Bruno Carpa.
La saetía sin cruz.
Capítulo 22
La Ciudad Nueva ya no parece un campamento de apestados. Parece un pueblo.
Se levanta en un llano pelado, a media legua de las murallas de La Valeta, y está partida en cuatro cuarteles —así los llaman los escribanos y las ordenanzas—, separados unos de otros por empalizadas de estacas y cuerda, con su zanja por delante y un guarda en cada paso. El pueblo, que tiene mejor oído que los escribanos, los llama de otro modo: los corrales. Lo dicen sin rencor, con esa guasa negra de los que han sobrevivido, porque saben que los repartieron como se reparte un rebaño; y hay quien se despide de un vecino por encima de la estaca gritando "¡hasta mañana, que non se me escape usted del corral!", y los dos se ríen. Reírse de eso es la manera que tienen de que no les duela.
Bruno huele el cambio antes de verlo, y lo huele cada mañana con una alegría que no se atreve a decir en voz alta. Hace un mes, el aire de Malta era muerte con vinagre por encima. Ahora hay vinagre todavía —siempre habrá vinagre—, pero por debajo han vuelto a asomar los olores de la gente viva: pan cociéndose en un horno de campaña, sardina en las brasas, ropa mojada tendida al sol, sudor de hombre que trabaja y no de hombre que se pudre, y hasta —el otro día lo notó y se le hizo un nudo en la garganta— un hilo de agua de rosas en una mujer que se había arreglado para algo.
Los baños, que empezaron siendo penitencia, se han vuelto fiesta. Cada tarde, cuando afloja el sol, bajan los cuarteles por turnos a sus caletas, y lo que era un rebaño asustado metiéndose en el agua es ahora una algarabía de chapoteos, de niños que se persiguen, de mujeres que se lavan el pelo unas a otras cantando en maltés esas coplas largas y quejumbrosas que aquí llaman ghana. Los hombres se rapan entre ellos con más risa que devoción y se burlan de las calvas ajenas. Y el capellán, que fue quien vendió aquello como triple bautismo, los mira desde la barca varada con la satisfacción del que ha hecho un buen negocio con Dios y con el pueblo a la vez.
También se han acabado los problemas para hallar cuidadores. Nadie quería serlo cuando ser cuidador era morirse; pero han pasado las semanas, y los del pico siguen ahí, vivos, comiendo caliente y cobrando su recompensa diaria de manos del palacio —que aquello se prometió cuando no había manera de reclutarlos, y se ha cumplido religiosamente, real a real—. Y la gente saca sus cuentas: los que tratan con la muerte todo el día no se mueren, y encima cobran. Ahora hay lista de espera. Nardu el herrero, que fue a la fuerza y maldiciendo a un niño y a dos alabarderos, es hoy cabo de una cuadrilla y anda por ahí con su traje encerado dando órdenes y explicándole a todo el que se deja que él fue de los primeros, y que ya lo decía él.
En el parlatorio —así llaman al portillo de la empalizada donde los de dentro y los de fuera pueden hablarse sin tocarse— se hace cada mañana un mercado que da gusto oír. Antes, los campesinos de la isla dejaban la verdura a cien pasos, en el suelo, y se largaban corriendo sin mirar atrás, como quien deja comida a un lobo. Ahora se plantan al otro lado de las estacas y pregonan a voz en cuello.
—¡Ah de los del corral! ¡Habas, cebolla y melón! ¡Melón dulce, señoras, melón de secano, que este año Dios non nos ha dado otra cosa, mas lo que ha dado ha salido bueno!
—¡Y caro, Salvu, y caro! —le grita una mujer desde dentro—. ¡Que a mi cuñado se lo vendías a la mitad antes de la peste!
—¡Antes de la peste éramos ricos y non lo sabíamos, señora! —Salvu el hortelano se golpea el pecho con la palma—. ¿Y quién me paga a mí el miedo de venir hasta aquí, dígame? ¡Que mi mujer me tiene por loco, que dice que un día me traeré el mal a casa metido en el capazo!
La verdura pasa por encima de la estaca en un cesto atado a una cuerda. Y el dinero vuelve por el mismo camino, pero de otra manera: el que compra echa las monedas en un cuenco de barro lleno de vinagre, y el cuenco se pasa, y el hortelano las pesca de allí una a una y se las guarda mojadas, porque así está mandado. A Bruno, que se detiene a mirar el trueque siempre que pasa por allí, ese cuenco le parece la cosa más hermosa de la Ciudad Nueva: el olor agrio del vinagre y el olor metálico del cobre mezclados, el olor de un pueblo que ha aprendido a comprar y vender sin matarse.
