Otro plan fracasado.

Javier Giménez.

Nota personal

Este artículo refleja únicamente mi visión personal, basada en la información pública y accesible que cualquier ciudadano español puede consultar con interés y espíritu crítico. No pretendo ofrecer soluciones, porque no las tengo. Solo comparto una opinión, tan válida —o tan limitada— como la de cualquiera.

Expreso, además, mi profundo respeto hacia los pueblos ruso y ucraniano. Sé que detrás de cada decisión política hay personas reales que sufren, que han perdido familiares, que viven con miedo y afrontan cada día en condiciones difíciles. Mi intención no es herir sensibilidades ni trivializar su dolor, sino tratar de entender, desde la distancia, un conflicto

Otro plan condenado al fracaso.

Lo hemos visto antes. Planes de paz diseñados en despachos lejanos, con mapas desangrados sobre la mesa y promesas huecas disfrazadas de diplomacia. Este, presentado por Estados Unidos, no es diferente. Nació como ultimátum, mutó en propuesta negociable, y terminará, casi con seguridad, archivado junto a otros intentos fallidos de apagar una guerra que nadie puede o quiere cerrar de verdad.

Porque la paz —la auténtica paz— no se impone, se construye. Y este plan no busca construir nada: pretende contener, reorganizar, controlar, redistribuir fuerzas en un tablero que ya no admite movimientos limpios. No responde a la voluntad de las partes implicadas, sino a la necesidad estratégica de quienes observan desde fuera, inquietos por los costes crecientes y el desorden que se expande.

Por eso este nuevo intento nace con fecha de caducidad. Porque no tiene en cuenta ni el punto de no retorno al que ha llegado la maquinaria rusa, ni el dolor irreconciliable del pueblo ucraniano. Es un plan frío para una guerra ardiente. Una propuesta pensada para resolver un problema político, no humano. Y mientras se redactan acuerdos en Ginebra o Bruselas, los tanques no se detienen, las fábricas no cesan, y los muertos siguen sin firmar nada.

A continuación, analizo por separado lo que este plan implica para las partes principales: Rusia, Ucrania, Estados Unidos y la Unión Europea.

La parte rusa: una bicicleta cuesta abajo.

Rusia se ha convertido en una economía de guerra. El aparato productivo gira ya en torno al conflicto: fábricas reconvertidas, sectores civiles absorbidos por la producción militar, y una dependencia creciente del Estado como único gran cliente. Hoy, fabricar misiles o munición garantiza ingresos, subsidios, mano de obra subvencionada y beneficios fiscales. En cambio, producir bienes de consumo, dar empleo civil o importar tecnología se ha vuelto una tarea de riesgo económico.

Esta militarización forzada ha llevado al límite a un país que envejece, se despuebla y pierde a marchas forzadas su capacidad de regeneración interna. La escasez de mano de obra ya no es un pronóstico, sino una realidad: jóvenes que antes mantenían industrias, cosechas o transporte están en el frente. Empresarios civiles se ven obligados a pagar sueldos desproporcionados por trabajadores escasos y desmotivados. Solo quienes producen armas viven un respiro financiero.

Esta presión no se reparte por igual. Mientras Moscú y San Petersburgo permanecen relativamente al margen del reclutamiento —mantenidas como vitrinas del país estable y funcional—, las regiones más pobres y periféricas son drenadas sin descanso. Se recluta allí donde ya había necesidad, donde las expectativas eran bajas, y donde además el sentimiento de pertenencia a Rusia es más débil. En muchas de estas zonas —del Cáucaso al Lejano Oriente, de Siberia a Buriatia—, el independentismo latente o los vínculos étnicos ajenos a la identidad rusa tradicional fermentan como un veneno silencioso. La guerra, lejos de unir, está tensando aún más las costuras internas del país.

