Alas de Forespán.

Nota de cata: Este relato contiene trazas de código, algoritmos y un 100% de intención literaria. Utilizo la IA sin complejos ni límites, pero las riendas siguen siendo mías. El truco está en averiguar dónde termino yo y dónde empieza la máquina... si es que se nota.

Alas de Forexpán.

Estoy a punto de empezar a escribir y veo el meñique. Lo tengo torcido hacia fuera, como si quisiera huir de la tecla "L" en mi teclado. La pequeña curvatura lleva conmigo cuarenta y cinco años, solo cuando un dedo aparece de pronto en mi campo de visión, como ahora, vuelve a hacerse notar. Y entonces, sin que yo lo decida, regreso al 24 de febrero de 1981.

Aquella mañana me levanté como casi todas: tarde, flaco como un alambre, con el pelo levantado en una asamblea de tirabuzones rubios sucios y un par de mocos secos pegados al labio superior. Me puse el jersey de rayas, ese que todavía hoy puedo dibujar de memoria con los ojos cerrados: rayas horizontales gruesas, alternando un negro que tiraba a tinta y un color tierra que no se llama marrón, ni beige, ni siquiera caqui, sino tierra a secas. Me lo ponía tres días a la semana, lavado o no, daba lo mismo. Los zapatos eran de los que pesaban: marrones, con cordones que nunca se ataban hasta el último ojal y suela gruesa de las que sonaban contra el suelo de cualquier portal, ese calzado duraba dos cursos porque la moda no existía para los niños y los padres tenían otras cosas en las que pensar.

Aquel día, en casa, mis padres no eran ellos. Mi padre, que a las ocho de la mañana siempre tenía las noticias en el transistor y un comentario afilado para cada político —"a este lo pondría yo a labrar la tierra"—, miraba el dial sin abrir la boca. La radio estaba encendida con un volumen al que no estábamos acostumbrados. Mi madre fregaba un plato que ya estaba limpio. Cuando entró la sintonía de los informativos, mi padre giró rapidísimo la rueda del receptor.

—Anda, coge la cartera, que llegas tarde.

Pero no era cierto que llegase tarde. Era mi hora.

La noche anterior tampoco había sido normal. No habían puesto Starsky y Hutch. Eso, en mi mundo, era casi peor que un terremoto. Le pregunté a mi padre por qué y él me dijo que había habido un cambio en la programación, así, en general, sin más. Después estuvo pegado al televisor hasta que me fuí a dormir y seguramente hasta más tarde, cada vez que mi hermano y yo íbamos al salón, nos despachaba con una mezcla de cariño y prisa que no era suya. "A dormir, que tenéis cole mañana".

El colegio aquella mañana parecía una versión mal montada de sí mismo. Las clases estaban allí, pero los profesores no estaban del todo dentro de ellas. Don Antonio, escribía dos palabras en la pizarra, se asomaba al pasillo, hablaba con Doña Pilar, volvía, borraba lo escrito, y empezaba de nuevo. En el pasillo había un transistor pequeño, de los de tapa de plástico beige y antena torcida, y los maestros se inclinaban sobre él como en una hoguera en la noche fría. Tenían un oido en la radio, un ojo en sus compañeros y, de vez en cuando, uno y medio en nosotros. Nos dejaban hablar de verdad, no ese susurro de aula. Si alguno levantaba demasiado la voz, asomaban la cabeza, pedían silencio sin mucha convicción y volvían a su asunto.

Para mí, aquello era una fiesta sin pancartas, ni pasteles, pero una fiesta. Jugamos a los pares o nones debajo del pupitre. Cambié dos cromos de Mateos por uno de Quini. Le hice un dibujo a Araceli, la del flequillo, en una hoja arrancada de la libreta, y se lo dejé en su silla cuando ella había ido al baño. El dibujo era un caballo con cinco patas, pero a ella siempre le gustaban mis dibujos, los corregía o no, y ese día no estaba la profesora para regañarme por dibujar en clase.

