Bruno Carpa.

Almagre.

Capítulo 5

A los pocos días de correr por las cocinas, Bruno se sabe el palacio entero como se sabía las callejas de Lyon: los nombres, los genios y, sobre todo, los olores. Sabe que el mayordomo huele a tinta y a vinagre de limpiar plata; que el jefe de la guardia arrastra un rastro de grasa de armas y de vino que se cuida de que no le huela el aliento; que el ayudante del Gran Maestre no huele casi a nada, lo cual, en un hombre, es lo más raro que hay. Y sabe, sin que nadie se lo haya dicho, quién está enfermo, quién ha llorado y quién viene de donde no debiera. Se lo calla todo, que eso también se lo enseñó Lyon.

De toda la casa, a quien más quiere es a la cocinera. Se llama Grazia, es maltesa, ancha de brazos y de voz, y de cuando en cuando, en el rancho de la servidumbre, a Bruno le aparece junto al plato —sin que nadie vea llegar la mano— un pastelillo de dátiles frito en miel, de esos que los de la isla llaman imqaret y que huelen a fiesta mora y a azúcar tostada. Cuando Bruno alza la vista, Grazia ya está de espaldas, revolviendo su caldero; pero le llega el guiño de refilón, como quien recibe una moneda de canto.

Bruno no se acuerda de su madre. De la cara, nada: un óvalo borrado. Pero se acuerda de los gestos —una mano que le apartaba el pelo, algo caliente que aparecía sin pedirlo— y de que un día los gestos se acabaron, con las fiebres, y ya no hubo más. Por eso estos detalles de la cocinera le llegan más hondo de lo que el pastelillo vale, y se los come despacio, con los ojos bajos, guardando el olor como guarda todos los que no quiere perder. Grazia, por su parte, tuvo también sus fiebres de joven, de las que salió viva pero vacía, sin poder concebir; y a nadie le cuenta que a ese huérfano francés de nariz rara lo ha adoptado por dentro, sin papeles ni palabras, como se adoptan los hijos que llegan tarde y por la puerta falsa.

Mientras tanto, el puerto hierve. El Mare Apertum se acerca y La Valeta entera trasiega: carros de pipas y botas muelle arriba y muelle abajo, fardos, jarcia nueva, remos de respeto, y ese clamor de grúas, blasfemias y pregones que es el canto de una escuadra vistiéndose. En el muelle donde carga la nave de Lesco, el asentista —que así se llama al mercader que por contrata se obliga a entregar el bastimento de una escuadra, y que gana más cuanto peor género cuela— jura por sus hijos que la mermelada de membrillo va perfecta, que la ha cocido su propia mujer, mientras un marinero viejo se planta y dice que él no estiba nada hasta que lo vea el veedor; que para eso está el veedor, el oficial del Rey y de la Religión cuyo oficio es literalmente ver: comprobar que lo que se entrega es lo que se pagó, en peso y en calidad, con su escribano al lado dando fe de todo en el libro.

La verdad es que Bruno no les presta atención. Los ve de lejos, y le basta pasar a diez varas de los barriles para saber lo que llevan dentro mejor que el que los llenó; pero anda a otras cosas, haciendo recados de cocina, con su pastelillo en la memoria.

Es entonces cuando, en lo alto de la muralla que cae sobre el muelle, ve dos figuras que conoce: de Lesco y Tristán, hablando. Y ve —porque para eso no hace falta nariz— que el señor señala primero a los barriles y luego a él. Bruno se queda quieto donde está, con ese instinto de la calle que sabe cuándo lo están tratando a uno en otra parte, y espera.

Abajo, el veedor ya ha dado su licencia: ese barril y todos los del muelle, a bordo. La grúa cruje, los estibadores escupen en las manos.

Tristán baja de la muralla sin prisa aparente, que es como bajan los que tienen prisa, y llega al muelle justo cuando el primer barril se levanta del suelo.

—Un momento —dice—. Non subáis nada aún.

El barril vuelve a posarse. El veedor se vuelve con la cara del que no da crédito, sorprendido primero, airado después, que las órdenes socavadas duelen más que las desobedecidas:

—¿Y quién lo manda? La carga está vista y despachada por mí, y sube agora.

Pero los marineros ya han obedecido a Tristán, y ahí está toda la respuesta. Porque Tristán no tiene título ninguno, y sin embargo su fama —el hombre de confianza de Lesco, el que estuvo donde estuvo su señor, el que riñe como cuatro— le pone en el muelle unos galones que el título de veedor no llegará a rozar en su vida. Contra eso no hay libro ni escribano.

—Bruno, acércate.

Bruno llega corriendo. Tristán ha cogido de un tenderete de calafates un cuenco de almagre —esa pintura roja de tierra con que en los muelles se marcan maderas y bultos— y una brocha gastada.

