Bruno Carpa.
Los dos miedos.
Capítulo 15.
Cuando el último fardo baja a tierra y cada cosa está en su sitio —la mercancía de valor en los almacenes de la encomienda, las presas amarradas, las galeras entregadas—, empieza a correr por el puerto la palabra que todo marinero espera desde que zarpa: se paga. La paga y el reparto de la campaña se harán en la Lonja de Palma, mañana, a media mañana. Y el puerto entero se enciende como se enciende la brasa cuando se sopla.
Esa noche, en las cubiertas y en las tabernas, no se habla de otra cosa. Uno comprará una capa nueva, que la suya da vergüenza; otro pagará la deuda que dejó en Nápoles antes de que el prestamista le mande cortar algo; otro jura que esta vez sí, que guarda hasta el último real para una barca propia y no vuelve a bogar por cuenta ajena, y los que lo oyen se ríen, porque ese lo jura cada campaña y cada campaña amanece sin blanca. Bruno los escucha desde su rincón y huele lo que sueñan: huele la codicia, que es alegre y tiene un punto ácido, debajo el vino y la impaciencia. Nadie sueña esta noche con Malta. Malta está a seis días de mar y el dinero está a una mañana.
La Lonja es el sitio hecho para esto. La levantaron los mercaderes hace más de cien años, y se nota: es un salón grande y solo, sin naves laterales ni altares, una sala civil que huele a piedra fría, a cera y al mar que entra por las puertas abiertas de par en par. Seis columnas la cruzan, delgadas y torcidas como palmeras de piedra, que suben lisas hasta abrirse arriba en las nervaduras de la bóveda como si el techo fuera un palmeral petrificado; la luz entra tamizada por los ventanales altos, verdosa y quieta, y afuera, sobre la puerta mayor, un ángel de piedra con las alas plegadas guarda el edificio del comercio como si el comercio fuera cosa santa. Hoy no hay mercaderes. Hoy la sala está llena de gente de mar: ciento y pico de hombres apretados, rumorosos, con el olor fuerte de la tripulación —sudor, brea, lana, aliento de vino— llenando aquel salón que suele oler a números.
En el fondo, bajo una de las palmeras de piedra, han puesto lo necesario y nada más: una mesa recia, un arca ferrada con dos cerraduras, y detrás el escribano de la campaña con sus libros abiertos, la pluma y el tintero, y a su lado un pagador contando montones de plata. Preside Tristán, de pie, con los brazos cruzados y esa cara suya de que aquí no se roba ni un maravedí. Los hombres van pasando de uno en uno, por lista.
—Simón de Denia —canta el escribano, siguiendo el renglón con el dedo—. Marinero. Su soldada de la campaña, y una parte de presa.
Simón se acerca con la gorra en las manos, que hasta el más bravo se pone humilde delante del arca. El pagador cuenta sobre la mesa, en voz alta, reales de a ocho —esa plata gorda venida de las Indias, la misma con que el comendador ha comprado la mercancía y que ahora vuelve al mar en las faltriqueras—, y va haciendo montoncitos que a Simón se le antojan montañas. Cuando el último real cae sobre los otros, el hombre alarga las dos manos como quien recibe la comunión.
—Ahí tienes. Cuéntalo, que luego non valen quejas. —Y cuando Simón ya recoge su fortuna en el pañuelo, el pagador añade lo que le añade a todos, uno por uno—: Y antes de gastártelos, aguarda un punto, que el capitán ha de hablar. Non te vayas.
Eso mismo se le dice a cada hombre según cobra, y por eso la sala no se vacía: se va llenando de hombres ricos y ociosos, que es la mezcla más inquieta que hay. Porque el dinero quema en el bolsillo, y en la puerta de la Lonja ya rondan, oliéndolo, las primeras mujeres del partido de Palma, pintadas y risueñas, que saben mejor que nadie cuándo cobra una tripulación. Los hombres las ven desde dentro, y se remueven, y bromean entre dientes con esa prisa del que quiere pasar cuanto antes de rico y encendido a pobre y arrepentido, que es viaje que el marinero hace en una noche y le sale más caro que la campaña entera. Aguantan, pero no aguantarían mucho. Por fortuna, el escribano canta el último nombre antes de que la casa se llene de rameras, y en cuanto el arca se cierra con sus dos llaves, Tristán da un paso al frente y la sala calla a medias, que del todo no calla una tripulación con plata caliente.