A las doce nos dijeron que ya nos podíamos ir.

—Os podeis ir a casa, ya está todo arreglado.

Yo pensé que se había arreglado lo de la calefacción, que la semana anterior falló y habíamos pasado dos días con el abrigo dentro del aula. Solo años después caí en la cuenta de que con "arreglado" se referían a otra cosa. A un señor con bigote y tricornio del que solo iba a oír hablar mucho más tarde, en los libros de texto de mi hija, porque en los míos el tema se obvió, y que esa mañana ya estaba arrestado en algún sitio del que entonces no me preocupaba nada.

Salí del colegio con la cartera dando golpes en el muslo. El sol de febrero, es un sol tramposo: calienta lo suficiente para hacerte sudar pero no lo bastante para que te quites el jersey. Iba andando por lo que entonces era campo y hoy es un parque con bancos verdes, papeleras de las que el ayuntamiento se enorgullece, y una zona de juegos con suelo azul. Pero en 1981 era un descampado largo, con cardos, plásticos viejos, un par de neumáticos clavados en la tierra que nadie sabía cuánto llevaban allí. En aquella época la gente tiraba las cosas al campo con naturalidad.

Y allí estaban. Dos pedazos largos de forespán. Blancos, sucios, irregulares, con textura granulada y satinada que tiene el forexpán cuando alguien le arranca trozos. Imagino que debían pertenecer al embalaje interior de una nevera de las grandes. Cada uno medía como mi pierna. Largos. Curvados un poco en uno de los lados.

No tuve que pensar mucho para darme cuenta de que aquello eran alas.

Las escondí detrás de unas matas, no demasiado, lo justo para que nadie las viera desde el camino y yo pudiera volver enseguida. Y me dediqué a buscar un lugar alto desde el que lanzarme.

A esa edad yo tenía una teoría sobre cómo funcionaba el mundo. La teoría decía que si tú deseabas algo con suficiente fuerza —pero de verdad, con toda la intensidad del universo, no con la fuerza floja de cuando uno pide que llueva un domingo—, lo que deseabas se cumplía. La prueba estaba en que, semanas antes, yo había deseado todas las noches que pusieran Baretta a las ocho. La razón era existencial para mí, si ponían Baretta a la misma hora que La Clave de José Luis Balbín, tendría que ver esos señores barbudos con jersey de cuello vuelto que discutían cosas durante horas y horas y a mí me dejaban sin televisión y sin nada. Pues bien, un buen día empezaron a poner la serie una hora antes, ya sabia yo que mi teoría no me dejaría colgado.

Así que aquel día, con el sol en la cara y dos alas escondidas detrás de un arbusto, yo deseé volar. Deseé volar con la misma fuerza que había puesto Baretta.

Encontré el lugar enseguida. Un montón de tierra que las excavadoras habían levantado meses atrás, cuando empezaron a allanar el terreno para el futuro parque, esas cosas que se hacían en España más a un ritmo geológico que humano. Llevaba tanto tiempo allí que ya le había crecido hierba encima, una hierba alta, despeinada, con un par de amapolas valientes. La parte de delante caía a pico. Lo que entonces a mí me parecía un acantilado y hoy reconozco como un escalón generoso: unos cinco metros, no más.

Fui a por las alas. Volví corriendo, sin parar, con el cartón pegado contra las costillas. El jersey me pesaba. El sol me daba en la frente y me apretaba el pelo contra la cabeza. Pensé en quitármelo, pero no había dónde dejarlo: el jersey en el suelo era un jersey perdido, eso lo sabía cualquier niño. Lo dejé puesto. Iba a sudar, pero no iba a sudar mucho rato, porque iba a volar.

Me coloqué en el borde. Sujeté un ala con cada mano, como había visto hacer a los pájaros, aunque los pájaros no sujetaban nada con las manos, pero a mí me parecía igual. Miré hacia mi casa, que se veía a lo lejos, un noveno piso con la ropa tendida en la terraza. Calculé. Si conseguía mantener el ritmo de aleteo hasta los veinte metros de altura, después tendría que aguantarlo a brazo, lo cual era difícil pero no imposible. A lo mejor no llegaba a la azotea—eso, ya puestos a ser realista, era pedir mucho— pero al portal sí. Al portal seguro.

