Ferralla para Poseidón.
El 12 de septiembre de 1869 partía de Suez con rumbo a Bombay, El Carnatic, un vapor británico con Una valiosa carga, a parte de correo Real: 40 mil libras esterlinas de oro sin acuñar para la Casa de la moneda de la India. En las primeras horas del día siguiente embarrancaba en el arrecife de coral Sha’ab Abu Nuhas, cerca de la isla Shadwan, probablemente por un error de navegación nocturna.
El capitán tomó la mala decisión de mantener a pasajeros y tripulación a bordo, a la espera de la llegada de otro barco de la misma compañía, mientras las olas golpeaban el buque contra el arrecife, después de 36 horas desesperadas sintieron partirse el casco en dos y hundirse velozmente justo cuando comenzaba la evacuación. La tragedia se cobró
31 vidas: 5 pasajeros y 26 tripulantes.
Los supervivientes llegarían en botes a la isla Shadwan y serían rescatados al día siguiente por el SS Sumatra.
Los restos del Carnatic recuerdan su desgracia a menos de 30 metros de profundidad y a unos 300 metros del Dunraven, que ya exploramos hacía 2 días, aunque me parecía que había pasado una eternidad.
Los guías nos aclararon que todo el oro fue recuperado, que no perdiéramos el tiempo ni el aire buscando moneditas. Admito que se me había pasado por la cabeza.
Me voy percatando que nuestros guías van seleccionando los pecios en orden teniendo en cuenta su espectacularidad.
El Carnatic no nos defraudaría como lo haría a la Corona Británica. El mar había tenido tiempo de vestirlo de vida, sin conseguir rebajar su aspecto aterrador que parecía no olvidar haber sido la sepultura de 3 decenas de almas. Yo sí que absorto por tanta belleza animal y vegetal, ya no lo recordaba. Sin embargo trataba de recordar las instrucciones a la hora de profanar ese ataúd gigantesco. Me daba cuenta de como había cogido práctica de moverme en espacios cerrados y complicados bajo el agua. Sin duda nos estaban preparando para un pecio aún más espectacular.
Efectivamente.
En junio de 1941, el puerto de Glasgow despedía, para siempre sin saberlo, al SS Thistlegorm, que zarpaba rumbo a Alejandría para abastecer a las fuerzas aliadas en Egipto, para la campaña del Norte de África.
Al estar controlado el Mediterráneo por la Armada alemana, los británicos optaron por el periplo más largo, dándole la vuelta al continente africano. Después de 4 meses de travesía cuando ya estaban cerca de la ciudad de Alejandro, se encontraron que el canal de Suez estaba congestionado y no quedaba otra que tirar anclas y esperar su turno para pasar al Mediterráneo.
A la 1:30 de la madrugada del 6 de octubre uno de los aviones alemanes que regresaba de una misión fallida por no encontrar su objetivo principal, descubrió la oportunidad de resarcirse al localizar el Thistlegorm fondeado, le bastaron dos bombas que atinaron en la zona de la bodega 4 donde almacenaban munición que provocó una explosión en cadena destrozando la popa y partiendo el carguero en dos. Tal fue la detonación que las dos locomotoras de 73 toneladas transportadas en cubierta para la Egyptian National Railway volaron por los aires hundiéndose a una treintena de metros del buque, una a cada lado, donde han quedado aparcadas en la arena para la posteridad.
9 de los 42 tripulantes no volverían a ver la luz del sol, el resto serían rescatados después de una terrible noche.
En los años cincuenta sería Jaques Cousteau quién identificara el pecio y lo diera a conocer internacionalmente. Desde entonces se ha convertido en uno de los naufragios de buceo más famosos del mundo, y como iba a descubrir, en un auténtico museo submarino de la Segunda Guerra Mundial.
Estábamos amarrados al buque hundido, usaríamos las amarras para sumergirnos en fila sin soltarlas hasta llegar al pecio, para evitar que las fuertes corrientes nos llevarán mar adentro.
Khaled nos contó otra de sus historias oportunamente antes de la inmersión. La de una submarinista china a la que se la llevó la corriente y su barco no pudo encontrarla. Apareció al día siguiente agarrada a una plataforma petrolifera. Desde el Eriny, muy lejos oteé dos de ellas. Me pregunto si sería una de esas.
Llegamos todos al final de la amarra atada en la parte donde las bombas habían despanzurrado la nave. Unos vehículos orugas panza arriba se reconocían por sus cadenas, entre cajas de munición y misiles, en uno de los obuses se distinguía perfectamente la fecha de fabricación, 1929, porque casi diariamente muchos submarinistas como yo pasarían sus dedos sobre la inscripción grabada sobre el latón.
