Bruno Carpa.
Fuego frio, humo muerto.
Capítulo 17
Salen de Palma con la marea de la mañana, y la mañana no ayuda a los valientes. Es un día de esos que da el verano mallorquín cuando quiere ser cruel: no hay nube, pero tampoco hay cielo limpio, sino una calina blanca, pegajosa que emborrona el sol y lo vuelve una mancha de leche caliente. El aire no se mueve. La piedra dorada de la ciudad tiembla al fondo, la Seu a medio hacer se difumina en la bruma como un espejismo de sí misma, y el mar es una lámina de plomo bruñido sin una arruga. Se suda solo con estar vivo; se suda remando, se suda quieto, se suda mirando.
Las cuatro naves —la San Juan Bautista delante, los tres caramuzales panzudos detrás, cargados hasta que las bordas besan el agua— salen despacio, con las velas fláccidas buscando el poco viento que hay, y a Bruno, desde la perrera, la ciudad se le va quedando atrás envuelta en su vaho, hermosa y borrosa, como una cosa que uno mira por última vez sin saberlo.
No es una flota que parta a cazar. Va cargada de miedo y de valor a partes iguales, que son la misma moneda por sus dos caras: ciento y pico hombres que saben adónde van y aun así van. Bruno los huele desde arriba, y ya no le sorprende la mezcla de gentes y motivos.
Rodean el cabo Blanco, van costeando hasta dejar Mallorca por la aleta de babor, y ponen proa al nordeste, hacia Cerdeña, por la ruta larga y norteña: la que huye de la costa de Berbería, porque esta vez no son el podenco, son la liebre.
El tiempo se pica en el canal de Menorca. Pasan a duras penas la isla del Aire, esa lasca de roca baja al pie oriental de Menorca, cuando el cielo del sudoeste empieza a engordar. Y con él llega lo que ningún marino quiere ver.
Primero es una sola, a lo lejos: una columna oscura que baja retorciéndose de la panza de una nube negra, se estira, tantea el mar como un dedo, y de pronto lo toca — y donde lo toca, el agua se levanta hervida en un remolino, y ya hay un puente vivo entre el cielo y el mar, una serpiente de agua que camina sola y erguida sobre las olas. Manga de agua, caps de fibló, lo que en las indias llaman tornado. Luego hay dos. Luego tres, en un baile lúgubre y por ahora lejano, uno de ellos, como un bailarín que mueve la cintura rola hacia la flota.
Y aquí Bruno ve una cosa que no ha visto nunca: ve tener miedo a Galiana. El capitán, que ha cruzado ese canal cien veces, que no torció el gesto ante los corsarios ni ante el temporal, se pone blanco bajo el cuero curtido. Porque cada hombre de mar guarda un terror propio, uno solo, y el de Galiana son las mangas: ha visto una partir en dos a una galera como quien troncha un junco.
—¡El cuchillo! —grita, y ya no es el hombre de pocas palabras—. ¡El cuchillo negro al palo, y que alguien lea el Evangelio de san Juan!
Un marinero clava en el palo mayor un cuchillo de cachas negras —que así se corta el maleficio, dicen los viejos— y con otro traza en el aire, hacia la manga que se acerca, la señal de la cruz, cortando el viento en cruz una vez y otra; y el capellán, a voz en grito contra el rugido, empieza el In principio erat Verbum, y media tripulación lo corea sin entender el latín, que para eso no hace falta entenderlo. Bruno mira la columna venir, oliendo un aire nuevo, raro, cargado y metálico, un aire que zumba. La manga pasa a menos de un tiro de arcabuz — se ve el agua girar dentro, verde y furiosa — sigue de largo, se adelgaza, y se deshace de golpe, como si el cuchillo negro hubiera cumplido. Nadie da las gracias en voz alta. Todos se santiguan.
El vendaval del sudoeste —el llebeig, lo nombra Galiana escupiendo la palabra— se ha echado encima con truenos secos y sin lluvia, y con él ha caído la noche, una noche cerrada y sin luna que el temporal ha pintado de negro sobre negro: no se ve el mar, no se ve el cielo, no se ve la mano delante de la cara, y las naves navegan a ciegas guiándose por los faroles de popa que se mecen como luciérnagas borrachas. La San Juan Bautista cabecea en esa tiniebla cuando alguien, grita —¡Arriba! — con la voz quebrada. Todos alzan la vista y ahora sí se ve, porque solo en lo negro se ve: en la punta de la entena mayor ha prendido una llama. Pero no una llama de fuego: una lengua de luz azul, fría, quieta, que lame el palo y no lo quema, que se mece con el barco y no se apaga con el viento. A pleno día habría pasado inadvertida, un temblor del aire; en esta oscuridad arde como un cirio en una cripta. El fuego de Santelmo. Y es una sola.
Un murmullo de espanto recorre la cubierta, porque eso lo sabe hasta el grumete: una luz sola es mal agüero, es un alma en pena, es el aviso de que uno más se ha de morir antes del alba. Los hombres se apiñan mirándola, pálidos a su resplandor azul, sin atreverse a hablar. Pasan unos minutos que pesan como horas.