Se ponen los tres bajo la palmera de piedra del fondo, donde todos los vean: Lesco en medio, sin más adorno que su cruz de ocho puntas; a su derecha, el comendador Cotoner, seco y negro, con sus guantes de cuero que no se quita; a su izquierda, Galiana, con los pulgares en la faja. Bruno queda cerca, contra una columna, medio escondido entre los pajes, donde puede oler la sala entera sin que la sala repare en él.
Lesco no arenga. Habla llano, y por eso lo escuchan.
—Ya tenéis vuestra paga, y bien ganada está; nadie os pide que la devolváis, ni un real. La campaña, para vosotros, se ha acabado con honra. —Deja que eso se asiente—. Mas hay una cosa más, y quiero decírosla con la verdad por delante, que a hombres como vosotros non se les miente. Malta, nuestra casa, está enferma. Ha entrado en ella la peste, y la peste non es el Turco: al Turco se le ve venir y se le mete el hierro en la panza; a esto, non. Vamos a fondear frente a una isla que muere, a guardarla por si el Turco huele la sangre, y a descargar en ella pan y medicinas sin apenas pisar tierra. —Hace una pausa, y no dora la píldora—. Quien venga cobrará, y cobrará bien: la Religión y el Rey pagan buena soldada a quien sirva en esta empresa, que non se pide a un hombre que arriesgue el pellejo de balde. Mas óiganme bien: soldada es lo que hay, non parte de presa. Non vamos al corso. Non habrá naves que tomar nin bodegas que vaciar nin oro que repartir como el que hoy lleváis en el pañuelo; se gana menos que cazando galeras, y se arriesga más, y se arriesga peor, que una cosa es morir con la espada en la mano y otra es que se lo lleve a uno una fiebre sin dar un solo tajo. Esa es la verdad entera. —Los mira uno a uno, despacio—. El que venga, que venga sabiéndolo. Y el que se quede, se queda sin mancha: non habrá cobardes esta noche, solo hombres cuerdos. Quien quiera embarcar, que dé un paso al frente.
Se hace un silencio raro, de esos en que se oye el mar por las puertas.
Y empiezan a salir hombres de la masa. No todos, ni mucho menos, pero salen. Salen los del San Juan Bautista casi enteros, sin dramatismo, como quien vuelve a su casa aunque su casa esté ardiendo: porque allí están los suyos, y porque después de tres años esa nave no es una nómina, es una familia, y una familia no se pregunta si conviene. Salen los dos moros de Orán y de Bujía, que ayer eran enemigos y hoy dan el paso al frente para ir a defender una isla de cristianos, y nadie se ríe, y a Bruno eso le remueve algo por dentro. Y salen otros que Bruno no habría apostado: unos, porque de veras quieren ayudar; otros —y esto lo huele el niño, y lo entiende por primera vez— porque irían con Lesco y con Galiana al fin del mundo o a la boca del infierno, que hay jefes a los que un hombre sigue no por lo que pagan sino por lo que son. Bruno husmea a esos que salen y descubre una cosa que no sabía: que muchos de ellos huelen a miedo, al mismo miedo agrio de los que se quedan quietos — y aun así dan el paso. Y aprende, contra una columna de piedra, que el valor no es no tener miedo; que el valiente huele igual que el cobarde, y la diferencia está en los pies.
Pero no bastan. Lesco hace la cuenta con los ojos y Bruno se la lee en la cara: faltan brazos para cuatro cascos. Faltan.
