Bruno Carpa.
Hombres libres.
A las naves se las bautiza como a las personas: se las lleva al agua con cura y con latines, se les moja la proa y se les da un nombre que las guarde. La saetía del griego se llama San Niccolò, por el santo de Bari que ampara a los marineros de Levante, y a fe que el nombre trabaja, porque lleva veinte años a flote. Su patrón se llama Teodoro, aunque de Nápoles a Mesina todos le dicen el Griego, y con eso basta.
La San Niccolò sale del puerto lenta y pesada, cargada de aceite hasta el alma, más despacio de lo que anda un hombre; el viento viene por la proa y no ayuda, y son los remos de fortuna los que la van sacando, palada a palada, del bosque de mástiles. Y entonces el Griego hace una cosa poco usual en un patrón, que es dar explicaciones sin que nadie se las pida. Se acerca a Tristán, que mira bogar a la gente, y le dice, con la voz baja del que habla de algo que le importa:
—Non me gustan los remos, hermano, y menos a la vista de un puerto. Non quiero que me confundan con esa gentuza que boga con esclavos. Los que hoy reman para sacarnos son hombres libres y bien pagados, y yo los tengo por familia; comen de mi olla y juran con mi nombre. En mi nave non hay cadena ninguna, y así ha de ser mientras yo la mande.
Y debía de ser verdad lo de la familia, porque en esos días se sabrá a bordo que el Griego, aun teniendo camarote de patrón, prefiere dormir revuelto con su gente, sobre cubierta o en el rancho de proa; y que allí habría pasado la mayor parte del viaje de todos modos, aunque no le hubiera arrendado su estancia al señor. El trato de Tristán, bien mirado, le pagó al Griego una cama en la que no pensaba dormir.
Fuera ya de las obras del puerto, las velas latinas toman el viento de bolina y la San Niccolò camina al fin como camina un hombre, con su crujido de madera viva y su siseo de agua en las amuras. Nápoles se va quedando atrás, cada vez más pequeña bajo su montaña humeante.
Y a Bruno, apoyado en la borda de popa mirando irse la tierra, le ocurre algo que no le ha ocurrido en su vida.
Se le apaga el mundo.
Primero se van los olores de la ciudad, uno a uno, como velas que alguien sopla: el pescado, la brea, el humo, los hombres. Luego se va incluso el recuerdo del olor de todo aquello, y no queda más que sal, yodo y agua, sal, yodo y agua, una sola nota repetida hasta el horizonte. Bruno husmea una vez, dos, con las aletas de la nariz abiertas, buscando; y no hay nada que encontrar. Diez años lleva viviendo dentro de un tumulto que no calla nunca, y ahora, de golpe, el silencio. Un silencio tan grande que da miedo.
De Lesco lo observa desde hace rato. A bordo guarda las distancias con el niño, que un señor no se familiariza con su gente delante de extraños, y menos con un mocoso recogido de un lupanar; pero hay en la cara de Bruno algo que puede más que el decoro, y al cabo se llega a la borda.
—¿Qué te sucede, rapaz?
—Pierdo mi don, mi señor. —La voz le tiembla—. Apenas huelo. El mar me está apagando la nariz. ¿Y si me la apaga para siempre? Non podré seros útil, y me habréis traído en balde.
—Sosiega, que es natural —dice de Lesco, y casi se le escapa ponerle la mano en el hombro; no se la pone—. El mar huele a mar, y en leguas a la redonda non hay otra cosa que oler, salvo este barco nuestro. Que non huelas nada es buena nueva: quiere decir que non hay nada. El día que algo notes, sea lo que fuere, házmelo saber al punto.
Y se aparta, y se va a proa, y allí se queda largo rato, mirando el sur, hacia lo que ha de ser el destino de ambos.