Hasta en el cuartel de los enfermos, que es el que nadie quiere mirar, hay menos bajas. En parte porque el que había de morirse ya se murió, que también es una verdad y hay que decirla. Pero sobre todo porque Baltasar bajó allí un día y se plantó delante del médico —el único de los tres del consejo que no acabó colgado— con una determinación de la que el pobre hombre no supo defenderse.
—Non los sangréis más.
—¿Que non los sangre? —El médico levantó las manos—. Hombre de Dios, la sangría es el fundamento del arte. Hay que sacar el humor corrompido, o el enfermo se ahoga en su propia ponzoña.
—Non hay tal. —Baltasar señaló las hileras de jergones—. Miradlos. Están secos como pasas, ardiendo de calentura, y vos les sacáis lo poco que les queda dentro. En Bujía sangramos a los primeros, y todos, todos sin falta, se nos murieron antes que los otros. Al que sangráis lo matáis vos, non la peste. Dadles agua, dadles caldo, dadles carne si la hay; que coman aunque non quieran, que del hambre non se ha curado nadie.
—¿Y los bultos? —preguntó el médico, ya con menos brío—. ¿Los dejo estar?
—Los bultos, cuando maduran y se ponen blandos, se sajan. —Baltasar se pasó el dedo por la ingle, marcando el corte—. Con hierro limpio, pasado por el fuego, y de un tajo, non a picotazos. Se saca lo que sale, se lava, y se pone paño limpio, y se cambia el paño cada día. Y lo importante, doctor, lo que non hicieron aquí: paño limpio de verdad, y jergón limpio, y suelo baldeado, y aire, y luz. Los vuestros se morían tumbados en su propia inmundicia. Un hombre puede vencer a la peste. En un muladar, non la vence nadie.
El médico lo miró un largo rato. Después de todo lo que había hecho, y de lo que había firmado, y de los dos cuerpos que aún se pudrían en la plaza por culpa de aquella firma, ya no le quedaba orgullo que defender.
—Enseñadme —dijo.
Y ahora, tres semanas después, hay hombres que salen de aquel cuartel andando por su propio pie, pálidos como el papel y flacos como perros, con la cicatriz del sajado en la ingle o en el sobaco; pocos, pero salen. Y cada uno que sale por la puerta en vez de por la pira vale por un sermón.
De todo esto van sabiendo en las naves. La San Juan Bautista y los tres cascos siguen fondeados en mitad del Gran Puerto, con las bordas mirando a la mar, y ya no bajan botes a buscar pertrechos —que la carga se descargó entera en los primeros días—, sino solo a llevar y traer nuevas: un correo al costado, unas voces a gritos, un papel atado a una caña, y de vuelta. Bruno, cuando puede, se acerca a la orilla a la hora en que sabe que baja el bote, y se queda mirando la nave a lo lejos, Buscando a su mentor y este nunca le manda decir nada, porque no sabría qué. Pero se pone donde se le vea.
Y es una de esas mañanas, en el parlatorio, cuando el hortelano Salvu deja de pregonar melones y se pone serio.
—Oye, muchacho —le dice a Bruno, que anda por allí—. ¿Tú non tratas con los señores de las naves? Pues diles una cosa, que a mí non me van a hacer caso y a ti sí.
—Decidme.
—He visto un barco raro. —Salvu se rasca la nuca—. Tres días, o cuatro. Una saetía chica, de las de pescar, con seis o siete hombres. Y andaba de torre en torre, ¿me entiendes? De atalaya en atalaya, arrimándose a la costa, despacio, quedándose un rato debajo de cada una y luego a la siguiente. Y otra vez lo mismo al caer la tarde.
—¿Y qué tiene eso de raro? Sería que pescaba.
—Eso digo yo. Sería que pescaba. —El hortelano alza un dedo—. Sino que non pescaba, rapaz. Yo llevo cincuenta años mirando el mar desde mi bancal, y sé lo que hace un pescador: cala, tira, cobra, se pelea con las redes, escupe, reniega. Estos non calaron nada. Ni una red, ni un palangre, ni un cesto. Non pusieron una almadraba ni una nasa. Estuvieron toda la mañana en el agua y non sacaron un solo pez. Yo he visto pescadores con mala fortuna, mas non he visto ninguno que non lo intente.