Pero el problema mayor está por llegar: ¿qué pasará si mañana se firma la paz? ¿Qué ocurrirá con ese enorme tejido industrial bélico que quedará sin clientes? ¿Qué destino espera a los cientos de miles de soldados que volverán del frente? Muchos de ellos regresarán con heridas, traumas o una capacidad de violencia normalizada. ¿Cómo absorberá el sistema a hombres jóvenes que han aprendido a no tener escrúpulos, que saben manejar armas, y que han cobrado sueldos muy por encima de la media nacional? ¿Volverán a sus pueblos para servir copas o descargar camiones?

Y aquí entra el aspecto más delicado para el Kremlin: aceptar el plan de paz propuesto por Estados Unidos no solo significaría reconocer su estancamiento militar, sino también ceder el protagonismo narrativo a Washington, y en particular a Donald Trump. Para un régimen construido sobre la figura de un líder fuerte, renunciar a decidir cuándo y cómo se termina una guerra sería equivalente a claudicar. Y Putin no claudica. Pedalea. Aunque la cuesta sea cada vez más empinada, aunque la bicicleta empiece a temblar.

La parte ucraniana: paz con condiciones imposibles.

Es más que evidente que las condiciones impuestas por Estados Unidos —presentadas en un principio como un ultimátum y ahora rebautizadas como “propuesta de paz sujeta a negociación”— resultan inaceptables para Ucrania. Aunque el presidente Zelenski conserve su rostro de póker y declare que lo consultará, lo estudiará y lo madurará, sabe perfectamente que ni su país, ni la Unión Europea, pueden aceptar esos términos sin fracturarse por dentro.

El primer punto, y probablemente el más grave, es la cesión de territorio. Y no se trata de Crimea o de las zonas ya ocupadas por Rusia y parcialmente asumidas como pérdidas temporales por parte de Kiev. Lo inaceptable es la entrega de lo que se ha dado en llamar el “cinturón del Dombás”: una estrecha franja de tierra altamente defendida por Ucrania, que Rusia ha intentado conquistar repetidamente sin éxito. Es, a día de hoy, una línea infranqueable, la última muralla real antes de un avance hacia Kiev. Entregar esa franja a Moscú no sería un gesto de paz, sino el tendido voluntario de un puente de plata para que el ejército ruso pueda reanudar su ofensiva en el futuro sin obstáculos.

Otro de los puntos más comprometidos del plan es la limitación del número de tropas ucranianas a 600.000 soldados. Si bien podría parecer un número razonable para un país en paz, actualmente hay unos 900.000 movilizados, y reducir esa cifra no es inviable a medio plazo. Sin embargo, el verdadero veneno está en la cláusula que impide a los países de la Unión Europea intervenir en defensa de Ucrania en caso de un nuevo conflicto. A cambio, se ofrece la promesa de que Rusia no atacará de nuevo. Y con esa promesa viene implícita la garantía vacía de Moscú, como si la historia reciente no fuera suficiente advertencia. En resumen: el plan busca debilitar la capacidad defensiva de Ucrania y garantizar que, si hay una próxima vez, la conquista sea más fácil.

Zelenski, que de ingenuo no tiene nada, no será quien diga abiertamente que no acepta los términos. Como ya ha hecho en otras ocasiones, prefiere dejar que sea Rusia quien rompa las negociaciones, consciente de que el Kremlin, por su situación interna, difícilmente puede sostener una paz inmediata sin desmoronarse. Ucrania, por su parte, sigue ganando tiempo, y lo hace con una baza tecnológica que podría cambiar las reglas del juego.

A inicios de 2026, está previsto que Ucrania comience la producción en serie de un nuevo tipo de misil de largo alcance. Este proyectil —más barato que un Patriot, diez veces menos costoso que un Tomahawk, con tres veces su alcance y el doble de capacidad explosiva— podría llegar a fabricarse a un ritmo de dos unidades por día. San Petersburgo quedaría entonces al alcance. Moscú también. Y con ello, la ecuación estratégica cambia por completo: no es solo que Ucrania resista, sino que empieza a golpear donde duele.