De Nápoles a Malta se tarda lo que Dios quiere: tres días con suerte, ocho con desgracia. El tiempo ha entrado en bonanza, rara merced en pleno invierno, y el Griego cuenta con cinco jornadas; si la bonanza dura y no hay que esquivar el paso de Mesina —que tiene malas corrientes y peores vecinos, y a veces obliga a rodear Sicilia entera—, podrían ser tres. Pero tres, dice el Griego, sería demasiada suerte, y la suerte en el mar se paga.
Al segundo día de navegación, con sol pálido y mar larga, llega a la nariz de Bruno un hilo de olor que no es del barco. Lo reconoce como se reconoce una cara: resina de pino calentada al sol, y debajo ciprés, ese verde oscuro que huele a iglesia y a sombra.
Cruza la cubierta corriendo, saltando cabos, hasta el timón.
—¿Vamos a tierra, patrón? ¿Tan pronto?
El Griego lo mira desde arriba, con la caña bajo el brazo.
—¿A tierra? Non, si el tiempo non nos obliga a buscar abrigo, y Dios non lo quiera. ¿De qué hablas, niño?
—Huelo tierra, patrón. Pinos y ciprés. Monte. —Bruno husmea otra vez, cierra los ojos—. Hasta cabra huelo.
—Non puede ser. —El Griego se ríe sin ganas—. La tierra más cercana son las islas de Lípari, y quedan a sus buenas treinta millas por el través. Confundido andas, muchacho: será la cabra nuestra, que también da su música.
—La cabra nuestra huele a barco. Esa huele a monte.
En esto se llega de Lesco, que ha oído las voces.
—Decidme, patrón: ¿es ese el punto de tierra más cercano que habremos pasado hasta agora?
—El más cercano es, y el más cercano que veremos en muchas horas.
—Pues el rapaz non se ha equivocado. —De Lesco mira al niño, y en su voz hay algo que Bruno no le ha oído nunca, ni siquiera la noche del espejo—. Tiene el olfato más extraordinario que he conocido en hombre nacido. Vale su peso en oro.
Bruno, entre el alivio y el orgullo, sonríe sin poder evitarlo, y se mira los pies por que no se le vea.
—¿Y de qué le sirve eso a vuesa merced? —pregunta el Griego, rascándose la barba que ya no es del todo negra—. ¿Acaso un caballero de la Religión de Malta ha menester de un perfumista?
—Non os confundáis, patrón. Bruno será mucho más que un perfumista: será ventor. —Y la palabra cae sobre la cubierta como cae una moneda de oro, con su peso propio—. Él nos dirá, a muchas millas, dónde navegan las galeras que non se ven: las del Turco para esquivarlas o darles caza, según pida la ocasión. Dadle tiempo a crecer, y su nariz, a bordo de cualquier nave, valdrá más que cien mil doblones.
Ventor. Bruno la repite por dentro, dándole vueltas como a un guijarro en la boca. Y aquella noche, tumbado bajo la lona encerada junto a Tristán, oyendo trabajar la madera, entiende por primera vez para qué está en el mundo; y el saberlo se le queda dentro, caliente como un rescoldo.
Desde el día siguiente se le ve entrenar. Recorre la San Niccolò de proa a popa con la nariz por delante, aprendiéndose el barco olor a olor —el aceite de las tinajas, el cáñamo, la pez de cada costura, el rancho, cada hombre de la tripulación con su sudor propio—, porque para hallar lo que no es del barco hay que saberse primero todo lo que sí lo es. Y los marineros, que empiezan riéndose, acaban jugándose cuartos: le esconden cosas —un diente de ajo en la sentina, un pedazo de queso en lo alto de la jarcia, el cuchillo del cocinero bajo una adujada de cabo— y el niño lo encuentra todo, siempre, en menos de lo que se reza un credo. Al tercer día ya nadie apuesta contra él. Al cuarto, el Griego le da doble ración sin que nadie se la pida, que a la familia se la alimenta.
El paso de Mesina se deja cruzar de madrugada, con corriente mansa y el Griego santiguándose dos veces, una por cada orilla; y la San Niccolò sale a la mar abierta del sur de Sicilia con la bonanza intacta, que ya es más suerte de la que el patrón había apalabrado con Dios.
