Bruno Carpa.

Humo frio, humo caliente.

Capítulo 6.

La nave de Lesco se llama San Juan Bautista, que es ponerle a un corsario el nombre del santo que perdió la cabeza; pero también es el patrón de la Religión y el santo del propio caballero, de modo que el nombre trabaja doble. Es una nave manca —de las de vela pura, sin remo, que la gente de galera llama mancas, con burla de gente de remo, porque les falta el brazo; aunque esta tiene el casco fino y anda más de lo que su panza promete— y tiene una rareza que se huele antes que se ve: está limpia. Limpia de verdad, baldeada con agua de mar y vinagre cada día, con gente libre y pagada que hace sus aguas a sotavento y no donde caen. Los otros capitanes se ríen de tanta escoba. Lesco deja que se rían: él sabe que su nave es un arma con dos filos, el cañón y la nariz, y la nariz solo trabaja fina si el barco propio no la ciega.

Las naos mercantes no suelen llevar cofa de guerra, y esta no la llevaba. Lesco hizo subir a los carpinteros al palo mayor, y le armaron en lo alto una gavia pequeña, redonda, con su barandal y su tablado: un nido para un solo vigía de diez años. La tripulación la bautizó antes que el cura: la perrera. Y Bruno, lejos de ofenderse, la tomó por suya con nombre y todo: un podenco con perrera propia es un podenco con casa.

Son las tres de la mañana y hoy es el día. La flota es grande, las primeras naves han de empezar antes del alba, y Bruno, acodado en la borda viendo acabar los preparativos, está impaciente como un podenco que oye descolgar la correa del clavo: quieto porque debe, temblando porque no puede más, con toda el alma en la puerta.

Salir de un puerto sin viento es trabajo de remos ajenos. La San Juan Bautista podría valerse con un remo de fortuna, pero es más rápido que tire de ella una falúa, y así se hace: la embarcación va por delante en la oscuridad, cobrando el cabo de remolque, y sus ocho remeros bogan con ese golpe largo y callado de quien trabaja de noche junto a gente que duerme.

Y Bruno, asomado, descubre que el mar arde. A cada palada, el agua se enciende de un fuego verde y frío que se deshace en chispas —la ardentía, le dirán luego los marineros; el mar tiene sus noches de luciérnaga—, y la estela de la falúa es un camino de lumbre que se apaga andando. Huele el puerto dormido: la brea fría, el rocío sobre la piedra, el pan de los hornos de bizcocho que a esas horas ya trabajan para la escuadra, el aceite de los fanales; y por debajo, quieto, el hedor manso de las galeras que hoy, por fin, van a despertar.

A las cuatro, el horizonte por levante empieza a ponerse lechoso, sin luz todavía: un borde de leche sucia entre el mar negro y el cielo negro. Contra esa leche van saliendo, una a una, las sombras: cinco galeras de Sicilia, cuatro de la Religión, bajas y largas, con el compás de sus remos llegando por el agua antes que su forma. La San Juan Bautista, ya fuera, suelta el remolque, toma la brisa de tierra que nace con la madrugada, y espera a que la última doble la bocana.

Se ha acordado empezar la búsqueda por la costa de Sicilia: proa al cabo Pájaro, que los italianos dicen Passero, la esquina sureste de la isla, por donde el corsario que trabaja aquellas marinas tiene que pasar a la ida o a la vuelta. Bruno trepa a su perrera cuando el sol saca el primer filo, y desde allá arriba ve la escuadra entera desplegarse por el canal como una partida de caza que se abre al entrar en el monte.

Es a media travesía, con Malta hundida ya por la popa y Sicilia aún sin asomar, cuando Bruno se pone en pie en la perrera.

Baja por la jarcia como una lagartija, va derecho a su señor y habla bajo, como le han enseñado:

—Huelo humo, mi señor. Del norte, con el viento. Y non es humo de hogares: es humo de muchas casas juntas, sucio, de paja y de vigas verdes, con aceite quemado dentro. —Traga saliva—. Y hay más: quema salazón. Barricas y barricas de pescado ardiendo, atún en su sal, y esparto de redes. Dondequiera que sea, ha ardido un pueblo que vivía del atún.