Bruno se ha quedado muy quieto.
—Y hay más —sigue Salvu—. Yo conozco todas las barcas de esta isla, todas, una por una, y a sus dueños, y a los padres de sus dueños. Y esa non era de aquí. Mas aunque hubiera una que yo non conociera, que podría ser, sería igualmente de las nuestras y se le vería: la cruz pintada en la vela, o un santo en la popa, o siquiera un nombre de cristiano en la tabla. —Escupe—. Esa non llevaba cruz. Non llevaba santo. Non llevaba nada. Iba lisa como una mano. Y una barca lisa, en estas aguas, non es barca inocente.
Media hora después hay un bote cruzando el Gran Puerto a golpe de remo, y un correo trepando por el costado de la San Juan Bautista para decirle a Lesco y a Galiana que se pongan sobre aviso, que alguien ha estado contando las torres de Malta.
El Gran Maestre convoca consejo esa misma tarde.
En la cámara están el consejero, el capellán, el médico, tres o cuatro oficiales de la Religión con el gesto agrio, Baltasar —vestido de físico, muy tieso— y, detrás de Baltasar, callado y con las manos a la espalda, Bruno. Verdale preside desde su sillón, con el pie desnudo sobre el escabel y el dedo gordo brillante como una guinda, y ha renunciado ya a disimular las muecas cuando le pincha.
—Señores, iré derecho. —Da unos golpecitos con el nudillo en el brazo del sillón—. Una barca sin cruz ha estado paseándose bajo nuestras atalayas, mirando cuáles arden y cuáles non. Y ninguna ardió. —Deja que eso cale—. Non hace falta ser Aníbal para leerlo. Alguien está tomando las medidas de esta casa, y non es para regalarnos unas cortinas. Habemos de dar por cierto que el turco, o el berberisco, o los dos, saben que estamos tocados, y que este verano o el que viene lo intentarán.
Un rumor recorre la cámara. Verdale alza la voz un punto.
—Y por eso he de saber a qué atenerme. —Se vuelve hacia el capellán—. Padre. Decidme cómo anda la peste.
Y ahí ocurre una cosa pequeña que a Bruno no se le escapa.
El capellán abre la boca y la vuelve a cerrar, y en su cara hay un instante de perplejidad, porque la pregunta va dirigida a él teniendo a dos pasos al hombre que gobierna aquello de la mañana a la noche. Baltasar no mueve un músculo; solo baja un poco la vista al suelo. Y Bruno, que lee a los hombres por la nariz, huele en él una punzada agria y breve —vergüenza, o algo hermano de la vergüenza— que se le pasa en seguida, porque Baltasar no es hombre de guardarse rencores donde no caben.
Bruno entiende. Entiende que el Gran Maestre sabe perfectamente quién ha salvado su isla, y que se lo agradece, y que lo protege, y que le ha guardado el secreto de su sangre como se guarda una deuda de honor; y que, aun así, no puede —no puede, no le nace— sentarse delante de sus caballeros y pedirle consejo en voz alta a un moro bautizado el mes pasado. Que hay hombres que hacen lo justo y no soportan que se les vea hacerlo. Y piensa Bruno, con doce años y una nariz que no perdona, que este mundo entero está tejido de esa clase de costuras.
El capellán, que también lo ha entendido, hace entonces lo único decente que se puede hacer.
—Ilustrísima, yo os diría lo que sé, que es poco y de oídas. Quien puede informaros bien es el físico. —Y señala a Baltasar sin dudar—. Preguntadle a él, que es quien lo lleva.
Hay un silencio de un latido. Verdale mira al capellán, y en esa mirada hay fastidio y hay agradecimiento a partes iguales, porque el cura le acaba de dar la salida.
—Sea. Hablad, físico.
Y Baltasar habla, y lo hace deprisa y en orden, como quien tiene los números en la cabeza.