Así transcurre un día más. Y entonces, por segunda vez, la nariz de Bruno encuentra algo que no es del barco.
Se le ve venir el hallazgo desde lejos: el niño se queda quieto a media cubierta, alza la barbilla, y de pronto echa a andar de banda a banda con la nariz por delante, como un podenco que cruza un rastro, subiéndose a la amura, husmeando el viento por la proa. La tripulación deja de hacer lo que hace. Ya lo conocen.
—Mi señor —dice al fin, plantándose ante de Lesco—. Hay una nave. Nos viene por la proa, con el viento. Aún está lejos, mas viene.
De Lesco no pierde un instante en dudar de él, y eso también lo ve la tripulación.
—Non es tiempo de velas turcas, que el invierno las guarda en sus puertos —dice—. Mas el mar non firma papeles. Patrón: apercibid a vuestra gente, y véase si conviene desviar el rumbo mientras haya mar por delante.
El Griego ya abre la boca para dar las órdenes cuando Bruno, que sigue con la nariz al viento, dice, con esa llaneza suya que no sabe todavía lo que vale:
—Non es nave turca.
—¿Y cómo sabes tú eso, muchacho? —pregunta el Griego, volviéndose despacio.
—Sélo de cierto, patrón. Tengo entendido que los infieles non comen puerco. Y esa nave hiede a tocino atrasado y a puerco sin castrar, de ese que apesta a macho aunque lo salen. Quien come de eso non reza a Mahoma.
Se hace un silencio en la cubierta, y en ese silencio ocurre una cosa que Bruno no advierte, pero que está ocurriendo: todos los hombres de la San Niccolò —el timonel, los gavieros, el cocinero asomado a su fogón— están mirando a un niño de diez años y esperando de él la verdad, como se espera del vigía o de la aguja de marear. Sin saberlo, sin quererlo nadie, el mocoso de Lyon se ha convertido en el verdadero patrón de la nave; porque manda quien sabe, y allí nadie sabe lo que él.
El Griego se rasca la barba que ya no es del todo negra. Mira a de Lesco, que no dice nada, que es su manera de decir.
—Sea —gruñe al fin—. Del muchacho nos fiamos. Seguid al rumbo, y las armas a mano, que fiarse non es dormirse.
Al cabo de unas horas, el vigía canta velas por la proa, y a Bruno nadie le ve la sonrisa porque se la guarda mirando el mar.
Es una nao gorda y alta de bordas, de tres palos, que viene ciñendo el viento con torpeza de vaca. De las que la gente de galera llama, con desprecio de gente de remo, naves mancas: mancas porque les falta el brazo, que sin viento son cosa muerta, un corcho al garete que cualquier galera aborda por donde quiere. Pero lo que pierden en brazos lo ganan en panza y en altura: cargan lo que diez galeras y presentan al abordador una muralla de madera. Manca, sí; pero manca con castillo.
—Ragusea —dice el Griego, leyendo el paño y la estampa del casco mucho antes que la bandera—. Mirad el pabellón: San Blas. Gente de Ragusa, gente de dos mundos.
Y mientras las dos naves se van buscando para ponerse al habla, con las velas flameando en la capa, el Griego les cuenta, a Bruno y a quien quiera oírlo, lo que todo el mar sabe: que Ragusa es república chica y libre que vive de no ser de nadie; que comercia a la vez con la Cristiandad y con el Turco, y sus naves entran en Constantinopla y en Palermo con igual naturalidad, saludando aquí a la Cruz y allá a la Media Luna; y que por eso mismo sus capitanes ven lo que nadie ve y oyen lo que nadie oye, y hay quien dice que algunas de esas naves pagan sus anclajes no con plata, sino con nuevas, y que por eso en ciertos puertos cristianos nadie les cobra los aranceles que a otros desangran. Nadie lo jura; todos lo murmuran.
