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El naufrago de Cipango.

Un relato de más allá del Oceanus Infinitus.

El Náufrago de Cipango.

Reverendísimo padre y maestro en Cristo, Fray Antonio de Marchena, a quien Dios guarde en su sabiduría, gracia, cuya fama de hombre de estrellas y de letras ha llegado incluso a esta roca húmeda que Dios colocó en mitad del océano como si hubiera querido ponerle un punto final al mundo conocido:

Me dirijo a vuestra reverencia con la pluma temblorosa, no por el frío —que en este noviembre de las islas es de una humedad que penetra el hueso como agua en piedra caliza— sino por la naturaleza extraordinaria de lo que tengo que comunicaros, y que sospecho habrá de interesaros tanto como interesó al sabio el cometa que ningún otro observó.

Pero permitidme que comience por el principio, como manda el orden natural de los sucesos y la buena composición de toda carta que aspire a ser entendida.

Vivo, padre, en una humedad perpetua.

São Miguel no es una isla: es una exhalación del océano que tomó la forma de tierra firme. Los prados son de un verde tan violento, tan obscenamente vivo, que al hombre llegado del continente le parece al principio que tiene fiebre en los ojos. Las nubes no pasan sobre nosotros: nos habitan. Se instalan entre los riscos volcánicos como inquilinos que nunca pagan renta, descienden por las laderas con una lentitud de procesión fúnebre de la santa compaña, y antes de que uno haya tendido el hábito al sol para secarlo, ya está de nuevo empapado. El aire sabe a sal, a roca caliente y a helecho. Huele siempre a algo que acaba de nacer o a algo que está a punto de pudrirse, que en estas islas viene a ser casi lo mismo.

Nuestra comunidad —somos nueve frailes bajo la guarda del hermano prior Lourenço de Braga, hombre callado como un peñasco y resistente como él— reside en el convento de Nuestra Señora de la Esperanza, que así hemos querido llamar a este conjunto de muros bajos y claustro angosto que levantamos hace apenas dieciséis años sobre una ladera que mira al puerto de Vila Franca. No es Asís. No es La Rábida, cuya belleza me describisteis en vuestra última carta. Es un edificio de piedra basáltica, negra como carbón de fragua, con el musgo instalado entre las juntas como si fuera argamasa viva, un huerto donde los frailes luchamos cada temporada contra los hongos, los caracoles y la voluntad del viento de barrerlo sin misericordia.

La iglesia es pequeña, con una sola nave y un retablo donde la Virgen tiene el rostro de una mujer de los Algarves que posó para un pintor que ya murió. Hay seis celdas, un refectorio, una sala de trabajo que hace también de enfermería cuando la ocasión lo requiere, una biblioteca de cuarenta y tres volúmenes que yo mismo he catalogado y que custodiamos como si fueran reliquias, que en cierto modo lo son. Desde la ventana de mi celda se ve el mar. Siempre se ve el mar. En estas islas, padre, es imposible olvidar que el mundo termina pronto, que vivimos al borde de algo inmenso y obscuro cuya naturaleza los hombres sólo han comenzado a interrogar.

Fue precisamente ese mar el que nos trajo lo que ahora os cuento.

Era el decimoséptimo día de octubre, festividad de San Ignacio de Antioquía, mártir, cuando Gonçalo Pereira y sus dos hijos mayores llegaron a nuestra puerta golpeando con los puños como si el diablo les siguiera los talones.

Traían algo en brazos.

Al principio pensé —lo confieso— que era un animal. La figura que depositaron sobre la mesa del refectorio era tan disminuida, tan comprimida en sí misma por el sufrimiento, que costaba reconocer en ella la forma humana. Era un hombre, pero un hombre al que el mar había intentado deshacer con una paciencia y una meticulosidad casi artesanal.

Los Pereira lo habían recogido de una embarcación a la deriva, o más bien de lo que quedaba de una embarcación: unas maderas atadas con fibras vegetales de un tipo que ninguno de nosotros había visto, sin quilla, sin vela reconocible, como una balsa primitiva que hubiera navegado durante semanas o meses por pura terquedad. Estaba varado en una roca al sur de la isla. El hombre estaba tumbado en ella, boca arriba, como un muerto que hubiera decidido contemplar el cielo antes de dar el último aliento.

—No sabemos qué es, fray Tomás —dijo Gonçalo, y en su voz había menos crueldad que perplejidad genuina—. Pero vive. Hemos pensado que vuestra reverencia sabría qué hacer con él.

