garzos de párpados pesados que parecen medio dormidos y no lo están, y una barba recortada teñida de alheña, de ese rojo cobrizo que se ponen los que han ido a La Meca o quieren que se crea que fueron. No alza la voz. No hace un gesto de más. Todo en él es quietud, y esa quietud es lo que da miedo, porque es la del que escucha, guarda y calcula sin que se le vea mover una pieza.
—Habla —dice al fin, sin levantar los ojos del mapa—. Y habla derecho, que el día es corto y las lunas de este verano más.
—Señor. —El patrón traga saliva—. Dimos caza a cuatro naves cristianas de camino a Malta: una nave manca de guerra, de las de la cruz de ocho puntas, y tres cargueros. Los perseguimos hasta la mismísima boca del Gran Puerto, y si el viento nos hubiera favorecido media hora más, habríamos tomado al menos uno.
—El viento non tiene amo. —Morato pasa el dedo por el mapa—. ¿Y bien? ¿Para eso me haces esperar entre dos consejos, para contarme que se te escapó una presa? Eso me lo cuenta el mar cada día.
—No, señor. Hay más, y por eso he venido yo mismo en vez de mandar recado. —El patrón se envalentona un poco—. Hubo dos cosas que non me cuadraron, y cuanto más las pienso, menos. La primera: al acercarnos a la isla, non ardió una sola torre. Ni una señal, ni un humo, ni un fuego. Costeamos a la vista de tres atalayas y las tres estaban mudas, como ciegas. Y vos sabéis, señor, que en Malta esas torres se hablan de punta a punta antes de que una vela asome; que non hay ratón que se arrime a esa isla sin que lo canten. Pues esta vez, nada.
Morato levanta la vista por primera vez. No dice nada. Mira a su consejero, un viejo enjuto de barba blanca sentado en un rincón con las manos en las mangas, y en esa mirada hay una orden sin palabras. El viejo se levanta sin ruido, va a un estante, escoge dos rollos y los extiende sobre la mesa: uno, una carta que abarca de Trípoli a Malta, con el canal entero; el otro, un portulano detallado, solo de las bocas de los puertos de Malta, con el Borgo y la Sengla dibujados diente a diente. Morato apoya las dos manos en el segundo y no aparta ya los ojos de él mientras el patrón sigue.
—Y la segunda cosa, señor. El cañonazo. Nos dispararon uno, uno solo, desde la costa. Mas non fue un cañonazo de los que quieren hundirte: fue de los que quieren que te vayas. Lo tiraron antes de que estuviéramos de veras a tiro, la bala cayó lejos, a media milla larga por la proa, levantando agua por levantar agua. Una advertencia, señor, non una defensa. Si hubieran querido nuestro casco, habrían esperado, y con las baterías que tiene esa boca nos habrían hecho astillas. Non esperaron. Non salió una sola galera de la Religión a rematarnos, teniéndonos servidos. —Se encoge de hombros—. Nos dejaron ir, señor. Casi como si non tuvieran manos para retenernos.
Morato guarda silencio un rato largo, con los ojos en el portulano y los dedos quietos sobre las murallas dibujadas. Cuando habla, no responde: pregunta, que es su manera de pensar en voz alta sin regalar lo que piensa.
—¿Cuántas galeras contaste amarradas en las calas?
—Pocas, señor. Y desarboladas, en cura, como en invierno. En pleno agosto.
—¿Y la gente de los muelles? ¿Trasiego? ¿Obra?
—Poco, señor. Muy poco, para ser Malta.
—¿Y los que apresáis últimamente en el canal? Los remeros, los pescadores griegos. ¿Qué cuentan?
—Cuentan cosas de miedo, señor. Que en la isla hay un mal. Que se muere la gente a montones. Mas ya sabéis cómo hincha la lengua de un cautivo con tal de agradar al amo.
—Lo sé. —Morato se endereza—. Bien. Sal, y aguarda fuera. Que te den de beber y de comer, que has hecho bien en v. enir tú mismo
El patrón se inclina, aliviado, y sale. Y en cuanto la cortina cae tras él, Morato se vuelve hacia el viejo consejero, y ya es otro hombre: los ojos garzos, un momento antes dormidos, están del todo despiertos.
