

Nota de cata: Este relato contiene trazas de código, algoritmos y un 100% de intención literaria. Utilizo la IA sin complejos ni límites, pero las riendas siguen siendo mías. El truco está en averiguar dónde termino yo y dónde empieza la máquina... si es que se nota
La izquierda abatida (y la derecha que mira hacia otro lado)
La izquierda abatida (y la derecha que mira hacia otro lado)
Hace unos días un amigo me envió el enlace de un artículo que intentaba explicar el declive de la izquierda —o, como prefieren decir ellos, de las izquierdas—. La periodista repasaba los motivos habituales: una expansión identitaria que, además de la cuestión de clase, ha terminado por abarcar el ecologismo, el feminismo, el animalismo y casi cualquier causa que termine en ‑ismo. La tesis, dicha sin rodeos, es que la izquierda ha querido morder más de lo que puede masticar. Tampoco faltaba la mención inevitable a la corrupción. Y aunque el texto no lo dijera abiertamente, flotaba sobre él una sombra más incómoda: la costumbre de aferrarse al sillón cueste lo que cueste, incluso pactando con partidos nacionalistas a los que en otro tiempo se habría señalado como de ultraderecha.
Un desgaste que no es solo de un lado
Desde mi punto de vista, sin embargo, no asistimos únicamente al desgaste de la izquierda. La derecha también se deteriora a pasos agigantados; la diferencia es que, al no gobernar, ese deterioro no se traduce en un coste político visible ni en una sangría de votos. Quien no manda no firma decretos, no aprueba presupuestos, no se ve obligado a renunciar a casi nada. La oposición es un terreno cómodo para conservar la pureza retórica.
El monopolio de los valores
La izquierda —me niego a llamarla izquierdas— ha construido un relato polarizado en el que se presenta como portadora natural de todos los valores positivos. El problema es que, para encarnarlos de verdad, no siempre está dispuesta al sacrificio que esos valores exigen. Y la derecha —me niego a llamarla derechas— le ha seguido el juego. En lugar de mantenerse en su lugar y reivindicar con calma que se puede creer en la igualdad de derechos, de género, de credo y de raza siendo de derechas, ha preferido la trinchera y la caricatura.
Le resultó más cómodo reírse de las versiones más extremas del feminismo —esas que aseguran que los gallos violan a las gallinas, o que dan por hecho que cualquier vecino blanco y heterosexual vive contenido por miedo a una denuncia— que disputar el terreno del sentido común.
Cuando la realidad desmiente a los dos bandos
Y es ahí donde tanto la izquierda como la derecha chocan, brutalmente, con la realidad. Las activistas más extremas a las que tanto se cita serán, como mucho, un puñado en un país de cincuenta millones de personas. A la feminista a la que se descalifica por su aspecto probablemente jamás se le ha pasado por la cabeza temer una agresión imaginada por un tertuliano. Y la vecina que aparece en esas fantasías masculinas seguramente vive ajena a todo ello, suspirando por el amor de otro vecino —o de otra vecina—.
Las personas de izquierdas son, antes que nada, personas, y por tanto imperfectas en la misma medida que las personas de derechas. Han progresado, han prosperado, han probado las mieles del capitalismo y abrazan, en los rincones más discretos de su biografía, principios que se parecen mucho más a los de Adam Smith que a los de Marx.
Una generación perdida, otra vez
Si en los años ochenta se habló de una generación perdida por la heroína, en estos años veinte del nuevo siglo asistimos a otra generación perdida, esta vez por el populismo. Y resulta curioso —y un poco triste— constatar que, en buena medida, son los supervivientes de aquella otra. Los que esquivaron una droga han caído, décadas después, en otra forma de evasión: la del eslogan, la indignación permanente y la certeza de tener siempre razón.
Debates que merecen salir del ruido
No tengo la menor duda de que existen debates importantes y necesarios, por ejemplo, si los menores que desean un cambio de sexo, deben poder acceder a él?, cual debe de ser la edad de acceso a la pornografía?,debe ser legal la prostitución? y los juegos de azar en internet? Pero son discusiones que deberían transitar, sobre todo, fuera del ámbito político partidista, donde casi todo se simplifica hasta volverse irreconocible.
El reparto de la riqueza, ese pequeño tabú
Otra de las cuestiones que merece desmitificarse es el reparto de la riqueza entre ambos bandos. Conviene mirarla despacio. En no pocos ayuntamientos y gobiernos regionales encontramos funcionarios que se definen abiertamente de izquierdas y que cobran sueldos por encima de los tres mil euros —salarios ganados con su trabajo y que, ni en este artículo ni probablemente en ningún otro, voy a poner en cuestión—. Aunque dobla con bastante el salario mínimo. Lo que sí me interpela es que sean en buena medida esos mismos electores quienes sostienen que en España hay tantos pobres porque los ricos les quitan el dinero. Y, sin embargo, no caen en la cuenta de que erradicar la pobreza eliminando a los ricos, se parece bastante a intentar acabar con el analfabetismo eliminando a los cultos.
Que los votantes de ese perfil aspiren a sanidad privada, a colegios privados o al último coche eléctrico de gama alta me parece perfectamente legítimo: no soy yo quien deba juzgar sus elecciones, siempre que paguen sus impuestos con rigor —algo que, dicho sea de paso, en el caso de un funcionario resulta muy difícil de eludir—. Tampoco tiene nada de extraño que deseen formar parte del grupo de los ricos antes que de esa clase media alta a la que pertenecen hoy, esta en la naturaleza del ser humano querer ascender en la vida. Pero si ese es su deseo —y es un deseo del todo legítimo—, tal vez convendría que revisaran también su explicación sobre por qué hay pobres y por qué hay ricos y porque no todos tenemos el mismo salario.
Por otro lado, paradójicamente, son muchos los inmigrantes que votan a la derecha más radical, no tanto por puro idealismo cuanto por el temor de que aquí se reproduzca lo que vivieron en sus países de origen. Conviene recordar que muchos de ellos pasaron años sin poder acceder a esos mismos servicios públicos, sencillamente porque no se les permitía tener un trabajo regularizado. Y aunque, por experiencia propia, sé que la sanidad pública nunca les ha cerrado la puerta cuando lo han necesitado, también es cierto que siempre han tenido que dar muchas más explicaciones que el resto. De esa fricción cotidiana, hecha de ventanillas, papeles y miradas, terminaron por convertirse en firmes defensores de la sanidad privada y, por la lógica simplista que tantas veces gobierna el voto, en votantes de la derecha.