Lo pusieron sobre la mesa, entre el pan del desayuno y el candil que aún humeaba, y yo me acerqué a examinarlo.

Lo que vi me detuvo varios segundos antes de poder proceder como médico y como fraile.

Era un varón adulto, de complexión que debió ser robusta antes de que el océano le arrancara todo lo superfluo. Ahora los huesos le empujaban la piel desde dentro como si quisieran salir: las clavículas sobresalían como vigas bajo una tela delgada, las costillas se contaban una por una sin necesidad de tocarlas, y las articulaciones de los dedos tenían esa prominencia obscena que solo adquieren cuando el cuerpo ha consumido todo lo que tenía y ha comenzado a consumirse a sí mismo. La piel —y aquí, padre, vuestra reverencia habrá de prestarme atención, porque la piel es parte esencial de lo que tengo que relataros— era de un color entre el cobre y el ocre, semejante al cuero curtido, pero no por el sol únicamente: era su color natural, era el color con el que Dios lo había fabricado, y de eso no tuve ninguna duda.

Tenía el cabello negro como la tinta, pegado al cráneo por la sal y el agua, largo hasta los hombros, y una faz de líneas que primero me parecieron simplemente extrañas, y que luego, meditándolo, me evocaron algo que no supe nombrar de inmediato. Los pómulos altos, los ojos rasgados —cerrados en ese momento— con ese pliegue sutil en el párpado que he visto en ilustraciones de misioneros que han estado en las costas orientales. Pero había algo más: la nariz era distinta, más ancha en la base, y los labios gruesos y agrietados tenían una forma diferente a los rostros que yo asociaba con Cipango o Catay. Era como si en aquel hombre hubieran confluido dos ríos de humanidad que yo no sabía que corrían paralelos, y el resultado era una fisonomía que no encajaba exactamente en ninguno de los moldes que mi memoria guardaba, pero que tenía una dignidad extraña, una geometría del rostro que incluso en aquel estado de extrema ruina era difícil no llamar noble.

Sus vestiduras —si así podía llamárseles— eran jirones de algo que había sido una prenda tejida con fibras vegetales, tenida con colores que el mar había desteñido casi por completo, pero donde aún podía adivinarse el negro y el rojo ocre. Llevaba en el cuello los restos de lo que pudo ser un adorno: unas piezas de hueso y algo que parecía jade o una piedra verde similar, atados con un cordel de fibra trenzada. En las muñecas, marcas circulares que podían ser tatuajes o quemaduras rituales —no supe distinguirlo en ese primer examen.

Pero lo más extraordinario, padre, lo que más me impresionó en ese primer contacto, fue cuando abrió los ojos.

Los tenía oscuros, casi negros, en ellos, pese a la fiebre, el agotamiento y el dolor que debían de haberlos nublado, había una inteligencia presente y encendida. Me miró. Me miró de verdad, con esos ojos que distinguen al hombre consciente del hombre que simplemente existe, y en esa mirada no había miedo. Había reconocimiento. Se observaba comprensión instantánea —que me emocionó profundamente— de que estaba siendo ayudado, de que las manos que lo tocaban no eran manos enemigas. Hizo un movimiento debilísimo con la mano derecha, apenas un gesto, como si quisiera ofrecer algo o saludar de algún modo que sus fuerzas ya no le permitían completar.

Que Dios me perdone si en ese instante sentí que tocaba algo sagrado.

Mandé salir a los Pereira, pedí al hermano Bartolomeu que me trajera agua tibia, vinagre, aceite de oliva de nuestras escasas reservas, paños limpios y la caja de ungüentos que guardamos para los marineros que llegan con heridas de mar y que en estas islas no son infrecuentes.

La deshidratación era de las peores que hubiera visto. La lengua era una roca reseca y oscura, casi negra en el centro, que apenas llenaba la boca. Los labios estaban cuarteados en grietas profundas que sangraban al moverlos, con costras superpuestas de sal y sangre vieja. La piel, al pellizcarla suavemente, tardaba en volver a su lugar como si hubiera olvidado su elasticidad, como si el cuerpo hubiera consumido sus propias reservas de agua hasta llegar al fondo del pozo. Los ojos, aunque conscientes, estaban hundidos en sus cuencas con esa profundidad de pozo seco que he visto en los marineros que pasan semanas sin agua potable, pero que en este hombre tenía un grado de gravedad que me hizo temer, durante la primera hora, que no sobreviviría el día.