El comendador Cotoner, que lo ve también, no se altera. Se vuelve apenas hacia Lesco y le sostiene un instante una mirada quieta de hombre que guarda una carta en la manga, y en esa mirada hay un mensaje sin palabras: sosegaos, caballero, que esto aún non se ha acabado. Y cuando los hombres empiezan a moverse, unos hacia el frente y otros hacia la puerta y las rameras, el comendador alza la voz por primera vez en toda la mañana, seca y cortante como el filo de su isla:
—Una cosa más, y vale para todos, para los que embarcan y para los que non. Mañana se dice misa mayor en la Seu, y non es misa cualquiera. Todos, sin excepción, habéis de acudir. Todos. —Y no explica más, que los que mandan de verdad no explican.
Al día siguiente la catedral está a reventar. Están los fieles de siempre, los de todos los domingos; y están, apretándose en las naves y desbordando hacia las puertas, los que han oído que hoy se va a decir algo, que las noticias vuelan en una isla y la palabra "algo" es la que más vuela. La Seu es enorme y está a medio hacer —andamios trepando por un costado, la piedra nueva más clara que la vieja, un rincón entero tapado con lonas—, pero la nave mayor sobrecoge igual: los pilares suben hasta perderse, la luz cae de colores por los ventanales, y huele a incienso, a cera de mil velas, a piedra húmeda y a la lana apelmazada de mil cuerpos.
La misa se dice como se ha dicho siempre: el obispo de espaldas al pueblo, vuelto hacia el altar y hacia el oriente, murmurando en un latín que casi nadie entiende y que por eso mismo suena a misterio y a poder. La gente sigue los movimientos más que las palabras: se arrodilla cuando toca, se santigua cuando suena la campanilla, contesta lo poco que sabe. Y así hasta que, llegado el momento, el obispo hace lo que no hace cada día: se vuelve. Se gira despacio, con su mitra y su báculo, de cara a la multitud, y el murmullo se apaga de golpe, porque un obispo que se vuelve a mirarte va a decir algo que te toca.
Habla en romance, para que lo entiendan todos. Dice que la cristiandad tiene un escudo en medio del mar, y que ese escudo se llama Malta, y que hoy ese escudo sangra. Dice que quienes acudan a defenderlo del infiel hacen la obra más grata a Dios que puede hacer un hombre con armas. Y dice la palabra que ha venido a decir, la que Cotoner le ha pedido que diga: indulgencia plenaria. Por la autoridad de la santa Bula de la Cruzada, quien se enrole en esta empresa contra el enemigo de la fe, y muera en gracia, verá borrada toda la pena de sus pecados y subirá al cielo sin pasar por el purgatorio, limpio como el día del bautismo.
Y la catedral se estremece.
Porque para esta gente eso no son palabras: es la moneda más real que existe, más que la plata de las Indias. Estos hombres creen en el infierno con la misma certeza con que creen en el mar, y le tienen más miedo.
En una de las naves laterales hay un hombre al que la palabra del obispo le cae encima como una losa y como una llave a la vez. Se llama, o se hacía llamar, de muchas maneras, y hace nueve años, en Cartagena, sobre un naipe y un jarro de vino, le metió un palmo de acero en la tripa a un hombre que le había llamado tramposo — y no sabía él que llamaba a la verdad —, y huyó, y se embarcó, y desde entonces lleva esa muerte cosida al pecho como un escapulario de plomo. Se confesó una vez, con prisa, con un cura borracho en un puerto, y ni él mismo se lo creyó. Sabe que si muere esta noche, arde. Lo sabe con la nariz, con las tripas, como Bruno sabe las cosas. Y ahora un obispo, desde el altar mayor de una catedral, con Dios de testigo, le está diciendo que hay una manera de borrar la cuenta entera, de una vez, de morir limpio. El hombre siente que le sudan las manos. Mira hacia la puerta donde se apuntan los voluntarios, y ya no ve una isla enferma ni una fiebre sucia: ve una pila bautismal del tamaño del mar. Y echa a andar hacia allí, apretándose entre la gente, antes de que la razón vuelva y le estropee la salvación.
No es el único. Por toda la catedral, la misma palabra ha ido tocando la misma herida en un cuerpo y en otro: el que abandonó a una mujer con un hijo en el vientre; el que robó a la Iglesia y nunca lo dijo; el que dejó morir a su padre sin llegar a tiempo y sin pagarle las misas; el que ha vivido amancebado media vida; el que blasfemó mil veces y otras mil temió por ello. Un buen puñado de cristianos con el alma en carne viva se levanta a la vez, como si a todos les hubiera picado el mismo tábano, y camina hacia los voluntarios buscando a la carrera una salvación que ayer no sabían que estuviera en venta.