Un marinero siciliano que remienda un cabo cerca se queda con las manos quietas, y se le muda la cara:

—Almadraba… Eso es una tonnara, señor. Y en esa derrota non hay más que una: Marzamemi. —Y se santigua: tiene primos en aquella costa.

—¿Cuánto hace del fuego, Bruno? —pregunta Lesco.

El niño husmea largo, con los ojos cerrados.

—Non es de hoy. El humo viene muerto, sin resina viva; es rescoldo y ceniza mojada de relente. Fuego de ayer, mi señor. Llegamos tarde.

Y todavía no ha acabado. Vuelve a alzar la nariz, la mueve despacio de una amura a otra, como quien busca una voz entre muchas:

—Y hay otra cosa en el viento. Galera. Non la nuestra, que las nuestras me quedan por sotavento: otra, turca, a barlovento, lejos. Tres leguas, puede que cuatro. Non la veréis nin de la cofa. Pasa… —y señala con todo el brazo, sin duda ninguna, un pedazo de mar vacío— por allí.

Lesco no manda cambiar el rumbo. Manda otra cosa que vale más:

—Quédate arriba y márcala. Cada media ampolleta, me dices por dónde te viene. Como el piloto marca la tierra, tú márcame ese hedor.

Y así se hace toda la tarde. Bruno, desde la perrera, va cantando marcaciones de olor —"por la amura de babor… agora más abierto… agora por el través"—, y abajo Lesco las va asentando en la memoria como asienta un piloto sus demoras. Al caer el sol, la cuenta está hecha y es limpia: el rastro deriva al suroeste. Los corsarios no siguen la costa de Sicilia. Cruzan el canal.

La nao capitana de Cardona se acerca para hablar con la última luz, y el consejo se hace de borda a borda, a gritos medidos, como se hacen los consejos en la mar.

—¡Marzamemi ardió ayer, don Juan! —dice Lesco—. ¡Nada hay allí que salvar que non esté ya salvado o perdido! ¡Y las galeotas que lo quemaron van agora al suroeste: el muchacho las lleva marcadas desde mediodía!

—¡Al suroeste non hay nada del Rey! —responde la voz de arena de Cardona—. ¡Mi comisión es la costa de Sicilia, caballero! ¡Si el corsario vuelve sobre ella y quema otro pueblo mientras yo ando tras las narices de un niño, esos muertos van a mi cuenta y non a la vuestra!

—¡Al suroeste hay agua y hay un pueblo tierra adentro, don Juan: hay Gozo! ¡Agua para sus barriles y cristianos para sus bancos, todo en una posada! —Lesco deja pasar un golpe de mar y remata—: ¡Pensadlo como viejo soldado que sois! ¿Qué sirve mejor a los súbditos del Rey y del virrey: llegar a los entierros, o vaciar de una vez las galeotas que cavan las tumbas? ¡Cada esclavo que liberemos y cada arráez que encadenemos es un pueblo de Sicilia que non arderá el año que viene!

Hay un silencio largo entre las dos bordas, con solo el agua trabajando.

—¿Y todo esto —dice al fin Cardona— sobre la palabra de una nariz de diez años.

—Sobre marcaciones, don Juan. Tomadas cada media ampolleta durante seis horas, que convergen como convergen las demoras de un cabo. A un milagro yo tampoco le fiaría mis galeras. A un rumbo, sí.

Y eso, los rumbos, es lengua que un general viejo entiende. Cardona calla un momento más, lo justo para que rendirse no parezca rendirse, y a regañadientes, con la voz de quien firma pagando, da la razón:

—Sea. A Gozo, y de noche, sin fanales. Mas oídme bien, Lesco: si el alba nos muestra el mar vacío, vos y yo tendremos otra plática, y non será de borda a borda.

Navegan toda la noche a oscuras, la nave delante y las galeras detrás, remando sordo. Ningún vigía de la Cristiandad puede seguir a un enemigo que no se ve; pero el enemigo de Bruno no necesita luna. Cada media ampolleta, desde la perrera a oscuras, el hilo de voz del niño baja por la jarcia: "ahí siguen… más cerca… se han parado". Se han parado: las galeotas se tienden sobre el remo, al pairo, esperando. El corsario no ataca a la hora que llega, sino a la que le conviene, y la que le conviene es el alba.

