Bruno Carpa.

Laurel y lejía.

Capítulo 8

La travesía de Gozo al Gran Puerto es corta, y gracias a Dios que lo es. En las bodegas de las galeotas apresadas, los corsarios van hacinados como iba su propia mercancía la semana pasada: encadenados de dos en dos, sentados entre cuadernas, respirando por turnos un aire que se mastica. Y arriba, en cubierta, va lo más peligroso de la nave, que no son ellos: son sus antiguos remeros. Los libertos miran la escotilla de la bodega como miran los perros la puerta de la carnicería, y más de uno afila en secreto un hierro robado, y se oyen, de noche, promesas dichas en voz baja de lo que se le debe a tal guardián, a tal cómitre, al que quitaba el agua, al que pegaba mojado. La venganza flota en el ambiente como flota la brea; a nadie se le esconde, y el resultado es una escena que ningún marino ha visto nunca: más guardias vigilando a los hombres libres que a los presos. Con una semana más de mar, no habría habido guardias bastantes; los libertos habrían acabado tomando la bodega para cobrarse a mano lo que los tribunales de Malta cobrarán a látigo y a remo. Una travesía corta, gracias a Dios.

Caterina va en cubierta, sentada sobre una aduja de cabo, con la muñeca de trapo en el regazo. No estorba, no llora, no pregunta: mira. Mira el mar con esos ojos fijos y lejanos que la gente de galera conoce bien, porque son los ojos de los que llevan demasiados años al banco — ojos de remo, los llaman, la mirada de quien está aquí y no está —. Verlos en un galeote viejo encoge el ánimo. Verlos en una niña de diez años lo encoge dos veces.

Lo de volver a Malta con toda la presa, por cierto, no volverá a suceder, y en la toldilla se habla de ello sin misterio. Ha valido por esta vez porque Gozo está en la puerta de casa; pero el sistema de las campañas será otro: la presa se venderá donde se tome, en el puerto amigo más cercano — Palermo, Mesina, Trapani, tierras del Rey de España —, y se cambiará por lo que menos abulta y más vale, que a ser posible será plata de las Indias, reales de a ocho que caben en un cofre. Volver a Malta a descargar cada botín sería, dice Tristán, como el encalador que dejase el caldero de cal en su casa y volviese a mojar la brocha a cada brochazo: mucho camino, poca pared.

El desembarco en el Gran Puerto tiene su ceremonia y su tragedia. Los presos van cruzando la pasarela de dos en dos, torpes por el hierro, entre dos filas de soldados; y a media faena, un liberto se abre paso como quien no quiere nada y, con un empujón seco, manda al agua a una de las parejas. Los dos corsarios caen sin un grito: el peso de las cadenas los sienta en el fondo del puerto antes de que nadie llegue a echar un cabo, y del agua no suben más que burbujas. Al liberto lo prenden allí mismo, sin que se resista.

—¡Cien azotes te costará, bellaco! —le grita el cabo de guardia mientras se lo llevan—. ¡Cincuenta por cabeza! ¡Has echado al mar hacienda del Rey!

—Non me importa —responde el hombre, y no alza la voz ni la baja—. Ha valido la pena.

Y se deja llevar tan tranquilo, como quien ha pagado una deuda antigua y le ha sobrado dinero.

Caterina lo ha visto todo y no ha visto nada. Sigue en su lejos, y cuando le toca cruzar la pasarela se deja llevar de la mano igual que se dejó en la playa. Tristán se agacha hasta la altura de Bruno:

—Escucha. Mi señor y yo tenemos que despachar lo de la presa con los oficiales del Rey y de la Religión, y es negocio largo; tu parte se te guardará, pierde cuidado. Tú encárgate de la pequeña: llévala al palacio, a las cocinas, y preséntasela a Grazia como es debido. ¿Hasme entendido?

—Hete entendido.

El camino del muelle al palacio, que Bruno se sabe de memoria, debe de ser para Caterina como cruzar un sueño ajeno. Ella viene de un pueblo donde se conocen todos los perros por su nombre, y esto es una garganta de piedra dorada que sube y sube, llena de gente que grita en cuatro lenguas, de carros, de campanas que se contestan, de caballeros de negro con su cruz blanca, de esclavos con argolla al cuello cargando fardos — y al cruzarse con los primeros, Bruno siente que la mano pequeña se le cierra sobre los dedos como un cepo, y no la suelta hasta dos calles después —. La niña lo mira todo sin girar la cabeza, solo con los ojos, como miran los pájaros. Huele a ciudad: a polvo de cantería, a fritura, a estiércol de mula, a agua de rosas cuando pasa una señora. Bruno querría explicarle que uno se acostumbra, que él también llegó así, que esta piedra acaba siendo casa. Pero no comparten lengua, así que hace lo único que puede: le aprieta la mano de vuelta, dos veces, despacio. Y ella no contesta, pero tampoco la retira.

