Bruno Carpa.

Los cuatro rebaños.

Capítulo 20

El capellán es el primero en saltar a tierra, y lo hace con teatro: apenas pisa el muelle se deja caer de rodillas, besa el suelo apestado como si fuera el altar de una catedral, y luego se incorpora despacio y mira alrededor —el humo, los muertos, las puertas selladas— más con la esperanza del que ha venido a ganarse el cielo que con la certeza del que sabe que ha venido a morir. Bruno baja detrás, con su hatillo, y pisa Malta.

Lo que la nariz le venía anunciando desde el fondeadero, ahora lo tiene encima y entero. Azufre, de la pólvora vieja y de las hogueras; humo de sahumerios en cada esquina, romero, enebro y alquitrán quemándose en pebeteros para "corregir el aire"; y por debajo, siempre, el dulzor de la muerte, que ya no sube en oleadas sino que está, quieto, formando parte del aire como la sal. Pero lo que más le sobrecoge no es lo que huele: es lo que no oye. La Valeta, que fue una ciudad ruidosa de seis lenguas, está callada. No hay pregones, ni martillos, ni risas, ni niños. Solo, de tanto en tanto, una campana que dobla a muerto —despacio, cansada, como si al que la toca le pesaran los brazos—, y el griterío de las gaviotas que se pelean allá abajo, en la orilla, despedazando algo que tiene la traza de un hombre que no llegó a arder por completo en su hoguera.

Y entonces, entre el humo, ve a Grazia.

Está más flaca, más vieja, con canas nuevas que antes no tenía y unas ojeras que le comen la cara; ha pasado dos meses en el infierno y se le nota en cada arruga. Pero está viva. Y detrás de ella, con un cuenco de agua en las manos, está Caterina — viva también, más alta, más callada que nunca, con los ojos oscuros hundidos de haber visto demasiado —. Han bajado a recibirlos, porque desde el puerto los malteses vigilan cuanto se hace en esos barcos, y corrió la voz de que un niño y un cura venían de camino. Pero en la cara de Grazia no hay alegría: hay espanto. Porque para ella, que un niño desembarque en Malta es que un niño ha venido a morir, como han muerto muchos.

Bruno suelta el hatillo y echa a correr, y ya no es el ventor de la nave ni el podenco insustituible de la Orden: es un crío que se estampa contra el delantal de la única madre que recuerda a medias. Grazia lo recibe rígida, resistiéndose, con el enfado todavía en el cuerpo.

—¡Loco! —le dice, apartándolo por los hombros para mirarle la cara, y le tiembla la voz—. ¡Niño loco! ¿Quién te manda bajar? ¿Quién te manda venir a esta tumba? ¿Es que Lesco ha perdido el juicio? ¡Aquí non se viene, de aquí se huye!

—Nadie me manda—dice Bruno—. Vengo porque estáis vos. Y ella.

Y ahí a Grazia se le acaba el enfado, porque contra eso no hay muralla que aguante. Lo aprieta contra sí, lo mece, le dice cosas en maltés que no hacen falta traducir, y llora sin fuerzas, que ya no le quedan lágrimas de las buenas. Caterina se les arrima por un lado, sin soltar el cuenco, y apoya la frente en el hombro de Bruno, y así se quedan los tres un momento en mitad de la calle apestada, tres náufragos agarrados a la misma tabla. Caterina no dice nada. Sigue sin decir nada. Pero se agarra, y con eso basta.

Baltasar los saca del abrazo con dulzura, porque no hay tiempo, y esa es la primera lección de la peste: que no hay tiempo ni para los vivos ni para los muertos.

—Ya lloraréis luego, si queda luego —dice, no con dureza, sino con la prisa del que ha visto lo que pasa cuando se pierde un día—. Está peor de lo que pensábamos. Mas si empezamos hoy, aún se puede cortar. Manos a la obra.

