Bruno Carpa.
El que no rema, ya ha vencido.
Capítulo 25
Los ven desde cubierta, mucho antes de tocar tierra. Primero un punto naranja en una punta de la costa; luego otro más al oeste que le contesta; luego otro, y otro, hasta que toda la orilla norte de Malta está hablando consigo misma en la oscuridad.
Hasán Calabrés los cuenta sin decir nada.
—Bajá —dice a su lado un capitán—, nos han visto.
—Eso non me quita el sueño. Un ejército non se esconde. —Sigue mirando la cadena de fuegos—. Lo que me lo quita es otra cosa. En el papel que nos trajeron decía que esas torres estaban ciegas. Que se podía pasar por debajo de ellas y non salía nadie. —Se vuelve por fin—. Pues alguien ha subido a encenderlas. Y el que sube a encender una atalaya es que non se está muriendo.
Desembarcan de noche por el norte, en una playa larga donde no hay quien los vea, y lo primero que hacen al pisar Malta es un trabajo de bestias.
Porque el cielo del este no gusta a nadie. Hay una calima sucia por el horizonte y una mar de fondo que llega sin viento que la explique, y los patrones viejos coinciden en que dentro de dos o tres días habrá levante duro. Y una galera sorprendida por el levante en una costa a sotavento es una galera perdida. De modo que Hasán Calabrés, que manda la gente de tierra, da la orden que hay que dar y que a nadie le apetece cumplir: vararlas todas.
Se tarda hasta el amanecer. Veinte cascos entrando de proa en la arena con la marea alta, uno tras otro, tirados a cabo desde tierra por cuadrillas de doscientos hombres que se dejan las manos en la maroma mientras los cómitres, a bordo, hacen que la chusma empuje con los remos para meterlas más adentro. Al final del trabajo hay veinte galeras clavadas de proa en la playa, en hilera, con las popas todavía besando el agua, las entenas abatidas y los remos aferrados; y dentro, sin bajar una sola, dos mil y pico de galeotes cristianos encadenados a sus bancos.
Un capitán de la tropa lo mira y se rasca la barba.
—¿Non los desembarcamos? Ahí dentro se van a asar como sardinas.
—¿Desembarcarlos? —Hasán Calabrés lo mira como se mira a un niño—. Dos mil cristianos sueltos en su propia isla, con los suyos a dos leguas. Non, hermano. De ahí non sale ni uno. Que se asen.
Y así queda: la flota de tierra varada y su motor encadenado dentro.
Un capitán joven mira las galeras clavadas en la arena con mal disimulado fastidio.
—Bajá, con perdón. Tres mil hombres tenemos ya en tierra y la ciudad está a dos leguas. ¿Por qué non caemos sobre ella esta misma noche, antes de que se rehagan?
—Porque non somos un ejército —dice Hasán Calabrés—. Somos la mitad de uno.
Señala hacia levante con la barbilla, por encima de las lomas, donde non se ve más que cielo.
—Ahí detrás, a la vuelta de esta isla, van los otros tres mil. Non los vemos y non nos ven, y así ha de ser hasta el día señalado. Non hemos venido a hacer dos guerras pequeñas, sino una grande y en un solo golpe. —Junta las dos manos, la una contra la otra—. Escúchame bien, que esto lo has de saber. La flota entra por la boca del puerto y fuerza el paso. Al primer cañonazo, todo lo que hay en esa isla —los caballeros, los soldados, los villanos de la zanja, el Gran Maestre si hace falta— corre a las murallas del agua a defender lo suyo, que es donde tienen las galeras y el arsenal. Todos mirando al mar. Todos de espaldas al campo. —Y entonces mueve la otra mano—. Y en ese momento bajamos nosotros de estas lomas y les entramos por detrás, al foso, cuando non queda nadie vuelto hacia acá.
El capitán lo va entendiendo.
—El yunque y el martillo.
—El yunque y el martillo. Mas solo si caen a la vez. —Hasán alza un dedo—. Si la flota entra y nosotros non bajamos, se la comen los cañones ella sola. Y si bajamos nosotros y la flota non entra, nos comen a nosotros quince mil hoces. Esta cosa, o se hace en el mismo instante, o non se hace.
—¿Y cómo sabremos el instante?
—Por el humo. —Señala la loma más alta, la que domina a la vez el campo y la bocana—. Ahí pondremos gente día y noche. Cuando vean a la flota enfilar la boca, encienden. Y cuando ese humo suba, esta tropa se echa monte abajo sin esperar más orden que esa. —Se ajusta el cinto—. Hasta entonces, aquí non se mueve nadie. Lo más duro de esta guerra, muchacho, va a ser estarse quieto.
Lo segundo que hacen es subir las lomas, y ahí empieza el desengaño.
Porque el campo está vacío. Vacío del todo. No hay ganado en los bancales, ni humo en los casales, ni un perro que ladre. Casas abiertas de par en par y sin nada dentro, hornos fríos, aljibes con la boca tapada con losas. Los hombres, que venían soñando con lo que sueña siempre la tropa, van poniendo cara larga conforme suben.
—Han vaciado la isla —dice el capitán.
—Han vaciado la isla, sí. —Hasán no se para—. Y eso quiere decir que nos esperaban. Non desde ayer: desde hace semanas.
A mediodía coronan las alturas desde las que se domina el Gran Puerto, y lo que ven abajo les acaba de romper la campaña.