Con la primera leche del día, la atalaya de la Ciudadela de Gozo enciende su fuego, y una vela suelta de la costa le responde: enemigos a la vista. La señal llega tarde para el pueblo, pero confirma, punto por punto, lo que un niño dijo ayer a mediodía; en la escuadra entera no queda ya nadie por convertir.

Los corsarios entran en la cala de Marsalforn con la luz: tres galeotas y una fusta, que varan la proa en la arena o fondean a un tiro de piedra. Bruno, desde la perrera, lo va contando: la gente que salta al agua y forma en la playa, doscientos hombres o más, y la columna que se pierde valle arriba, hacia Rabat, que queda a una legua, guiada por alguien que conoce el camino sin dudar un recodo. En las naves queda lo de siempre: los guardianes, un retén de una docena escasa, y la chusma encadenada al banco.

Lesco deja correr una hora entera, con el ojo en la arena del reloj y la nave agachada tras la punta. Una hora para que la columna esté lejos, cuesta arriba, sin vuelta rápida. Luego dice una sola palabra, y la San Juan Bautista dobla la punta con todo el trapo y se echa sobre la cala como el halcón sobre el palomar.

No hay batalla; hay faena. El retén corsario dispara dos arcabuzazos y se rinde o salta al agua; los guardianes de las galeotas, que ven venir sobre ellos una muralla de madera erizada de gente armada, sueltan los alfanjes sin gastar sangre. Y entonces, de los bancos de las cuatro naves varadas, se alza un rumor que Bruno no olvidará mientras viva: los galeotes cristianos —calabreses, sicilianos, un mallorquín que lleva nueve años al remo— entienden de golpe, con los hierros aún puestos, que la pesadilla se les ha muerto en la playa. Los herreros de a bordo saltan con sus mazas y van quebrando cadenas banco a banco, y cada cadena rota es un grito, y hay hombres que besan las manos de quien pasa y hombres que lloran contra el remo que los mató en vida. Bruno, en medio de todo, huele por primera vez una cosa nueva: la libertad también tiene olor, y es el olor del miedo cuando se acaba.

Se toman las cuatro naves como presa, se ponen a flote, y la San Juan Bautista se retira con ellas de la cala — pero no lejos. Se queda a la vista, tendida frente a la bahía, fuera del alcance de un arcabuz. Que el corsario, cuando vuelva, vea.

Los corsarios vuelven a media mañana, y para entonces la escuadra de España desembarca ya en la otra cala. Desde la altura del valle, la columna ve su bahía: las galeotas perdidas, la nave manca dueña del agua, y a su espalda, por los caminos, la infantería que empieza a cerrar. Varados. Perdidos. Y entonces hacen lo que hace la alimaña acorralada: vuelven sobre Rabat y bajan al llano de la marina empujando por delante todo el pueblo que han podido encordar —viejos, mujeres, niños, el cura con la sotana rota—, un rebaño de cristianos apretado entre alfanjes, y con él plantan su muro.

El arráez pide hablar. Lesco baja a tierra con Tristán, seis arcabuceros y —tras pensarlo un momento que le cuesta— con Bruno, que un podenco también ventea a los hombres. El parlamento se hace en la playa, a veinte pasos, con una camisa blanca por bandera en una pica corsaria.

El arráez es un renegado. Habla un castellano con deje de Calabria, que hiela más que cualquier algarabía, y dice lo que se esperaba: las galeotas devueltas, el paso franco, o el pueblo degollado. Y para que se vea que no negocia con palabras, hace una seña; y antes de que nadie entienda, un corsario saca del rebaño a una mujer joven, y delante de todos —delante de Lesco, que da un paso con la mano en la espada y se detiene porque cien cuchillos se arriman a cien gargantas; delante de Bruno, que no llega a apartar los ojos a tiempo— la pasan a cuchillo.

No hace falta contar cómo. La mujer cae sin ruido, como cae la ropa de un clavo.

