Bruno Carpa.
Que les cueste.
Capítulo 27
Se oye antes de verse, es un trueno largo que viene del otro lado de la ciudad, de más allá de los tejados de la Valeta, y no se parece a ningún trueno del cielo: son las baterías de San Telmo y las de la orilla de enfrente disparando juntas, una y otra vez, sin descanso. En el foso, quince mil personas levantan la cabeza a la vez y se quedan escuchando.
Han entrado en el puerto. En lo alto de la loma que domina a un tiempo el campo y la bocana, aparece una llamarada y detrás una columna de humo negro que sube derecha en el aire quieto de la mañana.
—La señal —dice alguien, y la palabra corre zanja abajo más deprisa que un caballo.
Arriba, junto a la hoguera recién encendida, Hasán Calabrés no mira el humo: mira a sus tres mil, formados en las laderas, sucios, hambrientos, con la ropa endurecida de tres noches de piedra y sereno.
—Escuchadme bien, que esto ya non es lo que era. —Habla despacio, para que se lo vayan pasando de fila en fila—. Non bajamos a saquear. Ahí abajo non hay nada que robar, y aunque lo hubiera, non tenemos dónde meterlo. —Señala con la barbilla hacia el mar que desde allí no se ve—. Ahí detrás está lo único nuestro que queda a flote. Y para llegar a ello hay que pasar por encima de esa zanja. Conque non es botín, non es gloria y non es el Sultán: es esto, o quedarse en esta piedra hasta que nos coman los perros. —Se ajusta el cinto—. Cuando toquen, bajad. Y non paréis por nada.
Y bajan. Desde el foso los ven venir, y lo primero que nota cualquiera que haya visto un ejército alguna vez es que bajan mal: deprisa, sueltos, sin formación cerrada, con una prisa que no es de disciplina.
—Ojo —dice el maestre Anselmo, apoyado en el borde del parapeto—. Estos non vienen por el botín. Vienen por su vida.
—¿Y eso es bueno o malo?
—Malísimo, hijo. Un hombre que pelea por lo que se lleva se para a pensar. Un hombre que pelea por lo que le espera si non pasa, non se para. —Y se agacha detrás de la tierra y grita, con esa voz suya hecha en treinta años de cañonera—: ¡Abajo todo el mundo! ¡Las cabezas por debajo de la raya! ¡El que asome la coronilla, la pierde!
—Maestre —le dice Nardu, agachado a su lado—. ¿Y los cañones? Que hay ciento y pico ahí arriba, y non ha tirado ninguno.
Anselmo suelta un juramento que haría enrojecer a un cómitre.
—Los cañones están mirando el agua, hijo. Todos. —Señala con el pulgar hacia lo alto de las murallas, a su espalda—. Esta ciudad se hizo para guardar un puerto, y una pieza de batir non es una ballesta que se vuelve del lado que uno quiere: va asentada en su cureña, encarada a su cañonera, y esa cañonera mira adonde la abrieron hace veinticinco años. Para poner una sola de esas mirando al campo hay que desmontarla, sacarla, arrastrarla media ciudad, subirla al caballero de tierra y volver a asentarla. Con cuarenta hombres y una cabria, media jornada. Y eso las ligeras, que las gordas non se mueven en dos días.
—¿Y non se está haciendo?
—Se está haciendo desde antes de que amaneciera. —Anselmo escupe—. Tengo ochenta hombres allá arriba sudando con sogas y rodillos, y para la tarde tendré cuatro piezas encaradas a este llano. Cuatro. Y a mí non me da la gana prometer nada antes de tenerlas asentadas, que prometer artillería que non ha disparado es lo que hace que la gente se confíe y se muera.
Nardu asiente. Y entonces cae en la cuenta de lo otro, y se le pone mala cara.
—Maestre… si las ponéis ahí arriba y tiran hacia el campo… nosotros estamos en medio.