Las naves se abarloan a tiro de voz, capeando. Del castillo de la ragusea se asoma su capitán, un hombre seco y canoso con ropa de mercader rico, y el diálogo cruza el agua a gritos, en esa lengua franca del mar que aquí se pone en cristiano:
—¡Ah de la saetía! ¿De dónde y adónde?
—¡De Nápoles, y a Malta, si Dios quiere! —responde el Griego—. ¿Y vuesas mercedes?
—¡De Levante, y subimos a Ancona! ¿Qué nuevas lleváis del norte?
—¡Pocas y flacas! ¡El trigo, por las nubes, y en Nápoles se paga el pan a precio de plata! ¿Y de Levante qué se cuenta?
—¡Que el Turco arma en su arsenal! ¡Dicen en Constantinopla que apresta cien galeras para la primavera!
De Lesco, junto a la borda, deja caer entonces su primera palabra, sin alzar apenas la voz, que para eso están los pulmones de Tristán si hicieran falta:
—Cada invierno arman ciento y cada primavera salen treinta. El arsenal del Turco pare rumores más presto que galeras.
El capitán raguseo se ríe desde su castillo, y con la risa cambia de tono, como quien llega por fin al negocio:
—¡También traemos nueva de Roma, que la tomamos en Mesina: ha muerto el Papa! ¡Digan un responso por su alma!
Y por las dos cubiertas corre un santiguarse general, y algún bonete que se quita, y en seguida el mar sigue a lo suyo, que los papas mueren y el viento rola.
—¡Oíd! —grita entonces el raguseo—. ¡Pues vais a Malta, un servicio os pido, y non será de balde! ¡Llevamos pliego para el Gran Maestre de la Religión, y non es nuestra derrota tocar la isla! ¿Hay a bordo persona de calidad que lo tome a su cargo?
—Hayla —responde de Lesco, y no dice más. Tampoco hace falta: la manera de decirlo es toda una genealogía.
La nao arría su esquife, y el bote viene bailando sobre la marejada con dos remeros y un escribano que aprieta contra el pecho una bolsa de cuero encerado. Ya al costado, el escribano trepa lo justo para no soltar la bolsa, y el capitán raguseo grita su última condición por encima del agua:
—¡Va sellado, señor, y sellado ha de llegar! ¡Miradlo agora, a la vista de todos: el lacre entero y la marca entera! ¡Así como os lo doy, así ha de llegar a quien corresponda, con ese mismo sello y non otro; y de lo que dentro va, nin nos preguntéis nin preguntaremos! ¡Discreción, señor, que en estas aguas las palabras nadan más lejos que los hombres!
De Lesco toma el pliego, examina el lacre —un sello grande, prieto, sin armas que Bruno alcance a ver— y lo alza un instante para que ambas tripulaciones den fe.
—Entero está y entero llegará —dice—. A quien corresponda, y con este sello. Id con Dios.
Y como los negocios en el mar no se acaban sin trato, el esquife no vuelve de vacío: se lleva dos jarras de aceite y un queso de la San Niccolò, que refresco pedido a gritos también es moneda. Las naves se separan, la ragusea suelta trapo hacia el norte, y Bruno, en la amura, la despide con la nariz: tocino atrasado, puerco sin castrar, lona mojada, y por debajo un rastro dulce de pimienta que se le queda prendido mucho después de que las velas se hayan hundido en el horizonte.
El pliego, esa noche, duerme en el camarote del patrón, bajo la almohada de un caballero de Malta. Y hay a bordo quien jura que huele a lacre desde la cubierta. Es mentira; pero ya se ve que a Bruno le van naciendo leyendas.
Tras el encuentro con la ragusea, el resto de la travesía pasa sin pena ni gloria, que es como quieren los marinos que pasen las travesías. Hace un tiempo extraordinario, impropio del invierno: el viento se mantiene largo y entablado día tras día, la mar apenas se riza, y hasta la cabra deja de quejarse. La gente lo comenta en voz baja, no vaya a oírlo el diablo, y el Griego, que había sentenciado que tres jornadas serían demasiada suerte, mira el cielo con más recelo que gratitud — que él ya lo dijo: la suerte en el mar se paga, y aquella bonanza le huele a deuda. Con todo, promete un cirio a San Nicolás, por si la ayuda viene de donde debe; que Dios los ha traído de la mano, eso no lo niega ni él.
