Bruno Carpa.
Lo más parecido a un cristiano.
Capítulo 16
El puerto de Palma es un hervidero. Suben y bajan hombres por las planchas como hormigas por un terrón, cargando a la espalda todo lo que ha de llenar cuatro bodegas para una isla que no puede comprar nada: fardos de bizcocho, quesos en angarillas, pipas de agua, pipas de vino, y barril tras barril de vinagre, tantos que el muelle entero huele a agrio y a Bruno le pican los ojos. Sacos de harina, cajones de mecha, la pólvora aparte y con guardia, medicinas envueltas en paja, rollos de lienzo blanco que nadie quiere nombrar porque todos saben para qué sirve tanto lienzo en una peste.
Bruno anda con el escribano, ayudándole a llevar la cuenta de lo que sube. Y el escribano —un hombre de pluma que ha visto de todo— no sale de su asombro: que un ventor, un podenco de nariz prodigiosa, sepa además leer un albarán y sumar una columna de cifras sin equivocarse, y que los números, sobre todo, se le den como si hubiera nacido con ellos. "¿Quién te enseñó, rapaz?", le pregunta, y Bruno se acuerda del veedor Fenech, de aquellas tardes de invierno en Malta arrancándole las letras a un hombre que empezó odiándolo, y sonríe sin contestar, que hay deudas que no se explican.
Está en eso cuando nota que dos sombras se le han puesto delante y no se mueven. Son los dos moros —Hamete, el de Bujía, ancho y callado; Alí, el de Orán, flaco y de ojos vivos—, los dos con el bonete en la mano y la cabeza un poco gacha, en esa postura de pedir que Bruno conoce bien porque la ha hecho mil veces. Le sorprende: son hombres hechos, y él es un niño.
—¿Qué deseáis? —les dice.
Alí habla por los dos, en la lengua franca del mar —esa jerga de puerto amasada con retazos de italiano, de español, de árabe y de lo que haga falta, con la que se entienden moros y cristianos de Argel a Génova sin hablar ninguna lengua de veras—, porque todavía no sabe una palabra de la que se habla en Malta:
—Mí y Hamete non poder embarcar —dice, despacio, buscando las palabras—. Ellos decir: primero el bautismo. Y para el bautismo, mí necesitar padrino. Un padrino.
—Ah. —Bruno cree entender—. Queréis que os recomiende uno.
—Non. —Alí niega con la cabeza, y sonríe apenas—. Queremos que padrino ser tú.
Bruno se queda con la boca abierta.
—¿Yo? Pero si soy un mozo. El padrino ha de ser un hombre hecho, y de bien.
—Eso decir el cura: hombre de bien, que cumplir los preceptos. —Alí abre las manos, y en el gesto hay toda una filosofía—. Mí mirar la tripulación, amigo. Mí mirar bien. —Baja la voz—. La mitad anoche gastar la paga entre las piernas de las mujeres, y hoy volver a alistarse porque non quedarles ni para el vino. ¿Esos, hombres de bien? Tú, chico, non beber, non robar, non mentir. En este barco, tú ser lo más parecido a un santo que haber.
Y ahí Bruno se ríe, porque es verdad y porque dicho así tiene su gracia. Pero se le ocurre lo evidente:
—¿Y el señor de Lesco? Un caballero de la Orden. ¿No os puede apadrinar él, que más honra os haría?
Se hace un silencio.
Es un silencio largo, y los dos moros no contestan; solo que a Alí se le escapa primero una sonrisa por la comisura, una sonrisa que no dice nada y lo dice todo, y Hamete, el callado, baja la vista al suelo mordiéndose la de él. Y Bruno entiende. Entiende que esos dos, recién llegados y todo, ya saben lo que sabe la nave entera y calla la nave entera: que el pecadillo del señor no lo hace el más indicado para salir garante de la castidad de nadie. Los tres se sostienen la sonrisa un momento, cómplices, sin decir palabra —que la palabra sería la traición—, y Bruno piensa, con esa lucidez que le viene a veces de golpe, que aquellos dos hombres son también, ya, rehenes de las dos mentiras; y se pregunta si media Malta y media Mallorca no serán rehenes de mentiras parecidas, guardadas por respeto o por miedo, y sospecha que sí, que el mundo entero se sostiene sobre secretos que todos conocen y nadie dice.
—Será un honor —dice al fin—. Seré vuestro padrino. —Y le sale del alma, aunque no sabe muy bien en qué se está metiendo—. ¿Habéis hablado ya con el cura?
—Sí. Y ahí haber otro problema. —Alí frunce el ceño—. El cura decir que non hay tiempo para la doctrina, para aprender la fe como Dios mandar; que eso llevar semanas. Él proponer hacerla en el mar, poco a poco. Mas para eso pedir permiso: una hora cada día, libres de trabajo, para la religión y las letras, hasta juntar las horas que él querer.
—Eso yo no lo puedo conceder —dice Bruno—. El trabajo de a bordo no es cosa mía. Aguardad, que hablaré con Tristán.
Tristán está a media plancha, dirigiendo la subida de una pipa de vinagre que cuatro hombres izan a fuerza de cabo y de blasfemias, y cuando ve venir a Bruno con cara de recado se le alegra el gesto, que hasta el más cumplidor agradece una excusa para dejar de gritar un rato. Bruno se le arrima y se lo cuenta al oído, discreto. Tristán escucha, asiente, y se vuelve hacia los del cabo.
—Vosotros. Mirad ese barril. —Los cuatro lo miran—. Me ausento lo que se tarda en rezar un avemaría. Como se os caiga por la plancha, os juro por mi ánima que lo próximo que rueda al agua detrás de él son vuestras criadillas, las cuatro pares. Hasme entendido.