La Valeta está cerrada como un puño: baluartes llenos de gente, las piezas asomadas a las cañoneras, los estandartes de la Religión tendidos. Eso lo esperaban. Lo que no esperaban es lo otro. Pegado a las murallas, ciñéndolas por el llano, hay un cinturón de cuarteles de lienzo y estacas metidos en una zanja larga, con un terraplén de tierra apisonada por la parte de fuera, y dentro miles de personas. Miles. Y no huyen. Están ahí, apiñadas contra la tierra, mirando hacia arriba con hoces y podaderas y horcas de aventar en la mano.
Hasán Calabrés se pasa un cuarto de hora con el catalejo pegado a la cara sin decir una palabra. Cuando lo baja, dice tres:
—Non lo entiendo.
—¿El qué? —El capitán está de mal humor—. Yo lo entiendo perfectamente: se han metido en un agujero. Asentamos las piezas ahí arriba, tiramos a rasar y los barremos como paja.
—Non barres nada. —Hasán le tiende el catalejo—. Mira la altura y mira el terraplén. Si tiras a rasar, la bala se te hinca en la tierra o pasa por encima de sus cabezas y va a estrellarse contra la muralla de ellos. Para alcanzar a esa gente habrías de tirarles desde arriba, y para tirar desde arriba habrías de tener el cielo. —Escupe—. Alguien ha pensado esto. Y non lo ha pensado ayer.
El capitán mira, y se calla, porque lo ve.
—Y non es eso lo que non entiendo —añade Hasán, volviendo a levantar el catalejo.
—¿Pues qué?
—Lo que non entiendo es qué hacen ahí fuera. —Baja el vidrio y mira al capitán—. Contéstame a esto, que llevas doce años en el oficio: cuando en este mundo se le pone sitio a una plaza, ¿qué hace el sitiado?
—Meterlo todo dentro.
—Todo dentro. Todo bicho viviente. El campo entero, los viejos, los críos, las mujeres, las cabras, hasta las gallinas. Y cierra las puertas y se encomienda a su Dios. Siempre. En todos los sitios que yo he visto, y non son pocos. —Hasán da unos pasos—. ¿Y sabes por qué eso nos conviene a nosotros más que dos baterías de a cuarenta?
El capitán no contesta.
—Porque una plaza atestada se mata sola. —Hasán va contando con los dedos—. Se come sus trigos en dos meses, y luego empieza a comerse las mulas, y luego a los perros. Ensucia sus aljibes. Duermen unos encima de otros y les entran los flujos y las calenturas, y en un invierno hay más muertos dentro por la porquería que por nuestras balas. El hambre y la enfermedad han tomado más plazas que toda la artillería del Sultán. Nosotros non tenemos que ganarles: nos basta con sentarnos fuera y esperar a que se pudran.
Vuelve a alzar el catalejo, y la voz se le pone rara.
—Pues estos non lo han hecho. Mira la ciudad: la tiene medio vacía. Ahí dentro han metido lo justo — la gente de armas, los oficios, el pan y la pólvora. Y a los demás, a quince mil almas, los tienen ahí fuera, al raso, repartidos en corrales apartados unos de otros, cada uno con su cerca y su zanja. —Baja el vidrio otra vez—. Y non se mezclan. Llevo desde el mediodía mirándolos: cada corral va por su lado. Bajan al mar por turnos, comen por turnos, hasta compran por turnos en un portillo de la empalizada, sin tocarse. Como frailes yendo al coro.
—A lo mejor es que non caben dentro.
—Caben apretados, como cabe todo el mundo. —Hasán niega despacio—. Non es que non quepan: es que non los quieren dentro. Alguien ha decidido que esa gente esté fuera y separada. Y non se me ocurre por qué.
El capitán se encoge de hombros, con esa sabiduría barata del que necesita una respuesta y le vale cualquiera.
—Serán los caballeros, bajá, que non se fían de tanto villano con una hoz metido en su casa. Yo tampoco me fiaría.
—Puede. —Hasán se queda mirando aquellos cuarteles alineados en la zanja, ordenados y separados como los cuadros de un huerto—. Puede que sea eso.
Pero no le convence, y va a seguir dándole vueltas toda la campaña.
Pero lo que de verdad les hunde el ánimo viene después, y tarda una hora en entrar por los ojos hasta la cabeza. Están mirando aquel foso y lo que ven es gente acarreando agua, hornos humeando, filas ordenadas bajando por turnos a lavarse al mar, un mercado montado en un portillo de la empalizada, mujeres tendiendo ropa.
Y niños. Hay niños corriendo por la zanja, al sol.
—Bajá —dice el capitán, y ya no hay sorna en su voz—. En una isla apestada non hay críos al sol.
—Non. —Hasán baja el catalejo y se queda mirando el suelo—. En una isla apestada hay carros de muertos. —Deja pasar un momento—. Se nos ha acabado la guerra antes de empezarla, hermano. Hemos venido a saquear un moribundo y nos hemos encontrado un hombre sano con una hoz en la mano.
Aquella tarde tienen consejo, y es el consejo más agrio que recuerdan.
—Con tres mil hombres, sin artillería de batir, y contra quince mil villanos atrincherados debajo de esas murallas, el que asalte tira la tropa a un pozo —resume Hasán—. Non se hace. Punto.
—Entonces, ¿a qué hemos venido?