—Va mucho mejor, mi señor. La cuenta de ayer fue de nueve muertos; hace tres semanas eran cincuenta y cinco, y hace cinco, setenta. Non ha entrado un enfermo nuevo en el cuartel de los aislados desde hace cuatro días, y eso es lo que de veras importa: non es que se muera menos gente, es que non enferma gente nueva. Los que quedan dentro son los que ya lo llevaban. —Hace una pausa—. Si Dios lo permite y non se rompe el orden, en un mes non quedará peste en esta isla
El Gran Maestre, al ver la cara de perplejidad de la parroquia, aclara — Si el turco pone la proa en esta isla, ¿qué sucede al día siguiente? Que Malta entera se me viene encima. Todo el que vive en un casal, en un bancal o en una cueva de esta roca lo abandona y corre a meterse tras mis murallas, que para eso están, y non les faltará razón. Y me hallaré con quince mil almas apretadas dentro de un recinto donde apenas caben la mitad, durmiendo unas sobre otras, comiendo del mismo caldero, cagando en las mismas letrinas. —Golpea el brazo del sillón—. Y non me digáis vos a mí lo que le pasa a una peste que aún non se ha ido cuando le juntan quince mil personas en un puño. Habré ganado el sitio y perdido la isla.
Baltasar se ha puesto pálido, porque no lo había pensado, y ve el precipicio de golpe.
—Tenéis razón, mi señor —dice en voz baja.
—Claro que la tengo. Por eso os he llamado. —Verdale se vuelve al consejero—. Extiende el mapa.
Lo extienden sobre la mesa, y todos se inclinan: los dos puertos como dos manos abiertas, y entre ellas las lenguas de tierra fortificadas.
—Escuchad bien todos, que esto se ha de hacer con orden o non se hará. Nuestras plazas son estas y non hay más. —El consejero va señalando con el dedo mientras el Maestre nombra—. La Valeta, la ciudad nueva, con sus muros y sus baluartes, que es el corazón. San Telmo, en la punta, guardando la boca de los dos puertos, que es la llave. El Borgo, con el castillo de San Ángel, del otro lado del Gran Puerto. La Sengla, con el fuerte de San Miguel. Y tierra adentro, la Ciudad Vieja, Mdina, con su ciudadela, para el que non alcance a llegar al mar. Y en Gozo, su ciudadela, que Dios les valga porque otra cosa non tienen.
—Cinco plazas y una isla entera de gente —murmura un oficial.
—Cinco plazas —dice Verdale— y una peste convaleciente. Y por eso el reparto non lo hará el pánico, lo haremos nosotros, y lo haremos antes de que se vea una vela. Se hará así: dentro de los muros, lo que non se puede perder. Los caballeros, la guarnición, la pólvora, el pan, el agua, los oficios que hacen falta para un sitio —herreros, carpinteros, calafates, panaderos— y sus casas. Nadie más. Y el resto de la gente, fuera, mas non a la ventura: en cuarteles como los que este hombre ha levantado, separados por sus empalizadas, arrimados a las murallas por la parte que baten nuestros cañones, de modo que estén cubiertos por la artillería sin estar metidos en el recinto. —Y aún hay más, y esto es lo que de veras los ha de guardar. Esos cuarteles non se levantarán sobre el llano, a la vista de Dios y del turco. —Verdale alza la mano y va dibujando en el aire lo que quiere, como si tallara el terreno con el canto de la palma—. Se cavará un foso, y dentro del foso irán ellos.
—¿Un foso, Ilustrísima? —El sargento mayor frunce el ceño—. Para un foso en regla, alrededor de tanta muralla, non tenemos brazos nin meses.
—Non habemos menester foso en regla, nin hondo. —Verdale niega con el dedo—. Non se trata de enterrarlos en vida. Lo justo, oídme bien: lo justo para que un hombre puesto en pie dentro de él quede con la cabeza por debajo del nivel del campo. Con eso basta y sobra. Y la tierra que se saque non se acarrea a ninguna parte: se echa toda hacia fuera, apilada y bien pisada, que haga parapeto. —Junta las dos manos, la una cavando y la otra amontonando—. Así, el que asiente una batería en ese llano y quiera batirlos, habrá de tirar contra un talud de tierra: y la bala, o se le hinca en el terraplén, que la tierra se traga el hierro mejor que la piedra, o le pasa por encima. Y por encima non hay más que aire.
—¿Y las bombas, mi señor? —pregunta uno de los caballeros—. Que si arriman morteros y las tiran por alto, caerán dentro justamente.