Lo que no cae es la niña que venía cosida a su falda. Diez años tendrá, los de Bruno. Lleva en una mano una muñeca de trapo, de las que cosen las madres con retales. Se disuelve de rodillas junto a la madre y la sacude, primero despacio, como quien despierta a alguien un domingo; después ya no. No grita. Abre la boca y no sale nada, y le entra un temblor que empieza en las manos y le sube hasta los dientes. En algún momento la muñeca se le cae a la arena y no la mira siquiera. Luego intenta una cosa que duele más que todos los gritos de la playa: levanta el brazo de su madre, se lo pone por encima de los hombros, se lo acomoda como debía de acomodárselo cada noche para dormir, y se queda muy quieta debajo, esperando que el brazo la apriete. El brazo no aprieta.

Un corsario la aparta de un tirón para devolverla al rebaño, y la niña va sin resistirse, vuelta hacia atrás, con los ojos clavados en el bulto de la arena. La muñeca se queda donde cayó, boca abajo, junto a la madre. Nadie la recoge.

Bruno no la conoce, ni sabe su nombre. Desde los veinte pasos le llega lo que la arena va bebiendo —la sangre, el orín del miedo, la sal—, y por primera vez en su vida hace una cosa que no sabía que se pudiera intentar: aparta la nariz a propósito, queriendo no oler. No lo consigue.

—Non habrá trato sobre esa sangre —dice Lesco al renegado, con una voz que no se le conocía—. Habrá cuenta.

Pero la cuenta hay que saber cobrarla, y a eso se aplica el resto del día. La negociación dura horas: se regatea el rescate como si fuera a pagarse, se discuten rehenes, se piden juramentos, se manda por un escribano — todo mentira, todo ampolleta. Porque mientras en la playa se habla, la infantería española trabaja en silencio: cincuenta hombres escogidos, arcabuceros viejos de Sicilia con las mechas encendidas escondidas en ollas, ganan las alturas que rodean el llano por detrás, a rastras entre las peñas, sin un brillo ni una voz; y otro grupo, el mejor, avanza oculto por los huertos y las tapias hasta quedar tendido a cuarenta pasos del rebaño de rehenes, con orden de una sola cosa: cuando suene, cubrir a los cristianos con sus cuerpos antes que matar moros.

Suena al caer la tarde, cuando el sol ya viene bajo y de cara a los corsarios, que también eso está pensado. Una arcabuzada sola desde lo alto, luego la descarga cerrada, y el llano se rompe en un solo estruendo. Los de las tapias saltan sobre el rebaño gritando "¡al suelo, al suelo, cristianos!", y hacen muro con las picas y con las espaldas; la columna corsaria, batida desde arriba, cortada del mar por la playa y del monte por el fuego, se deshace en un cuarto de hora que a los que lo vivieron les pareció un año. Batalla veloz, como quería Cardona.

No todo se salva: mueren isleños en la revuelta, unos pocos, los que la desgracia quiso que estuvieran donde no debían. Pero el rebaño vive. El pueblo vive. Los arráeces que no mueren peleando se rinden, y el renegado calabrés, que buscó la muerte con más ganas que ninguno y no la halló, acaba de rodillas en la arena, atado con las mismas cuerdas que trajo para otros, sabiendo —porque él fue cristiano y conoce la tarifa— que le espera el remo, y que el remo es más largo que la soga.

Al anochecer, las hogueras de los soldados y las del pueblo se mezclan en la playa. Cardona baja a tierra, pisa la arena con sus piernas de cubierta, mira los rehenes vivos, las cuatro presas fondeadas, la cuenta de sus muertos, y luego busca con los ojos, por entre la gente, hasta dar con lo que busca: un niño flaco sentado aparte, en la borda de una galeota varada.

No le dice nada. Pero al pasar se toca el sombrero, un dedo apenas, y eso, en la moneda de don Juan de Cardona, es un tesoro.

Y Bruno no lo ve. Está mirando, al otro lado de las hogueras, a una niña que vela un bulto tapado con una manta, muy quieta; y está aprendiendo, sin nadie que se lo enseñe, que hay noches en que el mejor olfato del mundo no sirve de nada, porque lo que uno querría es no oler la sangre, y no saber, y no acordarse de una madre a la que tampoco él llegó a mirarle la cara a tiempo.

Contacto

Conéctate con nosotros para más información.

Síguenos

Suscríbete

info@pintandoelviento.com

+34 650390328

© 2025. All rights reserved.