—A esperar. —Señala hacia levante, mar afuera, donde desde aquella altura sí se distinguen, muy lejos y muy chicas, las velas de las naves gruesas al pairo con los otros tres mil hombres a bordo—. El golpe ha de venir de la mar, como estaba dispuesto…. Que fuercen la boca del puerto; y cuando todo el mundo aquí abajo esté mirando el agua, nosotros bajamos por la espalda y le entramos al foso. —Se muerde el labio—. Eso, si la boca se fuerza. Y si el levante nos da tiempo.
—¿Y mientras tanto?
—Mientras tanto, ruido. —Hasán se levanta—. Plantad el campo bien a la vista, desplegad estandartes, y que los atabales non paren de sonar hasta que se les caigan las manos a los timbaleros. Que nos vean grandes. Es lo único que aún podemos hacerles.
Al otro lado del frente a Bruno lo han subido al baluarte al amanecer, y lo han subido porque quieren su nariz.
—Dicen que sois capaces de oler la peste antes de que salga —le explica el sargento mayor mientras trepan la rampa entre soldados que acarrean pelotas de hierro—. Pues dime tú si esos que vienen la traen encima, que si nos entran contagiados, mal negocio hacemos matándolos.
—Non puedo, señor.
—¿Cómo que non puedes?
—Que la nariz non llega a todas partes. —Bruno se encoge de hombros—. Yo huelo lo que el viento me trae, y el viento non trae la enfermedad de un hombre a dos leguas: se pierde por el camino, como se pierde una voz. Para saber si uno lo lleva dentro he de tenerlo a un paso. De ahí en adelante, señor, valgo tanto como vos.
El sargento gruñe, entre decepcionado y aliviado, y no vuelve a preguntarle nada. Pero lo deja quedarse.
Y desde allá arriba, Bruno pasa la mañana viendo llegar la guerra. Le llega antes por la nariz que por los ojos: media hora antes de que asomen las banderas, el viento del norte le trae sudor de mucha gente junta, cuero, grasa de armas, caballo, un aceite fuerte de guisar. Olor de ejército. Lo olió en Menorca, lo olió en Gozo. Nunca lo había olido viniendo hacia su casa.
Luego los ve coronar las lomas. Y luego los ve pararse.
—¿Qué hacen? —pregunta.
—Contar. —El sargento tiene el catalejo pegado a la cara—. Están contando lo que ven, muchacho. Y non les sale la cuenta.
Un artillero viejo se ríe con una satisfacción de artesano, escupiendo por la cañonera.
—Que cuenten, que cuenten. Ahora es cuando el de allá arriba le está diciendo al de al lado que non pueden tirarnos al foso. Y el de al lado le está diciendo que sí. Y el de arriba le está explicando lo del terraplén. —Se limpia las manos en el mandil—. Yo llevo treinta años detrás de un cañón y te digo una cosa: non hay nada que joda más a un artillero que un montón de tierra bien hecho. La piedra se rompe. La tierra se traga el hierro y non dice nada.
—¿Y non asaltarán? —pregunta Bruno.
—Con tres mil y sin piezas gruesas, contra todo eso… —el sargento mayor niega con la cabeza—. Non, si el que manda tiene seso. Y por cómo se está estando quieto, seso tiene.
Bruno mira el foso desde arriba, y se acuerda de la mano de Verdale dibujando en el aire la zanja y el terraplén, y de Baltasar diciendo que un foso hace dos oficios; y le entra una cosa caliente en el pecho que no sabe nombrar y que se parece mucho al orgullo.
Y entonces se pone a contar velas.
Y entonces, a media tarde, el viento refresca.
Bruno lleva un buen rato mirando el horizonte del este, donde las velas enemigas se recortan al pairo, quietas, esperando algo; las ha contado dos veces por pura costumbre, porque a un ventor le enseñan a contar hilos de olor y acaba contándolo todo. Pero el viento sigue soplando del norte, y con la racha nueva le llega otra vez lo de esta mañana —sudor de mucha gente junta, cuero, grasa de armas, caballo, aceite de guisar—, y esta vez, por debajo de todo aquello, hay algo más.
Se queda muy quieto. Alza la cara, cierra los ojos y deja pasar dos rachas enteras sin respirar apenas, deshojando el aire como quien separa hebras.
Y ahí está. Muy fino, muy al fondo, casi tapado por el olor del ejército: brea. Sentina. Madera vieja empapada, porquería. Y hombres. Muchos hombres juntos y quietos. Chusma.
—Señor —dice—. Hay galeras.
El sargento mayor baja el catalejo.
—Claro que hay galeras. Están ahí delante. —Señala al este con el codo—. Y a esas non les llamo yo galeras, que son naves gruesas, mas para el caso…
—Non, señor. Esas non. —Bruno señala con todo el brazo, y no señala al mar de levante: señala tierra adentro, al norte, a las lomas peladas por donde bajó el enemigo esta mañana—. Por ahí. Detrás de eso. Galeras varadas, y muchas.
El sargento lo mira despacio, y luego mira las lomas, donde no hay más que piedra y polvo.
—Muchacho, por ahí non hay agua. Por ahí hay tres leguas de secano y luego la costa del norte.
—Pues en esa costa están.
—Hace un rato me decías que non alcanzabas a dos leguas. Que si querías saber si un hombre lleva el mal dentro habías de tenerlo a un paso. —El hombre entorna los ojos—. ¿Y ahora me hueles unos barcos al otro lado de la isla?