—Vamos a inspeccionar esto, rapaz. Dime cómo está todo.

—¡Los toneles están cerrados y sellados! —salta el veedor—. ¡Ni se os ocurra abrirlos, que lo que se abre se paga!

—¿Hay que abrirlos? —pregunta Tristán a Bruno, sin mirar al veedor.

—Non, non hace falta —dice el niño—. Solo los que non estén bien.

El veedor y el asentista cruzan una mirada y se ríen, ya sin disimulo, esperando asistir a alguna estúpida bendición de saludador, a un conjuro de feria que acabe en ridículo y en escarmiento. El asentista hasta se cruza de brazos, gozándolo por adelantado.

Bruno empieza a andar la hilera de bultos, despacio, con la nariz a un palmo de las duelas.

—Este está bien. —Pasa—. Este también. —Pasa—. Este… —se detiene, husmea dos veces— este lleva el gorgojo dentro del bizcocho. La galleta de arriba estará sana, mas la de abajo hierve de bicho; huele a harina vieja y a cagadita de gorgojo, que huele a avellana amarga.

Tristán moja la brocha y planta un brochazo de almagre en la tapa, rojo como una sentencia. Y siguen.

Va pasando barriles, botas, pipas y fardos, y el muelle entero se va callando a su paso. "Este bien. Este bien. Esta pipa de agua se pudrirá antes de ocho días: la madera está revenida y el agua ya huele a huevo. Este tocino va atrasado, y es de puerco sin castrar, que apesta a macho. Este bien. Este vino se está volviendo vinagre por la espita." Brochazo, brochazo. De los ciento sesenta y tantos bultos que esperan en el muelle, cuando Bruno acaba la hilera hay once marcados de rojo.

—Esto es una estupidez —estalla el veedor, con el escribano detrás sin saber qué anotar—. ¡Non vamos a abrir barriles cerrados y despachados por la fe de un mocoso que husmea como un perro!

Entonces baja de la muralla la última palabra. De Lesco ha hecho el camino sin que nadie lo viera venir, como acostumbra, y no discute con el veedor, ni lo mira siquiera; llama con dos dedos a un marinero:

—Abre ese.

El veedor pone el grito en el cielo: que la carga es cosa suya, que hay orden y contrata, que se quejará a quien haya de quejarse. Puede quejarse cuanto quiera: la autoridad de Lesco en aquel muelle es total, y no solo por el hábito y la encomienda, sino por algo que no se escribe en ninguna contrata — que los marineros lo miran como se mira a un capitán con el que uno se embarcaría mañana, y al veedor como a un hombre de tinta. El barril marcado se abre a golpe de hierro.

De la galleta de arriba, blanca y honrada, no sale nada. El marinero mete el brazo, saca las de abajo — y el bizcocho hierve. Gorgojo vivo, a puñados, derramándose por las duelas como pimienta que anda. El marinero suelta el pan con un juramento, y el silencio del muelle se puede masticar.

—Abre ese otro —dice de Lesco.

El segundo es la mermelada de membrillo del asentista, la que cocía su propia mujer: bajo dos dedos de conserva buena, una capa de moho gris que huele a cueva y a engaño. El tercero es un fardo de harina, que ya nadie espera a desatarlo con miramientos: lo rajan de un cuchillada, y dentro la flor de harina es una piedra húmeda, apelmazada y agria, que se vendió por seca y llovió sobre ella en algún almacén de Sicilia.

El asentista ha empezado a sudar un olor que Bruno conoce bien, el olor agrio del miedo, y ya no jura por sus hijos; el veedor mira su libro, donde todo aquello consta como visto y conforme, y comprende que las palabras que nadan más lejos que los hombres han empezado a nadar. Porque el muelle entero lo ha visto, y el puerto es una plaza: los estibadores, los calafates, la gente de las galeras vecinas encaramada a las bordas, todos han visto a un niño señalar sin abrir, y a los barriles confesar después uno por uno.

Y lo ha visto también, desde el castillo de popa de una galera de España, un hombre seco vestido de negro que no aplaude ni se asombra en voz alta, porque los generales viejos no hacen ninguna de las dos cosas. Don Juan de Cardona mira al niño un rato largo, pregunta algo a un oficial, que responde señalando la muralla donde estuvo de Lesco, y guarda el dato donde los viejos generales guardan lo que vale: en silencio.

De modo que así fue: desde aquel día, no hubo nave de la expedición —ni de la parte de España ni de la parte de la Religión— cuya carga no pasase por las narices de Bruno antes de subir a bordo. Once bultos marcó el primer día, y a nadie mató después un agua podrida ni un pan con bicho. Los veedores oficiales lo padecieron como un insulto de por vida, y los asentistas, naturalmente, como una ruina; y unos y otros aprendieron a odiarlo con esa cortesía rencorosa de los que no pueden decirlo en voz alta.

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