Y entonces Baltasar —el cristiano nuevo, que no le quita ojo al cielo desde que lo bautizaron porque anda con miedo de que Dios le pierda la cuenta— señala hacia el caramuzal más cercano y grita algo en su media lengua. En la punta del palo del otro barco arde otra llama azul, gemela. Dos luces. Y dos luces ya no son un muerto: son los dos fuegos hermanos, la seña de que el santo vela y la tormenta va a amainar. La cubierta estalla en una algarabía de alivio y de superstición, hombres que ríen y lloran y se abrazan y besan medallas, Cosme besa las suyas todas de una tacada. Y en el mismo instante, del caramuzal llega por el agua el mismo clamor: porque también ellos tenían su luz sola y su terror, y acaban de descubrir que la San Juan Bautista lleva la otra, la que los salva. Los dos barcos se ríen a la vez en la oscuridad, cada uno salvado por el fuego del otro, gritándose a través de las olas cosas que el viento se lleva. Bruno mira las dos llamas arder en la noche, una en cada palo, y piensa que hay miedos que solo se curan de dos en dos.
El llebeig no ceja en tres días. No hay modo de ganar el sur contra él: el vendaval los agarra por la aleta y los va empujando hacia arriba, hacia el nordeste, jornada tras jornada, hasta que al tercer día se alza por la proa una tierra que no estaba en el plan — larga, baja, pelada, deshabitada —, y el piloto la nombra con voz preocupada: la Asinara, la isla del asno, en la punta noroeste de Cerdeña. Y ahí Galiana reconoce el peligro: el llebeig sopla justo contra aquella costa, y una costa contra la que sopla el viento es una trampa mortal para la vela — te empuja a las peñas y no puedes ciarte, no puedes alejarte, el mar te sirve en bandeja a las rocas . Costa de sotavento, la llaman los que han visto morir barcos en ellas.
Solo hay una salida, y es la peor y la única: enhebrar las Bocas de Bonifacio, el paso angosto entre Cerdeña y Córcega, colarse por esa ranura hacia el mar abrigado de levante antes de que el viento los estrelle. Pero las Bocas están sembradas de escollos — las islas Lavezzi, peñas a flor de agua que no se ven hasta que las tienes debajo — y el viento se encañona entre las dos tierras y sopla el doble. Meterse ahí de noche y con vendaval es meter la cabeza en la boca del lobo.
—El muchacho a la proa, y el esquife delante con un grumete de ojos vivos que vaya cantando los fondos con el escandallo —ordena Lesco, y no hace falta decir más.
Y entran. La San Juan Bautista delante, con Bruno en el bauprés husmeando la roca antes de verla, el olor del alga rota, del marisco al aire, del agua que se estrella y cantando hacia atrás por dónde no hay que ir; el escandallo sondando sin descanso, la voz que canta el fondo y la nariz que huele el camino, como en la niebla de Pantelaria pero peor, con el viento aullando. Pasan una peña que nadie vio hasta oírla bramar a estribor. Pasan otra. Y de madrugada, molidos, escupidos por fin al mar tranquilo del otro lado, los cuatro cascos siguen enteros, y Córcega, que es de Génova, tierra cristiana, les ofrece por primera vez en días un ancla sin miedo.
Van despacio, tanteando la salida del estrecho a oscuras, cuando empieza — primero uno, luego muchos —, un gemido que viene del aire negro, agudo, lastimero, tan parecido al llanto de un niño o al de una mujer que se le hiela a uno la sangre. Sube y baja, se multiplica, rodea las naves. Bruno se agarra a la jarcia con el corazón desbocado, y huele el aire buscando qué carne llora así, y solo encuentra un tufo lejano a pescado rancio, a nido, a ave.
—Non temas, rapaz —le dice a su lado un marinero viejo, aunque él también se santigua—. Son las pardelas, los virots, que vuelven de noche a sus cuevas. —Baja la voz—. Mas los antiguos dicen otra cosa. Dicen que son las almas de los que se ahogaron y non tuvieron sepultura en tierra sagrada, que andan penando por el mar y lloran así, a ver si alguna alma piadosa se acuerda de ellos y les da cristiana tierra. Por eso lloran de noche, cerca de la costa. Piden lo que non tienen. —Y añade, más bajo aún—: Mal sitio para oírlos, yendo adonde vamos.
Nadie contesta. Y Bruno, oyendo aquel coro de ahogados sin tumba camino de una isla donde la muerte va por delante de las sepulturas, aprende que hay cosas que la nariz no alcanza, y que esas son las que peor se pasan.
Dejan Córcega, bajan hacia el sur por el mar de levante, hacia Sicilia. Y una noche, cuando aún faltan jornadas para ver tierra ninguna, Bruno lleva ya un buen rato inquieto en la perrera, husmeando el sur.
—Huele a huevo podrido, mi señor. Y a piedra caliente, a fragua, a azufre quemado. —Arruga la nariz—. Como en Pantelaria, mas más fuerte. Huele a que la tierra arde por dentro.