—Non es lo mismo, señor. —Bruno se pone colorado, pero no cede—. Un hombre enfermo es un hombre. Es poco olor, y se gasta en el camino, como se gasta una voz. Mas ahí detrás hay muchos cascos —cuántos non lo sé, que eso non se huele— y dentro un gentío de hombres apretados. Eso non es un olor: eso es una montaña de olor. Y el viento viene derecho de allá y me lo trae todo junto, el del campamento y lo que hay más allá del campamento. —Vuelve a husmear—. Es como oír a un hombre hablar a dos leguas, que non se puede; y oír a dos mil gritando a la vez, que sí.
El sargento mayor se queda callado un momento. Después vuelve a levantar el catalejo, pero ya no mira al norte: mira al este, a las velas.
—Cuenta otra vez esas naves. Y dime una cosa, rapaz, que se me está ocurriendo algo feo. ¿Cabrían ahí seis mil hombres?
—Non lo sé, señor. Yo de eso non entiendo.
—Yo sí. Y non caben. —Baja el catalejo del todo, y se le ha puesto otra cara—. Ahí fuera hay sitio para tres mil justos, y apretados. Y esta mañana han bajado por el norte otros tres mil largos. —Sacude la cabeza, admirado a su pesar—. Conque tienes razón, y non hacía falta tu nariz para verlo: los cascos que trajeron a la gente de tierra non están en el mar. Los han varado en las calas del norte, para guardarlos del levante que viene. Es lo que yo habría hecho.
—Y hay más, señor. —Bruno traga saliva—. Esas galeras huelen a hombre.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Que una galera vacía huele a brea, a sentina y a madera. —Lo dice despacio, porque se está dando cuenta él mismo mientras lo dice—. Y esas huelen a gente. A gente que lleva mucho tiempo ahí dentro. La chusma sigue a bordo, señor. Non la han desembarcado.
—Claro que non la han desembarcado. —El sargento mayor se ha quedado blanco—. ¿Cómo van a soltar a dos mil cristianos en su propia isla?
Y los dos se quedan mirando las lomas del norte, donde no se ve absolutamente nada.
Nadie le contesta a eso, porque no hace falta.
Baja de la muralla a la carrera, cruza el Gran Puerto en una falúa a golpe de remo y se planta al costado de la San Juan Bautista gritando desde el bote, que subir a bordo no sube nadie. Arriba se asoman Lesco y Tristán, y a Bruno se le encoge algo al ver a su señor más flaco, más gris, con la cara del hombre que no duerme bien desde agosto.
—¡Han varado las galeras en el norte, mi señor! ¡Todas! ¡En las naves de fuera non caben más que tres mil! ¡Y la chusma sigue dentro, encadenada!
Lesco tarda un segundo, y lo que contesta no es lo que Bruno espera.
—Vuélvete a tierra. Y tierra adentro. Métete en el foso con Grazia y non salgas de allí. —Se inclina sobre la borda—. Esta noche o mañana entrarán a forzar la boca del puerto, y cuando entren, esto —da un golpe con la palma en su propia madera— se va al fondo con nosotros dentro. Estamos puestos aquí de tapón, non para volver. ¿Hasme entendido?
—¿Y si soltamos a los galeotes?
Silencio arriba.
—Están varadas, mi señor —insiste Bruno—. Y dentro hay dos mil cristianos, o más. Si les quitamos los hierros, el turco se queda sin remos, sin naves y sin vuelta a su casa. Non le ganamos una batalla: le quitamos la guerra.
Lesco no le responde a él. Se vuelve despacio hacia Tristán y lo mira. Y Tristán le sostiene la mirada un instante y ya está bajando por el costado hacia la falúa, sin que ninguno de los dos haya dicho una palabra, porque llevan veinte años sin necesitarlas.
—¡Tristán! —lo llama Lesco cuando ya está en el bote. Y baja la voz, aunque se oye igual, mirando al muchacho—. Me lo traes.
—Os lo traigo, mi señor.
En tierra, Tristán no gasta un minuto en lamentos.
—Veinte hombres —le dice a Bruno mientras van a paso vivo hacia los corrales—. Nin uno más, que veinte se esconden y cuarenta non. Y non quiero valientes: quiero hombres que sepan andar callados, pegar sin preguntar y non echar a correr cuando la cosa se ponga fea.
Los junta en menos de una hora, y le sobran voluntarios, que este verano ha cambiado a la gente.
Empieza por la herrería. Nardu —el herrero que en agosto gritaba en la playa que a él no lo mandaba un mocoso a cuidar apestados, y que ahora es cabo de cuadrilla y presume de haber sido el primero en todo— oye de qué se trata y no deja ni que se lo pidan: se quita el mandil, coge el mazo de dos manos y llama a sus dos oficiales de fragua.
—Vamos los tres. Y non se hable más, que romper hierro es lo mío. —Y ya cargando el saco—: Además, si esto sale bien, non hay quien me aguante en un año.
Se llevan media herrería: seis mazos, ocho cortafríos, cuatro palancas de uña, tres hachas, dos barrenas grandes, mecha y un cuerno de pólvora fina para prender. Casi todo repetido, que en esto lo que sobra es lo que salva.
Recluta después a seis cuidadores de los del pico, que llevan dos meses cargando muertos y ya no le tiemblan a nada; a cuatro soldados que le escoge el sargento mayor; a dos pescadores que conocen las calas del norte como su propia cocina; y, al pasar por delante de la capilla, a los dos alabarderos que la guardan.