No íbamos a entrar en las bodegas porque no teníamos aire para recorrerlo por dentro y por fuera. Impresionados por sus dimensiones, recorrimos sus cubiertas sin tocarlas, peces escorpión vigilaban camuflados mejor que cualquier militar. Había varios vagones sobre la cubierta principal, neumáticos de jeeps Morris y camiones Bedford, me pareció reconocer alguna moto convertida en un cadáver marino de dos ruedas, en la popa dos enormes ametralladoras vickers esperaban como un fotocall a los buceadores. Recorrida toda su eslora, sobrevolamos la proa que se alzaba tenebrosa más de 15 metros sobre el fondo, de sus laterales colgaban las cadenas que acababan en las anclas gigantes, ya inútiles.
El agua turbia impedía ver el buque completo.
Ascendimos a nuestro barco de uno en uno por las amarras atadas a la proa.
En la segunda inmersión entramos desde el agujero de la explosión a la bodega inferior donde miles de peces rojos guardan lo que debió ser una valiosa carga: perdí la cuenta de los jeeps y camiones cargados con motos de marca ya irreconocible, como si fueran sardinas en latas gigantes ya abiertas, por lo leído unos treinta camiones Bedford y más de cien motocicletas, BSA M20 y Norton H16 algunas todavía en cajas, otras con sus sidecars, algunos vehículos blindados Universal Carriers, alas y otras piezas para los aviones de la RAF.
Todas esas máquinas son ahora peceras de okupas con agallas que nos miraban calmados pasar flotando entre los camiones estibados y el techo de la bodega, un gran pez globo amarillo y negro se cruzó con nosotros. La bodega superior tenía menos altura por lo que era necesario esquivar algunas de las motos que obstaculizaban el paso, y evitar chocar con la botella en las vigas de hierro oxidado del techo, en algunos sitios había menos de un metro de altura para pasar, bancos de peces cristal construían paredes de raspas en movimiento, que la desplazaban como puertas automáticas cuando estábamos cerca.
Era como estar en un videojuego donde cada pantalla requiere más habilidad.
El paseo se hizo largo pero hermoso entre tanta ingeniería regalada a Poseidón para convertirla en original ferralla con esa creatividad de la que solo la arbitraria naturaleza es capaz.
Con la linterna iba descubriendo volantes, peces, corales, los faros de las motos crujidos, las baterías de las motos que recordaban su poder contaminante con las letras "Acid lead", los parabrisas rotos de los camiones, botas y uniformes para los soldados, generadores, equipos de radio, repuestos mecánicos, montañas de lo que fueron ametralladoras y fusiles fabricados para matar que murieron antes de convertirse en asesinos.
Poner tanta energía creativa en producir tantas toneladas diseñadas para ser destructivas merecían el karma de su propia destrucción, y quedar como ejemplo del despilfarro y de la estupidez humana.
Mi grupo consiguió salir sin contratiempos de museo acuario, y subir al barco por las amarras de proa.
Al subir el segundo grupo faltaban cuatro de nuestros compañeros, nadie los había visto salir del interior del navío, la visibilidad había disminuido porque el sol estaba ya poniéndose.
Farid, el otro guía estaba indignado y preocupado por la desobediencia de los más expertos.
La tensión nos duró unos 10 minutos, hasta que reconocimos sus cabezas emerger en la popa de uno de los yates vecinos, se habían perdido y equivocado de amarras, pasamos de la preocupación a la burla divertida.
Acababa así felizmente la última inmersión del día, la nocturna de suspendería por la corriente. Dormiríamos sobre el barco de guerra para volvernos a sumergirnos en nuestra penúltima inmersión a la madrugada siguiente. Tres buceos en el mismo pecio no resultaron repetitivos pues había mucho que ver, además para dejarnos buen sabor de boca un enorme pez Napoleón que debía pesar más que yo nos merodeó un buen rato y un espectacular tiburón guitarra de tamaño considerable nos pasó por debajo y pudimos seguirlo desde arriba. Este escualo se asemeja a un tipo de manta también con puntitos azul eléctrico sobre su fondo gris, suelen camuflarse bajo la arena como las mantas y es raro verlos por lo que fue un buen regalo de despedida.
El último buceo sería en un colorido jardín de corales, entre los que destacaba una usual anémona roja con sus respectivos inquilinos, los peces payaso.
Me vuelvo más que satisfecho por haber descubierto una parte tan fascinante que desconocía de este planeta muy difícil de dar justicia con solo palabras.
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