Bruno Carpa.

Mar vieja.

Capítulo 14

La noticia corre por la escuadra más deprisa que el temporal. En pocas horas no hay cubierta ni tienda de campaña en Cabrera donde no se hable de lo mismo, y aunque todos los hombres de aquella flota tienen algo en Malta — una paga, una casa, un santo al que encomendarse —, los que de verdad lo tienen todo son los de la San Juan Bautista, que llevan tres años haciendo de aquella isla su tierra.

Cada uno se lo toma a su manera. Tristán, como si no fuera con él: sigue mandando estibar, revisando cabos, riñendo a un grumete por un nudo flojo, con una despreocupación tan aparatosa que se le ve la costura desde la otra punta de la playa — porque el hombre que no está preocupado no necesita demostrarlo cada media hora —. Lesco, en cambio, no disimula: se le ve ir de un oficial a otro, preguntar al alcaide de Cabrera qué sabe, cuándo llegó la barca de Sóller, si dijeron algo de las Tres Ciudades o solo de La Valeta; buscando, como busca siempre, la rendija por donde se pueda hacer algo.

Y Bruno está desolado. No sabe bien qué es la peste — nunca la ha visto —, pero sabe lo que sabe todo el que se ha criado en un puerto: que cuando ese mal muerde a una población, la arrasa. En las cubiertas se cuentan a media voz las historias verdaderas, que son peores que las inventadas: islas del Levante que quedaron vacías, sin un alma, con las casas en pie, las puertas abiertas, las ratas por dueñas, y que hubo que repoblar años después trayendo gente de fuera, como se repuebla un monte quemado. Bruno piensa en Grazia con su cuchara y su bolsa de pastelillos. Piensa en Caterina escribiendo letras en la ceniza. Y no puede pensar más allá, porque más allá está lo que no quiere pensar.

Esa misma tarde se convoca junta de oficiales en el castillo.

La llaman sala, pero de sala tiene poco: una pieza abovedada, encalada y chica, con dos saeteras por las que entra el rugido de la tormenta y un chorrito de agua que alguien ha puesto a recoger en un cubo; una chimenea con más hollín que leña; una mesa de tablones sin cepillar, bancos corridos y dos taburetes. Es lo que es: el único cuarto de una guarnición pobre donde caben veinte hombres sentados. Huele a piedra mojada, a salitre, a lana húmeda y a sebo. No hay comida ni vino sobre la mesa, y a nadie se le ha ofrecido; esto no es un banquete, es un sitio donde reunirse porque a bordo se está incómodo y con este temporal ni se oiría hablar.

Lesco entra el último, con Tristán detrás. Se sienta a la cabecera; Galiana toma asiento a su derecha sin decir palabra. Los demás — oficiales de la Religión, oficiales del Rey, patrones de las presas — esperan.

—Señores —empieza Lesco—. Parece que la campaña de este año se acaba, o cuando menos se detiene. Non es por falta de presas nin por temor al enemigo: es porque la Religión está en apuros más devastadores que si se tratase de una incursión otomana, y donde está el mal, ha de estar la casa. Pondremos proa a Palma, hablaremos con el comendador de Mallorca para descargar, tomar nuevas y esperar órdenes. Eso es todo.

Un murmullo recorre la sala. Primero es un roce de bancos y algún bufido; después, palabras ya sin disimulo, que se cruzan de un lado a otro de la mesa. Que a mitad de temporada. Que ahora que el mar da. Que con tres presas y el verano entero por delante. Que unos hicieron voto y otros firmaron contrata, y que en la contrata non venía volverse a casa por una fiebre. Porque esa es la verdad desnuda de una escuadra de corso: la fe es la bandera, pero el que se embarca lo hace por la parte, y a un hombre que se juega la vida por un tanto por ciento le duele en el alma que le cierren la feria a medias.

Galiana se levanta y descarga la mano abierta sobre los tablones.

El golpe suena como un cañonazo en aquella bóveda, y a Bruno, que está fuera en el pasillo con los pajes, le parece que retumba en la isla entera. Se hace un silencio que no ha hecho falta pedir. Cuando Galiana tiene algo que decir, se le escucha.

—Esto non es una junta sin vino—dice, y no alza la voz, que no le hace falta—. Somos una flota. Aquí non hay peticiones: hay órdenes. Quien non las cumpla se verá con la justicia de la Religión y con la del Rey, y ninguna de las dos es blanda. —Se frota los nudillos de la izquierda, despacio—. Podéis salir a preparar la partida. Zarpamos en cuanto la tormenta amaine.

La sala se vacía deprisa. Demasiado deprisa. No salen como sale la gente reñida, arrastrando los pies y rezongando: salen con prisa de tener otra conversación en otro sitio, y eso lo ven los dos hombres que se quedan sentados. Lo que la oficialidad hable esta noche en las tiendas y en las cubiertas no lo sabrá nadie. Pero Lesco mira la puerta por donde han desaparecido, y Galiana mira a Lesco, y no hace falta que ninguno diga lo que están pensando.

