Bruno Carpa.
Las dos mentiras.
El Puerto Grande de La Valeta se cruza en falúa, y desde el agua se entiende mejor que desde ninguna parte lo que es Malta: no una isla, sino un arsenal con isla alrededor. Todo lo que flota tiene su cala —aquí las galeras dormidas bajo sus tinglados, allá las urcas del trigo, más allá los pontones y las barcas del pescado—, y todo lo que no flota es muralla o está en camino de serlo, que por todas partes suenan los picos de los canteros y cuelgan andamios de las cortinas de piedra. El agua trae olores por barrios, como una ciudad líquida: brea y estopa frente a los pontones; sardina y salmuera junto a las barcas; el hedor manso de las galeras al pasar frente a su cala; y por encima de todo, seco, limpio, constante, el polvo dulce de la caliza recién cortada, que es el olor de una ciudad que todavía está naciendo.
Desembarcan al pie de la ciudad nueva y toman camino arriba. La Valeta trepa por su monte en calles derechas como surcos, tan empinadas que muchas son escalera, y Bruno, que viene de los callejones torcidos de Lyon, no ha visto nunca cosa igual: una ciudad a cordel, sin rincones, más joven que muchos de los hombres que la pisan. Cruzan gentes de todos los cueros: caballeros de negro con la cruz blanca de ocho puntas, esclavos moros con su argolla, canteros blancos de polvo, un aguador que pregona.
Y a media cuesta ocurre la cosa rara. De Lesco acorta el paso, y con dos dedos hace a Bruno una seña inequívoca: a mi vera. Un noble camina con su gente detrás; que llame a un mocoso a su costado, hombro con hombro, es rareza que Tristán registra alzando una ceja, aunque nada diga, quedándose él tres pasos atrás con el pliego bien guardado en su bolsa de cuero.
—Escúchame agora, Bruno, que esto ha de decirse una vez y non más —dice de Lesco, sin dejar de andar ni de saludar de tanto en tanto con la cabeza a quien le saluda—. En todo el tiempo que dure lo nuestro, solas dos mentiras te pediré. Nin una más. Todo lo demás que por mí digas será verdad, que la verdad es más barata de guardar.
Bruno asiente, y el caballero alza un dedo.
—La primera es cómo nos conocimos. Non es bueno que un caballero de la Religión frecuente lupanares, nin es bueno que cierre tratos con huérfanos ladronzuelos; lo uno mancha mi hábito y lo otro tu provecho. Conque esta es la historia, y apréndela bien: te hallé en Lyon, en el mercado, haciendo delante del público una demostración insólita: hallabas objetos escondidos con la sola nariz, y las gentes te echaban monedas. Yo lo vi, tenté tu don con mis propias prendas y te tomé a mi servicio con licencia de nadie, que a nadie tenías. —Hace una pausa y sonríe apenas—. Ya ves que la buena mentira ha de ser prima hermana de la verdad: todo eso hiciste, solo que el mercado era otra clase de mercado.
Suben unos peldaños. Un carro de piedra baja traqueteando y los obliga a arrimarse al muro, que está tibio de sol.
—La segunda —y aquí la voz baja un punto, aunque la calle está sola— es la que habrás de sostener en el tiempo, y es esta: mi afición a las mancebías non existe. Nunca me viste en una, nunca me verás. Los caballeros de la Religión hacemos voto de castidad, entre otros que se cumplen mejor; y aunque te digo yo que peor afición es coleccionar tierras ajenas, que ha desangrado más cristianos que la peste, o ahogarse en vino, que vuelve bestia al más señor, lo cierto es que el hábito non perdona lo mío como perdona lo otro. Es mi único pecadillo, Bruno, y quiero que siga siéndolo: único y pecadillo. ¿Hasme entendido?
—Hete entendido, mi señor.
—Pues eso es todo el precio. Ten quieta la lengua en esas dos cosas, y lo nuestro será provechoso para los dos hasta que Dios quiera. Suéltala una sola vez, y non habrá nariz que te valga. —Lo dice sin amenaza, como se dice el estado del tiempo, y por eso mismo se le cree.
El palacio está en lo alto, frente a una plaza donde el sol cae a plomo. Por fuera es engañosamente llano, un casón severo de piedra dorada, sin más adorno que la portada; que la Religión gasta la fanfarria en las murallas y la guarda en casa. A la puerta velan dos alabarderos con media armadura, y aquí Bruno asiste a una transformación: el hombre embozado de Lyon, el pasajero discreto de la saetía, se acaba en aquel umbral. De Lesco se yergue, se descubre, da su nombre y su lengua —"de Lesco, de la lengua de Francia"—, y las alabardas se apartan con un respeto que no se improvisa. Antes de cruzar, tiende la mano hacia Tristán sin mirarlo; el servidor le pone en ella el pliego sellado, y el caballero se lo guarda al pecho.