Son los mismos que flanquearon la mesa del triaje todo el verano: dos moles con más muescas en la conciencia que en el asta, presos redimidos a fuerza de servir, a los que en tiempo de paz nadie querría cerca de su casa ni de su hija. Bruno ha pasado cien días a un palmo de ellos y no sabe cómo se llaman.
—Vosotros dos. Conmigo. —Dice Tristan.
—¿Adónde?
—A un sitio donde va a haber pelea y de donde puede que non volvamos.
Los dos se miran. Y sonríen, con esa alegría fea de los hombres a quienes la vida solo les ha dado una cosa que hacen bien.
—Vamos —dice el más grande—. Yo soy Bartolo. Ese es Sciarra.
Salen al anochecer por un portillo, veintiún hombres y un niño, y en cuanto dejan atrás la última empalizada dejan atrás también la cristiandad: de allí al norte, Malta es tierra de nadie con turcos encima.
Van en fila india, pegados a los muros de piedra seca, agachados, parándose cada poco a que Bruno huela. Y aquí sí sirve su don, y sirve como nunca — no para adivinar a leguas, sino para lo que hace de verdad un podenco, que es ir diez pasos por delante del amo. Les hace rodear por un barranco a una partida enemiga que él percibe antes de que nadie la oiga —aceite rancio, cordero, cuero, hombre—, y la ven pasar a treinta varas, tumbados todos entre las jaras, sin respirar. Les evita una hoguera escondida tras un ribazo. Y cuando los dos pescadores discuten en susurros si la cala buena es la primera o la segunda, es él quien zanja: alza la cara al viento, cierra los ojos y señala.
—Por ahí. Galeras. Muchas.
—¿Cuántas?
—Non sé contarlas así. Muchas. —Husmea otra vez, y frunce el ceño—. Y llevan gente dentro.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo se —dice Bruno—. Y esa huele a hombre.
Y en la cala, mientras ellos se acercan, en la cala donde los turcos, el arráez Reduán está de un humor de perros.
Lleva desde el amanecer al mando de los treinta hombres que han dejado guardando la varada, mientras el resto del ejército se pasea allá abajo delante de las murallas cristianas tocando atabales y luciendo estandartes. A él le ha tocado el hueso: una playa, veinte cascos y dos mil enemigos encadenados debajo de sus pies.
—Los centinelas de los dos cabos non se sientan —le repite por tercera vez a su cabo—. Y arriba, en el sendero, dos hombres despiertos. Despiertos, he dicho, non arrimados a una peña con los ojos cerrados.
—Bajá, aquí non va a venir nadie. Están todos metidos en su zanja a dos leguas.
—Ya. —Reduán mira los cascos negros varados en hilera, y luego, sin querer, hacia abajo, hacia las crujías donde no se ve nada—. ¿Sabes cuántos cristianos hay ahí dentro? Dos mil doscientos, más o menos. Y nosotros somos treinta. —Se ajusta el cinto—. A mí non me quita el sueño lo que pueda venir del monte. Me lo quita lo que ya está aquí. Que non falte una guardia en las crujías, y que los cómitres non se duerman.
Es un buen soldado, Reduán. Ha puesto los centinelas donde hay que ponerlos, ha repartido las hogueras y no se ha fiado de nadie. Todo lo que se puede hacer, lo ha hecho.
Lo único que no ha previsto es que alguien pueda venir precisamente a por lo que a él le quita el sueño.
Desde las peñas de arriba, Tristán mira la playa un rato largo. Cuenta las hogueras, cuenta las siluetas, localiza a los centinelas.
—Treinta—susurra Bartolo—. Y nosotros veinte.
—Non son treinta contra veinte. —Tristán no aparta los ojos de la arena—. Son treinta contra veinte durante un cuarto de hora. Después son treinta contra dos mil. —Se vuelve y los mira uno a uno en la oscuridad—. Escuchadme bien, porque non lo repito. Non hemos venido a ganar esta playa. Hemos venido a llegar a un banco y romperlo. Todo lo que hay que hacer aquí cabe en el tiempo que se tarda en rezar un rosario. Si llegamos a la crujía del primer casco y soltamos tres bancadas, esto lo acaban ellos. Si non llegamos, non lo cuenta ninguno.
Reparte en cuatro frases: los dos pescadores y dos cuidadores, a los centinelas del sendero, para que nadie suba a avisar al campo. Los cuatro soldados y los dos alabarderos, a la hoguera de levante, a armar todo el ruido del mundo en cuanto se dé la señal, y a aguantar. El, con Nardu, sus dos oficiales, cuatro cuidadores y Bruno, derechos por la arena al casco más cercano con todo el hierro que puedan cargar.
—¿Y yo? —dice Bruno.
—Tú llevas los cortafríos, non sueltas el saco y non te separas de mí. Y cuando empiece, te metes debajo de una quilla y non asomas la cabeza aunque oigas al diablo. —Le pone la manaza en la nuca un segundo—. Se lo he prometido a tu señor. Y es la única promesa de esta noche que pienso cumplir.
Lo que sigue pasa deprisa y es feo, y años después Bruno seguirá sin poder contarlo entero.
A los centinelas del sendero se los llevan por delante en silencio. A los de la playa, no del todo: uno alcanza a disparar, y el fogonazo abre la noche y el estampido rebota en las peñas de toda la cala. Ese ruido va a costar caro.
Ya está costando. Cuando Tristán se vuelve, Sciarra está sentado en la arena con las dos manos apretadas contra el costado, mirándose los dedos como si no acabara de entender de quién es esa sangre.