No hay nada a la vista. Pero pasadas dos horas, allá en el horizonte del sur, aparece una luz — y no es un faro, porque ningún faro alcanza tan lejos ni palpita así. Es un resplandor rojo que late en la oscuridad, se aviva y se apaga, se aviva y se apaga, como un corazón de brasa colgado del cielo. Los sicilianos de a bordo lo saludan por su nombre: el Estrómboli, el faro del Mediterráneo, un monte de fuego en una isla de las Eolias que lleva meses ardiendo sin sacar apenas lava, iluminando el mar como una estrella caída y baja. Bruno lo mira latir en la noche, con el azufre en la nariz, y piensa que ha olido una montaña antes de verla, y que su don, esta vez, le ha regalado algo hermoso. Poco le va a durar.
Es lo que más temían y lo que Bruno más trabaja. En verano, con Malta enferma y sin galeras que salgan a barrer, las galeotas de Berbería pululan por el canal como avispas sobre la fruta caída. Y Bruno las huele — de noche, de día, a leguas, el hedor de los hombres encadenados sin una brizna de puerco — y las va cantando una a una: "por barlovento, mi señor, dos, quizá tres", "otra por el sur, lejos". Y la flotilla las esquiva, se abre, cae a un lado, cambia de rumbo en la oscuridad, aprovecha que el viento por fin sopla y que una nave que ve venir el peligro puede huir de él. El podenco al revés: la nariz que antes llevaba al cazador hasta la presa, ahora aparta a la presa del cazador. Noche tras noche, las burla a todas.
Ya a la vista de Malta, una galeota los descubre — quizá los ve, quizá los huele ella también — y se lanza en su caza a golpe de remo. Es la pesadilla de la vela: viento flojo cerca de tierra, y un ciempiés de mar remando derecha hacia ellos, ganándoles agua palada a palada. Los caramuzales pesados no vuelan; la San Juan Bautista podría, pero no abandona a los suyos. Es una carrera de una hora que a Bruno se le hace un año, con la galeota creciendo por la popa y el Gran Puerto creciendo por la proa, a ver quién llega antes. Ganan las murallas. Ganan por poco.
Porque el Gran Puerto de Malta no es un puerto: es una boca de piedra con colmillos de bronce, y ningún corsario en su sano juicio mete la proa entre las fortalezas de San Telmo y las baterías de las Tres Ciudades. La galeota frena su caza en seco al ver alzarse los bastiones. Y entonces truena, desde la costa, un cañonazo — el primero, una sola bala que levanta una columna de agua a media milla, marcando la raya que el corsario no ha de cruzar —. La galeota vira, y se va, y se lleva sin saberlo el secreto que le habría cambiado la vida: que tras esas murallas terribles, que todavía disparan y todavía muerden, no hay una plaza fuerte, sino una isla que se muere. Un cañón basta para el engaño. Los muros mienten. El Turco se va con el rabo entre las piernas, engañado por una fortaleza que por dentro es un cementerio.
Y ahí, entrando por fin en el Gran Puerto, Bruno entiende que ha llegado. No hay fiesta. Eso es lo primero que no encaja: una flota que arriba siempre se recibe con vítores, con las mujeres en los muelles y los niños en los norays, y Bruno lo sabe porque lo vivió el otoño pasado. Ahora la gente mira desde la orilla, sí — hay gente —, pero mira callada, quieta, sin un grito, sin un brazo alzado, como se mira desde muy lejos algo que ya no nos toca. Y mientras Bruno busca con los ojos, la nariz le trae lo que los ojos aún no han encontrado.
Es un olor que no ha olido jamás, y que sin embargo reconoce con las tripas antes que con la cabeza, porque lo lleva dentro desde Gozo en pequeño y aquí lo tiene en grande, multiplicado por mil: humo graso, dulzón, negro, un humo que no es de leña ni de brea ni de pueblo quemado. Es carne. Es el humo de las hogueras donde arden los cuerpos que ya no caben en tierra sagrada, los muertos que ni las pardelas del estrecho vinieron a llorar porque son demasiados. Toda la isla huele a eso. El aire entero de Malta es esa pira.
Bruno se tapa la nariz con el brazo, como aquel día en la playa, queriendo no oler, y no lo consigue. Piensa en Grazia. Piensa en Caterina. Y por primera vez desde Cabrera, cuando husmeaba hacia levante sin alcanzar nada, maldice su don al revés: porque antes no llegaba, y ahora llega demasiado, y no hay manera de saber, entre todo aquel humo de muerte, si los dos olores que busca siguen vivos ahí dentro o ya son parte del aire.
Fondean lejos de la costa, en mitad del puerto, que es cosa que no se hace nunca — un barco fondeado ahí estorba el paso a los que entran y salen —. Pero ya nadie entra ni sale de Malta. El paso no estorba a nadie porque no hay nadie a quien estorbar. Y ese pedazo de agua quieta, a tiro de la ciudad y sin tocarla, va a ser su casa durante los meses que vienen: bastante cerca para oler la muerte, bastante lejos para no morir de ella. Todavía.