Pasado el zaguán, donde huele a piedra fría y a la grasa limpia de las armas de la guardia, se abre un patio de arcadas con un naranjo y una fuente que gotea, y tras él los corredores. Y allí Bruno se para sin querer, porque las paredes arden. Están pintadas de arriba abajo, al fresco, con colores que aún huelen a nuevos —a cal, a aceite, a tierras molidas—: galeras que se abordan, murallas que revientan, turbantes y cruces, humo, un mar lleno de hombres. Es el Gran Sitio, le dirán después; la Religión ha mandado pintar su propia gloria en los muros de su casa, para que ningún caballero desayune sin recordar a qué ha venido. Todo el palacio es así por dentro: artesonados nuevos, tapices, arcones tallados, ese lujo comedido y solemne del renacer de Italia, que no grita como el oro pero pesa más; y por el aire, cera de abejas, incienso viejo, cuero encerado y ese silencio oloroso de los sitios donde se manda.
Al pie de una escalera ancha, de Lesco se detiene y se vuelve.
—Hasta aquí, vosotros. Yo subo a donde se sube solo. —Se toca el pecho, donde lleva el pliego—. Tristán: llévalo por detrás, dale de comer y vele enseñando cómo ha de estar y callar en esta casa, que desde hoy es la suya. Empieza por los pies: aquí se anda sin ruido.
Y sube. Tristán le pone a Bruno una mano en el cogote, sin violencia, como se guía a un potro, y lo lleva por un corredor de servicio hacia las cocinas. Bruno va oliendo el cambio: por delante, los palacios huelen a cera y a incienso; por detrás, a col, a sebo y a pan, como todas las casas de los hombres. Le consuela el descubrimiento, y se deja llevar.
La sala del Gran Maestre está en lo alto de la escalera ancha, tras una antecámara donde velan dos alabarderos más. Es una pieza larga y solemne, de artesonado dorado, y quien la haya imaginado monacal se equivocó de religión: tapices de Flandes en los muros, alfombras de Levante que se comen el ruido de las botas, un aparador con plata labrada que valdría una galera, y cuadros, muchos cuadros —vírgenes italianas, un San Juan de buena mano, algún retrato de maestres muertos que miran torcido—, porque el dueño de la casa ama el arte y no ve razón para disimularlo. Sus enemigos, que los tiene, murmuran de estas paredes en dos cortes y tres lenguas: que acumula y atesora, que un fraile con voto de pobreza no vive así. Sus amigos responden que Malta no la gobierna un fraile sino casi un príncipe, y que a los príncipes se les juzga por sus murallas y no por sus alfombras. Unos y otros conceden que gobierna bien, que es hombre leído y agudo, y que con él la Religión come, cobra y no pierde una isla.
Al fondo, sentado tras una mesa de despacho, aguarda fra' Hugues Loubenx de Verdale, Gran Maestre de la Orden de San Juan y cardenal de la Santa Iglesia: viste la púrpura cardenalicia, y sobre ella, al pecho, la cruz blanca de ocho puntas, de modo que un solo golpe de vista lo dice todo — Roma en el paño, Malta en el esmalte. Es viejo sin ser frágil, de cara larga y ojos de contador. A su lado, en pie, espera su ayudante, un clérigo seco de ropa negra con carpeta bajo el brazo, de esos que oyen todo y no constan en ninguna parte.
De Lesco hinca la rodilla, besa el anillo, y se queda a la distancia justa.
—Dice mi guardia que traes un pliego que puede serme de interés —dice Verdale, sin más preámbulo, que los hombres ocupados saludan así—. ¿Qué dice?
—Non lo sé, Ilustrísima. Me lo dio en la mar un capitán raguseo, y me puso por condición que llegase lacrado a quien corresponde. Solo con vuestra licencia le quitaré el sello.
—Hazlo, pues, y veamos qué cuentan.
El ayudante se inclina entonces sobre el sillón y dice algo al oído del Gran Maestre. No se oye qué; pero la respuesta lo trasluce entero:
—Non te desveles, que es Lesco. Non tengo caballero más fiable nin más devoto en toda la lengua de Francia. —Y a de Lesco—: Ábrelo, non temas.
