Bruno Carpa.

Salitre, hedor y pólvora.

Al carromato que los ha traído desde Lyon lo llaman en España galera: un carro largo y entoldado de lona encerada, tirado por seis mulas, que huele a sebo de eje, a paja vieja y al sudor dulzón de las bestias. Bruno ha pasado en él semanas enteras, aprendiendo los caminos por la nariz mientras Tristán dormita con la espada entre las rodillas: el hielo de los pasos de Saboya, que no huele a nada y por eso da miedo; los pinares de la Toscana, resinosos como una iglesia nueva; el polvo antiguo de los caminos romanos, que sabe a piedra molida. El niño ignora todavía que la palabra galera tiene hermanas en el mar, y que ninguna de ellas huele a paja.

Viajan por tierra porque el mar está cerrado. Eso ha dicho el señor de Lesco al partir, y a Bruno le ha parecido cosa de brujos: que el mar tenga puertas, y que alguien las cierre.

Al cabo del camino, una tarde de invierno, la galera de tierra corona una cuesta y abajo aparece Nápoles: un derrame de casas ocres apretadas contra el agua, una montaña que humea al fondo como un brasero mal apagado, y un puerto erizado de mástiles bajo las torres pardas de un castillo. Ciudad del rey de las Españas por herencia de la Corona de Aragón, como tantas cosas en este mar, donde los reinos se ganan con galeras y se guardan con galeras.

Pero eso Bruno no lo sabe ni le importa. Lo que a él le llega, cuesta abajo, mucho antes que el ruido del puerto, es el olor.

Bruno creía saber de pescado. Se ha criado a la sombra del mercado de Lyon, ha dormido en barriles que sudaban salmuera, y su nariz tenía al pescado viejo por cosa medida y conocida, un enemigo doméstico. Pero aquello era pescado de río, agua dulce y mansa. Esto es otra inmundicia, más honda y más antigua.

El puerto de Nápoles huele a animal marino muerto en todas sus edades: al reluciente recién sacado, al de ayer que ya empieza a volverse gris, al de hace un mes hecho pasta en el fondo de las barcas; huele a alga podrida al sol, a sal, a brea caliente, a cáñamo mojado, a orines de mil hombres contra el mismo muelle. Bruno va aprendiéndolos uno a uno, como quien deletrea, agarrado al pescante del carro.

Y entonces, por debajo de todo, lo encuentra.

Viene de lejos, de una embarcación amarrada aparte, en el extremo del muelle, sola como una apestada; y es que nadie en su sano juicio arrima la nariz a donde ella está. No es olor de pescado ni de cosa del mar. Es olor de hombre. De hombres pudriéndose en vida: mierda vieja cocida en madera, sudor de años, sangre ensebada en el hierro de las cadenas, y una dulzura enferma, de carne llagada, que se pega al paladar como el sebo frío.

—El mar tiene dos tiempos, rapaz —dice de Lesco, que le ha visto la cara—. Del abril al otoño corre el Mare Apertum, el mar abierto: entonces las galeras salen a cazar y a ser cazadas. Cuando los temporales cierran el agua viene el Mare Clausum, y las galeras tornan a puerto como bestias heridas a su cueva: se les saca la chusma a invernar a tierra, encadenada en los baños, y a la nave se la limpia, se la calafatea y se le curan las cuadernas, que también los barcos tienen carne. Aquella que hueles está en esa cura. Vacía está. Y aun vacía, ya ves cómo llama.

Bruno mira la nave lejana, luego al caballero, y el terror le sube a la cara antes que las palabras: los ojos muy abiertos, la nuez subiendo y bajando en el cuello flaco, las manos agarradas al borde del pescante como garfios.

—Non iremos a Malta en esa nave. ¿Verdad, mi señor?

De Lesco suelta la carcajada, ancha, de las que espantan gaviotas.

—Non, rapaz, non iremos en ella. —Y la risa se le apaga en algo más serio—. Mas guarda bien ese olor. Grábalo donde se graban las cosas que non se olvidan, porque ese será tu oficio desde hoy hasta el fin de tus días. Ese olor has de buscarlo en el viento, dormido y despierto, con mar buena y con mar mala. Esa será tu caza, tu pan y tu existencia misma. ¿Hasme entendido?

Bruno no responde. Está oliendo.

De Lesco se saca de la manga un pañuelo de holanda y se lo tiende.

—Toma, y tápate las narices, que vamos a visitarla.

El niño se anuda el pañuelo sobre la cara, y el remedio resulta ser un país entero. Porque el lienzo guarda, para una nariz como la suya, la crónica de su dueño: un perfume de jazmín —no el espliego de la mujer de Lyon: otra mujer, otra ciudad—; el rastro agrio y noble de una gota de vino con que el caballero debió de limpiarse el aliento; y por debajo, hondo y animal, un olor penetrante que tienen las mujeres entre las piernas, que Bruno conoce de las callejas de su infancia sin saber ponerle nombre, y que le resulta, sospechosamente, agradable. Camina tras el señor de Lesco oliendo aquello, confuso, medio mareado, sin decidir si el pañuelo lo protege o lo pierde.