En las cocinas del palacio es media tarde, esa hora de calma entre dos batallas en que los calderos descansan y las moscas mandan. Grazia está sola, pelando habas. Levanta la vista, ve a Bruno, ve a la niña de la mano de Bruno, ve la muñeca de trapo — y lo entiende todo antes de que el muchacho abra la boca, porque las mujeres como Grazia entienden estas cosas por el aire.

—Vaya —dice, sin dejar las habas—. Conque me traes más trabajito. Lo que me faltaba. Me costará más enseñarla que el servicio que me ha de dar, que estas criaturas de pueblo non saben nin coger una escoba de las finas. —Se limpia las manos en el delantal, refunfuñando—. Mas la orden es la orden, y si el señor de Lesco lo manda, bajo mi cargo queda. Faltaría más.

Todo esto lo dice con la boca. Con el resto lo dice de otra manera: ya está de pie, ya ha mojado un trapo de cocina en el barreño, ya se ha puesto en cuclillas delante de Caterina y le está limpiando la cara de sal y de mugre con una delicadeza que no pega con sus manazas. El trapo huele a lejía suave y a laurel, y esa será siempre, para Caterina, la primera memoria de su vida nueva: laurel y lejía, y una mujer grande refunfuñando mentiras.

—A ver, quieta, que un delantal se ata por detrás —dice luego Grazia, dándole la vuelta con la excusa de una lazada.

Y desde atrás, atándole aquel delantal que le queda como una vela a un bote, la rodea entera con los brazos, un momento, como quien no hace nada. Caterina se queda rígida. Después, muy despacio, algo se le deshace por dentro — Bruno lo ve en los hombros, que bajan medio dedo —, y la niña se recuesta contra aquel cuerpo grande que huele a pan y a caldo, y por primera vez desde la playa de Marsalforn está en un sitio del mundo donde no puede pasarle nada.

Es Grazia la que rompe a llorar. Primero poco, con la cara vuelta hacia las habas, como si fuera cosa del humo; luego a lágrima suelta y sin esconderse, apretando contra ella a esa hija que le llega por la puerta falsa, con diez años ya hechos y una muñeca de trapo. Y entonces Caterina no puede más: se da la vuelta dentro del abrazo y abraza también, con los dos brazos, con toda la fuerza que le cabe, la cara hundida en el delantal. No dice nada. Todavía no dice nada. Pero se agarra como se agarran los vivos.

Bruno sale de puntillas, que hay cosas que se estropean con testigos.

La escala en Malta dura poco. Aunque estén en casa, hay que partir: el Mare Apertum acaba de abrirse, la temporada de caza es un tesoro que se gasta solo, y la escuadra no volverá hasta el día de San Martín, cuando el mar se cierre. En el muelle, Tristán anda ya otra vez metido en faena, estibando carga y despachando con unos y con otros, cuando Bruno baja del palacio solo, con las manos en las mangas y esa cara de contento que no se puede disimular a los once años recién hechos. Tristán lo mira llegar, y le revuelve la coronilla con la manaza, un gesto que vale un discurso.

—¿Hecho?

—Hecho.

—Pues alégrate, que hay más. Válgame el cielo, rapaz: hay una bolsa grande esperándote. Vas a ser el niño más rico de Malta. Te la guardan en la Veneranda.

La Veneranda Cámara del Tesoro: las arcas de la Religión, donde el escribano ha asentado la parte de Bruno, que allí quedará criando polvo y fama hasta que el muchacho tenga edad de hombre — o hasta que la necesite antes, que para eso el señor de Lesco queda por su fideicomisario, guardián del dinero como lo es de la nariz.

Parten del Gran Puerto con la fresca, la San Juan Bautista y las galeras, con intención de correr las costas de Sicilia. Los libertos han pedido embarcar con ellos, que los desembarquen en sus pueblos al pasar; pero repartir doscientos hombres cala a cala ralentizaría la campaña entera, y se les dice que no: se fletará un navío que los devuelva a Sicilia como Dios manda, y don Juan de Cardona en persona toma a su cargo el fletamento, que los hombres del Rey vuelven a tierras del Rey por cuenta del Rey.

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