Sueñan las impresoras 3D con Timers poéticos?? O no...
Javier Giménez.


Sueñan las impresoras 3D con Timers poéticos?? O quizás no...
Hoy voy a imprimir el llavero que me pidió mi hermana. Es para que los huéspedes de su vivienda vacacional se lleven un recuerdo bonito: de que sea bonito se encargarán la paciencia de mi hermana y el sol de Mallorca. De que llegue a existir, yo, o quizás no...
El extrusor de la impresora va y viene, suena como el traqueteo de un tren. Capa a capa esculpe líneas de plástico azul cielo. Franja a franja, sin prisa y sin dudas. No hay intuición, no hay inspiración. Hay instrucciones. La máquina ejecuta un programa que incluye un Timer: un contador de ciclos que determina cuándo detener el proceso. Al alcanzar ese número, hará una pausa. Me avisará. Entonces cambiaré el filamento. Sustituiré el azul por el amarillo que dará forma al limón, la otra mitad del logotipo. Hasta ese instante, la impresora continúa:
Contando.
Ejecutando.
Esperando.
En la otra habitación, ajena a la sinfonía matemática de la impresora, está mi hija con un lápiz Staedtler 2H recorriendo las mejillas de un personaje que hace apenas unos minutos no existía, pero ahora ya late. Cada línea es una decisión que parece improvisada, pero responde a una intuición acumulada. Borra, corrige, insiste. Ajusta proporciones. Elimina lo que sobra hasta que la forma aparece.
Son dos maneras muy distintas de trabajar, o quizás no...
Se cuenta que un alumno preguntó a su maestro escultor cómo podía extraer una figura perfecta de un bloque de piedra. El maestro respondió: la figura siempre estuvo ahí, yo solo quité lo que sobraba. Tal vez el pensamiento humano funcione de forma similar. Pensar no sería crear desde la nada, sino descartar lo improbable hasta que una forma latente emerge.
Los modelos de inteligencia artificial funcionan mediante un principio comparable. No “piensan” en el sentido humano; calculan probabilidades. Ante una secuencia de palabras, estiman cuál es la siguiente más plausible y descartan millones de alternativas menos probables. La frase final no nace de una chispa mística, sino de una reducción progresiva del espacio de posibilidades.
Mi hija hace algo parecido cuando dibuja. No inventa al azar la curva del pómulo: prueba, elimina, corrige. La impresora 3D también descarta. No decide, pero ejecuta un proceso donde cada capa es consecuencia necesaria de la anterior, de no ser así, el filamento quedaría en el aire a merced de la gravedad. En ambos casos, la forma surge tras retirar lo innecesario.
En noviembre de 2022 apareció públicamente ChatGPT 3.5. Ese fue el punto de inflexión. Por primera vez, millones de personas pudieron interactuar de manera directa con un modelo capaz de generar texto coherente, resolver problemas y sostener conversaciones complejas. No era la primera inteligencia artificial avanzada, pero sí la primera que entró en la vida cotidiana con naturalidad.
Desde entonces, la creatividad dejó de ser un territorio exclusivamente humano en la práctica diaria. Este mismo texto nace con ayuda de una IA. Queríamos tiempo para escribir poesía mientras las máquinas fregaban los platos, y ahora fregamos los platos mientras la maquina escribe poesía.
Es lógico sentir inquietud. Pero hay un matiz importante: la inteligencia artificial no reemplaza el talento, lo amplifica. Ayuda a quien tiene ambición pero no la técnica. A quien no sabe programar y, sin embargo, construye código. A quien no sabe escribir, pero siente la necesidad de contar algo y encuentra en este nuevo milagro tecnológico el impulso que le faltaba.
Algunos expertos señalan que esto no constituye verdadera inteligencia. Argumentan que estos sistemas no comprenden, no tienen conciencia, no poseen intención propia. Solo procesan datos estadísticos. Y efectivamente, así operan.
Pero ¿y si el ser humano pensara exactamente así? Hasta donde sabemos, nadie comprende el origen del pensamiento en el cerebro ni la verdadera esencia del aprendizaje. Sin embargo, reaccionamos de forma automática ante ciertos estímulos. Si alguien dice hola, otro responde caracola. Si oímos perro ladrador, completamos poco mordedor. Si alguien dice Ave María Purísima… adivina que respondemos y con Trama, nudo y…?
Tal vez no sea la máquina la que se parece demasiado al humano, sino el humano el que nunca fue tan diferente de la máquina. Y si ese es el caso, si el lenguaje, la asociación y la probabilidad forman parte también de nuestro pensamiento, entonces hay una conclusión incómoda que empieza a insinuarse: quizá la inteligencia artificial general no sea un acontecimiento futuro, sino un límite que estamos rozando sin darnos cuenta. Tal vez no haya llegado del todo. Tal vez lleve tiempo aquí, camuflada entre nuestras propias probabilidades.
Por ahora cambio el filamento azul por el amarillo. El limón aparece capa a capa. La máquina continúa contando. Yo observo. Y me preparo, optimista, para un futuro que parece inevitable.
O quizás no...