—Ya. —El viejo lo mira con esa paciencia agria de los que llevan toda la vida explicando lo mismo—. Vosotros estáis en medio. Entre mi muralla y el turco hay una zanja con quince mil cristianos dentro, y todo lo que yo dispare de aquí a esta tarde les pasará por encima de la cabeza. —Se toca la sien con el dedo—. Y una bala que sale un poco corta non pregunta de quién es la coronilla que se lleva.
—¿Entonces?
—Entonces tiraré largo, al llano, a los que estén formando lejos, y non tiraré nunca a los que tengáis encima. —Anselmo se ajusta el pañuelo del cuello—. Que quede claro y que se lo digáis a la gente, porque después nadie se acuerda: cuando el turco esté en el talud, la artillería non os va a ayudar. Ese pedazo de tierra es vuestro y non hay más que hablar. Lo defendéis vosotros con lo que tenéis en la mano, o non lo defiende nadie.
Los primeros doscientos pasos los hacen corriendo, y ahí empieza a ocurrirles lo que nadie les ha explicado.
Primero se caen. Uno, luego cuatro, luego docenas, sin que nadie les haya disparado todavía: se sientan de golpe en la hierba agarrándose un pie y gritan de una manera que hiela. Son los abrojos que Nardu forjó a puñados y que se sembraron por todo el llano hace nueve días. No se ven. Están en todas partes. Un hombre con un abrojo clavado en el pie no pelea, no corre y no calla: se sienta y grita, y con eso le rompe la carga a los que vienen detrás.
Después llegan a las brazadas de zarza y espino amontonadas al pie del talud, y ahí ya no se puede correr: hay que apartar, y apartar lleva tiempo. Y encima del talud están las estacas aguzadas, tan juntas que no se sube sin ensartarse o sin perder las manos.
Y sobre las estacas hay quince mil personas con montones de piedra cada veinte pasos.
—¡Ahora! —brama el sargento mayor.
Lo que cae sobre la primera oleada no es una descarga de arcabuces: es una isla entera tirando piedras. Miles de guijarros del tamaño de un puño, lanzados desde arriba por gente que lleva toda la vida tirándoselas a las cabras, a los perros y unos a otros. No matan casi a nadie. Rompen brazos, abren cabezas, hacen soltar el arma y, sobre todo, hacen agacharse — y el que se agacha delante de un talud de estacas ya no sube.
Los otomanos se retiran doscientos pasos y se rehacen. Han perdido un buen puñado de gente y no han llegado a tocar la tierra del parapeto.
En el foso alguien se ríe de puro nervio, y se le contagia a media zanja.
—Non os riais —dice el sargento mayor, recorriendo la línea—. Esta era la fácil. La que viene vendrá despacio y por donde non queremos.
La risa dura lo que tarda el enemigo en pensar.
Porque los otomanos no vuelven a subir el talud. Se quedan a doscientos pasos, y lo que hacen es desplegar por el llano, muy abiertos, a la gente de los arcabuces. Se echan cuerpo a tierra entre los ribazos y las matas, apoyan el cañón en una piedra, y empiezan a cobrarse la mañana.
Y en el foso, la gente sigue de pie.
Están eufóricos. Acaban de echar a un ejército a pedradas y se sienten invencibles: se suben al parapeto para tirar mejor, se asoman enteros, se burlan a gritos, se enseñan las partes, tiran la piedra y se quedan mirando dónde cae. Nadie les ha explicado que un arcabuz alcanza mucho más lejos de lo que alcanza un brazo.
El primero que cae es un mozo de Casal Zebug al que llaman Wenzu, hijo de pastores, que está de pie sobre la tierra con los brazos abiertos gritándoles algo en maltés que hace reír a cincuenta personas. Se calla en mitad de la palabra. Se sienta despacio, como si de pronto le hubiera dado sueño, y se cae hacia atrás dentro de la zanja.
Los que están cerca tardan un momento en entender lo que han visto.
Y para cuando lo entienden, ya han caído dos más.
—¡ABAJO! —El maestre Anselmo cruza el tramo a la carrera, empujando gente del parapeto a manotazos, arrancando a uno de la camisa—. ¡Abajo, hijos de mala madre! ¡Abajo he dicho! ¿Para qué creéis que habéis cavado nueve días? ¡Para non estar donde estáis!