Al amanecer del sexto día de Nápoles, Bruno huele Malta antes de que nadie la vea.
Le llega primero la tierra misma: piedra, una piedra distinta de todas, caliza y seca, como de horno frío; luego humo de leña, cabras, un hilo de incienso que se escapa de cien iglesias; y por debajo, agazapado en el fondo del puerto como un animal en su cueva, el hedor conocido, el de Nápoles, el suyo: galeras invernando. Las arañas del mar están en casa, durmiendo, y aun dormidas apestan.
—Tierra por la proa —dice, sin gritar, y media hora después el vigía lo canta desde arriba, y ya nadie a bordo se admira: se limitan a mirar al niño y tocarse el bonete, mitad saludo, mitad conjuro.
La isla sube del mar parda y baja, pelada de árboles, tan seca que parece flotar de milagro. Y de pronto, doblada una punta, el puerto: y aquí hasta Bruno se olvida de la nariz.
Porque el Puerto Grande de Malta no es un puerto: es una boca de piedra con dientes de cañón. La San Niccolò entra por un pasaje angosto entre dos fortalezas —a babor la ciudad nueva, trepada sobre su monte, coronada por el fuerte de San Telmo, que guarda la boca como un mastín tumbado en el umbral—, y a partir de ahí todo es muralla: bastiones dorados de esa piedra caliza que a la luz del amanecer parece pan recién cocido, garitas, banderas con la cruz de ocho puntas, y bronce, bronce por todas partes, cientos de bocas de cañón asomadas a las cañoneras, siguiendo a la pequeña saetía con la cortesía indiferente del que puede hundirte y no lo necesita. Hace veinticinco años el Turco vino aquí con doscientas velas y cuarenta mil hombres, y se fue dejando la mitad; desde entonces la Religión no ha parado de amontonar piedra, como quien sabe que volverán.
Dentro, el agua se abre en ensenadas como dedos de una mano. En una de ellas, arrimadas unas a otras, desarboladas y cubiertas con tinglados de tablas, invernan las galeras de la Orden — de ahí venía el hedor que Bruno saludó a millas de la costa. Una falúa de la guardia del puerto les sale al paso; Tristán responde a las voces de ordenanza, se nombra la carga, el patrón y el pasaje, y al oír que viene a bordo un caballero de la lengua de Francia con pliego para el Gran Maestre, la falúa cambia de modales y de rumbo, y los va guiando aguas adentro.
Atracan pasada la mañana en el muelle de la ciudad vieja, entre una urca que descarga trigo y un pontón de calafates. La maniobra es larga y hermosa: la saetía entra de vuelta encendida, aproa al viento, aferra el trapo, y va llegando al muelle sobre su ancla, mansa, hasta que las estachas vuelan a tierra y la San Niccolò queda cosida a Malta. El Griego manda plantar la plancha y se vuelve hacia sus pasajeros con una reverencia de oso:
—Seis jornadas, señor. Nin tres nin ocho: las que Dios ha querido, y todas buenas. Malta os tenga con bien.
Bruno baja el último, detrás de Tristán. Y al poner el pie en el muelle le pasa una cosa rara: la tierra se le mueve debajo, que seis días de mar le han enseñado a las piernas otra manera de estar en el mundo. Se queda un momento quieto, tambaleándose, oliendo la isla entera —la piedra, el incienso, las galeras, diez mil hombres, pólvora seca almacenada en alguna parte, y por todas partes, tejida en todo, la sal—, y piensa, sin palabras todavía para pensarlo, que cada tierra tiene su olor como cada hombre tiene el suyo, y que el de esta huele a cosa que espera.


