Las desventuras del Conde Eriny.

A medida que los días van pasando pierdo la noción de tiempo. Me estoy acostumbrando rápido a vivir en el Eriny, este yate de lujo, tanto que hasta los guías me llaman Conde Eriny, porque con el batín y el pelo blanco parezco el dueño de este hotelito flotante.

Desde el puente puedo ver

África a un lado Asia al otro, me recuerda al poema de Espronceda, cambiando Europea por África. Hay cientos de yatazos como "el mío" buscando lugares ideales para el buceo, cargados de turistas submarinos, como yo, infestando el Mar Rojo, otra plaga más que han visto estás agua desde que Moisés pasó por aquí abajo.

Ya había oscurecido cuando una chalupa, que había visto anclado cerca del arrecife, a unos doscientos metros del Eriny, se acercó con intención de abarloarse.

Benji corrió a proa para avisar a Jonatan, otro mexicano: ¡papito, nos asaltan los piratas!

Jonatan no daba crédito, "no mames, güei, ¿La neta?"

-Qué si vienen a por las morras.

(Morra es mujer, en el argot mexica).

A toda prisa Jonatan siguió a Benji hasta el balcón de popa de primer puente, desde allí se veía perfectamente como el barquito de madera tripulado con una media docena de hombres se había amarrado a nuestra plataforma de popa.

- ¡La verga! ¡Hijos de la chingada!- Jonatan no daba crédito mientras confundía a los pescadores con piratas hasta que Benji no pudo aguantar más la risa.

Esos curtidos navegantes pasan semanas en una barca de unos 6 metros pescando por estas aguas y se habían acercado porque tenían un problema con el motor que no pudimos solucionar. Los barcos como el mío les suelen regalar provisiones a menudo, aplicando en el mar la misma ley del desierto donde por una cuestión práctica de supervivencia se debe auxiliar a quien reclama ayuda.

Y no recuerdo en qué noche pasó eso.

También pierdo la cuenta de las inmersiones, antes del amanecer ya estamos en la sala donde nos presentan el siguiente buceo, que es justo de la salida del sol que anaranjada el cielo augurando otra fantástica jornada.

Hay que estar despierto para revisar que el equipo está en orden, de no olvidar nada, para evitar cualquier complicación a 25 o 30 metros de profundidad. Buceamos con aire enriquecido con mayor porcentaje de oxígeno, Nitrox, por lo tanto menos nitrógeno, eso nos da la posibilidad de estar más tiempo bajo el agua, y menos riesgo.

El Dunraven, era un carguero británico de 80 metros de eslora que zarpó de Bombay rumbo a Liverpool, su destino fue otro: colisionó contra el arrecife de Shad Mahmoud el amanecer 29 de abril de 1876, tardó casi todo el día en hundirse, por lo que pudo salvarse toda la tripulación.

A medida que íbamos sumergiendonos vaciando el aire de nuestros chalecos, iba apareciendo como una extraña ballena varada en el fondo, de un color azul grisáceo, cuando ya estábamos a punto de pasar a entrar en las tripas del monstruo, nuestras linternas descubrían los colores de la vida que vestía a la bestia inerte también por dentro, una paleta de llamativos tonos, frecuentada por peces que ya empezaban a hacerseme familiares y no por ello menos atractivos, iba estrechándose el pasadizo entre herrumbre que amenazaba con cortarnos, escuchaba mi respiración consciente del peligro, tratando de controlarla para no excederme en el consumo de aire, salimos por uno de los agujeros del casco. Pasamos entre el hueco cercano al timón donde la hélice de 4 metros de diámetro no volvió a girar desde hace 150 años y que ahora cubierta de vida casi no se distinguía para que se fabricó.

Es curiosa mi atracción desde niño por los barcos hundidos, pero ahora viendo en cómo la naturaleza convierte en jardines submarinos estas estructuras de chatarra que perecieron desafiando a los mares, le veo más sentido.

No debo ser el único porque sobre cada nave hundida flotan muchas más cargadas de personas que pagan para saltar de las que flotan para meterse en las que no.

Durante el copioso desayuno comentábamos emocionados como niños la aventura que acababamos de vivir, cuando alguien grito: ¡delfines!

Tuve que tomar una dura decisión: o prepararme otra crepe de Nutella o ir a ver a los simpáticos mamíferos marinos.

Mel ya estaba en la plataforma de popa en bikini y con sus gafas y tubo preparada para la acción. A pesar de su estatura camina firme y sin miedo, postura heredera de años en el ejercito en el que sirvió hasta que la jubilaron a temprana edad, son distintos los rumores sobre el motivo de su jubilación.

Los demás todavía ni nos habíamos planteado tirarnos por lo lejanos que se veían los lomos de los delfines.

Melissa nos contagió su intención cuando la vimos acercarse a nado a la manada.

La siguió Benji, el más joven del grupo, un mexicano muy salado que trabaja de fotógrafo subacuático en los cenotes de la península de Yucatán.

Detrás fui yo azuzado por mi fomo.

Nadaba sin rumbo porque no era fácil nadar, mirar a la superficie y que coincidiera con el momento que necesitaba los delfines para respirar.