Tenía, además, llagas en la espalda y en los costados, por haber estado tumbado sobre maderas durante tiempo indeterminado, llagas que el agua salada había comenzado a corroer, quemaduras en los hombros y en el dorso de las manos, de sol prolongado e implacable; tenía las plantas de los pies cortadas por lo que debían ser bordes de las maderas de su embarcación, cortadas y luego curadas por la sal, en esas cicatrices horribles que el mar hace sin los miramientos de ningún cirujano.

Y sin embargo, padre, mientras yo lo atendía, mientras le limpiaba las heridas con vinagre —que debía de escocerle como fuego— mientras le pasaba el paño húmedo por la frente y los labios con esa lentitud paciente que exige el trabajo de rehidratar a alguien que no puede beber de golpe, el hombre no emitió ni un quejido. Ni uno solo. No se resistió en ningún momento. Seguía con los ojos el movimiento de mis manos con esa atención concentrada de quien está aprendiendo, de quien observa y registra y comprende. Cuando le acerqué el cuenco de agua tibia a los labios, bebió con una disciplina admirable: pequeños sorbos lentos, esperando entre uno y otro, como si su cuerpo le dictara el ritmo correcto antes de que yo se lo indicara con gestos.

¿Quién le había enseñado esa paciencia? ¿Qué pueblo, qué formación, qué experiencia de vida curtida en el dolor o en la contemplación había formado en aquel hombre una serenidad semejante frente al sufrimiento propio?

Me lo pregunté mientras cosía con hilo de seda —el único que nos queda— dos de las heridas más profundas de su espalda. No hizo ruido. Me miró fijamente. Me di cuenta de que intentaba comunicarse, de que movía los labios formando palabras en una lengua que no era ninguna de las que yo conocía, ni portugués, ni castellano, ni latín, ni árabe, ni nada que yo pudiera ubicar en ningún rincón de mi memoria filológica. Eran sonidos que no usaban las mismas articulaciones que las lenguas europeas, con vocales abiertas y consonantes que parecían venir del fondo de la garganta o de un lugar distinto en la boca, como si el instrumento vocal de aquel hombre hubiera sido afinado en una escuela completamente diferente de la nuestra.

Le respondí en latín, que es la lengua de Dios y debería ser entendida en cualquier rincón de la creación. No me entendió, naturalmente, pero pareció apreciar el tono. La intención, al menos, viaja sin traducción.

Mientras velaba su sueño esa primera noche, padre —y fue un sueño profundo, el sueño de los muertos o de los recién nacidos, un sueño sin movimiento y sin sueños visibles, el sueño de quien ha tocado el fondo y comienza el ascenso— me quedé en la sala con el candil y mis pensamientos, que os confieso que fueron bastante desordenados.

¿De dónde venía este hombre?

Conocéis mejor que yo las leyendas que circulan entre los marineros: las maderas extrañas que el poniente trae a veces a estas costas, las semillas desconocidas, los bambúes de nadie sabe qué ribera, los cadáveres con rasgos que no son europeos ni africanos encontrados en las playas de Flores y de Faial. Hay quien habla de islas al oeste, de tierras que las corrientes alcanzarían si alguien tuviera la audacia o la locura suficiente para buscarlas. Son rumores de marinero, y los marineros mienten con la misma facilidad con que respiran.

Y sin embargo.

Ese hombre había llegado de algún lado. Esa balsa, esas maderas que ninguno de nosotros reconocía, esas fibras vegetales, esas ropas de tejido desconocido. Había llegado de un oeste que para nosotros es sinónimo de vacío, de oceanus infinitus, de donde no hay retorno.

Pensé en las enseñanzas de Marco Polo. Pensé en las descripciones de Cipango, esa isla de oro en el extremo del Oriente, esa tierra fabulosa que los hombres del Gran Khan no habían podido conquistar. Los pómulos altos, los ojos rasgados de nuestro náufrago... ¿No podría ser acaso uno de aquellos pueblos orientales que Marco Polo describió en sus relaciones? La Tierra, como sabemos, es redonda. Si alguien navegara hacia el oeste con suficiente empeño, y si Cipango estuviera situada donde los cosmógrafos más audaces la colocan... ¿no podría, acaso, haberse cerrado el círculo de una forma que ningún mapa existente alcanza a representar?

Soy consciente, padre, de que esta especulación es de las que pueden costarle a uno la reputación y quizás algo más. Os la confío precisamente porque sé que vuestra reverencia es de los que miran el cielo con instrumentos en lugar de con supersticiones, y que una idea, por descabellada que parezca, merece ser considerada antes de ser descartada.