—Cuente vuesa merced —dice Galiana al fin— cuántos de esos han hecho voto y cuántos han firmado papel.

—Los suficientes de los segundos.

—Pues entonces hablemos claro, caballero, que la tormenta nos da tiempo. —Se inclina sobre la mesa—. Tres presas cargadas, media docena de patrones que se ven robados y una noche larga por delante. Yo he visto naves desaparecer de una escuadra por menos. Non se amotinan contra un jefe: se amotinan contra un cofre. Quítele el cofre y verá qué mansos.

—Ese era mi pensamiento.

Lo arreglan en menos de lo que dura la conversación. Esta misma noche, con la tormenta tapando el ruido, se pasará a la San Juan Bautista y a la Santa Anna todo lo que pueda venderse: la carga de valor de los tres caramuzales, los paños, la cera, la plata, las arcas. En las presas quedará lo que abulta y no vale — el lastre, la madera, la sal —, que un corso sin botín no llega muy lejos ni encuentra quien le compre. Además, dos hombres de Malta embarcarán en cada nave, con licencia expresa de portar armas durante la navegación, cosa que no se acostumbra en un pasaje de puerto a puerto, y todo el mundo entenderá por qué sin que nadie lo diga. Y una orden más, que se dará por señales y no se discutirá: ninguna nave se apartará de la capitana más de media legua — un tiro largo de cañón, lo que alcanza la vista a distinguir una seña de otra —; la que se rezague o se abra, se dará por perdida, y lo que se pierde se persigue o se hunde.

—Y non lo llamemos desconfianza —dice Galiana, poniéndose el sombrero—. Llamémoslo buen gobierno, que suena mejor y cuesta lo mismo.

La tormenta amaina a la noche siguiente. Y cuando amaina, todo está hecho: los hombres de Malta han trabajado en la oscuridad y bajo la lluvia, sin una voz más alta que otra, y las bodegas de las dos capitanas están tan llenas que hay que estibar hasta debajo de los coyes. En cada presa esperan ya dos hombres con la espada al cinto y el arcabuz a la vista, saludando muy corteses a unos patrones que sonríen con la boca. Nadie ha dicho una palabra de más. Es la clase de conversación que en el mar se tiene sin hablar.

Zarpan con la primera luz, y el mar que se encuentran es el de después: olas viejas, largas, altas, que ya no vienen de este viento sino del que se fue, y que llegan de tres en tres, rodando bajo los cascos sin espuma ni prisa, con esa calma engañosa de la mar de fondo. El agua está gris, gris de plomo, y el cielo también, y a los que han navegado el Océano les recuerda otros mares. Pero no es lo mismo, y los viejos lo explican a los novatos como se explica todo a bordo, con las manos: allá afuera, en la derrota de las Indias, la mar es larga — entre lomo y lomo caben tres barcos, dicen, y la nave sube, se para arriba como quien toma aliento, y baja despacio; aquello acuna, y hasta un enfermo se acomoda —. Esta mar de aquí es corta y apretada: no ha acabado la nave de bajar cuando ya la levanta la siguiente, sin tregua, sin descanso, sacudiendo como sacude un carro por camino de piedras. Por eso el mal de mar del Mediterráneo es el peor de todos: no da tiempo a que el cuerpo se haga.

Y esta mañana media tripulación lo padece. Se ve a los hombres verdes, callados, agarrados a lo que pillan; a un paje sentado en cubierta con la frente en las rodillas; a dos gavieros que suben a la jarcia porque arriba dice un bromista sádico que se sufre menos. En cualquier otra nave del mar, el que tiene que revesar lo hace donde está y allá se las componga el que baldee; pero esta es la nave de Bruno, y en la San Juan Bautista hay una ley que no está escrita en ninguna ordenanza y que se cumple más que las escritas: nadie gomita en cubierta. El que no puede más va a la borda, a sotavento — siempre a sotavento —, y allí se vacía sobre el agua, y luego echa un balde de mar por donde ha pasado. No hay castigo señalado para quien lo incumpla, y no hace falta: son sus propios compañeros los que se lo harían pagar. Que la nariz del muchacho es de todos, y quien la emborrona roba a la nave entera.

Costean Mallorca por poniente. La isla se levanta ahí en un muro de acantilados pardos que caen a plomo sobre el agua, sierra brava sin una playa donde varar un bote, con las gaviotas gritando en las cornisas y el olor de la costa llegando a rachas: pino, lentisco, cabra, higuera, tierra seca calentándose. Después la costa se rinde, baja, se abre; el fondo se vuelve arena — se ve el agua cambiar de color, del azul negro al verde claro, que eso lo ven hasta los ciegos —, y se entra en una bahía enorme, mansa y tendida, con su arenal de leguas al fondo.