El plan de Bruno —el que trajo escrito Lesco y que aprendió de Baltasar— se despliega en unas horas, y es de una lógica que a la gente le cuesta entender porque va contra todo lo que cree. Se parte la población en cuatro rebaños que no han de mezclarse jamás. Los sanos, que irán a la Ciudad Nueva —un campamento de tiendas y barracas que se levanta a toda prisa en un descampado fuera de las murallas, en tierra limpia que ningún muerto ha tocado—. Los cuidadores, que tratan con lo peor: los enfermos, los cadáveres y la purga de las casas. Los enfermos y sospechosos, aislados aparte. Y los de la logística, que acarrean el agua, el pan y la leña sin rozarse con nadie. Cada rebaño con su color, su seña y su sitio, y entre uno y otro, distancia.

Para el lavado se disponen dos caletas: una para las mujeres, que gobierna Grazia con mano de hierro, y otra para los hombres, que gobierna Baltasar y se parte a su vez en dos tramos, que no se toquen los cuidadores —sucios de la muerte— con los que aún han de poblar la Ciudad Nueva limpia. Todo se piensa para no mezclar. Todo, como en los barcos.

Pero un plan no es nada si la gente no lo obedece, y aquí es donde el capellán se gana el pan del cielo. Porque a esta gente aterrada no la mandan ni el Gran Maestre ni la razón: la manda Dios, y el que habla por Dios es el cura. Así que se sube a una barca varada, para que todos lo vean, y predica.

—¡Malteses! —empieza, y su voz vieja se agranda—. Dios nos ha enviado esta peste por nuestros pecados, y con los pecados hay que acabar si queremos que acabe el castigo. ¡Oídme bien lo que Él pide de vosotros por mi boca! Pide que os limpiéis. Mas non con agua de casa, non: Él ha puesto ahí, delante de vuestras puertas, la mayor pila bautismal del mundo, que es el mar. Cada uno de vosotros ha de entrar en ella y hundir la cabeza tres veces, una por el Padre, una por el Hijo, una por el Espíritu Santo, y en esas tres veces ahogaréis los pecados viejos que os han traído esta ruina, y saldréis del agua nacidos de nuevo. —Alza el brazo hacia los hombres—. Y vosotros, los varones, y los que hayan de cuidar a los enfermos, os raparéis además la cabeza y la barba, todo, hasta quedar limpios como el día que os parió vuestra madre; que el cabello es soberbia y vanidad del mundo, y a la penitencia se entra desnudo y humilde. ¡El que se aferre a sus pelos, se aferra a su pecado!

Un murmullo recorre la plaza, y en él ya hay más obediencia que protesta. Pero el capellán guarda lo más difícil para el final: alza en la mano un lienzo blanco, y la gente lo reconoce, y retrocede, porque sabe lo que es.

—¡Y esto! —grita—. Sé lo que pensáis. Pensáis que es la tela de amortajar muertos, y que ponérsela en vida es llamar a la propia muerte. ¡Pues os digo que non! —Y entonces, delante de todos, se despoja de la sotana y se pasa el lienzo por la cabeza, vistiéndose él el primero—. ¡Miradme! ¿Estoy muerto? ¡Esto non es mortaja, esto es el Lienzo de la Resurrección, el hábito del que renace! El novicio, cuando entra en religión, deja su ropa vieja y se viste de sayal nuevo para dejar atrás al hombre viejo. ¡Eso hacéis vosotros hoy! Dejáis la ropa podrida, la que el mal ha tocado, y os vestís de resucitados. —Baja la voz, y la baja aposta, que sabe cuándo—. Y os diré una verdad, hermanos, la más simple de todas: en toda Malta non queda un solo palmo de tela limpia. Todo lo que tenéis en las casas lo ha rozado la muerte. Estos lienzos acaban de bajar del barco, del otro lado del mar, donde non ha entrado la peste. Son lo único limpio que pisa esta isla. Por eso os los damos. Non porque seáis muertos, sino porque queremos que sigáis vivos.

Y funciona, como funciona siempre cambiarle el nombre a las cosas. Cuando el capellán acaba y alza las manos para bendecirlos, la plaza entera se arrodilla —hombres, mujeres, viejos— y agacha la cabeza y recibe la bendición como corderos, con una fe renovada y un llanto manso, dispuestos a raparse, a zambullirse y a vestirse de resurrección con tal de que alguien, por fin, les diga qué hacer. Bruno, que mira desde un lado, piensa en Melchor y en Baltasar, que también dejaron de ser lo que eran en cuanto les cambiaron el nombre, y entiende que media vida de los hombres se gobierna así.