—Los rumores eran ciertos —dice en voz baja—. Malta tiene la pestilencia. La gran mortandad ha entrado en la casa de los caballeros. —Da un paso alrededor de la mesa—. Non hay otra lectura. Torres sin vigías, galeras en cura en verano, muelles vacíos, un cañón de miedo tirado por manos que ya non son bastantes para servir las baterías. Esa isla non está fuerte. Esa isla se está muriendo de dentro, y las murallas mienten por ella.
—Es cosa grave, señor —dice el viejo—. Y buena para nosotros, si es cierta. Malta sin brazos es Malta sin escuadra. Y sin la escuadra de la Religión, este mar se abre como una granada madura.
—Eso non lo decido yo. —Morato mira hacia el norte, hacia donde estaría Constantinopla si las paredes no estorbaran—. Esto es harina de más alto horno. Llama al escribano. Se le ha de escribir esta misma tarde a Cicala Bajá, Kapudan Bajá de la flota del Sultán, que Dios alargue sus días. Todo lo que este hombre ha visto, y lo que yo he deducido, ordenado y claro. Que el Gran Almirante lo tenga en su mesa cuanto antes.
El viejo inclina la cabeza, pero duda un punto.
—¿Y aguardamos su respuesta, señor, antes de mover nada?
—No. —Morato lo dice sin dudar—. Non podemos aguardar una luna a que la carta vaya y venga. Para cuando Cicala conteste, si esto es verdad, ya se habrá pasado la sazón. Empezaremos a prepararnos desde hoy: reunir gente, aparejar cascos, juntar bastimento. —Ve la objeción en la cara del viejo y se le adelanta—. Ya sé lo que vas a decirme. Que si me equivoco, o si en Constantinopla deciden otra cosa, habré gastado en balde, que a los hombres reunidos hay que pagarles aunque non zarpen, y eso es plata perdida. Lo sé. —Sonríe apenas, y es la primera vez que sonríe—. Mas yo sé qué me va a contestar Cicala tan bien como si ya tuviera la carta en la mano. Un genovés que se hizo turco para llegar a lo más alto non deja pasar una Malta enferma. Ninguno de los dos lo dejaríamos. —Se pasa la mano por la barba de alheña—. Me arriesgo. La plata se recobra. La ocasión, non.
No pasan seis horas. Cuando el sol empieza a bajar, la carta está escrita, corregida, leída dos veces y sellada; el mensajero, escogido y presto; su bagaje, su agua y sus cartas de paso, todo dispuesto. Que Morato Arráez, que no sabe leer más que las estrellas y la mar, sabe una cosa mejor que muchos príncipes de mucha letra: que las batallas no las ganan los valientes, sino los avisos que llegan a tiempo, y que un ejército vale lo que valen sus correos.
Y hace entonces algo que asombra a los suyos: baja él mismo al puerto. Un hombre de su rango no pisa los muelles, que para eso tiene gente; pero Morato se crió descalzo en una playa y en un banco de remo, y en los muelles se mueve como el pez en el agua, y no le da vergüenza que lo vean. Abajo, amarrada y lista, aguarda la nave del aviso: una fusta ligera, larga y baja, de un solo palo con su vela latina plegada en la entena, fina de casco y hecha para volar, con sus bancos de remo por si el viento falta y su gente escogida, poca y buena. No lleva cañones que la carguen: lleva prisa, que es su única arma.
—El mar te lo guarde —le dice Morato al mensajero, ya en la plancha—. Non llevas oro ni pólvora. Llevas algo que vale más: un día de ventaja. Piérdelo, y habrás perdido una guerra. Dime, ¿por dónde piensas subir?