De Lesco rompe el lacre sobre la mesa y despliega el papel. El ayudante, olvidada la cautela, se le pone al costado para leer por encima del pliego; y el propio Verdale, que ha empezado la escena sentado y aburrido, acaba en pie, con las manos apoyadas en la mesa, que la curiosidad no respeta púrpuras.
—Parece que el raguseo trae cuentas del arsenal —va diciendo de Lesco, recorriendo los renglones—. Que el Turco tiene a punto en Constantinopla sesenta y cuatro galeras, aparejadas y con su chusma; que otras veinte están en las gradas, para botarse antes de mayo; que se cuece bizcocho para tres meses de campaña y se junta remo de leva en la Anatolia; y que el Bajá del Mar ha pedido dineros para cuarenta velas más, que el Diván aún non le ha dado. —Alza la vista—. Non son muchos, Ilustrísima. La voz que corría por la mar hablaba de ciento.
—Las voces siempre paren de más. —Verdale se endereza, y se pasea despacio por detrás de la mesa—. Mas non te engañes con la cuenta corta, que la nuestra tampoco luce: aunque hoy juntase la Cristiandad más flota que el Turco, que podría, de asediar Constantinopla estamos tan lejos como de asediar la luna. El que asalta pierde tres infantes por cada uno del que defiende; esa aritmética non la arregla la fe. Nin ellos pueden ya con Malta, nin nosotros con Constantinopla. Así está el tablero.
—Entonces, Ilustrísima —dice de Lesco—, parece que tendremos un año tranquilo.
—En realidad, non. —Y hay en la boca vieja del Gran Maestre un asomo de sonrisa que no promete tranquilidad ninguna. Se vuelve hacia su ayudante—: Llama al español.
Mientras el clérigo sale por una puerta excusada, Verdale explica, paseando:
—Fra' Juan de Cardona obedece al virrey de Sicilia, y por él al Rey Católico. Ellos padecen los mismos males que nosotros: non es la armada grande del Turco la que desangra este mar, son los corsarios de Berbería, que cada verano caen sobre las costas como avispas. Y hemos llegado a un acuerdo.
Debía de estar el español esperando en la sala contigua, y no de casualidad, porque entra antes de que el ayudante haya acabado de abrirle la puerta. Don Juan de Cardona es hombre de sesenta años mal contados y bien llevados: seco como un sarmiento, la piel del color del cuero viejo por cuarenta años de sol de cubierta, todo vestido de damasco negro con la cruz de la Religión al pecho —que también él es caballero profeso— y una cicatriz antigua que le baja de la oreja al cuello de la ropa. Fue general de las galeras de Sicilia, mandó escuadra en Lepanto cuando de Lesco era novicio, y camina como caminan los que han pasado más años sobre tablas que sobre losas: con las piernas algo abiertas, desconfiando del suelo que no se mueve.
—Non sé si os conocéis —dice Verdale, y hace la presentación como se debe, por nombre, hábito y hechos—: El señor don Juan de Cardona, del hábito de San Juan, general que fue de las galeras de Sicilia por el Rey Católico, y de los de Lepanto. El caballero fra' Jean-Baptiste de Lesco, de la lengua de Francia, comendador y corsario de la Religión, de quien ya os he hablado.
—Beso las manos de vuesa merced —dice de Lesco, inclinándose.
—Y yo las de vuesa merced —responde Cardona, con una voz de arena—. De oídas os conocía: dicen que hacéis más daño al moro con una nave que otros con cinco.
—El señor don Juan —prosigue Verdale, yendo al grano— tiene por cometido acabar con los asaltos a las poblaciones cristianas, que nos están mermando las costas de Sicilia, de Calabria y de esta isla, y esclavizando a sus gentes: aldeas enteras se llevan, Lesco, con la iglesia y el cura dentro. España pone galeras y dineros; la Religión pone lo que mejor sabe poner: colmillos. Te unirás a ellos con tu nave y tu gente, y daréis caza a esos malditos moros dondequiera que se guarezcan.
De Lesco inclina la cabeza, y esta vez no es cortesía: es apetito.
—Es encargo que me agrada, Ilustrísima. Y creo tener bastante que aportar a esa campaña. —Y si al decirlo piensa en una nariz de diez años que a esas horas anda oliendo las cocinas de palacio, nada en su cara lo delata.
—Perfecto es, pues. —Verdale vuelve a sentarse, toma la pluma, y el gesto es ya de despedida—: Id, y haced los preparativos. Que el Mare Apertum non espera a nadie, nin al Turco nin a nos.