En el centro de todo está la mesa. Una tabla sobre dos toneles, en la playa de los hombres, y detrás de ella, sentado, un niño flaco con un libro de cuentas, pluma y tintero. Es Bruno. Las letras que aprendió en el invierno de Malta, con el veedor Fenech, las usa ahora para lo más terrible que se puede hacer con unas letras: escribir quién vive y quién muere. La gente pasa por delante de uno en uno, y Bruno los huele. Al que huele limpio, sano por dentro, lo anota para la Ciudad Nueva. Al que huele —a ese olor tenue y dulzón que empieza mucho antes que los bubones, el del que ya lleva el mal dentro aunque se sienta perfectamente y jure por sus hijos que está sano—, a ese lo aparta a los aislados, que no a la ciudad vieja, si no a un lugar a parte del mundo, porque la vieja ciudad debe quedar vacía antes de resucitar. A los fuertes y sanos que hacen falta, los manda al rebaño de los cuidadores, que es el más temido, porque ir de cuidador es meterse hasta el cuello en la muerte y salir vivo de milagro.

Y ahí es donde hacen falta los dos alabarderos. Los flanquean dos brutos corpulentos de la peor fama de la guarnición —presos redimidos a fuerza de servir, con más muescas en la conciencia que en el asta—, y ahora resulta que esos dos matones son la ley, y ponen el asta cruzada delante del que amaga con correr.

Se ve en seguida para qué sirven. Cuando le toca a Nardu el herrero —un mocetón como un roble, de brazos de yunque—, Bruno lo huele limpio y sano, y por eso mismo lo destina a lo peor:

—Cuidador —dice.

—¿Cuidador yo? —El herrero se pone rojo—. ¡Ni loco! ¡Yo tengo fragua, tengo oficio, non voy a andar cargando muertos ni vaciando bacines de apestados hasta que me pegue el mal! ¡Buscad a otro!

—Non hay otro, Nardu —dice Bruno, sin levantar la voz—. Hacen falta brazos fuertes, y los tuyos lo son. Por eso te toca.

—¡Me toca una mierda, rapaz! ¿Quién eres tú, un mocoso, para mandarme a la tumba?

Y ya va a echar a andar por su cuenta cuando los dos alabarderos, sin una palabra, cierran las astas delante de él en cruz, y uno le pone la suya en el pecho, despacio, y lo mira con esos ojos de quien no discute. Nardu entiende. Se traga la rabia, escupe al suelo, y se deja llevar hacia el corro de los cuidadores maldiciendo a voz en grito, jurando en maltés y en italiano, mientras los alabarderos lo escoltan como quien lleva un toro al matadero. Nadie más protesta ese rato. De eso se trataba.

Pero no todos gritan. Al poco se acerca a la mesa una mujer, sola, y antes de que llegue Bruno ya sabe, y se le encoge el estómago. Huele a muerte. Huele a la peste incubada, honda, sin remedio. La mujer se para delante, y hay en su cara un asombro raro, porque ella todavía no lo cree del todo.

—Non tengo bultos —dice, enseñándole el cuello, las axilas, casi suplicando—. Miradme, non tengo nada. Estoy sana.

Bruno no dice nada. La mira.

—Mas me duele la cabeza desde anoche —sigue ella, y la voz se le va apagando según lo dice, porque al decirlo lo entiende—. Y tengo algo de calentura. Poca. Non será nada, ¿verdad? Dime que non es nada.

—¿Cómo te llamas? —pregunta Bruno, por no contestar a eso.

Y entonces la ve bien, y la reconoce, y se le cae el mundo: es la madre de Pina. Pina, la de la cocina, con la que jugaba al escondite las tardes de aquel invierno feliz, la que nunca ganaba —no porque Bruno la oliera, que a esa se dejaba de olerla aposta—, sino porque sus pies descalzos siempre acababan asomando por debajo de un arcón o de una cortina, quietecitos, delatándola. La madre de Pina lleva el mal dentro.

La mujer lo lee en la cara del niño, y ya no pregunta más. Se le llenan los ojos, pero no llora todavía; hay algo que le importa más.

