Bruno Carpa.

Mano y corazón.

Capítulo 7

A los vencidos se les cobra la cuenta esa misma noche, y no hay en el cobro ninguna ceremonia. Los corsarios presos son despojados en la playa de cuanto llevan —armas, fajas, bolsas, hasta los zapatos, que todo se registra y todo es botín—, y quedan en camisa, en fila, mientras los barberos de la escuadra les rapan a navaja la cabeza y la barba sobre la arena, sin agua ni miramiento, que la rapadura es la primera cadena y todos los presentes saben leerla. Luego los herreros hacen al revés el trabajo de la víspera: los mismos hierros que ayer saltaban de los tobillos de los cristianos se cierran ahora sobre los tobillos de sus dueños de ayer.

Pero al banco, todavía no. Un cautivo recién tomado —hambriento, sediento, herido o con el espanto metido en el cuerpo— muere al remo en tres días, y un esclavo muerto es dinero tirado: el remo pide fuerza y pide técnica, y ninguna de las dos se saca de un hombre roto. Lo que espera a estos es otra cosa, y todos los veteranos de la playa la conocen: los Baños de Malta, las prisiones de la Religión junto al Gran Puerto. Allí pasarán primero su cuarentena, no por caridad sino porque nadie mete la peste en una flota por las prisas; allí se les dará ración corta pero segura, la justa para que el cuerpo vuelva a valer lo que se pagó por él; y allí, entre el hacinamiento, la humedad y la disciplina de hierro, se hará el otro trabajo, el que no se ve: el de quebrar el orgullo. Al que se resiste, palo o sed. En pocas semanas, el más bravo arráez entiende que en su vida nueva solo hay una ley, que es la voz del cómitre, y que solo se vive obedeciéndola. Después, ablandados y tasados por el escribano, se repartirá su suerte: los más, al Tesoro de la Religión —su amo será el propio Gran Maestre, y su destino las galeras de la Orden o las murallas de La Valeta, que siempre tienen hambre de brazos—; los que no valgan para el remo, al mercado de esclavos, a servir en las casas de caballeros ricos y mercaderes; y a Lesco, como armador y capitán, le tocará su parte de ellos tras la tasación, para venderla o quedársela, como guste.

De momento, se les encadena de dos en dos y se les estiba como carga en las bodegas de sus propias galeotas, que bogarán hacia Malta con brazos nuevos: más de uno de los libertos ha pedido remar de vuelta, esta vez por paga y sin hierros, que hay hombres que necesitan deshacer el camino por donde vinieron. A los presos se les sube a bordo a golpe de rebenque: el que tropieza es arrastrado por el compañero de hierro, y el que cae aprende a levantarse antes de que el cuero le enseñe cómo. Un calabrés liberado, que llevaba nueve años mirando aquel rebenque desde abajo, pide sostenerlo un rato; el cómitre se lo deja, y nadie en la playa dice nada, ni el cura.

El arráez renegado va aparte, con doble hierro y guardia propia, no por piedad sino por precio: un renegado vale interrogatorios, y los interrogatorios valen pueblos. Bruno lo huele todo desde la borda —el hierro, la sangre de las muñecas, el miedo que ha cambiado de dueño sin cambiar de olor— y comprende, sin palabras todavía, que la victoria apesta casi igual que la derrota; solo que a la victoria uno se acostumbra.

A cada uno lo remachan a un banco. Algunos reman esa misma noche en la galeota que mandaban por la mañana. El arráez renegado va aparte, con doble hierro y guardia propia, no por piedad sino por precio: un renegado vale interrogatorios, y los interrogatorios valen pueblos. Bruno lo huele todo desde la borda —el hierro, la sangre de las muñecas, el miedo que ha cambiado de dueño sin cambiar de olor— y comprende, sin palabras todavía, que la victoria apesta casi igual que la derrota; solo que a la victoria uno se acostumbra.

Por la mañana, Bruno busca a Tristán y le pide hablar con Jean-Baptiste.

—¿De qué materia? —pregunta Tristán—. ¿Toca a la expedición?

—Non. Es petición personal.

Tristán lo mira un momento largo.

—Non es uso que un grumete pida favores a un caballero de la Religión, rapaz. Eso has de saberlo. —Se rasca la barba—. Mas sé que te ha tomado ley, y quizá te atienda. Aguarda.

