Como veo el futuro???

Javier Giménez.

El trazo que describe esa quinceañera es inseguro y firme al mismo tiempo. Es más niña de lo que quiere reconocer y más mujer de lo que yo, como padre, soy capaz de ver. Un lápiz Staedtler 2H recorre con soltura lo que en breves segundos serán los labios de un personaje de cómic. No sabe cual será su nombre ni su profesión. Solo sabe que debe tener la mirada viva, ser divertido y naturalmente le tienen que gustar los gatos, como no. El resto —el resto lo hará el lápiz solo.

La observo dibujar y entiendo que no está copiando nada. Está descubriendo. Cada línea es una decisión tomada sin saberlo, una conversación silenciosa entre la mano y algo que todavía no tiene forma, pero le sobra alma.

Pronto cumplirá los 16 y llegará el momento inevitable: elegir el tipo de bachillerato. Hace años la respuesta sería inmediata. Bachillerato artístico, sin dudas ni matices. El camino estaría claro, casi protegido por la inercia del mundo.

Pero ahora no.

Ahora vivo en un tiempo extraño, donde yo mismo escribo un libro infantil cargado de ilustraciones en menos de una semana. Lo hago con ayuda de la inteligencia artificial. Ilustraciones bellas, coherentes, expresivas. Y la pregunta aparece sola, como una grieta en el pensamiento: ¿cómo competirá con eso?, ¿cómo persigue su sueño de ser ilustradora en un mundo donde una máquina dibuja sin cansancio, sin miedo y sin inseguridad?

La amenaza de la inteligencia artificial siempre está ahí, aunque no siempre la llamamos por su nombre. Apareció el día en que una centralita automática respondió al teléfono o cuando llenamos nosotros mismos el depósito de gasolina. Durante muchos años repetíamos la misma frase tranquilizadora: las máquinas quitarán los trabajos repetitivos y dejarán a los humanos las tareas creativas. Durante décadas nos lo creímos. Alguno idiotas aún lo creen.

Pero desde hace tres años una realidad distinta se asentó en la sociedad con el peso del plomo fundido. Los primeros trabajos en peligro no son los mecánicos ni los rutinarios, sino precisamente aquellos donde se exige creatividad. Este mismo texto nace con ayuda de ChatGPT. Queríamos tiempo para escribir poesía mientras las máquinas fregaban los platos, y nos encontramos fregando platos mientras las máquinas escriben poesía.

Es normal que exista miedo. Lo anormal sería no sentirlo. Pero hay algo que se pasa por alto: la inteligencia artificial no sustituye el talento, lo expone. Lo multiplica. Ayuda a quien tiene talento pero no la técnica. A quien no sabe programar y, sin embargo, construye código. A quien no sabe escribir, pero siente la necesidad de contar algo y encuentra en este nuevo milagro tecnológico el impulso que le faltaba. La IA no crea desde la nada: empuja, traduce, amplifica.

Aquí es donde muchos supuestos expertos levantan la mano para negar lo evidente. Dicen que esto no es verdadera inteligencia, que la IA solo compara datos, que construye frases eligiendo, por probabilidad, cuál será la siguiente palabra. Que no piensa, que solo recorre un camino dentro del intrincado mapa de todas las palabras posibles, desechando las no adecuadas y efectivamente, así funciona.

Pero ¿y si el ser humano pensara exactamente así? Hasta donde sabemos, nadie comprende el origen del pensamiento en el cerebro ni la verdadera esencia del aprendizaje. Sin embargo, reaccionamos como autómatas brillantes ante ciertos estímulos. Si alguien dice hola, otro responde caracola. Si oímos perro mordedor, completamos poco ladrador. Si alguien pronuncia Ave María Purísima…,o Trama, nudo y…

Tal vez no sea la máquina la que se parece demasiado al humano, sino el humano el que nunca fue tan distinto de una máquina que aprende. Y si ese es el caso, si el lenguaje, la asociación y la probabilidad forman parte también de nuestro pensamiento, entonces hay una conclusión incómoda que empieza a asomar: la inteligencia artificial general no es algo que esté por llegar. Me temo que ya ha llegado.

Hace un tiempo, una de mis funciones en el hospital no tenía que ver con pacientes ni con diagnósticos. Me ocupaba de la inteligencia artificial no asistencial, ese territorio silencioso donde no se curan cuerpos pero se decide cómo se trabajará mañana. Allí descubrí algo inquietante: la sociedad está mucho más dispuesta a usar la IA de lo que se atreve a reconocer. Abundan los impostores que dicen hacer fórmulas de Excel imposibles o análisis de datos milagrosamente exactos y rápidos; sin embargo, en mi hospital ni siquiera existe la necesidad de convertirse en impostores. Les da igual. Años estudiando una oposición, cursos y cursos sobre la ley de protección de datos, de salud laboral, de procedimiento administrativo, el catalán que puntúa más que un doctorado… y cuando llega la IA, creen simplemente que les va a pasar de largo. No es ignorancia técnica. Es renuncia. Es miedo a perder una identidad construida sobre métodos antiguos.

Las frases se repiten como un escudo: “soy muy mayor para meterme en eso”, “experimentos, con gaseosa”. La resistencia no grita, se calla. El puesto que debía pensar en el mañana se diluye en el silencio. Y con él desaparece algo todavía más grave: la capacidad de asombro. Cuando alguien dispara su productividad gracias a la inteligencia artificial, no se habla de progreso, sino de abuso. “Está enganchado”, dicen. En realidad, el problema no es la herramienta, sino el espejo.

Hace unas semanas que compré una impresora 3D. Todo friki acaba teniendo una y yo no voy a ser menos. Al verla trabajar sentí la misma sacudida que la primera vez que dialogué con la IA. De repente comprendí, con total seguridad, hacia dónde se dirige la humanidad. En el futuro no compraremos objetos: los haremos. Los imaginaremos, los describiremos, los dibujaremos… y dejaremos que la máquina materialice aquello que antes solo existía en la cabeza. Igual que escribimos código sin saber programar o rimamos historias de amor con ayuda de un algoritmo que no ama, pero entiende el ritmo.

Quizá eso es lo que mi hija debe aprender. No solo a dibujar, sino a imaginar con claridad y a saber expresar esa imaginación en un lenguaje que las máquinas entiendan. Porque quien no sepa hacerlo será como quien hoy no sabe manejar un ordenador. Me pregunto si el bachillerato artístico enseña esto, si prepara para convivir con estas herramientas o si algunos profesores siguen viendo la inteligencia artificial como su enemigo, cuando en realidad es el cincel más poderoso jamás creado.

Se cuenta que un alumno le preguntó a su maestro escultor cómo era capaz de sacar una figura maravillosa de un simple bloque de piedra. El maestro respondió sin solemnidad: la figura siempre ha estado ahí, yo solo quito lo que sobra. Tal vez el cerebro humano funcione del mismo modo. Pensar no sería tanto crear desde la nada como retirar lo inútil, descartar caminos improbables, dejar aparecer una forma que ya estaba latente.

La inteligencia artificial opera de manera parecida: elimina esquirlas de palabras poco probables hasta que queda una frase con sentido. Y mi hija, sin saberlo, hace exactamente eso cuando dibuja. No inventa unos labios al azar, sigue con el lápiz el camino que deben tener unos labios, borra, corrige, insiste, hasta que lo superfluo desaparece. Quizá aprender, imaginar y pensar siempre ha sido eso: quitar lo que sobra.