Y se va hacia la Lonja a paso vivo. En lo que se tarda en pestañear, la mole de Tristán se ha tragado la muchedumbre del muelle y ya no se le ve; pero vuelve casi antes de que Bruno acabe de contarle a los moros que espere. Ni suda.
—Arreglado —dice—. El señor de Lesco lo concede de mil amores; dice que non hay obra que más le plazca que traer almas nuevas a la luz del Señor, y que se le hará una hora al día con gusto. Decídselo al cura, que se haga hoy mismo, que zarpamos con la marea de mañana. —Y ya volviéndose al barril—: ¡Y vosotros, arriba eso, que os veo mirándome las manos en vez de mirar el cabo!
La parroquia de la gente de mar es la Santa Creu, a un tiro de piedra de la Lonja, entre las casas de los calafates y el olor del puerto. Es iglesia de marineros, sin lujos, con sus exvotos colgando de las bóvedas —barquitos de madera, muletas, un remo partido— que son las gracias que el mar ha concedido a los que volvieron. El rector es un mossèn viejo y curtido, de manos grandes, de esos que han bautizado a más cautivos liberados de los que pueden recordar y no se andan con teologías: hombre práctico de una parroquia práctica. Oye lo del permiso, gruñe su conformidad, y manda buscar lo necesario.
Faltan los testigos, y se toman los dos primeros que hay a mano, que para el caso valen: dos marineros del San Juan Bautista que andaban por allí. Onofre, un mallorquín grande como un armario y con una voz que no le pega, finísima, cristiano de los de misa el domingo y ni un paso más, pero incapaz de asistir a un bautismo, una boda o un entierro sin que se le salten las lágrimas como a una vieja, y ya las tiene a punto antes de empezar. Y Cosme, pequeño, seco, otro cristiano de mínimos, que se cuelga del cuello una ristra de medallas de santos que va comprando en cada puerto y besa antes de dormir, aunque no sabría decir el nombre de la mitad, porque no sabe leer y le da igual: él las besa todas por si acaso, que en el mar más vale santo de sobra que santo de menos.
El rito es breve y hondo. Hamete primero, Alí después, se arrodillan de uno en uno ante la pila de piedra e inclinan el torso y la cabeza descubierta sobre la copa. El mossèn les pone en la lengua unos granos de sal —la sal de la sabiduría—, murmura sus oraciones y sus exorcismos en latín, esa lengua que ni los moros ni Onofre ni casi nadie entiende y que por eso mismo suena a conjuro; les pregunta si abjuran de su error, y ellos, aleccionados, responden que sí. Luego el rector recoge agua bendita de la pila con un aguamanil de estaño y la vierte tres veces sobre cada cabeza gacha:
—Ego te baptizo in nomine Patris —el primer chorro, que resbala por la frente— et Filii —el segundo, por la nuca— et Spiritus Sancti —el tercero, que gotea de la barba al sumidero de la pila.
El agua corre por aquellas caras curtidas de sol y de sal, y Bruno, de padrino, con una mano en el hombro mojado de cada uno cuando le toca, huele una cosa que no esperaba: que el agua bendita huele igual que el agua, y que lo que cambia no está en el agua sino en la cara del hombre que se levanta. Los seca el mossèn con el capillo de lino blanco, les unge la coronilla con el crisma —ese aceite espeso que huele a bálsamo y a iglesia—, y les pone en la mano una vela encendida. Y lo último, que es lo que más pesa: les da sus nombres nuevos. A Hamete, el de Bujía, lo bautiza con el nombre de Baltasar; a Alí, el de Orán, con el de Melchor, que al mossèn le ha parecido cosa de buen agüero llamar como a dos de los tres Reyes de Oriente a dos hombres que vienen justamente de allá, de Levante, a adorar por fin a quien debían. Onofre llora a moco tendido. Cosme besa una medalla.
Y ya está. No hay banquete ni padrinazgo largo ni fiesta, porque no hay tiempo para nada: el puerto sigue rugiendo ahí fuera, la marea de mañana no espera, y una isla se muere a seis días de mar. De modo que Melchor y Baltasear, cristianos de media hora, con el pelo todavía chorreando y el crisma fresco en la coronilla, salen de la Santa Creu detrás de su padrino de doce años, se remangan, y vuelven a la plancha a cargar barriles de vinagre, que la salvación del alma es cosa de un rato pero la carga de una nave no se hace sola.
Camino de la plancha se cruzan con Rafel, un gaviero que baja con un rollo de jarcia al hombro, y que se para al verlos con las cabezas mojadas.
—¿Qué, ya sois cristianos? ¿Cómo ha ido el bautizo? —Y curioso—: ¿Qué nombres os han puesto?
—Melchor y Baltasar —contesta Bruno, orgulloso, con una sonrisa de oreja a oreja, que padrino no se es todos los días.
Rafel suelta una carcajada abierta, de las que hacen volver cabezas en el muelle.
—¡Melchor y Baltasar! ¡Como los Reyes Magos, ni más ni menos! —Y cuando se le pasa la risa, cae en lo que tiene delante—: ¿Y quién es Melchor y quién Baltasar?
Los tres se miran. Bruno mira a Hamete, Hamete mira a Alí, Alí se mira los pies. Ninguno lo tiene claro, que hace media hora tenían otros nombres y una vida entera con ellos, y estos dos les bailan todavía en la cabeza como zapatos prestados. Se hace un silencio que amenaza con volverse eterno.
—Ea —zanja Rafel, riéndose todavía, señalando con el dedo a uno y a otro—: tú eres Melchor, y tú Baltasar, y se acabó. Ya está. Andando, que hay barriles.
Y así queda decidido, por la sola autoridad de un gaviero con prisa, quién es Melchor y quién Baltasar para el resto de sus días.