—¡Es que hay que tirar, maestre!
—¡Se tira desde abajo! ¡Se tira sin mirar! ¡El que se sube a mirar dónde cae la suya, non ve caer la siguiente!
Se echan al suelo por fin, y a partir de ahí la mañana cambia de color. Porque ya no es una fiesta: es un tramo de tierra lleno de gente agachada oyendo cómo el plomo se hinca en el parapeto con un ruido sordo y menudo, chas, chas, uno cada pocos segundos, y de vez en cuando el chasquido distinto y feo del que no ha dado en la tierra.
Cae una mujer que iba encorvada con dos cántaros por el paso de atrás, y que ni siquiera estaba tirando piedras. Cae un viejo. Cae otro mozo. Y cada uno que cae lo hace sin aviso, sin ruido, sin que nadie sepa de dónde ha venido — porque a doscientos pasos el que dispara no se ve, y el humo de su tiro se lo lleva el viento antes de que llegue el estampido.
—Así los van a ir sacando de uno en uno toda la mañana —dice Nardu, con la espalda pegada a la tierra—. Y nosotros sin poder asomar.
—Pues asomad menos y matad más —contesta Anselmo—. ¿Non hay pastores aquí?
—¿Pastores?
—¡Pastores, con dos cojones! ¡Gente de cabras! —El viejo artillero se yergue de rodillas—. ¡Que me busquen a todos los pastores de este cuartel y del de al lado, y que traigan las hondas!
Los hay. En quince mil malteses del campo hay más pastores que soldados, y casi todos llevan la honda enrollada a la cintura desde que aprendieron a andar.
Y una honda, a diferencia de un brazo, se voltea con el cuerpo escondido y solo la mano fuera. Alcanza el doble de lejos, y la piedra llega con una fuerza que no tiene nada que ver con la de tirarla a pulso: llega a matar. En un cuarto de hora hay ochenta hombres agachados detrás del parapeto volteando hondas sobre sus cabezas, y en el llano, entre las matas, empieza a haber arcabuceros que se levantan de pronto agarrándose la cara.
Es un buen remedio y llega tarde.
Cuando el maestre Anselmo hace la cuenta a media mañana, el foso lleva treinta y un muertos y más de cien heridos, y casi todos han caído en la media hora en que la gente creyó que aquello ya estaba ganado.
—Apuntadlo bien, y que se sepa —le dice al escribano—. Que non los mató el turco: los mató la alegría.
Los heridos se amontonan detrás del parapeto más deprisa de lo que nadie se los puede llevar. Baltasar lleva desde el amanecer arrodillado en la tierra con las manos rojas de sangre ajena hasta el codo, y acaba mandando lo que hay que mandar:
—A los que se puedan mover, a la Enfermería. Deprisa. Aquí me estorban y allá los pueden coser.
Se arman parihuelas con lo que hay —astas de guadaña, mantas, dos remos partidos de los que trajeron los galeotes— y sale la primera partida hacia el portillo de la ciudad: cuatro hombres por camilla, y detrás los muchachos cargando cubos, vendas y lo que haga falta.
Bruno se pone a la cola con los otros y coge un cubo en cada mano.
Lleva toda la mañana sin servir para nada, y eso es lo que más le pesa. Porque su nariz, en un sitio como este, no vale un maravedí: hay pólvora quemada, mecha, tierra removida, sangre, orines, sudor de miles de personas y humo de todo lo que arde. Es la misma pared blanca de aquellos días de la mesa, solo que en vez de tapársela la gente se la tapa la guerra. Ha probado dos veces a buscar algo en el aire y las dos veces ha encontrado lo mismo: nada.
Así que carga dos cubos y echa a andar detrás de las camillas.
Grazia lo ve marcharse y no le dice nada, porque no hay nada que decir: es un muchacho acarreando agua detrás de unos heridos, que es lo más razonable que puede hacer un muchacho esta mañana, y porque ella lleva desde el amanecer repartiendo pan a tres mil personas y tiene otras ochenta cosas delante de los ojos.