Por lo que respecta a su nombre: no podíamos seguir llamándolo "el hombre" o "el náufrago" o, como lo llamaban los Pereira, con menos caridad que asombro, "la cosa del mar". El hermano Bartolomeu propuso que, en gratitud al santo que sin duda lo había protegido en su travesía, le diéramos el nombre de Erasmo: San Erasmo de Formia, que es también conocido entre los marineros como San Telmo, aquel a quien los navegantes ven en forma de luz en los mástiles en las noches de tormenta, aquel que intercede por quienes el mar intenta devorar. Si alguien había velado la travesía de este hombre —y debió de haber sido una travesía que pone a prueba los límites de lo que la carne humana puede soportar— ese alguien era sin duda San Telmo, cuyo fuego a veces se ve en las noches claras sobre el agua, entre estas islas, como un recordatorio de que Dios no abandona del todo ni siquiera a quienes navegan sin saber adónde van.

Lo llamamos, pues, Erasmo. Y él, cuando se lo dijimos, repitió el sonido con esa boca todavía torpe por la sed y las costras: Eh-rá-smo. Lo dijo mirándome. Y sonrió.

Era la primera vez que sonreía desde que llegó, y os juro, padre, que fue una de las sonrisas más extraordinarias que he visto en mis cincuenta y dos años de vida: no la sonrisa de quien no entiende, sino la sonrisa de quien ha comprendido que le están haciendo un regalo, que lo acepta con gratitud y con gracia.

Durante las semanas siguientes, Erasmo se recuperó con una rapidez que el hermano Bartolomeu, que es más dado que yo a ver la mano directa de Dios en los procesos fisiológicos, calificó sin dudar de milagrosa.

Comió con moderación y con sentido, como si supiera que su cuerpo necesitaba reconstruirse despacio. Dormía muchas horas. Salía al huerto cuando el tiempo lo permitía —que en São Miguel es menos de lo que uno desearía— y se sentaba en el banco de piedra junto a la pared sur, que es donde da el sol en los mediodías de otoño, y miraba el mar con una expresión que yo no sabía interpretar del todo. ¿Nostalgia? ¿Terror? ¿Esa mezcla particular de ambas cosas que tienen quienes han estado a punto de morir en el agua y sin embargo no pueden dejar de mirarla?

Comenzamos a comunicarnos por gestos, luego por algunas palabras sueltas que él aprendía con una velocidad asombrosa: pan, agua, frío, fuego, bueno, gracias. Tenía una memoria extraordinaria y una disposición para el aprendizaje que me recordaba a los estudiantes más brillantes que conocí en Coimbra, hacía ya más años de los que quiero contar.

Me pregunté, naturalmente, si era cristiano. No tenía forma de saberlo con certeza: no respondía al Pater Noster, no reconocía el crucifijo con el gesto de reverencia que haría cualquier fiel, aunque tampoco lo rechazaba. Miraba el Cristo de madera de nuestra iglesia con una atención intensa y sin aparente turbación. Una vez lo vi trazar en el aire, ante él, algo con el dedo, un gesto ritual de algún tipo, que no era la señal de la cruz pero que tenía esa misma calidad de movimiento sagrado, ese mismo aire de quien habla un lenguaje que el cuerpo conoce antes que la mente.

No lo juzgué. Me pareció que había en él, en su conducta, en su serenidad, en la forma en que trataba a los frailes, a los animales del huerto y a los niños del pueblo que venían a verlo como a una rareza, una bondad fundamental que en mi experiencia no es cosa de educación sino de temperamento y quizás de gracia preveniente de Dios en su infinita misericordia, ¿no podría haber derramado su gracia incluso sobre quienes no conocen aún su nombre?

Os comencé a escribir esta epístola, pues, Reverendo Padre, para solicitaros formalmente vuestro consejo y vuestra intercesión ante los superiores de la custodia para que se me concediera el permiso de instruir a este hombre en la fe, con la intención de bautizarlo y recibirlo en el seno de la Iglesia. Su inteligencia era clara. Su disposición, admirable. Su alma, si la podemos llamar así en términos que no prejuzguen su condición, parecía hecha de una materia que respondería bien a la semilla de la palabra. Creo que en él estaba el potencial de ser no sólo cristiano, sino buen cristiano, de esos que enriquecen a la fe con lo que traen de fuera en lugar de vaciarse para recibirla.