Salté.

Durante un momento, exacto y breve y eterno, mis pies se sostuvieron en el aire. No por la física. No por las alas. Por las ganas. Por el deseo cumplido. Por la teoría metafísica de que el mundo te obedecía si lo deseabas bastante. Volé. Volé de verdad. Que un adulto venga a decirme lo contrario.

Y después, claro, vino lo otro.

La gravedad apareció con la puntualidad con la que aparecen las cosas que uno no ha invitado. El ala derecha se abrió hacia atrás como una persiana mal sujeta, se partió por la mitad con un sonido seco que todavía recuerdo, y yo dejé de estar suspendido y empecé a caer. Hubo un instante en el que mi cerebro intentó procesar la traición. Hubo otro en el que mi cuerpo entendió, antes que mi cabeza, que esto iba a doler. Y más tarde un tercero en el que ya estaba contra la tierra.

Aterricé mal. Tenía las dos manos agarradas a los restos de las alas porque, en mi cabeza, soltarlas era darme por vencido, eso era peor que romperse cualquier cosa. Cuando paré de rodar, una rodilla me sangraba, tenía barro en la ceja, y el dedo meñique de la mano derecha apuntaba hacia un lugar al que un meñique no debería apuntar. No me dolía. Eso es lo más raro: no me dolía. Me dolían los codos, me dolía la rodilla, me dolía un costado, pero el dedo no. El dedo se quedó en silencio, esperando.

Bajé el jersey, que se me había levantado hasta el pecho durante la caída. Recogí los pedazos del ala. Por un momento pensé en intentarlo otra vez —si arreglaba el cartón con saliva, si saltaba con más fuerza— pero algo dentro, ese algo que crece con los golpes, me dijo; mejor no, hoy ya has volado, vete a casa.

Empecé a notar el dedo a mitad de camino. Primero como una distancia rara, como si esa parte de mí no estuviera del todo donde tenía que estar. Después como un pinchazo. Cuando llegué al portal del bloque, ya no podía cerrar el puño. Me di cuenta de que volver a casa con el meñique apuntando al sureste era admitirlo todo. Así que me lo metí en el bolsillo del pantalón, como si fuera lo más natural del mundo, y subí en el ascensor pulsando con la mano izquierda el botón. En casa, estaba la radio puesta otra vez, mi madre atenta a las noticias, mi padre al teléfono. Nadie me miró el meñique. Yo tampoco lo miré.

Tardé cuatro días en contarlo. Cuatro. Cuando por fin me llevaron al médico —porque empezaba a no poder agarrar el lápiz—, el dedo ya estaba a medio soldar por su cuenta, torcido hacia fuera, en una postura que el traumatólogo miró con esa cara de quien decide no abrir la lata. Dijo algo así como "esto ya, déjalo donde está, que el hueso ha hecho su trabajo". Mi madre quiso una segunda opinión. La segunda opinión dijo lo mismo. Y desde entonces, el meñique vive así, como si quisiera escapar de la mano.

Ahora miro el dedo, la pantalla, el texto que estoy a punto de empezar a escribir. Y se me ocurre que un dedo roto fue un precio barato. El día que salté desde aquel montón de tierra con dos pedazos de forespán, no me equivoqué del todo. Volé un instante que ha estado dentro de mí cada vez que me siento a escribir.

Voy a poner las manos en el teclado ahora. La L probablemente no salga a la primera. El meñique seguirá apuntando para donde le da la gana. Y yo, en cuanto empiece a escribir, volveré a sentir esa fuerza extraña que tira hacia arriba, esa convicción de que esta vez sí, esta vez aguanto el ritmo, esta vez llego al portal y, quién sabe, a lo mejor incluso al noveno piso. Y si me caigo, ya saben: hoy también habré volado un instante.