La partida cruza el portillo y entra en la Valeta y Bruno no vuelve.
Nadie repara en ello. En una jornada así, un chaval que se queda ayudando en la Enfermería es lo normal, y hay cuatro mil personas moviéndose de un lado a otro. Solo Caterina, subida al terraplén con un haz de vendas contra el pecho, se queda mirando aquel portillo un rato larguísimo después de que la última camilla haya desaparecido por él.
Abre la boca, no le sale nada.
La segunda oleada llega media hora después, y llega como avisó el sargento mayor: despacio, y por donde no querían.
Porque hay un tramo malo, y Hasán Calabrés lo ha encontrado en la primera acometida. Doscientos pasos junto a la puerta de tierra donde la roca no dejó cavar y hubo que compensar subiendo terraplén con tierra acarreada de media legua. Allí la zanja apenas tiene tres pies. Allí el parapeto es más alto. Entran por ahí, lo que ocurre dentro de una zanja cuando la zanja se llena de enemigos no se parece a ninguna de las batallas que se pintan en los cuadros. No hay maniobra, ni frente, ni orden. Hay un pasillo de tierra de cuatro pies de hondo, apretado de pared a pared, donde no valen ni la geometría del maestre Anselmo, ni la cuerda, ni los cañones, ni el valor: vale el que tiene el brazo más largo y el hierro más pesado. Es un sitio para morir de pie y sin sitio para caer.
Pero en ese pasillo están ellos. Porque los mil galeotes que se quedaron a pelear en la cala hace nueve noches llevan tres días en Malta comiendo caliente, y no valen para marchar, ni para correr, ni para subir una cuesta. Pero están en la línea desde antes de que amaneciera, sentados en el suelo del foso con la espalda contra la tierra, esperando exactamente esto.
Y cuando les cae encima, se levantan. Es lo último que espera la gente que baja por el talud: encontrarse abajo con una fila de hombres rapados a navaja, medio desnudos, quemados de sol, con la argolla todavía remachada en el tobillo y un palmo de cadena colgando de cada pie — y que no retroceden. No es valor. Es que no pueden. Un hombre al que le han comido las piernas nueve años de banco no tiene adónde ir, y lo sabe, y por eso pelea de una manera que aterra: con unos hombros de toro y unos brazos hechos a tirar de un remo de doce codos, con un mazo de fragua, o una palanca de uña, incluso su propia cadena enrollada al puño.
Entre ellos hay uno enorme, un calabrés al que llaman Vito, que maneja la palanca con las dos manos como quien lleva un remo. Aquella noche, en la arena de la cala, se sentó a llorar de rabia porque no lograba acordarse de la cara del cómitre que lo había azotado durante nueve años. Esta mañana no le hace falta acordarse de ninguna cara. Se pelea en aquel pasillo un tiempo que nadie sabría medir. Desde arriba, la gente del foso hace lo único que puede hacer: tirar piedras hacia dentro con muchísimo cuidado, y sacar heridos con cuerdas. Y quien lo mira desde el borde ve, más que hombres, un revuelto de espaldas y de brazos que suben y bajan en un espacio donde no cabe nadie, y oye un ruido que no es de batalla sino de cantera.
La línea no cede. Ni un palmo. Y esa es la cosa más rara de aquella mañana, y la comenta después mucha gente sin acabar de explicársela: de todo el foso, el único tramo que non retrocede es justamente el de los que non podrían retroceder aunque quisieran.
Por allí anda el sargento mayor, entrando y saliendo del pasillo, recomponiendo lo que se descose, gritando lo mismo que lleva gritando nueve días.
—¡Non hace falta vencerlos! ¡Que les cueste! ¡Que cada palmo les cueste! ¡Non hay que ser bravos: hay que ser caros!