El mensajero, un hombre seco de ojos rápidos que ha hecho esa ruta más veces de las que recuerda, responde de corrido, como quien recita un rezo:
—Del tirón hasta Creta, señor, mar abierto, tres o cuatro días con este viento del sudoeste, y a remo si calma. Dejo Creta por el sur, bien al sur, sin acercarme a las guarniciones de Venecia. De ahí salto a las islas, de cala en cala por las Cícladas, que en cuanto asome una vela cristiana me escondo tras una punta. Hago escala en Quíos, que es del Sultán, a mudar la gente cansada y quizá el casco por otro fresco. Y de Quíos, arriba, a la boca de los Dardanelos, y pasados los castillos ya estoy en casa: por el mar de Mármara, plácido, hasta el Cuerno de Oro y los muelles de Gálata, a los pies del palacio. Dos semanas, señor, si Dios quiere. Menos, si aprieta el viento.
Morato asiente, que la ruta es la que él mismo trazaría. Pero levanta un dedo.
—En Creta, ojo. —Y baja la voz, aunque no hay quien lo oiga—. Esa isla es de los venecianos, y los venecianos ni son amigos ni son enemigos, que es peor: son mercaderes, y un mercader te vende al mejor postor. Non te fíes de su bandera. Haz tu aguada de noche, en las calas del sur que ya conoces, esas donde non llega el brazo de sus guarniciones, y sal antes de que amanezca. Un aviso apresado non es un aviso: es una condena. Para ti y para muchos. —Le pone la mano en el hombro, breve—. Anda con Dios, y que el Altísimo hinche tu vela.
La fusta larga amarras, saca los remos, y se desliza fuera del puerto de Trípoli con las últimas luces, poniendo la proa al norte, hacia el corazón del Imperio. En la orilla, Morato Arráez la mira alejarse hasta que es un punto, y luego vuelve la cara al oeste, hacia una isla que no ve pero que ya tiene marcada en la mente como el cazador marca el rastro: una isla dorada y hermosa que se está muriendo, y que quizá, si Dios quiere y Cicala responde lo que ha de responder, esté madura al fin para caer.
Es el sexto día en Malta y en el puerto se respira algo que no se respiraba: no alegría —para eso falta mucho—, pero sí una tregua. En la playa de los hombres, junto a la mesa, se llega el veedor Fenech con un papel en la mano. Es el mismo que un invierno atrás, a regañadientes, enseñó a Bruno las letras y los números; ahora lleva la cuenta más triste de Malta, la de los muertos del día, y viene a entregarla.
Se la tiende a Baltasar, que es quien organiza. Baltasar la coge, la mira, la vuelve del derecho y del revés, y acaba pasándosela a Bruno con media sonrisa, que él sabe de peste y de hombres, pero de letras no sabe una.
—Léela tú, rapaz, que yo estas patas de mosca non las descifro.
Bruno la lee. Y lo que lee le ensancha el pecho.
—Cincuenta y cinco, ayer —dice—. Y anteayer sesenta y uno. Y antes, sesenta y cuatro. —Alza la vista—. Baja, Baltasar. Cuatro días seguidos baja.
Baltasar cierra los ojos un momento y da gracias a su Dios, que aunque ya no lo nombre en voz alta, sigue siendo el mismo que lo trajo vivo de Bujía. Fenech, el veedor, asiente con una gravedad cansada, orgulloso a su manera de que aquel mocoso al que él le puso la pluma en la mano lea hoy las cuentas mejor que él. Se dispone a marcharse. Pero antes, ya de espaldas, lo dice como quien no quiere:
—Ah. Uno de los de la lista es un paje de palacio.
Y se va.
Bruno y Baltasar se miran. No hace falta que ninguno hable. Los dos saben lo que significa esa línea perdida entre cincuenta y cinco: que la peste ha entrado en el palacio del Gran Maestre. Habían muerto ya soldados en los cuarteles —mas la soldadesca es gente de disciplina, y en cuanto vio caer a los primeros tomó sus medidas por su cuenta, que un tercio sabe cerrar filas contra lo que sea—. El palacio, no. El palacio, con sus alfombras y sus tapices y su servidumbre hacinada, ha seguido viviendo como si la muerte fuera cosa de la gente baja. Y no lo es.
—Hay que subir —dice Baltasar—. Hoy mismo. Al palacio le hacen falta un régimen y unas ordenanzas como a toda la isla, o ese primer paje será el primero de muchos, y de más alcurnia.