—Mi hija —dice—. Pina. ¿Me dejáis despedirme de mi hija?

Traen a Pina, que llega descalza como siempre, llorando desconsolada, tendiendo los brazos hacia su madre. Y la madre da un paso hacia ella, y se agacha para besarla — y el alabardero, sin saña, con una tristeza de piedra, mete el asta entre las dos. La madre se queda con los brazos a medio abrir sobre el palo de madera. Mira el asta, mira a su hija al otro lado, y lo entiende: que si la besa, la mata. Baja los brazos despacio. No la toca. Solo la mira, se llena los ojos de ella, y se da la vuelta, y se va sola hacia el corro de los aislados, llorando en silencio, sin volver la cabeza, porque sabe que si la vuelve no podrá seguir andando.

—Te lo prometo —le dice Bruno a su espalda, con la voz rota—. Te prometo que cuidaremos de ella. Non le faltará nada.

La mujer alza una mano sin volverse, en señal de que lo ha oído, y sigue andando. Y Bruno, el ventor insustituible, el podenco de la Orden, agacha la cabeza sobre su libro de cuentas y llora sobre los nombres, porque acaba de mandar a morir a la madre de Pina, y porque su don, que sirve para todo, no sirve para nada de lo que de verdad importa.

A su lado, callada, está Caterina. Ella no sabe oler la peste, y las letras las lee despacio, pero puede hacer lo que puede hacer una muda: llevar y traer. Va y viene con brazadas de mortajas de la caleta a la mesa, lleva razones —recados sin palabras— de Baltasar a Grazia y de Grazia a Bruno, le acerca agua al niño cuando lo ve pálido, le seca el sudor de la frente con otro paño pero la misma calma con que se lo seca a los moribundos de la Enfermería. No hace falta que hable. En una isla donde sobran los gritos y los rezos, una que trabaja en silencio es un descanso. Cuando ve a Bruno llorar sobre el libro, no dice nada —no puede—, pero le pone la mano en la nuca, un momento, y se la deja ahí. Y Bruno respira, y sigue.

Aparte, en un cobertizo, un enjambre de costureras cose a marchas forzadas lo que Baltasar les ha mandado, y que él dibujó de memoria arrugando la frente, no muy seguro de acordarse bien: túnicas largas de lienzo grueso, embadurnado de cera hasta quedar tieso como pergamino, para que nada las traspase; y unas caretas con un pico por delante, hueco, para rellenarlo de aromáticos —alcanfor, mirra, y esponjas empapadas en vinagre metidas en la punta—.

—Más cera, más —les dice Baltasar, pasando la mano por una túnica a medio hacer—. Ha de quedar dura, que non cale nada. Y el pico bien largo, que la nariz vaya lejos de la carne.

—¿Un pico? —le replica una costurera vieja, sin dejar la aguja—. ¿Y para qué quiere un cristiano un pico, si non es gallina?

—Para respirar por él lo bueno y non lo malo, madre. Vos coserlo, que de eso entiendo yo.

—De eso y de poco más, moro —refunfuña ella, pero lo cose.

Cuando sale el primer cuidador embutido en aquel armatoste de cera con pico, la cosa da entre risa y espanto. Los pocos niños que quedan vivos, que andaban por allí escuálidos y serios, echan a correr chillando de aquel monstruo de lienzo — y el hombre del traje, en vez de ofenderse, se pone a perseguirlos por la playa dando zancadas torpes y graznando como un cuervo enorme, y los niños chillan pero ya de risa, y corren, y vuelven a acercarse para que los persiga otra vez. Es apenas un momento, un puñado de latidos; pero es la primera risa de niño que suena en Malta en dos meses, y a Bruno, desde la mesa, se le pone un nudo en la garganta de lo bonito que es, que hasta en el fin del mundo la alegría se abre camino por una rendija. Un viejo, en cambio, se santigua tres veces, convencido de que ha visto al demonio o a la mismísima Muerte pasearse por la orilla. Baltasar lo mira, no del todo convencido de su propia invención, y encoge los hombros: si funcionó en Bujía —o si él cree recordar que funcionó—, aquí ha de funcionar.