Vuelve al cabo de un rato, y habla bajo y despacio, como quien enseña una lección que no se repetirá:

—Escucha bien. Mi señor te atenderá, mas non ha de parecer que tú has pedido verle: ha de parecer lo contrario. Un caballero non se ciñe a las peticiones de un huérfano; un caballero llama, y el huérfano acude. Conque en breve te llamará a su presencia, y tú obedecerás e irás, y quizá en ese punto, si él lo consiente, puedas hablar de tu tema. ¿Hasme entendido?

—Hete entendido —dice Bruno. Y lo ha entendido perfectamente, porque las dos mentiras de la cuesta de La Valeta le enseñaron cómo se gobierna esta casa: la verdad por dentro, la forma por fuera.

Pasadas unas horas, Tristán lo encuentra adujando cabos en el combés, y lo dice en voz bien alta, para que lo oiga media cubierta:

—¡Bruno! Fra' Jean-Baptiste de Lesco, caballero profeso de la Orden de San Juan de Jerusalén, comendador de la lengua de Francia y capitán de esta nave, requiere tu presencia inmediatamente. Tiene algo que tratar contigo.

Y media cubierta lo oye, que de eso se trataba.

El camarote de popa es pequeño y bajo de techo, como todo lo de a bordo, pero es el único lugar de la nave donde las cosas están quietas: una mesa con cartas de marear sujetas por plomos, un cofre ferrado, la ropera colgada de su clavo con el tahalí hecho, una imagen de San Juan del tamaño de una mano, y por las ventanas de la galería, el temblor verde de la luz que sube del agua. Huele a cera, a tinta, a cuero y al vinagre de los baldeos; y debajo, muy fino, a la lana del señor. Tristán, que lo ha acompañado hasta la puerta, entra con él, deja pasar un momento, y sale con esa discreción suya de irse sin que se note que se va.

Lesco está sentado tras la mesa, y no le manda sentarse, que eso no se usa; pero le habla sin dureza:

—Antes de tratar cosa alguna, has de saber esto: estamos muy contentos de tus habilidades. He dispuesto que se te pague tu parte de la presa como a un adulto con oficio, nin un maravedí menos. Es mucho dinero para alguien de tus años. ¿Qué te parece?

—Me parece… —Bruno busca la palabra y encuentra la verdad— que estoy muy contento, mi señor. Aunque lo hubiera hecho de balde.

—Lo sé. Por eso se te paga. —Y deja pasar eso sin explicarlo, que hay lecciones que maduran solas—. Bien. Dícemelo Tristán: quieres preguntarme algo. ¿Qué es?

—Es sobre la niña, mi señor. La de la mujer que mataron en la playa.

—Ah, sí. —La cara de Lesco no se mueve, pero la voz baja un punto—. Un episodio terrible.

—Yo he sido huérfano en las calles de Lyon hasta que os encontré a vos —dice Bruno, y lo dice de corrido, que se nota que lo traía pensado—. Y querría saber si hay manera de que, así como a mí, a ella se le encuentre un oficio.

—En una nave non hay tripulación de mujeres. Eso es imposible.

—Non digo en una nave, mi señor. Digo en el palacio de La Valeta. A mí me gusta estar entre los fogones, y he visto que siempre anda falta de manos la cocina. Y a Grazia, la cocinera, le gusta tener niños alrededor.

Lesco se recuesta, y por primera vez en la plática sonríe.

—Sí, ya me han dicho que casi te ha adoptado. Tristán me cuenta que hasta te cuela pastelillos junto al plato, de contrabando, como si en mi nave no se supiera todo. —La sonrisa se le queda un momento en los ojos—. Grazia es de esas personas que necesitan repartir amor, y le sobra el que non pudo dar. Quizá por eso guisa como guisa: el amor que le pone se come. —Se endereza, y la voz vuelve a ser la del capitán—: Harás esto. Pregunta a algún adulto del pueblo si esa niña tiene quién la cuide. Si non tiene a nadie, habla con Tristán para que venga de vuelta a Malta con nosotros. Grazia se pondrá contenta de tener ayuda. —Y alza un dedo—: Y non comentes a nadie que yo te ayudo en esto. Un caballero de la Orden non se ocupa de estas cosas. Ahora largo, y haz lo que hemos hablado.