Y allí está la ciudad. Lo primero que se ve de Palma, mucho antes que el puerto, es una iglesia descomunal plantada al borde mismo del agua, tan grande que parece pesar más que el monte que tiene detrás — y a medio hacer: con las cimbras y los andamios todavía puestos en un costado, coronada de grúas de madera, como si Dios llevara doscientos años sin acabar de mudarse. La piedra dorada se refleja en el agua de la bahía, todavía revuelta después de dos días de temporal, y el reflejo se rompe y se rehace a cada ola. Bruno se queda mirándolo desde la borda hasta que Tristán le manda a hacer algo, y aun así vuelve dos veces.

No esperan a descargar. En cuanto la nave está amarrada y la Santa Anna al costado, Lesco y Galiana saltan a tierra y suben derechos, con Tristán detrás, por las calles del barrio de la mar. La iglesia de San Juan queda a pocos pasos de la Lonja, y allí mismo, arrimada a ella, está la Casa de la Encomienda.

—¿Quién va? —dice el hombre de armas de la puerta, cerrando el paso con la vara.

—El caballero fra' Jean-Baptiste de Lesco, de la lengua de Francia, comendador y capitán de nave de la Religión; y el capitán Miquel de Galiana, capitán de mar y guerra por Su Majestad. Venimos a ver a fra' don Joan de Cotoner, comendador de las Casas y Encomienda de Mallorca, baylío de la Orden de San Juan de Jerusalén. Y es urgente.

Los dejan pasar sin más trámite.

La casa es lo contrario del palacio de La Valeta. Un patio de piedra con su cisterna y una parra, escaleras anchas y desnudas, cal blanca, ni un tapiz, ni un cuadro, ni un mueble que no sirva para algo. Pero Bruno — que se ha quedado en el zaguán y husmea, porque husmear es lo único que hace mientras espera — nota lo que los ojos no ven: la cal es nueva y la echan cada año, la cera de los suelos es de abeja y no de sebo, el arcón del zaguán es de nogal macizo y huele a nogal macizo, y en alguna parte de la casa hay especias suficientes para perfumar un almacén. Es la austeridad de los que se saben ricos y no quieren parecerlo, que es la más cara de todas.

Cotoner los recibe en una sala pequeña, de pie, junto a una mesa de despacho con papeles ordenados en pilas iguales. Es mallorquín de los de raza: seco, moreno, la cara larga y el pelo gris cortado casi al rape, una nariz de ave y unos ojos que hacen inventario. Viste hábito negro sin más adorno que la cruz de ocho puntas, y unos guantes de cuero fino que no se quita. No ofrece asiento ni vino. Y no gasta un minuto en cortesías.

—Vi vuestra vela con la cruz desde la torre —dice, y su castellano lleva el tonillo cantado de la isla—. Y desde que la vi, sé quiénes sois y a qué venís. Os habéis enterado de la peste de Malta.

—Así es, señoría —dice Lesco—. En Cabrera, por una barca de Sóller.

—Yo lo supe hace nueve días, y non he dormido bien ninguno. —Cotoner se apoya con las dos manos en la mesa—. Allí está la casa de nuestra Religión, señores. Y son ya demasiadas islas de este mar donde el contagio ha pasado y non ha quedado más que las ratas y las puertas abiertas. —Deja que eso repose un segundo—. Tengo órdenes para vosotros, y son estas. Todo lo que traigáis de valor lo dejaréis aquí; se os comprará, y se os pagará bien y en plata, que la palabra de esta encomienda vale más que su fachada. En su lugar llenaréis las bodegas de víveres, agua, medicinas y cuanto pueda hacer falta en una isla cerrada. Y cargaréis pólvora.

—¿Pólvora? —Lesco levanta la vista.

—Pólvora. —El comendador no se molesta en suavizarlo—. Nunca se sabe. Malta está agora más débil de lo que ha estado en veinticinco años, y al Turco non le hacen falta muchas excusas para echarse sobre la plaza que más desea de este mar. Una isla enferma es una isla desguarnecida, y eso se huele desde Constantinopla.

Bruno, que oye desde el zaguán sin querer oír, se queda con esa frase clavada.

—Y oíd lo demás, que importa tanto como lo primero —sigue Cotoner—. Non bajaréis del barco. Nin vos, nin el capitán, nin un solo hombre de vuestras tripulaciones. El que baje, quedará en tierra y non volverá a subir a la nave: non habrá ruegos nin excepciones nin grados que valgan, y decídselo a vuestra gente con esas palabras, que las entiendan bien. Descargaréis lo que se necesite, mas serán ellos quienes vengan a por ello desde tierra; vuestro contacto ha de ser el mínimo que Dios permita. Y quedaréis allí, fondeados, para defender la plaza hasta que os llegue relevo o hasta que el contagio se acabe. —Hace una pausa muy corta—. Me temo que será lo primero.

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