Suben a palacio y piden ver al Gran Maestre a toda prisa. Verdale los recibe en su cámara, con el pie descalzo sobre el escabel, el dedo gordo hinchado y reluciente, crispándose de cuando en cuando aunque nadie lo toque.
—Menos mal que os tengo aprecio —gruñe, a modo de saludo—, porque esto de que un cristiano nuevo y un rapaz medio podenco quieran verme con tanta prisa non es cosa que le pase a un Gran Maestre todos los días. Habrá de ser grave. Hablad.
—Es grave, mi señor —dice Bruno—. Venimos porque ha habido el primer muerto en palacio. Un paje.
Verdale frunce el ceño.
—¿Cómo va a ser? Si la peste afloja. Tú mismo me traes las cuentas: baja, baja cada día. Y aquí, en mi casa, non había caído nadie.
—Baja donde hay medidas, mi señor —dice Baltasar, con cuidado—. Baja en la ciudad vieja, que hemos purgado; en la Ciudad Nueva; en las playas. Mas aquí, en palacio, non hay medida ninguna. Aquí se vive como se vivía. Y la peste va justo adonde nadie la espera.
—¿Y qué medidas proponéis? —Verdale entrecierra los ojos, ya receloso—. Porque os aviso desde ya: non me trago eso de vestirme de muerto y raparme las barbas como un galeote. Al Gran Maestre de la Religión non lo vais a pasear por ahí en camisón de lienzo y con la cabeza pelada. Eso ni hablar.
—No, mi señor —dice Bruno, y casi le hace gracia—. Vos tenéis mudas de sobra, non os hace falta el lienzo. Para vos bastaría con otra cosa: la ropa que os hayáis de poner un día, se sumerge la víspera en el mar, y quizá se le echa un poco de vinagre, y se seca. Con eso. Y en cuanto a los baños… —mira a Baltasar— los baños quizá se os puedan dar aquí, en palacio, en una tina, sin ir al mar.
Verdale pone tal cara de asco ante la idea de la tina que Bruno se ablanda.
—O quizá —añade— eso lo podemos saltar. Pero solo en vos, mi señor.
—Eso ya me gusta más —concede Verdale.
—Mas hay otras cosas, mi señor, y esas non son plato de gusto de nadie.
—Dime, rapaz. —Y ya lo mira mal, porque ha aprendido que cuando este niño baja la voz, viene lo peor.
—Hay que dejar la servidumbre en lo mínimo. Los que non sean del todo imprescindibles han de salir de palacio, darse los baños, y pasar a la Ciudad Nueva con los demás. Y los pocos que se queden a serviros, con vos el menor tiempo posible, y limpios.
Verdale resopla.
—Ya me quitasteis a Grazia, la mejor cocinera del Mediterráneo, para que fregotee a las lavanderas en una playa. Y ahora me vaciáis la casa. —Se mira el pie hinchado—. En fin. Puedo consentirlo. Al parecer a este maldito pie le vendrá bien que yo modere la mesa, que los médicos me lo dicen y non les hago caso. Sigue. ¿Qué más?
—Hay que avinagrar todos los muebles, mi señor. Tabla por tabla.
—Bien, bien. Eso tampoco es tan malo; peor huele lo de fuera. ¿Algo más?
—Una cosa más, mi señor. —Bruno traga—. Los textiles. Hay que quemarlos.
Verdale hace un gesto de fastidio, pero no de alarma.
—Bah. El servicio pasará incomodidades, se quedará sin mantas y sin cortinas un tiempo. Mas en verano se aguanta. Sea.
—Non me habéis entendido, mi señor. —Bruno se levanta, va hasta la ventana, coge en la mano el borde de una cortina, y luego señala, en la pared, un tapiz de Flandes enorme, de los de cacería, que vale una galera—. Todos los textiles. Esos también.
Verdale se yergue en el sillón, y el dolor del pie se le olvida de golpe.
—¡Ah, no! ¡Eso ni hablar! —Y ya no gruñe: truena—. ¿Quemar mis tapices? ¿Sabes lo que es esa pieza, mocoso? ¿Sabes de dónde viene, lo que costó, cuántos años tardó en tejerse? ¡Eso son cien años de arte, non son unas sábanas de criado! ¡Antes quemo el palacio entero que un solo hilo de esos paños! ¡Que la peste me lleve a mí antes que a ellos!