—Caerán —concede Verdale, sin alterarse—. Y en un foso, unas cuantas. Mas morteros traen pocos, tiran despacio y aciertan menos de lo que presumen, y non se gana un sitio a bombazos: se gana con la artillería gruesa batiendo a tiro rasante. De eso los guardo. De lo demás nos guardará Dios, si le place, que non hay muralla contra todo. —Se recuesta un punto—. El que quiera estar a cubierto de cuanto vuela, que se meta debajo de la Sacra Enfermería y non salga en un año.
Y es entonces cuando Baltasar, que ha estado siguiendo el dibujo invisible de aquellas manos con mucha atención, cae en la cuenta de algo y no puede callárselo.
—Mi señor… ese foso hará dos oficios, non uno.
—Explicaos.
—Que un foso separa. —Baltasar traza en la mesa una raya con el dedo—. Si en vez de un foso corrido cavamos uno por cada cuartel, con su franja de tierra firme entre uno y otro, la propia zanja les hará de empalizada, y non habrá quien pase de un corral al vecino por la noche sin que se le vea bajar y subir. Lo que los guarda del cañón los guarda también del contagio.
Verdale lo mira un momento en silencio. Después mira a sus oficiales, y hay en su cara una sombra de aquella satisfacción incómoda de quien ve confirmada una idea propia por una boca que preferiría no oír.
—Ya lo habéis oído, señores. Un solo trabajo para dos males. —Y le hace al consejero un gesto con dos dedos, que quiere decir asiéntalo—. Cavad hondo lo que baste y ancho lo que sobre. Y empezad mañana.
Que el turco non pueda tocarlos sin ponerse debajo de nuestras piezas. —Mira a Baltasar—. Y esos cuarteles, físico, los repartís vos, y con las mismas reglas de ahora: separados, lavados, con su parlatorio y su vinagre y su cuenta diaria. Si hemos de tener a la isla entera en el regazo, la tendremos peinada.
—Se puede hacer, mi señor —dice Baltasar—. Mas necesitaré estacas, cuerda, lienzo y hombres. Mucho de todo.
—Lo tendréis. —Verdale se recuesta, agotado—. Una cosa más, y es la más importante de todas: de esta cámara non sale una palabra. Nada de bandos, nada de pregones. Si mañana corre por Malta que viene el turco, se me echan quince mil personas a los caminos esta misma noche y non habrá quien las gobierne. Los oficiales, y solo los oficiales, empezarán a aprestar la defensa con discreción, como quien hace la revista de todos los años. Al pueblo se le dirá a su tiempo y por mi boca. ¿Ha quedado claro, señores?
Ha quedado clarísimo. Todos juran discreción con mucha gravedad, y salen.
Y al día siguiente lo sabe Malta entera.
No hay culpable, o los hay todos: un oficial que manda contar la pólvora con más prisa de la cuenta, un cabo que dice a su mujer que non compre paño, que ya se verá, un armero que trabaja de noche y a quien se le oye el martillo, un capellán que reza en la misa por "la paz de esta isla en los días que vienen" y se le queda mirando el pueblo. La gente de mar ata cabos con lo de la barca sin cruz, que ya la había visto medio puerto. Y el rumor, que no necesita puertas, corre por los corrales, salta las empalizadas, sube a los casales del interior y baja a las caletas antes de que el Gran Maestre haya acabado de desayunar.
Para el mediodía hay cola.
Cola en el camino de la Ciudad Vieja y cola en los caminos de los dos puertos: familias enteras con el hato al hombro, carros de bueyes cargados de arcones y gallinas, viejos a lomos de mulas, cabras, colchones, un santo de madera que cuatro hombres llevan a hombros como en procesión. Vienen del campo, de los casales, de las caletas; vienen a pedir asilo y amparo a la sombra de las murallas, y traen la cara de los que ya hicieron esto hace veintisiete años y se acuerdan.
Bruno los mira llegar desde lo alto de una tapia, y no necesita bajar para saber lo que traen dentro. Lo huele desde allí, y es un olor que conoce bien pero que llevaba semanas sin sentir, y que le eriza la nuca: el olor agrio del miedo.
Solo que es otro miedo. Y esa es la cosa más rara de aquel mediodía: que el miedo a la peste huele a rendición, a cuerpo que se abandona, y este huele distinto —más caliente, más rápido, casi con un punto de excitación por debajo—, porque es el miedo a un enemigo que tiene cara, que viene por el mar, y contra el que un hombre puede al menos cerrar el puño.