Bartolo llega hasta él de rodillas, resbalando.
—¡Sciarra! ¡Eh, bestia! ¡Mírame! ¡Mírame a mí!
Pero Sciarra ya no mira. Y entonces ocurre lo que Bruno no habría creído nunca: aquel bruto enorme, aquel hombre de la peor fama de la guarnición, que ha metido el asta entre una madre y su hija sin que se le moviera un músculo de la cara, se queda arrodillado en la arena abrazando a su compañero muerto y llora como un crío, con unos sollozos secos y feísimos que no sabe hacer porque no los ha hecho nunca. Y Bruno aprende otra cosa más de este verano: que no hay hombre en el mundo que no le importe a alguien, y que lo terrible no es que los malos no quieran a nadie, sino que también quieren.
—Bartolo. —Tristán le pone la mano en el hombro, y su voz es más suave de lo que Bruno se la ha oído nunca—. Non hay tiempo. Después. Te lo juro por mi ánima: después.
Bartolo se levanta, se limpia la cara con el antebrazo, coge su alabarda y la de su amigo, y no vuelve a hablar en toda la noche.
Suben al primer casco con la guardia ya encima. Nardu va delante partiendo con el mazo de dos manos como quien parte leña, sus dos oficiales detrás, y Tristán abriendo camino a hierro. Se meten por la crujía adentro.
Y allí, en el pasillo, con un farol robado en alto, hay un instante que lo detiene todo.
A los dos lados, hasta perderse en la oscuridad, hay filas y filas de caras vueltas hacia ellos. Nadie grita. Nadie pregunta. Cientos de ojos en silencio, esperando a ver de qué lado viene esta novedad, porque llevan tanto tiempo esperando cosas malas que ya no saben esperar otra cosa.
Tristán levanta el mazo para que lo vean.
—¡Somos cristianos! —brama—. ¡Venimos a soltaros!
Y la galera entera se convierte en un solo rugido.
No tocan los grilletes de los tobillos —esos llevan años remachados y saldrán otro día, si salen—: atacan los pernos y los ramales. Un golpe de mazo sobre el cortafríos bien puesto y un banco queda libre, con los hierros colgando de los pies. Nardu suelta la primera bancada en menos de un minuto; los cinco hombres que se levantan de ella le arrancan a Bruno los cortafríos de las manos sin que nadie se lo mande y se van a la siguiente. Y esos, a la siguiente.
Ahí acaba el trabajo de los veinte y empieza el de los dos mil.
Porque eso era lo que Tristán había calculado: que no había que soltarlos, sino encender la mecha. En un cuarto de hora hay veinte cuadrillas trabajando por las dos bandas del primer casco. En media hora, hombres libres saltan por la borda al agua somera con los mazos en alto y trepan al casco vecino. En una hora, el ruido del hierro roto llena la cala de punta a punta como una herrería en fiesta, y los treinta de Reduán han dejado de ser una guardia para ser un puñado de náufragos en mitad de una avalancha.
Al levantarse, eso sí, pasa lo que nadie había previsto.
Se caen. Se agarran a los bancos, a los remos, unos a otros, y se caen igual. Porque de cintura para arriba son otra cosa —hombros de toro, brazos como maromas, espaldas hechas a tirar de un palo de doce codos— y de cintura para abajo no les queda nada: unas piernas blancas y flacas, de cañas de esparto, que ya no saben sostener lo que llevan encima. Bruno ve a un hombre inmenso, de brazos que le doblan la cintura, llorar de rabia sentado en la arena porque no consigue ponerse de pie.
Y huele lo que no ha olido en su vida y no olvidará mientras viva: el tobillo que sale por primera vez en años de debajo de un aro de hierro. Piel blanca y blanda de cosa que no ha visto el aire, sudor viejo, llaga, herrumbre. Dulce y metálico. El olor exacto de lo que a un hombre le han robado.
Arriba, en el sendero, ya suenan cuernos. El campo está a dos leguas y viene.
Tristán se sube a un banco y grita, y su voz de mandar hombres llega al último rincón de la cala:
—¡Oídme todos! ¡Los turcos bajan! ¡El que se vea con fuerzas para pelear, que coja un hierro y pelee, que hoy es el día! ¡Y el que non se las vea, que se largue tierra adentro y non se avergüence, que a mí me oiga bien: el que non rema, ya ha vencido! ¡Cada uno de vosotros que salga de esta playa es un remo que le falta al turco para volver a su casa!
Y la cala se parte en dos, la mitad se va. Los quebrados, los de más años, los que ya solo son un armazón; despacio, sostenidos unos en otros, muchos apoyándose en trozos de remo partido a modo de muletas: una procesión lentísima y silenciosa de espantajos blancos que trepa el barranco hacia el interior de la isla, hacia unas murallas cristianas que algunos no llegarán a ver. No hay uno que mire atrás.
Y la otra mitad se queda, se van formando solos, sin que nadie los cuente ni los mande, en la boca del sendero: mil hombres o más, apretados hombro con hombro donde el paso se estrecha entre dos peñas, armados con mazos de fragua, palancas de uña, cortafríos, remos partidos y las propias cadenas enrolladas al puño. No pueden correr. No hace falta que corran: no piensan moverse de ahí. Bartolo se planta en la primera fila con las dos alabardas, la suya y la de Sciarra, y no dice nada. Los cuatro soldados y los cuidadores del pico se reparten por la línea, no para mandarla —esa línea no la manda nadie—, sino para que se vea que hay gente de guerra en ella.