Hay además algo más que deseo consultar con vuestra reverencia, algo relacionado con su origen y con esas especulaciones de cosmografía a las que me referí más arriba, y que prefiero no poner por escrito con mayor detalle hasta conocer vuestra reacción a lo ya dicho. Vuestra reverencia, que mira las estrellas y conoce la geometría del cosmos mejor que nadie en estos reinos, sabrá qué hacer con lo que le sugiero entre líneas.

Debo, sin embargo, añadir a esta carta un párrafo que no quisiera escribir, y que me ha costado varios días de retraso en el envío porque no encontraba las palabras adecuadas, o quizás porque encontrarlas significaba aceptar lo que no quiero aceptar.

Erasmo murió el 25 de Enero, día de la Conversión de San Pablo.

Murió, padre, de una vulgar destemplanza de pecho, de esas fiebres con tos y moquillo que en noviembre recorren el convento de celda en celda y que ninguno de nosotros toma demasiado en serio, porque en nosotros no pasan de cuatro días de cama y algo de malestar. El hermano Bartolomeu tuvo la misma fiebre esa semana y ya está completamente repuesto.

En Erasmo fue diferente de una forma que aún me cuesta entender, aunque quizás no debería costarme tanto si reflexiono en ello: ese cuerpo, que había sobrevivido lo inimaginable, que había cruzado lo que sea que hubo de cruzar sobre una balsa de madera con el sol y el mar como únicos compañeros, ese cuerpo que había tocado los límites de la resistencia humana y había vuelto de ellos, no tenía armas contra este enemigo pequeño y doméstico. Nunca había visto esta enfermedad. No la conocía. No tenía dentro de sí la memoria acumulada de generaciones que han aprendido a pelearla.

La fiebre subió rápidamente. La tos se hizo profunda y húmeda. Intenté todo lo que sabía: infusiones de tomillo y de malva, cataplasmas de mostaza en el pecho, la theriac que guardamos para los casos graves, oraciones —muchas oraciones— y la presencia constante del hermano Bartolomeu y la mía propia, porque no quisimos que estuviera solo.

No estuvo solo. Eso, al menos, puedo decirlo.

En sus últimas horas recuperó brevemente la lucidez. Me miró, padre, de esa manera que ya he descrito, esa mirada suya tan entera y tan presente, y dijo algo en su lengua, varias palabras seguidas, con una calma que no era resignación sino algo más parecido a una conclusión, a alguien que termina una frase que llevaba mucho tiempo construyendo. No sé qué dijo. Nunca lo sabré.

Le di la extremaunción, aunque su condición de cristiano no estaba formalmente establecida, porque Dios, en su misericordia, sabe lo que hay en los corazones mejor que yo, y no fui capaz de dejar morir a ese hombre sin el consuelo del sacramento, fuera lo que fuera que él creyera o dejara de creer.

Murió tranquilo. Lo enterramos en el pequeño cementerio junto al convento, bajo un laurel que da sombra en verano. Pusimos sobre su tumba una cruz de madera de cedro, que fue la madera que los pescadores me dijeron que usaban en los restos de su embarcación, y que huele, cuando la labras, a algo que no es de aquí, a algo que viene de un lugar que ningún mapa de los nuestros ha dibujado todavía.

El adorno de piedra verde que llevaba al cuello lo guardé. Lo tengo aquí, sobre mi mesa, mientras escribo. Es una piedra bellísima, labrada con una forma que no es completamente reconocible pero que tiene cierta dignidad de figura, y cuya procedencia es un misterio que me acompañará el resto de mis días.

Os envío esta carta, padre, porque creo que lo que ha ocurrido aquí merece ser pensado por alguien de vuestra inteligencia y vuestra formación. No sé qué tierra está al oeste. No sé de dónde vino Erasmo. No sé lo que significa la piedra verde ni las palabras que dijo al morir. Pero sé que ese hombre existió, que cruzó algo que ningún europeo ha cruzado en dirección contraria y vivió para contarlo, aunque no nos lo pudiera contar. Sé que hay preguntas que este océano todavía no ha respondido, y alguien, algún día, tendrá la valentía de ir a buscar las respuestas.

Quizás vos, padre, con vuestra sabiduría de estrellas, sabréis mejor que yo qué hacer con todo esto.

Que Nuestro Señor y San Francisco os guarden en salud y en gracia.

Escrita en el convento de Nuestra Señora de la Esperanza, isla de São Miguel, Azores, a 27 de Enero, año del Señor de mil cuatrocientos cincuenta y uno.

Vuestro humilde siervo en Cristo,

Fray Tomás de Évora, O.F.M.