Se hace un silencio. Baltasar mira a Bruno, y Bruno, que ha aprendido de Lesco que a los señores no se les gana de frente sino de lado, cede un paso para ganar el trecho.
—Está bien, mi señor. Non los quemaremos. —Verdale afloja—. Mas non pueden quedarse donde están, colgados, cogiendo el mal. Hagamos esto: los descolgamos de las paredes, todos, con cuidado, y los guardamos enrollados en un almacén limpio, seco, fuera de palacio, lejos de todo enfermo, hasta que la pestilencia haya pasado. Y cuando pase, se sacan uno a uno, se remojan en agua dulce, se orean bien al sol, y se vuelven a colgar en su sitio, como si nada. Ni se queman, ni se quedan aquí criando muerte. ¿Os place así?
Verdale lo rumia, mirando su tapiz de cacería como quien mira a un hijo enfermo.
—Descolgados y guardados —repite—. Y devueltos a su sitio, uno por uno.—Sea, pues. —Se recuesta, agotado, y vuelve a acordarse del pie—. Descolgadlos con manos limpias y con miedo de Dios, que como me rasguéis uno, os mando a los dos a remar con los turcos. —Cierra los ojos—. Un moro y un niño mandando en mi casa, quemándome las mantas y desnudándome las paredes. Si mi antecesor levantara la cabeza… En fin. Andad, y haced lo que tengáis que hacer, que a vosotros dos, Dios me perdone, ya os hago más caso que a mis médicos.
Y así, mueble a mueble y paño a paño, el régimen entra por fin en el último rincón de Malta que se creía a salvo. Mientras, muy lejos, del otro lado del mar, una fusta ligera surca ya las aguas de Creta con una carta en la bodega que habla de esta misma isla, de sus torres mudas y de su debilidad — y que no sabe, ni le importa, que la isla ha empezado a curarse justo el día en que el correo salió a delatarla.
Han pasado quince días desde que la fusta se llevó la carta, y otros quince, poco más o menos, habrá que aguardar la respuesta. Un mes entero colgando de un correo. Pero Morato Arráez no es hombre de aguardar con las manos en el regazo, y Trípoli, en ese mes, se ha convertido en una olla al fuego.
El puerto hierve de la mañana a la noche, y hierve de todo. Es un hervidero de colores y de lenguas que marea al que no está hecho: turcos de turbante y babuchas, moros de la ciudad, bereberes del interior bajados con sus mulas, judíos de gorro amarillo que llevan las cuentas de medio mundo, negros del otro lado del desierto cargando fardos, renegados de todas las cristiandades que ya no saben ni de dónde vinieron. Junto al muelle, a la sombra de un porche, está la casa de café, con su humo dulce y amargo escapándose por la puerta y su clientela sentada en cuclillas sorbiendo de tacitas diminutas un brebaje negro como el pecado; y en la entrada, atado por la cintura a una argolla, un monito de Berbería con un gorrito colorado hace cabriolas y tiende la mano a los que pasan, a veces les roba un dátil y trepa al alero a comérselo entre chillidos, mientras el dueño lo maldice y la parroquia se ríe. Alrededor, los puestos ambulantes despiden un humo distinto, de cordero en brasa, de garbanzos, de pan ácimo, de pescado frito en aceite dudoso, y quien tiene hambre y una moneda come de pie, mirando el trajín.
Y sobre todo se grita. Nadie regatea como un mercader bereber, que hace del vender un teatro de plañidera. Uno, con un rollo de paño en las manos, se lleva la otra a la frente ante un comprador que le ha ofrecido poco:
—¡Ay de mí, ay de mi casa! ¿A ese precio quieres llevártelo? ¡Pero si me cuesta más el hilo! ¿Tú qué quieres, hermano, que mis hijos se acuesten llorando de hambre esta noche por tu culpa? ¿Que mi mujer me eche de casa? ¡Antes se lo regalo a un perro que dártelo por eso! —Y cuando el otro amaga con irse—: ¡Espera, espera, vuelve, desalmado, que un trato es un trato…! —Y lo vende, por poco más de lo que ofrecían, y los dos quedan contentísimos, que ese es el juego.