Bruno baja a tierra con el bote de la aguada. En la playa siguen las hogueras del pueblo, los soldados que cargan las presas, los que ayer eran esclavos y hoy andan de un lado a otro sin saber andar sin cadena. Y junto a las sepulturas nuevas, apartada, está la niña. Ya no vela el bulto, porque el bulto está enterrado; vela el montón de tierra, sentada sobre los talones, con la muñeca de trapo en el regazo y la cara sucia de sal seca.

Bruno se le acerca despacio y le coge la mano. Ella no lo mira, pero se deja, y se levanta cuando él tira, ligera como si no pesara. Así, de la mano, va Bruno hasta un corro de aldeanos y pregunta, en esa mezcla de italiano y de señas que es la moneda del puerto, si la niña tiene quién la cuide.

Un viejo con la cabeza vendada niega despacio.

—Tenía abuela. La degollaron en la razia, junto a la puerta de su casa: era vieja y non valía como esclava, y el moro non carga peso muerto. —Escupe a un lado—. Y tenía una tía, hermana de la madre. Cayó ayer, en la revuelta del rescate. De las pocas que cayeron. —El viejo mira a la niña, y se le arruga la boca—. Dios ha vaciado esa casa entera, muchacho. Non queda nadie.

Bruno se pone delante de la niña, sin soltarle la mano.

—¿Quieres venir con nosotros? —le dice—. Tenemos trabajo para ti. Tendrás comida, y te tratarán bien. Non será una madre… mas sí una buena persona.

La niña no entiende nada — ni la lengua ni, probablemente, ninguna otra cosa esta mañana. Pero una vecina que andaba cerca lo ha oído todo, y se llega con los brazos cruzados sobre el delantal, de esas mujeres que hacen las preguntas que los demás callan:

—¿Y adónde la llevaríais vos, si puede saberse?

—Al palacio de La Valeta, señora. A servir en la cocina. Conozco a la cocinera: es mujer justa y le dará buen trato.

La vecina lo mira un rato, midiendo al mensajero para medir el mensaje. Luego se agacha ante la niña y le habla en la lengua de la isla, suave y mucho rato, señalando el mar, señalando a Bruno. Y al cabo la niña hace algo por primera vez desde la playa: mueve la cabeza. Poco, una vez. Sí.

—Se llama Caterina —dice la vecina, incorporándose—. Buena sangre y mala estrella. Cuidad de ella, o mi maldición os alcanzará en el mar, que las de las viudas alcanzan lejos.

—Caterina —repite Bruno, mirándola—. Es un nombre bonito. Yo me llamo Bruno.

La niña no dice nada. Tiene la mirada puesta en ninguna parte, en ese lejos de los que han visto demasiado, y se deja llevar como esas barcas sin remo que la marea mete al puerto: sin voluntad, sin resistencia, a merced de la primera corriente buena que las tome.

Recorren de la mano los cien pasos que los separan de Tristán, que aguarda junto al bote con las listas del embarque. A medio camino, Bruno hace por soltarle la mano, que un grumete no llega de la mano de una niña delante de la gente; pero Caterina, aún en su niebla, no se atreve a soltar, y se le aferra como la lapa a la roca cuando siente la ola. Y de la mano tienen que llegar, y de la mano están cuando Bruno, muy tieso, recita su papel:

—Esta es la niña que el señor de Lesco me ha mandado llevar al palacio, para ayudar en la cocina.

—Bien —dice Tristán.

Y mira a la niña, y le tiende su mano enorme, y baja aquella voz suya de reñir hombres hasta un sitio que Bruno no le conocía:

—Acompáñame, pequeña.

Entonces ocurre algo extraño. La niña alza los ojos hacia aquel gigante de barba y cicatrices, lo mira como no ha mirado nada en toda la mañana — y suelta la mano de Bruno, y toma la de Tristán, y se deja guiar. Así, sin más. Quizá porque a los rotos no los engaña nadie, y saben antes que nadie de quién fiarse; o quizá porque hay manos que se parecen a un muro, y lo que uno quiere cuando se le ha caído el mundo es un muro. Bruno los ve alejarse hacia el bote, la mano pequeña dentro de la manaza, y ventea, en el aire que la niña deja atrás, que el miedo le ha aflojado un punto. Solo un punto. Pero es el primero.

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