Y así, con la nariz envuelta en jazmín y en mujer, ve Bruno por primera vez una galera.

Está amarrada de costado al muelle muerto, escorada adrede sobre una banda para descubrir los fondos, desarbolada, con las entenas y los remos apilados en tierra como huesos de un animal desarmado. Es larga y baja, indecentemente larga para lo poco que alza sobre el agua: una lonja de madera de más de cuarenta pasos, hecha toda ella para el remo, con su espolón a proa apuntando al mar como un dedo. A Bruno le recuerda —y no sabe cuán justa es la palabra que se le ocurre— a una araña: la caña del espolón por delante, el casco angosto como un cuerpo, y los remos, cuando los tenga, por patas.

Sobre ella y por sus costados trabaja una cuadrilla de hombres, y todos, todos sin excepción, llevan la boca y la nariz tapadas con trapos empapados en vinagre. Unos rascan los fondos, arrancando a hierro una barba de algas y escaramujos; otros repasan las cuadernas y cambian maderas podridas, que la carpintería suena a golpe seco por toda la nave; los calafates, a caballo sobre las costuras, van embutiendo estopa a golpe de mazo y hierro, junta a junta, con un martilleo de pájaro carpintero, y detrás viene el de la brea hirviendo, sellando cada vena con su cazo, envuelto en un humo negro que huele a infierno honrado. En la crujía —esa calle de tablas que corre de proa a popa por el espinazo de la nave— dos hombres baldean a cubos el agua de la sentina, y cada cubo que vuelcan por la borda hace apartarse a los demás.

Porque ese es el secreto que Bruno entiende de golpe, allí parado en el muelle, con el pañuelo en la cara: la chusma no está —los bancos vacíos, las cadenas colgando de los remiches como culebras mudadas—, y sin embargo la nave apesta como si trescientos hombres siguieran encadenados a ella. Los hombres se han ido; el olor, no. Veinte años de remeros han sudado, sangrado, cagado y muerto sobre esas tablas, y la madera se lo ha bebido todo, año tras año, como bebe la sal. Ya no es olor que esté en la galera. Es la galera.

Bruno baja el pañuelo, despacio, sin que nadie se lo mande, y respira entero, una vez, aquello que hace llorar a los calafates. Grabándolo. Donde se graban las cosas que no se olvidan.

—Ahora hemos menester quien nos lleve a Malta —dice de Lesco, echando a andar muelle adelante—, que el mar non se cruza andando, nin la Religión manda galeras a recoger huérfanos de Lyon.

Buscar pasaje es tratar de dinero, y un señor jamás trata de dinero: lo guarda, lo gasta y lo calla, pero no lo mienta. Para eso está Tristán. Por eso el servidor camina como siempre, unos pasos por detrás, y sin embargo es él quien trabaja: cada vez que de Lesco se detiene y vuelve apenas la cabeza, Tristán se adelanta sin palabra, sigue la línea que apunta la barbilla de su señor —esa barca, aquel patrón, aquel almacén— y va a preguntar, a regatear y a jurar en dos lenguas, mientras el caballero mira el mar con aire de no necesitar nada de nadie. Así funciona el mundo, va aprendiendo Bruno: el que manda señala, el que sirve habla.

Es siguiéndolos, entre fardos y cordajes, cuando Bruno los ve por primera vez de cerca. Vienen en reata por el muelle, de dos en dos, arrastrando una cadena que rasca la piedra: los forzados, la chusma de las galeras, que el invierno ha vaciado de los bancos y el rey emplea en tierra mientras el mar está cerrado, acarreando piedra y jarcia por no mantenerlos ociosos. Van rapados a navaja, cráneo y barba, que así se distingue al forzado del esclavo turco, a quien dejan el mostacho y una guedeja; visten camisones de jerga parda, tiesos de mugre, y bonetes colorados que son la única alegría que la ley les consiente. Los hay de toda cosecha, y Tristán se los va nombrando a media voz, como quien enseña pájaros: ladrones de Sevilla y de Génova, blasfemos, desertores del tercio, gitanos condenados por serlo, algún morisco, y los esclavos de presa, moros y turcos tomados en el mar, que reman contra los suyos. Unos vinieron por sentencia de juez, "a galeras por seis años", que pocas veces se cumplen porque el remo mata antes; otros por hambre, que también hay quien se vende al banco por la paga, y a esos los llaman buenas boyas y son los más tristes de todos, porque nadie los obligó.

Pasan junto a ellos, y Bruno los huele uno a uno: son la galera repartida en raciones de hombre. Cada cuerpo lleva consigo su porción del hedor del barco —el sudor viejo, el hierro, la llaga— como llevan la cadena.

Ellos también miran. No con odio, que el odio pide fuerzas, sino con esa curiosidad lenta y sin fondo de las bestias en el establo, tasando la capa del señor, la espada del criado, la carne del niño. Uno de ellos, al cruzarse, vuelve la cara: le falta el ojo izquierdo, y la cuenca, mal cerrada, es una fruta oscura que supura por las costuras. A Bruno el olor le llega antes que la lástima, y lo reconoce en seguida, sin querer: es el olor del gusano, de la moscarda blanca que en el mercado de Lyon hervía en los animales muertos cuando nadie los retiraba a tiempo. Aquel ojo está siendo comido, y el hombre camina, y carga su piedra, y vive. Bruno aparta la vista y por una vez desearía la nariz de los demás.