Y abajo, en la arena, empieza la faena que ha traído aquí a Tristán.
Van por lo rápido antes que por lo perfecto, porque barrenar veinte cascos a hachazos llevaría dos noches y no las tienen. Atacan primero lo que mata a una galera de veras: amontonan en la playa la palamenta de media varada, cientos de remos largos de haya, los riegan con la brea de los propios calafates y les prenden fuego. La hoguera se alza de golpe con un rugido y tiñe de naranja la cala entera. Detrás van las entenas, las velas plegadas, la jarcia enrollada. Y después, con hachas y barrenas, se meten bajo las obras muertas de los cascos mayores y les abren tres o cuatro boquetes por debajo de la línea del agua, saltando la estopa y las tablas con esa saña metódica del que sabe que está partiéndole el espinazo a una campaña.
Y arriba, en el sendero, no baja nadie.
Conviene decir por qué, porque no fue torpeza. En el campo otomano, a dos leguas largas de allí, Hasán Calabrés lleva despierto desde el arcabuzazo. Ha visto crecer el resplandor sobre las lomas del norte y no necesita que se lo expliquen: sabe lo que arde y sabe lo que significa. Sus capitanes lo rodean pidiendo permiso para bajar con lo que sea.
—¿A oscuras? —Hasán no aparta los ojos del fuego lejano—. ¿Por un sendero estrecho que non conocemos, en fila de a uno, sin saber cuántos hay abajo ni quién los manda? —Niega despacio—. Eso non es socorrer: eso es ir metiendo hombres de tres en tres en un embudo para que nos los vayan matando cómodamente. Los cristianos son cuatro gatos o son mil, y en la oscuridad las dos cosas pesan lo mismo.
—¡Bajá, están quemando las galeras!
—Ya lo sé. —Y hay en su voz una calma que asusta más que un grito—. Y también sé que las galeras ya están quemadas. Lo que arde así non se apaga bajando corriendo de noche. —Se ajusta el cinto—. Formad la vanguardia y salimos con la primera luz, en orden y en columna. Si abajo queda algo que salvar, lo salvaremos al alba. Y si non queda nada, non habremos perdido además la gente.
Tiene razón en todo, y por eso pierde. Un mando peor habría echado a sus hombres al barranco a medianoche y quizá les habría estropeado la noche a los cristianos. Hasán Calabrés hace lo correcto, lo que enseñan y lo que él habría vuelto a hacer cien veces — y lo correcto, esta vez, le cuesta la campaña.
De modo que en la boca del sendero los mil hombres esperan a un enemigo que no viene.
Y esa espera se hace larguísima. Están de pie en la oscuridad, hombro con hombro, con el corazón todavía a galope y los mazos en alto, mirando el camino vacío, oyendo a su espalda el crepitar de la palamenta ardiendo y el golpeteo de las hachas contra las tablas. De cuando en cuando suena un cuerno allá arriba, muy lejos, y la línea entera se tensa como una cuerda; y luego el cuerno calla, y no pasa nada, y hay que volver a esperar. Bruno sube y baja del agua con un cubo, dándoles de beber, y ve de cerca lo que le hace a un hombre esa clase de noche: las mandíbulas apretadas hasta el dolor, los nudillos blancos sobre el hierro, el temblor fino en las manos de los que llevan tres horas dispuestos a morir y a los que nadie viene a matar.
Junto a la peña de la izquierda hay un hombre grandísimo que no ha soltado la palanca en toda la noche y que llora sin ruido, de rabia.
—Nueve años —le dice a Bruno cuando le acerca el cubo, sin que Bruno le haya preguntado nada—. Nueve años pensando en el que me daba con el corbacho. Todos los días. Todos. Sabía lo que le iba a decir antes de matarlo. —Tira el agua al suelo sin beber—. Y ahora bajo a la playa y hay tres cómitres muertos en la arena y non sé cuál era el mío. Non me acuerdo de la cara. Nueve años y non me acuerdo de la cara.
Bruno no sabe qué contestar a eso. Le vuelve a llenar el cubo, que es lo único que se le ocurre.
Y así, sin batalla, transcurre parte de la noche, hasta que el fuego ha consumido lo que de útil pueda quedar de las galeras: mil hombres armados guardando un sendero por el que no viene nadie, mientras a veinte pasos de ellos se acaba la guerra de otra manera, a hachazos y a fuego, sin gloria ninguna y sin un solo grito heroico.
Aun en la noche, cuando faltán dos horas para el alba y con el fuego en todo lo alto, Tristán ya entiende que nada de lo que queda podría flotar
Seis cascos rotos a hachazos donde más duele, escorados en la arena para siempre. Los otros catorce, que son la mitad más cercana al agua, con la madera humeda enegrecida, la parte seca, la que que no toca el mar serán tizones y ceniza al llegar el alba— y sin un remo con que moverse, sin una vela que largar y sin un solo hombre que remar en ellos. Porque una galera sin chusma no es una nave: es un edificio que flota y estas ni siquiera eso. En la playa humea un montón de ceniza y hierros que fue la palamenta de una flota, y el humo se va hacia el mar en una columna gorda y negra que se ve desde media isla.