Y detrás de ellos, con menos aspaviento, va otro puñado de hombres que de cristianos tienen poco y de listos bastante: gente que no teme tanto al purgatorio como al hambre, y que ha sabido sumar en un instante la indulgencia por delante y la paga por detrás — que el que va a la guerra del Rey cobra, y si de paso le limpian el alma, mejor negocio imposible —. Esos van por la plata, y el cielo se lo llevan de propina, y ni ellos ni Dios se engañan sobre cuál de las dos cosas los mueve.
Para cuando el obispo se vuelve otra vez hacia el altar y remata su latín, ya no faltan brazos. Sobran. En la puerta de la Seu, el escribano de la campaña —que anoche cerró el arca y hoy ha vuelto a abrir el libro— apunta nombres hasta que se le cansa la mano, y aún ha de despedir a muchos, que a cuatro cascos no caben todos los que hoy quieren morir limpios.
Y entre los que se apuntan hay una casta que Bruno aprende a distinguir de las otras dos, porque huele distinto: no a valor ni a miedo del alma, sino a resaca y a vergüenza. Son los que anteanoche no pensaban ir a ninguna parte, los que salieron de la Lonja con el pañuelo lleno de reales de a ocho y la cabeza llena de humos, y que a la mañana siguiente se despiertan en un jergón que no es el suyo, con la boca amarga, la faltriquera vacía y el alma sin lavar. Se gastaron en una noche lo que ganaron en seis meses, y ahora no les queda ni para el pasaje de vuelta; y volver a casa tan pobres como partieron, después de haberlo tenido todo en la mano, es una humildad que no se atreven a tragar. Antes la muerte que la cara de su madre o de su mujer al verlos llegar con las manos vacías otra vez. Así que se alistan — no por Dios ni por Malta, sino porque en un barco del Rey se come, se cobra soldada, y no hay que dar explicaciones a nadie.
Entre ellos va Simón de Denia. El mismo que cobró el primero, el que juraba que esta vez sí, que guardaba hasta el último real para una barca propia y no volvía a bogar por cuenta ajena. Le duró el juramento lo que tardó en cruzar la puerta de la Lonja. Al otro lado lo esperaban unas piernas largas y unos labios pintados de rojo cereza, y bastaron esos dos argumentos para reconfigurarle las prioridades de toda una vida: la barca propia se quedó en humo de una noche, la barca propia se la bebió y se la gastó en carne ajena, y a la mañana Simón no tenía barca, ni dinero, ni siquiera el sombrero, que no recuerda dónde lo dejó. Ahora está en la cola de los voluntarios, cabizbajo, mirándose las botas, y cuando el escribano canta su nombre por segunda vez en tres días —"Simón de Denia, marinero", pero esta vez apuntándolo como quien se enrola, no como quien cobra— el hombre contesta "presente" con un hilo de voz, y no levanta los ojos del libro. Bruno lo ve pasar y lo huele: huele a vino rancio, a perfume barato de mujer que ya no está, y por debajo, agrio, el olor de la vergüenza, que es primo hermano del miedo pero huele peor, porque el miedo mira hacia delante y la vergüenza mira hacia atrás. Piensa el niño que hay un tercer motivo para embarcarse a una isla que muere, y que no lo predican los obispos ni lo pagan los reyes: el de no tener adónde volver.
Bruno lo mira desde la escalinata, al sol, sin acabar de entenderlo. Huele el incienso pegado a las ropas de los que salen, y debajo el alivio —un olor nuevo, tibio, casi dulce, el olor de la gente que cree que se ha salvado— y piensa, sin palabras aún para pensarlo del todo, que a los hombres se los mueve el miedo, y que hay dos miedos: el de morir, que llena las tabernas, y el de arder después de muerto, que llena las iglesias. Y que el segundo puede más.