Y es un trabajo perro, el de los del pico. Al acabar el turno, molidos, no pueden quitarse el traje y guardarlo, que va cargado de muerte: han de lavarlo puesto. Entran en el mar vestidos, y se restriegan la cera con arena y agua salada, y luego lo cuelgan a secar al sereno toda la noche. Y a la mañana siguiente, aunque el lienzo siga húmedo, rígido de sal y frío como un sudario mojado, se lo vuelven a calzar sobre la carne, y otra vez adentro. No hay dos trajes por hombre. Hay uno, y hay que vivir dentro de él.

Al caer la tarde de aquel primer día empieza, por fin, la purga de las casas, y esa es la parte que a Bruno, con su nariz, se le queda para siempre. Los cuidadores del pico entran en las casas selladas y las vacían: todo lo que es tela —la ropa, las sábanas, los jergones, los colchones, los tapices, hasta las cortinas— sale a rastras y va derecho a una gran pira que arde sin descanso en mitad de la plaza. Y Bruno, que lo mira todo, ve una cosa que no entiende y que no olvidará: que cuando arrojan los jergones al fuego, de las costuras salen huyendo, a saltos, unas pulgas menudas, un hervidero de bichos negros que corren buscando dónde esconderse y no encuentran más que fuego. Nadie repara en ellas sino él. Nadie sabe lo que son. Arden en la pira con la lana, y con ellas, aunque ningún hombre de aquella plaza pueda saberlo, arde de verdad la peste. Los muebles de madera, que no arden porque hacen falta, se sacan a los adoquines, y cuadrilla tras cuadrilla los baña y los restriega con vinagre de vino, tabla por tabla, pata por pata, hasta dejarlos chorreando ácido.

Tres días así, de desesperación y de humo. Ya poco queda por quemar. Y al tercer día, en el palacio, el consejero sube a la cámara del Gran Maestre con un papel en la mano y una cara que hace meses que no se le veía.

Verdale está donde siempre, con el pie hinchado sobre el escabel, crispándose de dolor cada vez que se mueve.

—¿Qué traes? Como sean más muertos, guárdatelo, que hoy me duele hasta el alma.

—Traigo la cuenta del escribano, Ilustrísima. —El consejero la deja sobre la mesa—. Ayer murieron dos menos que anteayer.

Verdale lo mira por encima del papel.

—Dos. —Frunce el ceño—. Dos non es nada. Dos puede ser el azar. Puede ser, sencillamente, que ya nos quede menos gente que se pueda morir.

—Puede ser, mi señor —concede el consejero—. Non lo niego. Mas también puede ser lo otro. Y en dos meses, esta es la primera vez que la cuenta baja en lugar de subir.

Hay un silencio. Verdale mira por la ventana, hacia el humo de la ciudad, y se le mueve algo en la cara vieja.

—Dos muertos menos —repite en voz baja—. Válgame Dios. —Y luego, casi con miedo de decirlo, no vaya a gafarlo—: Que non se cante victoria, ¿me oyes? Ni una palabra fuera de esta cámara. Mas… manda decir una misa. Una de gracias, discreta. Por si acaso. —Se pasa la mano por la cara—. Que un moro vestido de loro y un niño que huele muertos nos estén salvando la isla … habrase visto. Si lo cuento en Roma, me encierran por loco.

Esa misma tarde el capellán reza una plegaria de gracias sobre la barca varada, breve, sin alardes, y por primera vez en meses se ve asomar entre el humo un hilo finísimo de esperanza, tan delgado que da miedo mirarlo por si se rompe.

Y entonces ocurre la cosa pequeña que se lo confirma a Bruno. Husmea el aire al anochecer, como hace siempre, y nota algo distinto: por primera vez desde que entró en el Gran Puerto, el olor del vinagre —agrio, punzante, limpio— empieza a ganarle terreno al dulzor de la muerte. No lo tapa del todo, ni mucho menos; la muerte sigue ahí debajo, y seguirá muchos días. Pero por encima, ahora, flota el ácido. Y Bruno, que lleva toda su vida leyendo el mundo por la nariz, sabe leer también esto: que cuando un olor empieza a comerse a otro, es que algo, en alguna parte, ha empezado a cambiar de bando.

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