Una de las Zodiacs del yate salió a acercarnos a nuestro objetivo.

Ya éramos 5 o 6. Saltamos cerca y vinieron a conocer quienes eran sus perseguidores. Nos pasaron por debajo, en una fracción de segundo o eso me pareció, y volvieron a perderse en el celeste entre el cielo y la arena del fondo.

Las aletas de estos delfines estabancomo absorbidas por unas jorobas.

Nos mostraron sus jibas unas cuantas veces más alejándose y acercándose, mientras nos agotabamos tratando inútilmente de darles caza.

Ana nos recordó que no nos convenía hacer muchas apneas ni mucho ejercicio porque todavía nos quedaban entre 2 y 3 buceos ese día.

Si el Dunraven me había sorprendido, el Gianni's D. superaría aún más mis expectativas. Era un carguero construido en Japón, que había ido cambiando de dueño, y también de nombre, lo cual en el mar es un mal augurio y efectivamente lo fue dado su destino final.

Quedó varado sobre el arrecife en abril de 1983, hasta que una tormenta lo deslizó hasta el lateral del arrecife partiéndo en dos los 100 metros de buque, a lado del cual los buceadores parecemos insectos sobrevolando un pepino.

La corrosión y la vegetación dan un aspecto siniestro al monstruo varado sobre su costado, desmenuzandose lentamente, para que podamos disfrutar siendo espectadores de su agonía, profanando sus vísceras, algo que se me iba a hacer peligroso.

Omar, se llama nuestro guía de buceo, un egipcio grande, calvo y con barba, que me recuerda a Alex, el camarero más veterano del Moltabarra, lo que algo más moreno de piel. También es un tipo simpático y con mucho sentido del humor, nos había hecho hincapié en penetrar al interior del buque en fila y guardando un par d metros de distancia, siempre con nuestras linternas encendidas, por un pasillo primero, luego girar a la derecha, después descender y a la izquierda, la verdad que no recuerdo si eran exactamente estas las indicaciones, u otras diferentes, como me suele pasar cuando alguien me intenta explicar cómo llegar a algún sitio, me pierdo en el segundo giro.

Mi grupo es el de los que tenemos menos experiencia, probablemente yo sea el que he hecho menos inmersiones con botellas, sin embargo me había estado sintiendo como pez en el agua. Fuimos entrando de uno en uno, y cuando me tocó pasar la escotilla inclinada, me incliné para reducir el riesgo de colisión de mi tanque con el quicio de la puerta oxidada, frente a mí se había levantado una nube de limo por el movimiento de las aletas de mis predecesores, a los que no conseguía ubicar, la fila era más una maraña en un espacio cerrado a 20 y pico metros de profundidad. No quería correr la misma suerte que Jonás. Cuando sentía que los nervios disolvían mi calma, me replanteé la situación y permanecí inmóvil tratando de controlar mi flotabilidad inflando y desinflando mis pulmones en la justa medida, para no pegar con ninguna de las paredes de esa caja negra ni con mis colegas.

El limo fue volviendo al fondo devolviendo l visibilidad, y mis compañeros fueron encontrando la salida que Omar nos señalaba, bancos de peces cristal (no sé cómo se llaman el castellano) okupaban las estancias de navío, e iban apartando sus visibles esqueletos al unísono para dejarnos vía libre, algún pez escorpión nos observaba con cara de pocos amigos sin que pudiéramos identificarlo, algunos nudibranquios daban puntos de color a la herrumbre. Coliflores de troncos carnosos morados, blancos, ocres bailaban por el agua que nuestras extremidades movía. Solo habían pasado 15 minutos y ya sentía esa intensa vivencia como mucho más larga. Al salir al exterior, me esperaba mi grupo sobrevolando fuera de la borda del pecio, el guía me indicó con gestos que mirara el puente de mando, entendí lo que mi conocimiento del lenguaje por señas quiso entender. Y me metí solo en la estancia donde el segundo de abordo debía ir al timón mientras el capitán dormía cuando notó como chocaban brutalmente contra el suelo, traté de imaginar lo que sintió aquel desgraciado hace cuatro décadas, pero no pude, yo sentía otras emociones en esa misma estancia.

Afuera me esperaba la instructora pegándome una bronca muda cuya mímica casi me provoca una burbujeante risa, por haberme separado del grupo, que efectivamente ya estaba perdiéndose por la culona popa del buque. Su hélice cuyas aspas tenían mi altura, no había tenido tiempo de mimetizarse con el resto de la vegetación.

Recorrimos su eslora y su envergadura no hizo conscientes de su magnitud respecto a nosotros y su insignificancia en el océano, como la nuestra.

Ese día no hubo buceo nocturno porque las condiciones climatológicas nos permitían navegar del tirón para llegar al amanecer a The Brothers (los hermanos). Nos vino a huevo el descanso para celebrar el cumpleaños de Nora, la mallorquina que me convenció para venir. La fiesta tranquila a pesar de que improvisaramos unos margaritas y una sangría, por lo que nadie trasnochó, el cuerpo con tanta emoción, compresión y descompresión nos pedía descansar.

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