Pero por debajo de todo aquel color, de aquel bullicio de feria, corre otra cosa mucho más seria, y quien tiene ojos la ve. Entre los puestos y los cafés se mueve gente que no ríe ni regatea: los hombres de Morato, organizando la razia. En un rincón del muelle, sobre una estera, un reis viejo con una lista y una bolsa recluta gente, y a su alrededor se apiña una cola de hombres duros —marineros sin nave, soldados sin guerra, aventureros con hambre—.
—¿Sabes remar? —le pregunta a un mocetón.
—Sé remar, sé tirar de arcabuz y sé degollar, si hace falta.
—Lo primero basta y sobra. —El viejo escupe—. Óyeme bien lo que se ofrece, y non digas luego que non te avisaron. Se va a una isla del norte, cristiana, rica, con más plata en sus iglesias que arena en esta playa. Y se va ahora que está tocada de una desgracia que la ha dejado sin brazos: sus galeras non salen, sus torres están ciegas, su gente se muere sola. Es fruta caída, muchacho. El que vuelva, vuelve con la faltriquera llena y un par de cautivos que vender. El que non vuelva… —se encoge de hombros— Dios sabrá lo suyo. ¿Te apuntas o non?
—¿Y cuándo se parte?
—Cuando el amo lo diga. Pronto. Tú apúntate y come caliente hasta entonces, que de eso también se encarga él.
El mozo se apunta. Y detrás de él, otro, y otro. Entran y salen del puerto barcas y saetías que corren las costas cercanas trayendo lo que un asalto necesita: hombres de las cabilas, tropa, pólvora en barriles, bizcocho, cuerda de mecha, tablazón, y esa marea de pertrechos que se junta despacio, día a día, para un solo golpe. Trípoli entera, sin decirlo, se está afilando como un cuchillo.
Y una tarde, entre las naves que atracan, vuelve una saetía de aspecto humildísimo, de esas que pasan por pescadores de cualquier parte, con media docena de hombres a bordo que hablan griego cuando conviene y no llaman la atención de nadie. Fondea sin ruido, sus hombres suben derechos a la residencia de Morato.
En la sala de las esteras, el corsario los recibe de pie, con su consejero al lado.
—Habla. ¿Llegasteis?
—Llegamos, señor, y volvimos, alabado sea Dios que nos guardó. —El que habla es un hombre menudo y correoso, de ojos de zorro—. Costeamos Malta a plena luz, despacio, como quien pesca, y luego otra vez al caer la tarde, y pasamos por debajo de tres de sus torres de vigía, tan cerca que se les veían las almenas. —Sonríe, y le faltan dientes—. Y nada, señor. Ni un fuego. Ni un humo. Ni una campana. Nadie nos cantó, nadie nos salió al paso, nadie dio la voz. Pasamos bajo sus atalayas como pasa el gato bajo la mesa del muerto. Esa isla sigue ciega, señor. Sea lo que sea lo que le corroe por dentro, aún non le ha dejado ojos para mirar el mar.
Morato escucha, quieto, con los párpados pesados sobre los ojos garzos. No sonríe. Solo asiente una vez, despacio, y se vuelve hacia su consejero.
—Lo veis. Non era un mal día suelto de los caballeros. Es lo suyo, y les dura. —Camina hasta el ventanuco que da al puerto, a todo aquel hervidero de hombres y de pertrechos que se juntan para caer sobre una isla que no puede ni verlos venir—. Que sigan llegando hombres. Que non falte pólvora ni bizcocho. Y cuando llegue la respuesta de Constantinopla —y llegará, y dirá lo que ha de decir—, non quiero perder ni un día en aprestarme. Quiero estar ya en pie, con la vela a medio izar. —Se acaricia la barba de alheña, mirando el norte que no se ve—. La presa está enferma y ciega, y no sabe que la miran. Non hay mejor momento para el lobo que ese: cuando el cordero se cree a solas.