El trabajo ya esta hecho y es hora de volver, vinieron de noche, en fila de a uno, agachados tras los muros de piedra seca, tumbándose entre las jaras para dejar pasar una patrulla a treinta varas. Ahora bajan por el camino real, por el medio, mientras amanece, y no hay quien los mire dos veces sin apartarse. Porque de los veintiún hombres y un niño que subieron quedan diecisiete y el niño — y detrás vienen mil. Mil hombres que el mar ha ido gastando durante años y que hoy caminan por primera vez adonde ellos quieren. Van rapados a navaja, con los cráneos pelados y quemados de sol; medio desnudos, con la piel curtida como suela y llena de llagas del banco; muchos sin dientes, todos flacos de una flacura rara, porque tienen los hombros y los brazos de un hércules y de cintura para abajo unas piernas de caña que no acaban de creerse el trabajo que les mandan. Andan mal. Andan como andan los borrachos y los recién parturientas, apoyándose unos en otros, parándose cada cien pasos, y hay quien se sienta en un ribazo a llorar sin motivo y luego se levanta y sigue. Los hay de Sicilia, de Calabria, de Provenza, de Génova, de Valencia, y hay uno que dice ser de Lyon y a Bruno le da un vuelco el corazón cuando lo oye hablar. Los hay que llevan dos años al remo y los hay que llevan nueve y ya no saben decir de dónde son.
Y suenan. Eso es lo que Bruno no va a olvidar de aquel camino: el ruido. Ninguno lleva las argollas quitadas —eso es faena de herrero y de otro día—, de modo que mil hombres bajan hacia la Valeta arrastrando cada uno su aro de hierro y su cabo de cadena, y el roce de todo aquel metal contra las piedras del camino hace un rumor continuo, seco, metálico, que se oye antes de que se vea la columna y que no se parece a nada. Bruno camina en medio de ellos y va oliendo lo que huele: brea, sentina, sudor de años, llaga, herrumbre. El olor de galera. El mismo hedor que le enseñaron a cazar a leguas desde una cofa cuando tenía diez años, el que significaba enemigo. Y aquí lo lleva encima, pegado a la ropa, rodeándolo por todas partes — y por primera vez en su vida es el olor de los suyos.
A media legua se encuentran con los otros, son los mil que salieron primero, los que no podían pelear, y llevan toda la noche andando para hacer lo que estos han hecho en dos horas. Están desperdigados por el camino a lo largo de más de una legua, de dos en dos y de tres en tres, sostenidos en muletas de remo partido, y están peor: son los viejos, los quebrados, los que ya solo eran un armazón cuando les quitaron el hierro. Algunos se han quedado sentados en las cunetas sin poder más, y ahí siguen. Y en el camino, cada tanto, hay uno tendido boca arriba que no se levantará, con su argolla en el tobillo y la cara vuelta al cielo, muerto en libertad a media legua de las murallas. Los que vienen detrás los rodean sin decir nada y siguen andando.
Se juntan las dos columnas y se hacen una sola, lentísima, de dos mil almas, que tarda toda la mañana en recorrer lo que un hombre sano anda en una hora. Desde lo alto del barranco, la vanguardia otomana los ve pasar y no baja. No por piedad: por aritmética. Bajar tres mil hombres a pelear contra dos mil que no tienen nada que perder, a campo abierto, bajo las murallas del enemigo y sin naves con que volverse a casa, es un negocio que no sale a cuenta ni al más bravo. De modo que los miran irse. Y hay algo en aquella mirada, dicen luego los que estaban arriba, que ninguno de ellos supo explicar del todo: es la primera vez que la mayoría de esos soldados ve caminar por su propio pie a la gente que los ha traído hasta aquí a golpe de remo.
Reduán ha sobrevivido, y de los treinta le quedan tres. Está sentado en la arena, sin turbante, con un brazo colgando, viendo arder la palamenta de veinte galeras. Hasán mira la playa desde el sendero y no dice nada durante un rato larguísimo. No pregunta cómo ha ocurrido. Suma.
Tres mil hombres en una isla enemiga sin naves con que volver a bordo. Sin remeros con que mover lo que queda. Con dos mil galeotes sueltos por el interior. Sin más comida que la que traen a la espalda. Y con la otra mitad del ejército allá fuera, en las naves, que tendrá que forzar sola la boca del Gran Puerto contra una cadena, cuatro cascos artillados y todo el bronce de San Telmo — y ya no para conquistar nada, sino para venir a recogerlos.
—Bajá —dice al fin el capitán, a su lado—. ¿Qué hacemos?
Hasán Calabrés mira el humo, y luego el mar, y luego, muy lejos, hacia el sur, donde se adivinan las murallas.
—Ruido —dice al fin—. Nos queda el ruido que ya teníamos.
El capitán no entiende.
—Que se vuelva el campo a donde estaba, delante de sus murallas. Los mismos estandartes, los mismos atabales, los mismos escuadrones dando vueltas que ayer. —Hasán echa a andar sendero arriba sin mirar atrás—. Ayer lo hacíamos para asustarlos mientras esperábamos a nuestra flota. Hoy lo haremos para que non se den cuenta de que ya non esperamos nada.
Aquella tarde, desde el foso, quince mil malteses miran a tres mil otomanos desfilar y tocar los tambores frente a las murallas de la Valeta. Los miran apoyados en el terraplén, con la hoz en la mano y sin decir gran cosa; y al cabo de un rato, alguien de los cuarteles de atrás grita algo en maltés que hace reír a doscientas personas a la vez, y la risa se contagia zanja adelante como se contagia el fuego en la paja.