V. La saetía

Dos o tres indicaciones después —un cómitre que señala con la vara, un pescador que escupe antes de contestar—, dan con lo que buscan en el muelle de levante: una saetía genovesa, fina de casco y baja de bordas, con sus dos palos y las entenas largas de las velas latinas cruzadas como espadas de tijera. No es nave de guerra ni de lujo, sino de trato: de las que hacen el cabotaje de Nápoles a Mesina y de Mesina a Malta con aceite, lona y pasajeros de fortuna, y que por ser velera y ligera se atreve con el invierno cuando las galeras duermen. Huele a sentina honrada, a aceite derramado, a madera mojada y a cabra, que alguna lleva a bordo; después de lo que Bruno ha olido esa mañana, casi perfume.

Tristán se adelanta, como siempre. Al pie de la plancha, un marinero descalzo pelea con un barril más terco que él, haciéndolo rodar de canto para estibarlo.

—Dios guarde, hermano —dice Tristán—. ¿Es esta la saetía que hace la vía de Malta?

—Esta es, si Dios y el griego quieren —resopla el marinero, sin soltar el barril—. Subid por la plancha y preguntad al patrón, que anda a popa con las cuentas.

Pero apenas Tristán pone el pie en la plancha, una sombra se la cierra. Es un hombre enorme, que parece haber sido más enorme todavía: una barba que ya no es del todo negra, un pelo que ya no es del todo melena, y unos brazos anchos que ya no son del todo músculo, como si el tiempo hubiera empezado a cobrarse la deuda pero el deudor aún pudiera romperle la cara al cobrador. Se planta en mitad del paso con los pulgares en la faja, sin prisa, con la tranquilidad del que sabe que nadie sube si él no quiere, y los mide a los tres de arriba abajo, deteniéndose un punto en la espada de Tristán y otro punto, más largo, en la capa del señor.

—¿Qué se les ofrece a vuesas mercedes? —pregunta. Y lo pregunta como se cierra un puerto: con toda la cortesía y con toda la piedra.

A Bruno, desde abajo, le llega su olor: brea, sal, ajo, vino tinto y sudor limpio de trabajo. Después de los forzados, es casi el olor de un hombre feliz

—Buscamos pasaje a Malta para mi señor —dice Tristán, midiendo al gigante sin bajar los ojos, que en su oficio bajar los ojos es empezar a perder.

—¿Y el patrón que me han dicho que anda a popa?

—Hablando estáis con él, que las cuentas ya están hechas. —El hombre escupe al agua por encima de la borda, sin prisa, y de reojo le echa el ojo a la capa del señor de Lesco, tasando el paño como antes el marinero tasaba su barril—. Malta cae lejos, hermano, y el invierno viene duro. Mi saetía va cargada de aceite hasta las bordas y aquí se duerme en cubierta, entre las tinajas. Si vuestro señor quiere cama de plumas, non es este su barco; si lo que quiere es llegar vivo, habrá de partir el rancho con la cabra y pagar por adelantado. ¿Sigue queriendo subir vuesa merced?

—Sigue —responde Tristán, sin mudar el gesto—. Y oíd cómo ha de ser. El niño y yo dormiremos en cubierta de buena gana, que non somos de carne delicada; bástenos una lona encerada, de las que non calan cuando llueve, y quedamos pagados. Mas mi señor ha de dormir a cubierto, como a su estado conviene. Dadle techo, y se os recompensará adecuadamente.

Al patrón se le mueve algo en la barba que ya no es del todo negra, y que bien pudiera ser una sonrisa.

Adecuadamente es palabra que me place, hermano —dice—. Háblame de qué entiendes tú por adecuadamente, y puede que esta noche duerma yo con mi gente y vuestro señor en mi camarote.

Lo que sigue es corto, como son cortas las negociaciones en que uno sabe lo que quiere y el otro sabe lo que vale. Hablan en voz baja, junto a la plancha; el patrón alza dos dedos, Tristán le enseña uno y luego cede medio más; hay un escupitajo en la palma y un apretón de manos que a otro le habría molido los huesos. De Lesco, durante todo ello, mira el mar desde el muelle con las manos a la espalda, como si el trato no fuera cosa suya —que no lo es, que para eso paga—. Y Bruno, que no pierde detalle, huele pasar el dinero antes de verlo: ese olor frío del cobre sudado en la faja, y debajo, más callado, el del oro.

Tristán baja la plancha y se llega a su señor con la cabeza inclinada.

—Ya está arreglado, señor. El patrón os cede su camarote; permitidme que suba antes a adecentarlo y ponerlo en razón, que estas gentes son de mar y non de limpieza. El niño y yo dormiremos en cubierta, con una buena lona encerada que nos guarde del mal tiempo, y así todos quedamos donde debemos.

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