Es lo último que dice antes de caer. Lo suben en volandas y lo tienden en la tierra removida del borde. Nardu el herrero se arrodilla a su lado sin saber qué hacer con las manos. Alguien corre a buscar a Baltasar; Baltasar llega, se agacha, mira, y niega una sola vez con la cabeza.
Nardu se queda un momento quieto. Después se levanta, coge el mazo, se asoma al pasillo y grita con aquella voz de ultratumba que se le puso cavando:
—¡Ya lo habéis oído! ¡Que les cueste!
Y se lo devuelven doscientas gargantas a la vez.
También muere aquella mañana micer Falzon.
Muere en el tramo tercero, con una guadaña enderezada en las manos, defendiendo el borde de un parapeto que él ayudó a levantar a regañadientes después de que una cocinera lo mandara al cuartel segundo delante de ochenta personas. No dice nada memorable, porque casi nadie lo dice. Le da tiempo a soltar la guadaña y a sentarse en la tierra, y ahí se queda.
Lo encuentra Grazia dos horas después, al pasar con el agua. Se para. Se le queda mirando un rato largo.
—Se le daba mejor la guadaña que la azada —dice.
Y sigue andando, porque hay ochenta más esperando el cubo.
Cerca del mediodía llegan a los cuarteles cuatro hombres cargando una silla de manos.
Traen dentro al Gran Maestre de la Religión, con la púrpura, la cruz de ocho puntas al pecho y el pie descalzo e hinchado sobre un cojín, verde de dolor y agarrado a los brazos de la silla en cada bache. Manda que lo pongan en el sitio más visible del terraplén, donde lo vea la zanja entera, y allí lo dejan, con dos alabarderos al lado y ni un palmo de tierra por delante.
—Ilustrísima, aquí llega el tiro perdido —le dice uno.
—Aquí hay quince mil personas de las que respondo yo —contesta Verdale sin volver la cabeza—. Si non puedo pelear, puedo estar. Callad y sostened la silla derecha, que si me ven torcido pensarán que me han dado.
Y entonces, poco antes del mediodía, ven bajar a un jinete.
Viene de la loma alta, la de la hoguera, y baja el monte al galope tendido, saltando ribazos, con esa prisa de los que llevan algo que no puede esperar. Lo ve el foso entero, porque un jinete solo corriendo por una ladera pelada se ve desde media legua. Lo ven llegar al puesto de Hasán Calabrés. Lo ven pararse. Lo ven hablar.
Y no pasan tres credos antes de que empiecen a sonar los cuernos.
Los otomanos dejan de empujar en el tramo malo. Se descuelgan del talud, retroceden por el llano en orden, sin correr, recogiendo a los suyos, y se van cuesta arriba. Y no miran ni una vez a los cristianos: miran hacia atrás, por encima de la ciudad, hacia el mar que desde aquí no se ve.
—Se van —dice Bartolo, incrédulo, apoyado en las dos alabardas.
—Se van —repite Nardu, que todavía tiene la mano de un muerto entre las suyas.
—Se van —dice el maestre Anselmo—, y non porque los hayamos echado. A esos les acaban de decir algo. —Se queda mirando la loma, donde la hoguera de la señal se está apagando sola porque ya no la alimenta nadie—. Y les han dicho algo gordo.
Nadie entiende nada. Los de la zanja se quedan de pie sobre el parapeto, molidos, con las manos temblando, viendo alejarse cuesta arriba a un ejército que hacía una hora estaba a punto de meterlos en la tierra.
Y entonces alguien señala hacia atrás.
Por encima de los tejados de la Valeta, del lado del puerto, hay un resplandor. Enorme, naranja y quieto, que tiñe el humo de la mañana como no lo tiñe ninguna casa ardiendo ni ninguna batería del mundo. Y sobre él sube una columna negra, gorda, aceitosa, que se dobla hacia el mar y no se acaba nunca.
Quince mil personas se vuelven a mirarlo a la vez, y ninguna sabe leerlo.
Grazia deja el cubo en el suelo, se limpia las manos en el delantal y empieza a buscar con los ojos a lo largo de la zanja, cuartel por cuartel, cara por cara.
